Sueños Malditos CAPÍTULO 18 Azul y oro #3
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CAPÍTULO 18 Azul y oro #3

No había ni una sola nube en el cielo aquella tarde.

Dakini sostenía con orgullo e ilusión una túnica blanca perfectamente doblada entre sus manos.

Los aposentos de la kaiseri la envolvían en un estado de paz y encandilamiento entre sus paredes azules y blancas con pilastras doradas y exquisitos muebles dignos de exponerse en un museo.

La persona que más admiraba estaba justo frente a ella, la había felicitado y la miraba a la cara.

El mundo era un lugar maravilloso.

—Tiene mucho sentido —añadió Bíbilas—. Por desgracia, nadie sabe dónde está ese lugar, su ubicación cambia con cada elegido.

—Pude ver una luz verdosa en el cielo cuando estuve en el Reino Roto, pero, en el momento en que encontramos a Oliver y lo rescatamos, ya había desaparecido. Podríamos comenzar a buscar por ahí, está lleno de ruinas.

La kaiseri, sentada al otro lado de su elegante escritorio de madera tallada, se masajeaba las sienes con una mano.

—¿Estás segura de lo que viste? Hace mucho que no hay un elegido y son leyendas antiguas.

—¡Claro que sí! Lo vi con mis propios ojos, kaiseri. Usé un hechizo para dormirlo y después me introduje en su mente. Reconocí el santuario de Tapuk’Kael de inmediato. Es muy similar a los dibujos y descripciones de los libros.

—Ese niño es un peligro, cree que puede salvar a los malditos.

—Tengo mis sospechas, kaiseri, del porqué de su postura. Sé que le sonará insensato por mi parte, pero creo que tanto su hermana como el joven que nos acompañaba podrían ser malditos. Es obvio que está desesperado —se apresuró a añadir.

Los ojos de la kaiseri se entornaron y a Dakini le ardió la piel bajo su mirada.

—¿Has metido a dos malditos en Shilapawa? ¿¡En mi palacio!?

—Son neófitos, creo; al menos ella. No sé cómo, pero todavía no han perdido el control. Sus habilidades podrían resultar útiles. Son buenos rastreadores, lo oyen todo y tienen una fuerza increíble. Si conseguimos que se pongan de nuestra parte, podríamos usarlos para dar caza a otros malditos.

—¡No digas sandeces! Ya tenemos magos rastreadores por algo y es para encontrar a los suyos.

Los malditos son criaturas sin alma, ni humanos ni otro tipo de animal, son solo bestias huecas y letales.

Lo único bueno que les queda por hacer en la vida es convertirse en abono —sentenció con una palmada firme sobre la mesa—.

Quiero que los encarcelen hasta la próxima luna llena.

Si no son malditos, los dejaré en libertad.

Si lo son, les ahorraré el sufrimiento de perderse a sí mismos.

La culpa se agitó dentro de Dakini. Una culpa que intentaba abrirse paso entre la luz de la admiración y el respeto que sentía por la mujer que tenía frente a ella. Había soñado muchas veces con tenerla cerca y ahora estaba en sus aposentos, hablando con ella. ¡La kaiseri sabía su nombre!

Apretó la túnica blanca entre los dedos, con la misma fuerza que los latidos de su corazón. Estar ahí después de cumplir una misión tan importante como encontrar al elegido era un sueño hecho realidad. Ignoró esa sombra en la luz y recuperó su postura firme.

—Es una decisión justa, kaiseri.

—¿Y qué hacemos con el niño? —preguntó Bíbilas—. Él no sabe cómo llegar al santuario, ¿o sí?

Dakini negó con la cabeza y la kaiseri tomó la palabra.

—Como ya he dicho, es un problema para todos. Un cambio de gobierno desestabilizaría el país, pero no podemos encerrarlo aquí ni en ninguna otra parte. Se correría la voz y los fieles irían contra mí. El elegido es un símbolo demasiado sagrado.

—No obstante, vos estáis dispuesta a profanarlo —apuntó el hombre. Dakini no supo interpretar si su tono encerraba hostilidad o no, pero no le gustó la forma en que se dirigió a Tahika Yoakehi y, a juzgar por el labio fruncido de la mujer, tampoco a ella.

La kaiseri enderezó la espalda y alzó la barbilla, orgullosa.

—Soy yo la que cuida del pueblo, no un niño con visiones que no parece estar dispuesto a deshacerse de los malditos.

Prefiere arriesgar nuestras vidas por la fantasía de salvar a quienes ya están perdidos.

Ha habido grandes magos, elegidos brillantes, y ese niño, por lo que nos ha dicho Dakini, ni siquiera sabe lanzar hechizos.

Si hubiese un modo de romper la maldición, otros ya lo habrían encontrado.

No voy a arriesgar la vida de mi gente —sentenció con los dedos a punto de hundirse en la madera del reposabrazos—.

No voy a arriesgarme a que un niño estropee mis planes para Gurewo ni todo lo que he construido aquí.

Si no es capaz de reconocer el lugar ni sabe dónde está, lo mejor es alejarlo de todo y mantener su existencia bajo llave.

No sabemos qué podría hacer con la vara y, según la historia de Dakini, es obvio que quiere hacerse con ella.

La maga tragó saliva con dificultad. Su garganta se había cerrado poco a poco según avanzaba la conversación y amenazaba con ahogarla tarde o temprano. A pesar de todo, logró mantener la firmeza en su voz y en su porte.

—¿Qué planeáis hacer? En el palacio ya hay rumores sobre un supuesto elegido.

—Tranquila, Dakini. Paciencia. —Sonrió con dulzura—. Lo tengo todo controlado. Ya hay alguien encargándose de eso. Nos vendrían bien tus habilidades de manipulación mental como apoyo.