Sueños Malditos CAPÍTULO 17 La luz en el mar
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CAPÍTULO 17 La luz en el mar

La caída fue terrible. Contribuyeron demasiados factores.

No solo estaba el pánico a desaparecer, también la sensación de despertarse tras una pesadilla y perderse en una carrera de varios metros hacia el suelo mientras el aire se colaba entre su ropa sin saber cuándo llegaría el final.

Apenas había tenido ocasión de parpadear cuando vio el borde del precipicio en la distancia, creyó que no viviría para contarlo.

Había aceptado la muerte hacía tiempo, pero bajo sus propios términos, intentando cumplir su nuevo propósito, no por la negligencia de una protectora.

Cuando su cuerpo placó de espaldas contra la tierra yerma, recuperó el aire de golpe. Dakini cayó justo a su lado, en medio de una nube de polvo, con el rostro pálido y una molesta sinfonía de tos y carraspeos.

—Tengo que pulir el aterrizaje.

—Tienes que aprender a aterrizar.

Zeku se puso en pie y sacudió con insistencia la túnica y la chaqueta.

Ambos se encontraban en un cráter no demasiado grande.

Daba la impresión de que el suelo se había quebrado tras el impacto como una cerámica.

Se acomodó el cabello tras la espalda. Dakini, que acababa de ponerse en pie con las piernas temblorosas y apoyada en su báculo, lo increpó con el dedo.

Si hubiese sido un cuchillo, se lo habría clavado en el pecho.

—Al menos nos he traído hasta aquí, señor «no sé hacer magia». ¿Cómo conseguiste los tatuajes siquiera? ¿Acaso en Kahuwami los regalan?

La luz del báculo enfatizó las sombras en el entrecejo arrugado de Zeku, imperceptible de no ser por ella. El maldito le dio la espalda y se alejó de la maga un par de pasos para olisquear el aire con disimulo.

—No están demasiado lejos. Ni ellos ni los renegados. Deberías apagar esa luz.

—¿Y cómo voy a ver entonces por dónde camino? Este suelo se desploma si das un mal paso.

Zeku siguió avanzando.

—Usa tus otros métodos.

Agnes caminaba con el corazón en un puño.

Cualquier brisa, cualquier olor, cualquier sonido inesperado la ponían en alerta y la obligaban a mirar en derredor.

En aquel momento, le pareció oír un golpe seco y unos quejidos lejanos.

Pero no estaba segura de nada y, tan pronto como habían llegado a sus oídos, se habían ido, volviendo a sumir el triste paisaje en un silencio tan absoluto que no se atrevió a romperlo ni con su propia respiración durante unos segundos.

Se había detenido en seco, con sus pies apuntando a lo que le pareció la calavera de un lobo.

Un escalofrío la recorrió. Esa podría ser ella en cuanto Dakini descubriera su secreto.

Apartó la vista, ignorando la piel de gallina, e intentó percibir alguna señal concreta, una pista que le indicase una dirección.

Nada. Ni siquiera detectó la respiración o los latidos de su hermano. Giró sobre sus puntas para comprobar el camino que había dejado atrás.

Palideció.

Pronunció su nombre. Oliver. Varias veces seguidas, sin respuesta.

Trotó sobre sus pasos. Aquellos que la habían llevado a donde se encontraba ahora, tan cerca del mar que la humedad de la brisa penetraba en los huesos y el olor a salitre le acariciaba la nariz con cada respiración, cada vez más acelerada.

Olfateó con detenimiento. No podía estar muy lejos, no habían avanzado tanto. Ella había caminado despacio para que Oliver la siguiera sin dificultad. Se maldijo a sí misma, tenía que haberlo tomado de la mano y apretar el paso tanto como les hubiera sido posible.

Las sombras de los árboles negros creaban figuras grotescas en la oscuridad. Entre el resplandor plateado de las aguas se adivinaban pináculos, restos de ruinas sumergidas mucho tiempo atrás, perfiladas sobre un manto negro.

El sudor de su hermano la guio, el olor de su piel y el que impregnaban las fibras de su ropa.

Percibió otro aroma en el camino, uno a establo, plumas y tierra húmeda.

Pero no le hizo caso; ni a ese ni a ningún otro que no fuera el de Oliver.

Ni siquiera al familiar olor a perro mojado que se asomaba con sutileza.

Entonces lo encontró. Una figura baja y ancha que le daba la espalda y miraba el mar de sombras y plata. Sus rodillas ya se habían sumergido y el vaivén de las olas amenazaba con arrastrar lo demás.

—¡Oliver!

El eco respondió. Su hermano no.

—¡Enano! ¿Qué haces? ¡Tenemos que irnos!

Comenzó a caminar hacia él, pero se detuvo cuando la frialdad de las olas le golpeó los tobillos y los pies se le hundieron en el fango.

En los ojos oscuros de Agnes se reflejó un destello verdoso.

Uno que surgió desde el fondo del mar e iluminó la superficie hasta convertirse en un resplandor sobre el reflejo de la luna menguante, como un pequeño jardín flotante en medio del mar.

En el momento en el que su vista se desvió hacia aquella luz lejana, Oliver avanzó, se sumergió y, una vez más, Agnes ignoró las señales de su entorno para nadar tras él.

Agradeció haberse criado en un pueblo cerca de la playa, que la llevasen cada verano a nadar en el mar y en algún que otro río, porque de lo contrario todo habría sido mucho más difícil en Qmark desde el primer día.

