Sueños Malditos CAPÍTULO 19 Una ilusión #2
96%

CAPÍTULO 19 Una ilusión #2

Pasó el tiempo. A veces en silencio, otras entre pasos, murmullos y chirridos de bisagras. Era difícil saber si habían sido horas o minutos. Ahí abajo no había nada que pudiese darles una pista. El único ventanuco estaba demasiado lejos como para que les llegase la luz.

No obstante, supieron que había ocurrido algo importante.

En la planta superior y al final del pasillo, se oían pasos acelerados y conversaciones breves. La gente sonaba alterada. Ni Zeku ni Agnes lograron entender nada más que palabras sueltas y atropelladas. El ambiente se había animado allí arriba, y no para bien.

Zeku se puso en pie y caminó hacia los barrotes.

Agnes lo imitó guiada por la curiosidad.

Un guarda recorrió el pasillo con paso acelerado y se detuvo en cada una de las celdas.

Zeku no necesitó más que ver sus ojos desorbitados y su frente sudorosa para saber que estaba al borde de un ataque de nervios.

El hombre volvió corriendo sobre sus pasos.

—¡Están todos! —oyeron antes de que se cerrase la puerta al final del pasillo.

Ambos permanecieron quietos frente a los barrotes cerca de un minuto. Zeku, inmóvil; Agnes, cambiando el peso de su cuerpo de una pierna a otra. La chica abrió la boca para decir algo, pero Zeku se le adelantó.

—Quítame el broche de la coleta.

Ella parpadeó, incrédula.

—No es el mejor momento para una sesión de peluquería.

—Haz lo que te digo.

Agnes obedeció a regañadientes. Ni un «por favor» ni una explicación.

Con dificultad por los grilletes, deslizó el cierre del pasador que adornaba el semirrecogido del muchacho. Debajo, el cabello estaba atado en una cinta muy fina.

—En mi coleta tiene que haber…

—Veo algo.

Apartó los mechones ultramar al distinguir un destello pálido entre ellos. Agarró el objeto metálico, fino y con la punta dentada e inclinada como un gancho.

—Dame la ganzúa.

Agnes obedeció sin rechistar. Ese plan comenzaba a tener sentido.

Zeku forzó los grilletes de Agnes y el orizilo cayó sobre la piedra con un tintineo seco.

Suspiró aliviada y se acarició las muñecas enrojecidas.

Tenía ganas de rascarlas hasta hacerlas sangrar.

Zeku le entregó sus manos y la ganzúa antes de que pudiera llevarse los dedos a la piel.

—Te toca.

—¡¿Qué?! No sé forzar cerraduras.

A pesar de que el rostro del chico no cambió, ella detectó cierta decepción en él.

—Separa los barrotes.

Miró la puerta de la celda. Sabía que era fuerte, pero en ese momento el miedo y la angustia que le hormigueaban el cuerpo le hacían dudar de sus capacidades.

Suspiró con lentitud y luego hinchó el pecho mientras agarraba con firmeza dos tubos de metal enfrentados.

Separó sus brazos poco a poco; gruñó por el esfuerzo.

Cuando por fin arqueó los barrotes lo suficiente como para colarse entre ellos, los brazos le temblaban.

Se detuvo y los sacudió para recuperarse, momento que Zeku aprovechó para salir de la celda.

—¿Cómo no se nos había ocurrido antes? —comentó jadeante.

—Se me ocurrió antes, pero no era el momento.

La chica frunció el ceño. Apenas tuvo tiempo de sentirse estúpida; Zeku le tendió sus manos apresadas desde el pasillo.

Un gesto demasiado amable que lucía extraño en su persona y la empujó a titubear.

Optó por rechazar su ayuda y abandonó la prisión.

Tampoco es que colarse entre unos barrotes arqueados fuese una labor complicada.

«Quizá en otra ocasión», se dijo. Lo más seguro era que semejante milagro tal vez no volviera a repetirse.

No había demasiados reos ahí abajo. La mayoría de las celdas parecían llevar mucho tiempo en desuso.

De los cuatro presos que había en ellas, ninguno dudó en armar alboroto y pedirles ayuda a gritos.

Agnes los miró de soslayo, incapaz de disimular la mueca de desagrado: estaban consumidos por el tiempo, el hambre y la mugre.

Más que cumplir condena, parecía que los habían abandonado a su suerte.

La pareja de malditos no se detuvo. Corrieron hasta el final del pasillo y abrieron la puerta a sabiendas de lo que encontrarían en ella.

Una guardia y un protector que charlaban sobre unos intrusos y un hechizo que estaba enloqueciendo a todos.

Al verlos, desenfundaron sus armas. Él, una varita; ella, una cimitarra.

No tuvieron tiempo de actuar, los malditos atacaron movidos por el instinto.

Zeku cayó sobre el mago como una ráfaga de viento, lo desarmó de un golpe en la muñeca y lo estranguló con los grilletes los segundos suficientes como para que el orizilo hiciera su efecto y le quemase la piel hasta aturdirlo.

Terminó de noquearlo con un golpe preciso en las cervicales.

Agnes esquivó el filo de la espada y le propinó a la guardia una patada en la cara tan fuerte que la hundió contra la pared e hizo que se le cayera el casco de plumas verdes.

