CAPÍTULO 19 Una ilusión
La noche dio la bienvenida al cielo de Qmark tras un día demasiado largo. Oliver descansaba en la cama de su alcoba de paredes azules y techos blancos con filigranas de oro. La temperatura era agradable. Una brisa cálida, que apenas mecía las cortinas, se colaba por la puerta abierta del balcón.
No podía dormir; la preocupación lo asaltaba.
La kaiseri lo visitó a última hora y apenas intercambiaron un par de palabras.
Aunque había dicho que podría salir y reunirse con Agnes en cuanto hablase con Dakini en privado, Tahika cambió de opinión y los guardias de tocado amarillo que custodiaban su puerta todavía le impedían el paso.
Incluso la simple petición de hablar con su hermana había sido denegada.
Al menos, le habían enviado a alguien del servicio con una bandeja y algunos platillos variados para cenar.
En tanto daba vueltas sobre el colchón, se preguntó qué le había hecho cambiar de parecer, si era cierto lo que había dicho el renegado de cabello rosa sobre el trono y cómo podría él interponerse entre él y la kaiseri; pero sobre todo se preguntaba por qué si Dakini sabía dónde se ocultaba la vara no le había dicho nada.
Podrían haber ido a por ella. Algo se le escapaba y se sentía estúpido por no poder averiguarlo.
Solo tenía una certeza: Dakini lo había engañado.
Le partió el corazón. Había confiado ciegamente en ella. Él había creído que la confianza y el respeto, quizás por primera vez en su vida, eran mutuos. Pero solo había sido una mentira, una ilusión de tantas.
Pasaron las horas y el cansancio se abrió camino. Cuando cerró los ojos, el sueño casi había vencido la batalla.
El estado de vigilia no duró mucho. Un desagradable escalofrío en la nuca lo hizo incorporarse para escudriñar la oscuridad.
Era una habitación grande y el brillo de la luna menguante apenas iluminaba una pequeña porción del balcón. Con el pulso acelerado y el cuerpo entumecido, encendió la lámpara de aceite que había al lado del colchón y apuntó con ella hacia los rincones más sombríos que se formaban frente a él.
No vio nada.
Con tiento, bajó de la tarima y se acercó al balcón. Quizás había sido la brisa, un pájaro, o solo su imaginación.
—Ojalá Gris estuviera aquí. O la abuela… O mis padres —murmuró, mirando las sombras que se perdían en la lejanía del horizonte, dibujando siluetas de árboles y montañas. Sus manos se posaron sobre la balaustrada de piedra pulida—. O Agnes.
Un paso a su espalda. O eso le pareció.
Oliver se giró de golpe, con el corazón a punto de salírsele del pecho.
—¿Hay alguien ahí? —Caminó de nuevo hacia el interior de la habitación. No era tan iluso como para esperar que, en el caso de que hubiese alguien escondido que buscase atentar contra su vida, fuese a responder educadamente, pero la pregunta salió sin más de su garganta.
Oyó otro sonido. El tinte cristalino de una cucharilla acariciando la más fina de las copas. Unas ondas suaves que envolvieron sus canales auditivos y le erizaron el vello. Un sonido irreal.
Se volvió hacia la oscuridad que pintaba los rincones de la alcoba con una negrura absoluta. Ya no le quedaban dudas: había algo con él.
Se decidió a pedir ayuda. Avanzó un par de pasos hacia la puerta y el fuego de la lámpara iluminó las tinieblas que cubrían el espejo. En él vio dos sombras que sonreían detrás de su reflejo paralizado, enmarcadas en aureolas ámbar. Se cernían sobre Oliver como una pareja de aves carroñeras.
Apenas logró apreciar el brillo rosado de sus ojos y los brillantes colores que decoraban sus rostros idénticos en una máscara tétrica y burlona.
Volvió en sí horas más tarde, tiritando y tendido sobre adoquines irregulares de piedra fría.
En aquel lugar húmedo no llegaba la luz.
—Hemos recibido nuevas órdenes. La kaiseri no os juzgará, pero debéis quedaros aquí. Ha llegado a sus oídos el rumor de que podéis ser… —la responsable de las celdas bajó la voz, se cubrió la boca con la mano y se aproximó un poco más a los barrotes— malditos. Si no lo sois, quedaréis en libertad.
Agnes tragó saliva.
—¿Y si lo somos?
Una pregunta estúpida que los había puesto en evidencia. La mujer les dedicó una mirada hosca antes de perderse en el pasillo de rejas.
—Nos matarán —murmuró Zeku.
—Ya. Lo suponía.
Apretó los puños hasta que se volvieron blancos.
Los grilletes todavía le apresaban las muñecas y le escocían más que un sarpullido.
Zeku le había explicado que estaban hechos de orizilo, el mismo metal especial que el de sus aguijones.
No solo impedía el flujo de la magia, sino que era tan resistente que ni un maldito podía romperlo una vez templado.
Gurewo pagaba grandes cantidades de dinero a Kahuwami por aquel material y era muy celoso con el uso que se le daba dentro de las tierras de la kaiseri.
No era fácil de obtener y debían aprovecharlo al máximo.
Agnes imaginó que si el orizilo tenía ese efecto irritante sobre ella, para un mago sería como quemarle la piel con un hierro candente.
