CAPÍTULO 18 Azul y oro #2
La mujer solo respondió cuando volvió a sentarse en el trono.
—Pues que no ha habido un solo elegido capaz de romper la maldición. La única forma que existe de ayudarlos es acabando con su sufrimiento y evitar que maldigan a otros inocentes.
Oliver palideció. Aquello no podía ser verdad.
Había llegado hasta allí, había superado los peligros, había estudiado las bases de la magia, practicado y lanzado su primer hechizo.
Había escuchado a su guía, guardaespaldas y maestra.
Eso no podía ser así. La kaiseri se equivocaba, tenía que hacerlo, tenía que haber algo que ella no supiera.
Se negaba a creer que no hubiese salvación para Agnes, para Zeku… Para nadie.
Ahora que lo pensaba, Dakini jamás le había asegurado que encontrar la vara fuese a romper la maldición o ayudar a los malditos, tan solo le había dicho que debía encontrarla porque él era el único que podía hacerlo, sin mayor explicación o motivo de peso.
¿De qué servía él entonces? ¿Era solo una herramienta para exterminar a gente inocente que lo había perdido todo, incluso el control sobre sí misma?
Dio un paso adelante para replicar, pero entonces las puertas del gran salón se abrieron a su espalda. Al ver a Dakini renqueando hacia él, apoyada sobre su báculo, el rostro se le iluminó de esperanza. Ella lo aclararía todo, resolvería que las palabras de Fawa eran ciertas.
A pesar de que la maga no tenía muy buen aspecto, al menos estaba despierta y con la fuerza suficiente como para caminar con un ligero apoyo. La protectora le dedicó una sonrisa cuando lo vio y él se la devolvió, aliviado.
—Bien hecho, Dakini. Me sorprende que Kilapa no haya podido encontrarlos ni que tu patrulla diera aviso. Se ve que no son tan competentes como pensaba, o tú eres muy astuta y te he subestimado.
Con una mueca de dolor disimulada, Dakini realizó una reverencia.
—Mi señora, hemos tenido muchos problemas y desvíos por culpa de unos renegados. La travesía ha sido menos directa de lo que me habría gustado.
La mujer alzó las cejas y la barbilla. Sus labios se convirtieron en una pepita de oro bajo su nariz respingona.
—Me ocuparé de que les den caza. Lo mínimo que debería hacer un renegado es no molestar.
—Gracias, kaiseri.
—Me sorprende no haberme fijado en ti antes, Dakini.
La maga agachó el rostro ruborizado y se acarició un mechón de pelo. Sus ojos brillaron, ebrios de felicidad.
—He entrenado duro para mejorar.
—No me cabe duda. Aquí están los frutos de tu esfuerzo. —Señaló a Oliver con los brazos extendidos. Los dos pedazos de tela que le salían de la espalda y se aferraban a sus muñecas parecían un par de alas.
—Y aún hay más, mi señora.
La kaiseri alzó la barbilla, expectante.
—Sé dónde se encuentra la vara.
—¡¿Cómo?! —preguntó Oliver con gesto desencajado.
—Eso me interesa. Él parece no saberlo. —Se dirigió al elegido con la mirada ardiente—. ¿Lo sabes?
—¡No, kaiseri!
—Él no lo sabe porque no ha leído nuestra historia, pero reconocí el lugar en cuanto lo vi.
Oliver parpadeó, pálido de nuevo. No entendía nada y eso alimentaba su frustración. Sin darse cuenta, cerró las manos sobre la tela de su túnica.
—Está…
—Kaiseri —interrumpió el hombre de gafas y se inclinó hacia su señora—, como consejero e historiador, permítame advertirle de que este quizás no es el lugar más adecuado para tratar asuntos de tamaña importancia, quizás nos convendría un lugar más privado.
—Tienes razón —murmuró sin quitarle la vista de encima a Oliver. Chasqueó la lengua—. Que una pareja de guardias acompañe al elegido a sus aposentos. Que no salga de ahí hasta que yo me reúna con él. No tardaré.
El hombre de gafas hizo una reverencia y desapareció tras la cortina azul.
Antes de que Oliver encontrase el aplomo para replicar, regresó seguido de dos guardias corpulentos que se apostaron a ambos lados del muchacho.
Él sintió que empequeñecía todavía más. A continuación, la kaiseri se puso en pie y posó sus ojos sobre Dakini.