Oyó un crujido en el momento del impacto y le preocupó haberla matado, pero no lo suficiente como para acercarse a verificarlo.

Fuera cual fuera el desenlace, prefería la ignorancia a vivir con la culpa.

Por suerte para ella, el pecho de la mujer se hinchó en una respiración profunda y eso logró que a Agnes le pesasen menos los hombros.

Tras el escritorio había una estantería y un cofre enorme.

Zeku rompió la cerradura con un golpe seco que arrancó el cierre y se llevó parte de la madera.

En su interior descubrió lo que esperaba: sus armas y las bolsas.

Le tendió los enseres a la chica y ella lo guardó todo dentro de su bolsa para después ceñirla a la cintura.

Zeku reclamó una de sus dagas y ella se la entregó.

—Coge la cimitarra. —Revisó a los guardias en busca de las llaves.

—¡Si no sé usarla! —replicó ella.

—El filo corta.

Agnes cogió el sable, refunfuñando improperios.

Por supuesto que sabía que el filo cortaba.

Zeku la hacía sentirse idiota y, al mismo tiempo, él le parecía un estúpido redomado.

Lo peor era que en sus palabras ni siquiera se advertía un atisbo de sorna o paternalismo.

Su voz no sufría cambios y eso la confundía.

¿Por qué a veces era tan difícil comunicarse con él?

Observó el arma al tiempo que giraba la muñeca. La empuñadura era dorada con detalles en azul. La parte baja del filo lucía un pequeño grabado de un disco solar. Pesaba menos de lo que esperaba.

—No tienen las llaves. —Zeku se dirigió a la puerta que llevaba al palacio. Agnes lo detuvo.

—¿Qué vamos a hacer? Han dicho algo de unos intrusos, ¿crees que…?

—Es una posibilidad. Hay demasiado alboroto.

Sin embargo, otras veces la entendía sin necesidad de completar las frases. Era frustrante.

—Tenemos que encontrarlo y sacarlo de aquí, no me gusta este lugar. ¿Cómo han podido saber que somos…? Ya sabes.

—Dakini sospechaba algo.

—¡¿Insinúas que nos ha vendido?!

—No lo sé. No la conozco a ella ni a sus lealtades.

Hubo un breve instante de silencio entre los dos. Agnes necesitaba más tiempo para asimilar aquella desastrosa situación, aunque sabía que no disponía de él. Miró muy seria a Zeku y, con un asentimiento de cabeza, le dio permiso para abrir la puerta. Él retrocedió.

—El protector mencionó un hechizo. —Miró los grilletes. Sus muñecas estaban rojas alrededor del metal—. Agnes, coge uno de mis aguijones y clávatelo.

—¡¿Qué?! ¡Ni de coña!

—Si hay un hechizo ahí fuera que nos puede hacer perder el juicio, más te vale hacerlo, o lo haré yo mismo. El orizilo es lo único que tenemos para protegernos.

A Agnes la arañó un escalofrío. Sabía que hablaba en serio, su voz y su mirada jamás habían destilado tanta severidad.

La maldita sacó el cinturón de aguijones de su bolsa y se lo anudó a la cintura.

Le quedaba enorme, pero valdría por el momento.

Tomó una de las armas, eran finas y cortas, y ella era resistente al dolor, se curaba rápido, estaría bien.

Eso se dijo antes de hundir el metal en su bíceps y ahogar un grito.

El frío le atravesó la carne y el orizilo no tardó en arder alrededor de la herida.

Zeku le pidió que le entregase otro de los aguijones y se remangó la falda de la túnica para hundirlo en el muslo, por precaución. Temía que los grilletes no fuesen suficiente. Era doloroso, pero ambos podían soportarlo.

Esperó la confirmación de Agnes. Solo entonces abrió la puerta.

Ante ellos se abrió un recibidor enorme de altas y gruesas columnas torneadas.

Tan pulidas que podían reflejarse en ellas.

Allí había varios guardias y magos con túnicas de diferentes colores.

Representaban una escena que no tenía sentido.

Cada uno de ellos libraba su propia batalla, lanzaban hechizos y estocadas al aire.

Avanzaron entre los soldados con precaución. Nadie reparó en ellos.

En el centro de la estancia, una alfombra enorme y azulona con bordes bordados con motivos tribales en dorado guiaba hacia las escaleras que llevaban al segundo piso.

Eran anchas y de un blanco roto veteado, muy parecido al mármol.

Subieron por ellas acelerados, mientras guardias y gente del servicio iban y venían de aquí para allá, gritando, rezando a la vara o soltando maldiciones.

Por un momento, creyeron que un necromante de túnica marrón se abalanzaría sobre ellos, pero lo esquivaron y él continuó su trayecto escaleras abajo.

Se desmayó a mitad de camino y completó el descenso rodando.

—No lo entiendo —murmuró Agnes—, ¿qué clase de magia es esta? ¡Porque tiene que ser cosa de magia!

—Parece una alucinación colectiva, un hechizo de ilusión bastante avanzado.

—¿Y por qué no nos afecta?

Zeku alzó los brazos para mostrarle las muñecas. Lo entendió: el orizilo bloqueaba el flujo de magia, tanto en una dirección como en otra. La herida en su brazo palpitó y Agnes refrenó el impulso de arrancar el aguijón que la mantenía a salvo.