—Tranquila. Saldremos.
—¿Y qué pasará con Oliver?
El aire allí abajo era pesado, y la única luz que llegaba a la celda era la de los apliques que iluminaban el pasillo. Alguien estornudó al otro lado de la gruesa y húmeda pared de piedra. Quizás los pocos prisioneros que tenían como vecinos también eran presuntos malditos.
—Eso no lo sé.
Ambos permanecieron sentados en el suelo durante horas, en silencio, uno frente al otro, con la espalda apoyada en la pared.
Zeku, recto, con las manos bajo las mangas y con expresión serena.
La mayor parte del tiempo mantenía los ojos cerrados y solo los abría de vez en cuando para ver a Agnes caminar intranquila de una punta a otra de la celda.
Incluso sentada era incapaz de quedarse quieta.
Siempre había algo: una oreja que rascar, un dedo con el que tamborilear, un pie inquieto que dibujaba círculos en el aire…
Pero él no había dado indicios de que le molestase.
La chica volvió a sentarse con un fuerte resoplido y agitó los grilletes con una mueca arrugada. Al cabo de unos minutos, se dirigió hacia Zeku y él clavó sus ojos dorados en ella, que dudó antes de preguntar:
—¿Qué era ese lugar? Ya sabes, el sitio ese en el que estuvimos.
—Hemos estado en varios sitios.
Ella agarró una de sus rastas. Le habría gustado tener su aguja de ganchillo. Se la habían quitado, igual que hicieron con los cuchillos de Zeku y las bolsas.
—El que parecía muerto, bajo el acantilado.
Zeku cerró los ojos unos segundos, reflexivo. Enseguida los abrió de nuevo. Su expresión no había cambiado.
—Lo llaman el Reino Roto. Su nombre una vez fue Dómili, nombre que pocas personas se molestan en usar. Es un nombre que ya está hundido en la historia, igual que sus ruinas.
—¿Sabes qué le ocurrió?
—Nadie está seguro. Hay leyendas. Algunas cuentan que fue magia oscura, un experimento mágico que acabó mal y partió la tierra, otras que el reino cayó por su propia ambición, que fueron castigados por Ikebu Dasajo o que la tierra fue asolada por los malditos. Historias hay miles.
—Daba escalofríos. Era como un cementerio enorme y abandonado.
—Lo es.
Sin darse cuenta, sus dedos retorcían de nuevo una rasta. En la punta de su lengua, anidaba una cuestión a la que apenas pudo dedicarle tiempo, pero que no había abandonado el privilegiado lugar de su mente en el que se había anclado.
—Cuando perseguía a Oliver, hablé con uno de los renegados.
—Lo dejó caer como un balde de agua fría.
Esperaba algún reproche, algo que le diera a entender que hablar con esa gente no estaba bien.
Zeku no mostró ninguna reacción, y eso la animó a continuar—.
Dijo que Oliver era lo único que se interponía entre el trono y la kaiseri. ¿Tú sabes a qué se refiere?
Quizás no debería haber preguntado. Quizás Zeku tampoco era de fiar y le daría la espalda tarde o temprano. Pero necesitaba respuestas, estaba desesperada por ellas; necesitaba entender ese mundo.
—Los elegidos de la vara son los legítimos herederos del trono de Gurewo.
Si un elegido se hace con la vara, el antiguo regente queda destituido de su cargo.
No importa lo que el anterior kaiseri haya aportado o lo capacitado que esté.
Si un elegido obtiene la vara, el reino es suyo.
Negárselo se considera blasfemia e implica un castigo: cadena perpetua y muerte por inanición.
Agnes titubeó, no le salían las palabras. Demasiadas arremolinándose en su mente y en su garganta. Formaron un nudo tan denso que creyó atragantarse.
—¿Quieres decir que si Oliver encuentra la vara será el rey de Qmark? Bueno, el kaiseri. Lo que sea.
—No. Solo de Gurewo.
—¡¿Y te parece poco?! ¡Tiene once años! ¡Veintidós putos ciclos! —Su voz retumbó en las paredes y de inmediato continuó en murmullos—. No voy a dejar que le pongan una corona en la cabeza.
—Eso no te corresponde a ti decidirlo.
—¿Qué le van a hacer ahora? ¿Crees que la kaiseri querrá…? —Esperaba que Zeku completara la frase, pero se vio obligada a tragar saliva y continuar—. ¿Matarlo?
—No. Eso también sería blasfemia. En el palacio ya hay rumores sobre la llegada del elegido.
—Pero ¿y si fuera un accidente? Uno provocado, claro —se apresuró a añadir.
—Si se puede demostrar que en verdad es un accidente, Tahika podría seguir gobernando. Si queda alguna duda, por pequeña que sea, el pueblo podría volverse en su contra.
»Puede que no lo parezca por todas las masacres de malditos que manchan la historia de Gurewo, pero aprecian la vida. Si de algo tiene fama Tahika, no es de asesina.
Quizás fue un simple comentario tranquilizador.
O tal vez Zeku buscaba que no se preocupase más de lo necesario.
Sin embargo, el maldito siempre había sido directo con ella y esa vez no tendría por qué ser diferente.
Si Tahika no era una tirana —al menos con los que seguían siendo humanos en su totalidad—, eso le daba un mínimo de esperanza.