El agua estaba helada, como si los soles no hubieran podido calentarla a lo largo de los días. En cuanto sumergió la cabeza, la atacó una punzada, una muy similar a las que le daban al tomar una bebida muy fría de golpe.

Gracias a su nueva visión lobuna y a la luz lejana, fue capaz de distinguir la figura de Oliver a contraluz y todas las burbujas de aire que dejaba atrás con cada brazada.

Al verlo, se preguntó si era posible que estuviera bajo algún tipo de hechizo o hipnosis.

Oliver nunca había nadado tan bien, mucho menos buceado.

Hechizado o no, supo que no aguantaría mucho. Dio un buen impulso y lo agarró del tobillo justo cuando comenzó a bracear con urgencia, falto de aire, y todas las burbujas que quedaban en su cuerpo salieron de golpe. Agnes lo abrazó por la espalda y nadó hasta la superficie lo más rápido que pudo.

Llegaron a la orilla, de espaldas. Agnes, jadeando y tiritando; Oliver, tosiendo y escupiendo el agua salada que había tragado y le subía por la nariz. Cuando la chica abrió los ojos, con la espalda sobre el fango y las olas acariciando su cuerpo, un rostro de mirada perdida y pálida le sonrió.

No. No estaba perdida. La estaba mirando a ella y no pudo reaccionar; el vello de su cuerpo se erizó. La voz de la mujer sonó como un filo de hielo.

—Estáis dando más problemas de los que predije. —Chasqueó los dedos—. Ebena.

El hombre a su lado claudicó con un gesto de cabeza. Su actitud, la expresión en su cara amoratada e hinchada por los golpes y sus ojos gachos no estaban conformes cuando cargó a Oliver sobre los hombros mientras el muchacho gritaba y pataleaba.

Un silbido cortó el viento; seguido, un grito de dolor.

Eso fue lo que Agnes oyó antes de ver el brillo de un pequeño cuchillo sin mango hundido en la clavícula de la necromante.

Ebena dudó un segundo si dejar a Oliver o ayudar a su compañera, segundo que Agnes aprovechó para ponerse en pie y darle una patada en el estómago con nefasta precisión.

El hombre se tambaleó sin soltar a Oliver y la mujer subió en su enore, que placó contra la joven y la devolvió al fango.

—¡No vas a ninguna parte, cadáver viviente!

Un destello de luz. Las patas del animal fueron rodeadas por una cinta luminosa que se unía a la joya brillante del báculo de Dakini, a un par de metros de ellos.

La maga dio un fuerte tirón, y la enore cayó al suelo con su jinete.

La mujer apenas se movió en un triste intento por darse la vuelta.

Su rostro estaba lleno de barro. Se había arrancado el cuchillo, y las venas hinchadas alrededor de la herida palpitaban en violeta.

Al verlo, el grandullón no dudó más. Dejó a Oliver en el suelo y se arrodilló junto a la necromante y el ave, que retorcía su cuello como un gusano.

—¡¡Las manos en alto!! —exigió Dakini apuntando con su báculo, del que todavía colgaban las cintas. El hombre obedeció.

—¿Qué haces…? Ebena, ¿qué ocurre? —balbuceó la necromante en un hilo de voz.

—Nos rendimos.

—No… Ebena…

—Nos rendimos —sentenció con claridad—. Marchaos para que pueda curarla. No os seguiré.

—Tú quizás no, pero ella… —replicó Dakini. Zeku la cortó, poniendo el brazo delante de la protectora y de todo su ímpetu.

—No está en condiciones ni de moverse. Es un trato justo.

—¿De verdad te fías?

El gesto afirmativo fue sutil. Dakini apretó los labios antes de responder. Tenía las pupilas dilatadas y el rostro sudoroso, no aguantaría un combate más.

—Está bien. ¡Venid aquí, deprisa! —alentó con un gesto.

Agnes y Oliver corrieron hacia sus compañeros. La joven miró hacia atrás. Ebena no se movió, seguía con la mirada gacha, fija en su compañera, que no dejaba de balbucear palabras cada vez más desdibujadas.

Zeku tomó a Dakini en brazos. El hechizo de su báculo se deshizo y liberó al animal. El grupo se alejó de la pareja de renegados. Esta vez, la mano de Agnes sujetaba la de Oliver con fuerza.

La luz del mar se había apagado.

Corrieron para alejarse lo suficiente, hasta que los perdieron de vista y los graznidos de la enore se disolvieron en la noche. Cuando llegaron a uno de los muros del acantilado, Zeku dejó a Dakini en el suelo y ella se tambaleó.

—No te quedes a medio camino esta vez, por favor.

Ella esbozó una media sonrisa.

—Tranquilo, al cristal todavía le queda magia y a mí también. Poned todos una mano sobre mi hombro. ¡Y no os soltéis! —Se le escapó una carcajada—. Tampoco estoy segura de que pudieseis hacerlo.

Una vez más, el cristal de Ikebu resplandeció entre los dedos de Dakini. Una vez más, sus tatuajes brillaron y su rostro teñido de rojo se perló bajo una mueca de dolor.

Una vez más, desapareció en su propia luz.

Esta vez tres cuerpos más se fueron con ella. Tres conciencias convertidas en partículas que se aglomeraron brillantes en lo alto del precipicio.

El cristal estalló en la mano de Dakini, los tatuajes de la maga se apagaron… y ella se desplomó sobre la tierra.