CAPÍTULO 18 Azul y oro
Un techo blanco con filigranas doradas y molduras a juego.
Eso fue lo primero que vio Dakini al abrir los ojos.
Tan solo con ver aquellos motivos vegetales la calidez la envolvió, un abrazo amistoso que hacía mucho que no sentía y recordaba con nostalgia, demasiada para el poco tiempo que había pasado desde el último, aunque a su corazón se le antojase una eternidad.
Su pulso latía acelerado a pesar de que acababa de despertar.
Le dolía la cabeza y todo el cuerpo sufría terribles pinchazos por el simple hecho de respirar.
Pero no le importó. Estaba en el palacio de Shilapawa, estaba en casa, y sonrió agradecida hasta que sus últimos recuerdos la asaltaron y se incorporó de golpe sobre el colchón.
Su cuerpo cargado de agujetas se resintió como un viejo mecanismo.
Al intentar ponerse en pie, las piernas le fallaron y cayó de la tarima con un fuerte quejido.
La puerta se abrió y una maga con la túnica rosa de los sanadores y delantal blanco acudió a ella de inmediato para ponerla en pie.
Dakini no la reconoció, debía ser nueva, se la veía bastante joven.
—¿Se encuentra bien?
—Sí, sí. —La cabeza y la habitación le daban vueltas. No se separó del apoyo de la muchacha—. Necesito… necesito ver a la kaiseri. El niño…
—Está con ella —cortó con una sonrisa que a Dakini le costó enfocar—. Está con la kaiseri. Sabe lo que has hecho. Los rumores vuelan en palacio.
Dejó aflorar una sonrisa de alivio. Suspiró, y sus hombros se relajaron.
Todo su cuerpo lo hizo. Desobedecer a su superiora, viajar a Kapoha, pasar la noche en vela manipulando la memoria de sus compañeros de escuadrón y hechizar esos colgantes, escoltar a los hermanos por zonas poco transitadas, encantar el brazalete de Agnes para seguirles la pista, fingir cada día…
Todo había valido la pena. Se sentó sobre la tarima con ayuda de la sanadora, y una carcajada nerviosa se le escapó de entre los labios.
Lo había logrado: era una heroína.
Pero eso sería solo en principio.
El bullicio en la cantina era ensordecedor.
Agnes se sujetaba la cabeza con ambas manos, con los codos sobre la mesa; le iba a estallar en cualquier momento.
Shilapawa era una ciudad preciosa, llena de fuentes y atravesada por un río artificial, con callejuelas embaldosadas en mosaicos de colores vivos y edificios simétricos rodeados de jardines y vegetación colgante en los tejados.
No entendía por qué, de todos los lugares posibles para visitar, el guardia que los escoltó hasta el gran salón de palacio le había recomendado tomarse algo y descansar en la cantina de la torre de la guardia.
Ahí solo había magos borrachos y fanfarrones uniformados.
—El hechizo de Dakini todavía funciona, no hace falta que te cubras el rostro.
Los dedos de Agnes se separaron un poco y vio a Zeku entre los barrotes de carne oscura. Suspiró.
—No es eso lo que me preocupa ahora, sino haber dejado a Oliver con una desconocida.
Zeku, como de costumbre, no reaccionó a sus palabras. Se llevó a los labios la taza de té frío que había pedido hacía apenas un minuto. La apartó enseguida, con los labios fruncidos de disgusto, y lo dejó de nuevo sobre la mesa.
—¿Está bueno? —preguntó Agnes con sorna.
—Es asqueroso.
Volvió a ocultar las manos en las mangas acampanadas de su chaqueta y Agnes lo observó con detenimiento. El recuerdo de su primera luna llena juntos acudió a su memoria y recordó el cinturón repleto de pequeños cuchillos bajo aquella prenda. Se humedeció los labios antes de hablar.
—Oye, Zeku, ¿qué era esa cosa que le lanzaste a la calva?
—Un cuchillo.
Agnes puso los ojos en blanco. El maldito añadió:
—En Kahuwami los llamamos «aguijones». Se hacen con un metal especial llamado orizilo. Bloquea el flujo de magia; es urticante, pero a los magos les quema y actúa como un veneno si les atraviesa la piel.
—Entonces, ¿la envenenaste?
Él asintió. Agnes no entendía cómo lidiaba con ese tipo de situaciones con tanta normalidad.
Podría haberla matado; quizás lo hizo y no lo sabía.
Pero ella tampoco era nadie para dar lecciones de moral cuando había abandonado a un hombre herido a su suerte.
Se le formó un nudo en la garganta al recordar al pobre señor Haboye y sus gritos de auxilio.
—Tranquila. No es mortal. El orizilo aturde y deja indefenso a cualquier mago. El bloqueo de la magia es inmediato. Dependiendo de la constitución del objetivo, los otros efectos pueden necesitar más tiempo, por eso la escogí a ella y no a él.
—Gracias. Espero que Dakini se ponga bien pronto.
Zeku asintió.
—Gastó demasiada magia. Es muy terca.
—Pero nos sacó de allí. —Bajó la voz y se inclinó sobre la mesa para aproximarse a Zeku, más por costumbre que por necesidad —. Ahora estamos un paso más cerca de encontrar la vara y recuperar mi vida. Bueno, nuestra vida.