Le sonrió con tanta amabilidad que la maga volvió a ruborizarse.
—Dakini, querida, acompáñanos. Tengo una prenda muy especial para ti.
Un hombre con túnica roja chocó contra ella y tambaleó el taburete sobre el que estaba sentada.
Agnes crispó el gesto. Ni siquiera se había dignado a mirarla para disculparse, siguió bebiendo y cantando rimas absurdas sobre despellejar malditos con sus compañeros.
No lo soportaba más. Tenía que salir de ahí, alejarse del ruido y encontrar a Oliver para saber cuál sería el próximo paso para despertar de esa pesadilla.
Zeku la agarró por la muñeca en cuanto se puso en pie. Fue un agarre suave y breve, sin más propósito que el de llamar su atención.
—¿A dónde vas? —inquirió el chico.
—Necesito tomar el aire.
—No nos dejarán salir del palacio.
—Pues ir a otro sitio. Necesito oler algo que no sea sudor y alcohol.
Él asintió y pagó el té que no había consumido antes de subir las angostas escaleras de piedra detrás de la chica.
Tras recorrer un pasillo y cruzar un arco, llegaron a una habitación humilde, iluminada con una esfera de luz sobre la mesa en la que una mujer con uniforme púrpura y brazos musculosos escribía lo que el hombre frente a ella le relataba.
Era la recepción de la zona del palacio que pertenecía al cuartel.
Aquella mujer con plumas azules y doradas sobre la cabeza era la misma que los había recibido cuando los escoltaron hasta la cantina.
Justo en la pared izquierda, otra mujer con un tocado rojo guardaba la puerta que llevaba al ala central del palacio.
Agnes no pudo ver bien al hombre que les daba la espalda. Cargaba su peso sobre una muleta y desprendía un ligero olor a sangre. Había algo en él que le resultaba familiar.
Zeku la empujó con delicadeza, puso una mano sobre su espalda, instándola a caminar hacia la puerta sin apartarse de la pared.
Pero cuando reaccionó fue tarde. La mujer alzó la vista y, al verlos, el hombre también se giró.
En su regazo cargaba con un reptil de hocico chato y escamas pardas que no dejaba de babear.
Con el rostro desencajado y magullado, el señor Haboye señaló a Agnes.
El cuerpo le temblaba de rabia; el tono rojizo que había tomado su faz era la prueba.
—¡Son ellos! ¡¡Es ella!!
La mujer se puso en pie y la guardia que custodiaba la puerta desenvainó su cimitarra. Con los brazos en la espalda, la que parecía la jefa habló:
—La omisión de socorro es un delito muy grave. —Agnes no podía creer lo que oía, ¿tan lejos había llegado esa ley que había viajado entre mundos?—. ¿Cómo os declaráis?
—Culpables —dijo Zeku.
—¡Inocentes! ¡Somos inocentes!
—¡Me abandonasteis los tres! ¡¡Embustera!! —El toba gruñó, defendiendo la verdad.
—¡¡Habían secuestrado a mi hermano!! ¡Y después nos caímos por una cascada! ¡¿Qué iba a hacer?!
—¿Secuestraron a tu hermano? —preguntó la mujer con un tono más amable y la mandíbula igual de tensa.
—Sí, pero ya está bien. Está reunido con la kaiseri.
—Oh. Así que es ese niño. Debes estar muy orgullosa.
—Uy, sí. Muchísimo. —Intentó sonar convincente. Por las caras que pusieron todos, no lo había logrado—. Lo estoy asimilando.
—¿Qué va a hacer? —exigió saber Haboye. No parecía al tanto de cuál era el papel de Oliver en Qmark.
La jefa se frotó la barbilla, reflexiva.
—La justicia debe ser igual para todo el mundo. Serán arrestados y su caso será llevado a la kaiseri.
—Eso ya no lo hace igual —murmuró el hombre para sí.
—Adelante.
Tanto la guarda de la puerta como la superiora avanzaron hacia Agnes y Zeku para ponerles unos grilletes.
Él aceptó las cadenas con resignación y expresión imperturbable.
Agnes estuvo tentada de volver corriendo a la taberna o tomar alguna de las intersecciones del pasillo, pero, en cuanto la mujer le rodeó la muñeca con sus enormes manos, supo que no serviría de nada resistirse a menos que quisieran llamar más la atención.
El metal se ciñó a sus muñecas y, en ese momento, se sintió perdida.
—Así que la vara está ahí…