Sueños Malditos CAPÍTULO 16 Salto de fe #3
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CAPÍTULO 16 Salto de fe #3

Aquel páramo le daba escalofríos. No solo por no poder ver ni a un palmo de distancia, ni por tener la certeza de que una pareja de renegados los perseguía, sino por el aire enrarecido y los siniestros susurros del viento en sus oídos.

Aquel lugar estaba vivo y, al mismo tiempo, era el cementerio más grande que había visto nunca.

Se estremeció al recordar las películas de miedo que tanto le gustaban a Agnes y que a él le provocaban pesadillas.

Tembló al imaginar a los muertos campando por aquel lugar, buscando vengarse de los vivos, ya fuera en forma de espíritus o de zombis.

—¿En qué piensas?

Oliver, sentado sobre la tierra seca, alzó la vista hacia su hermana. Era la primera frase que le dirigía en casi media hora. Al contrario que él, Agnes no toleraba demasiado el silencio, la obligaba a enfrentarse a sus pensamientos, y Oliver sabía que no era una tarea fácil ni agradable.

Todavía podía oírse el murmullo de la cascada que habían dejado atrás hacía rato.

La media luna iluminaba con sus rayos tímidos el borde del acantilado; desde la distancia, parecía estar a un palmo del cielo.

Oliver suspiró y volvió a ver a su hermana, que miraba impasible a las alturas.

Su piel reflejaba pequeños destellos de plata.

Oliver se abrazó las piernas y respondió.

—Pienso en el lío en el que nos he metido y en que no sé cómo sacarnos de él. ¿Y tú?

—Lo mismo. Y en nuestros padres, la abuela y mis amigas.

Una punzada de culpabilidad atravesó el pecho de Oliver.

Desde que habían llegado a Qmark, todo le resultaba tan fascinante que apenas había dedicado pensamientos a su familia.

A excepción de la noche, cuando más extrañaba los ronroneos de Gris y su peso sobre las mantas, el modo en el que la abuela lo arropaba o la voz de sus padres deseándole buenas noches antes de acostarse.

Durante el día era difícil pensar en algo más que en lo que lo rodeaba, en que era un mago y en que, si no hacía las cosas bien, Agnes pagaría las consecuencias con su vida.

—Lo siento muchísimo, Agnes. Te salvaré, te lo prometo. No sé cómo, pero lo haré. Quiero hacerlo.

Intentó convencerse de aquellas palabras a pesar de lo mucho que le temblaba la voz.

Sin confianza, se veía capaz de lograr entre poco y nada.

«Fingirlo hasta creerlo», había escuchado una vez en uno de los vídeos que solía ver Agnes en el móvil.

Ahora que estaba en un mundo nuevo, rodeado de desconocidos, no le sonaba descabellado.

—Lo sé. —Oliver no dio crédito a las palabras de su hermana.

La miró con los ojos llenos de ilusión. ¿Era posible que creyese en él?

—. Sé que quieres ayudarme. Eres bueno. Quizás demasiado.

Y un poco tonto, sensiblón y torpe. Pero también eres listo e ingenioso.

Seguro que podrás hacer algo. Más que yo, eso seguro.

—¡¿Estás de broma?! —preguntó con asombro, alzando la cabeza hacia ella—. Eres superfuerte. Agnes, ¡tumbaste a ese tío de pelo rosa!

—Sí, ahora que estoy maldita. Antes de eso, ¿qué era?

—Una gruñona malhumorada que siempre se está quejando de todo y que al final siempre me ayuda.

Agnes agarró una de sus rastas y la retorció entre los dedos.

—Sí. Siempre he sido una gruñona. Nada me parece lo suficientemente bueno, aunque yo tampoco sería capaz de hacerlo mejor.

—¡A ti te encanta dar órdenes, los demás lo harían todo!

Con un poco más de luz en aquel cementerio de vegetación y rocas, Oliver habría podido ver la media sonrisa de su hermana.

En su lugar, el brazo de Agnes lo empujó y lo tumbó de lado.

El codo de Oliver quebró el suelo igual que un jarrón de cerámica al caer sobre él, alzando una pequeña polvareda.

Oliver se apartó enseguida y tosió con ronquedad mientras apartaba el polvo con la mano.

Había hecho un buen agujero. La tierra había quedado hueca, como los alveolos en la miga del pan.

—Pareces un viejo.

—Solo cuando toso. Tú lo pareces cada vez que abres la boca —replicó, sacudiéndose la túnica y volviendo a sentarse lejos del agujero. Agnes se puso en pie.

—Se te han subido mucho los humos para contestarme así. Te vendrá bien endurecer las ampollas de los pies, niño elegido .