—Creo que ya es tarde para mí. Si puedo ayudaros a ti y a tu hermano, me daré por satisfecho. Me gustaría que vuestra elucubración sobre los malditos y la vara fuera cierta.
En el tumulto de la cantina, sus voces sonaron mudas. Zeku volvió a coger la taza de té. Cuando el brazo estuvo a medio camino de su boca, se lo pensó mejor y volvió a dejarlo sobre la mesa.
El suelo dorado brillaba tanto que Oliver se veía reflejado en él.
Podía ver los pantaloncitos cortos y ajustados que escondía bajo la falda y eso le hacía verse a sí mismo expuesto y vulnerable, a pesar de que a ninguno de los guardias de tocados de plumas parecía importarles que se viera bajo las suyas.
Al llegar a Shilapawa, con Dakini en los brazos de Zeku, guardias y magos no tardaron en escoltarlos hasta los cuarteles en palacio y permitirles descansar y asearse como agradecimiento por ayudar a una compañera.
Oliver estaba en medio de un baño cuando llamaron a la puerta de la habitación para guiarlo hasta ese inmenso salón.
Una elegante escalinata frente a él le mostraba el camino a un trono vacío de piedra azul veteada.
El respaldo era alto y formaba pétalos alargados e inclinados que se cernían protectores sobre su ama ausente.
Permaneció quieto en medio del gran salón, aferrando los bajos de la túnica para que le dejasen de temblar las manos y así ocultar sus nervios.
Por lo menos, su ropa estaba limpia y seca, mucho más acorde a la atmósfera elegante y sobria que reinaba en esa enorme estancia que brillaba en oro con cada destello que se colaba por los ventanales y se reflejaba en su superficie.
Las cortinas azulonas tras el trono se agitaron con suavidad.
Cuando una mujer con túnica blanca las corrió, se abrió paso entre el azul una figura que refulgía con el mismísimo brillo del sol terrestre.
Los guardias apostados en diferentes puntos de la habitación se inclinaron al verla.
Ella avanzó hasta el trono con lentitud y gesto dominante, seguida de un hombre menudo ataviado de azul, con perilla puntiaguda y gafas pequeñas.
La mujer de piel oscura y vestida de oro, a juego con su cabello trenzado, se sentó en el trono, con la espalda muy recta y el mentón erguido. Sus ojos áureos y desafiantes podían quemar la carne de cualquiera sobre quienes los posase.
Con un solo gesto de su mano, los guardias y la mujer de blanco abandonaron la estancia. El silencio fue absoluto; ella lo rompió.
—Así que tú eres el elegido. —Su voz calma tenía la fuerza suficiente para resonar en toda la estancia. El eco quedó atrapado en las bóvedas—. Me esperaba algo diferente.
Lo estudió con detenimiento. El hechizo de Dakini seguía activo y la kaiseri veía a un muchacho de piel anaranjada y cabello verde oscuro como el musgo humedecido.
Oliver volvió a fijar la vista en el suelo.
Al ver su propio reflejo, se sintió patético.
Por supuesto que aquella mujer esperaba algo diferente, debía estar muy decepcionada.
Ella le hizo un gesto con la mano para que se acercase, Oliver avanzó y se quedó a un par de pasos del primer escalón del trono.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—O… Oliver —tartamudeó.
—Oliver, mírame.
Obedeció, a pesar de la resistencia que opusieron su cabeza gacha y sus ojos de naturaleza esquiva. La mujer se puso en pie y bajó las escaleras con morosidad.
—Es un regalo para todo Qmark tenerte aquí, Oliver, a pesar de las turbulentas circunstancias de tu llegada. Soy la kaiseri Tahika Yoakehi.
—Lo suponía —balbuceó.
—¿Cómo dices?
—¡Nada, señora! ¡Majestad!
La mujer meció sus pestañas con gesto relajado y se aproximó un poco más, a un palmo de distancia.
Era muy alta. Su ropa, su cabello y su maquillaje resplandecían.
Tenía arrugas marcadas en el rostro y el cuello; sin embargo, no le pareció una mujer de edad muy avanzada.
Sin quererlo, recordó a la necromante y sintió un escalofrío: ella sí que parecía haber vivido mucho más que la kaiseri.
La mujer que tenía enfrente era su antítesis perfecta: un brillo lozano que la elevaba sobre la propia vida.
—Tranquilo, no voy a comerte. No soy una maldita, ¿verdad, Bíbilas?
El hombre que aguardaba junto al trono asintió. Se pasó un mechón blanco por detrás de la oreja y volvió a juntar sus manos a la altura de la pelvis, tieso como una de las columnas que sostenían las bóvedas.
—Lo cierto es, Oliver, que necesitamos tu ayuda. No sé si tu acompañante te ha puesto al tanto de la situación.
—Sí. Dakini me dijo que tengo que encontrar la vara. Así podré salvar a los malditos.
—Dakini… —repitió para sí misma, como si intentase recordar cada sílaba. De inmediato, se dirigió a él—. Más que para salvar a los malditos es para salvarnos de los malditos.
La kaiseri le dio la espalda. Al hacerlo, la falda de su vestido flotó en el aire durante un segundo y abrazó sus piernas mientras caminaba hacia las escaleras. Oliver alzó una ceja, había algo que no le cuadraba.
—¿A qué se refiere? —titubeó un segundo antes de añadir—. Majestad.