Se alejó de él con la seguridad de que no tardaría en seguirla. Oliver avanzó tras ella, a pesar de que una melodía sorda le susurraba al oído.

Como el canto de una sirena.

Como ya lo había hecho en casa.

No tenían modo de entrar en la gruta subterránea o lo que fuera que había ahí abajo. Zeku creyó que Dakini optaría por correr hacia Shilapawa y pedir refuerzos, pero, para su sorpresa, se dirigió hacia el final del río y él siguió sus pasos renqueantes y decididos con curiosidad.

La cascada caía con estruendo sobre el Reino Roto. Ambos se asomaron al bordillo del acantilado para descubrir que lo único que se veía con claridad era una enorme nube gris.

Dakini todavía estaba inestable por el cansancio que provocaba el uso excesivo de magia y las lesiones de la caída. Zeku la agarró por el hombro en cuanto se inclinó más de la cuenta hacia el borde y la hizo retroceder un par de pasos. Su mano no permaneció sobre ella más de lo necesario.

—Algo me dicen que están ahí abajo.

—¿Qué exactamente?

Dakini lo miró por el rabillo del ojo y esbozó una sonrisa sibilina.

—Digamos que yo también tengo mis métodos. Hago mucho más que dar luz en la oscuridad. —Dio unos golpecitos con el dedo a la joya iluminada de su báculo, orgullosa, y se lo tendió—. Tienes que bajarnos. Eres un mago de aire, será pan comido.

—No. No puedo. Soy un mago negligente. Nos caeríamos los dos.

Sonó más rígido de lo habitual; le dolía tener que decir eso. Sus habilidades mágicas habían sido más que aceptables y, pese a tratarse de una maniobra peligrosa, podría haberlo realizado sin riesgos. No habría sido la primera vez que desafiaba la gravedad.

Oyó un ligero crujido, casi imperceptible por el rugido de la cascada. Parecía que el río llorase por el cauce arrebatado tantas eras atrás. Poco después, percibió el olor de la enore.

El semblante de Dakini se contrajo en una mueca de disgusto. No verla sonreír era extraño y muy satisfactorio a la vez. La conocía desde hacía unos días y a veces sospechaba que esa sonrisa le pesaba demasiado. Pero con él era mucho más sencillo que se le cayera.

Dakini gruñó, frustrada.

—Doy gracias de que sepas usar esas dagas que escondes bajo las mangas.

Él también daba gracias por eso. Sin cambiar la expresión, buscó algo en su bolsa.

Un objeto pequeño que entregó a Dakini. La maga lo observó con detenimiento durante un instante en la palma de su mano.

Una piedra poco mayor que una falange de pulgar brillaba en diferentes colores según el ángulo sobre el que incidiese la luz.

—Un cristal de Ikebu… —murmuró ella.

No quería separarse de ese cristal, menos aún que una seguidora de la nueva fe lo usara, pero no tenían otra alternativa si querían encontrar a Agnes y a Oliver antes que los renegados. Debía ser racional: él ya no podía usarlo. Jamás volvería a hacerlo.

—Gracias.

Dakini dejó que el báculo cayese sobre su hombro para liberar ambas manos.

Miró el cristal una vez más, antes de apretarlo con fuerza entre sus dedos; eran una rareza, casi imposibles de encontrar en Gurewo y aún más difíciles de pagar.

Pero era la mejor opción, la magia de Ikebu Dasajo podría bajarlos al Reino Roto sin necesidad de que Dakini se sobrepasase de nuevo.

Dakini lo tomó de la mano, y la luz iridiscente del cristal se coló entre los dedos de la maga.

Zeku cambió de idea: era un plan terrible.

Quizás si le hubiesen advertido de lo que iba a ocurrir, su corazón no se habría acelerado cuando un desagradable y punzante hormigueo se extendió por su cuerpo desde la mano que su acompañante agarraba.

Quizás no habría palidecido al ver el cuerpo de Dakini fundirse en su propia luz y llegar hasta él.

Quizás no hubiera sentido el impulso de soltarse de un tirón y no hubiese dejado escapar un gemido de angustia cuando se percató de que ya era tarde y su mano también se había disuelto como tinta en el agua.

Cerró los ojos. No pudo ver nada más después de que el resplandor subiese por su brazo y lo desintegrase poco a poco en pequeñas partículas que viajarían a toda velocidad a un punto concreto para volver a juntarse.

Quiso respirar, llenar sus pulmones de aire, pero ya no estaban ahí.

En menos de un segundo, su existencia fue borrada del mundo y, en menos de un segundo, volvió a sentir su cuerpo precipitándose al vacío.