CAPÍTULO 16 Salto de fe #2
Ensimismado por la tétrica estampa, Oliver chocó contra su hermana, que se había parado en seco, con las rastas goteando. Ella le dedicó una mirada fulminante. O eso le pareció, era difícil saberlo con tan poca luz.
Ambos habían aterrizado en un río furioso que amenazó con arrastrarlos a su fin, pero Agnes nadó con él hasta la orilla.
Sin duda, las habilidades de su hermana eran fruto de la magia; antes apenas era capaz de abrir un bote de mermelada y ahora desafiaba la corriente.
Se preguntó cómo debía sentirse. Él había hecho magia dos veces y no estaba seguro de cómo.
Le costaba creerlo; sus recuerdos se antojaban irreales.
En ese momento, después de haber soltado los nudos de sus muñecas y caminar bordeando la ladera, Agnes miraba la cima del acantilado con los puños cerrados.
Era inmenso, como un edificio de trece plantas.
Si hubiesen saltado desde lo más alto no habrían sobrevivido.
Esa idea le oprimió el pecho. Quizás hasta ese momento, Oliver no se había percatado de lo grave que era su situación, del lío en el que se habían metido por su culpa.
Por las voces del bosque… Por esa estúpida vara que quería ser encontrada y ahora no le daba una sola señal más allá del sueño que había tenido la última noche de luna llena.
Le costaba recordarlo. Las imágenes se dibujaban y desdibujaban en su mente como una neblina difusa que danzaba entre formas caprichosas en la oscuridad del inconsciente.
Había un mural, muy parecido al que había visto en la tierra, más brillante, policromado y lleno de detalles.
De pronto, el color se destiñó y las paredes de piedra se quebraban con la humedad de las eras.
Oliver se paseó por aquella estancia vacua y vagamente iluminada por pequeñas esferas de luz que flotaban como estrellas.
Se detuvo en una figura que llamó su atención.
Era el dibujo de un hombre, con largas barbas cobrizas decoloradas por el tiempo.
Sostenía en su mano alzada una varita gruesa.
De ella surgía un resplandor verde y claro, que escapó del muro y trazó un camino en medio de la oscuridad.
Una línea fina y perfecta de la que no podía ver el final.
La siguió entre la penumbra y se topó con una puerta enorme, de arco apuntado y tallas doradas desgastadas, entre las que le pareció distinguir algunas figuras de lobos y varios shomis que no supo interpretar.
Cuando se dispuso a agarrar uno de los oxidados tiradores teñidos de verde, la puerta se abrió sola y Oliver se vio de pronto en la cripta de las estatuas, que se alzaban a los lados formando un pasillo en aquella estancia de altas bóvedas de piedra cruzada y gris, sustentadas por finas columnas de cristal verde.
Oliver atravesó el pasillo bajo la atenta mirada de los hombres y mujeres de piedra.
Una de ellas, con largos y voluminosos cabellos rizados, llamó su atención sobre las demás.
Era Onika, la extranjera de la que les había hablado Dakini y antigua gobernante de Gurewo.
Había algo en ella que destacaba entre las demás efigies.
Sus rasgos y estética la delataban, la falda larga y estampada que vestía, el collar ceñido a su cuello…
Todo dejaba entrever que no pertenecía a ese mundo.
Quizás ella también había atravesado el portal y había querido dejar constancia con un mensaje mudo que solo unos pocos podían llegar a comprender en su totalidad.
La luz verde centelleó al final del pasillo y volvió a centrar la atención del muchacho. Subió las escaleras hasta el pedestal y se sobrecogió ante la magnificencia de la estatua que guardaba el cadáver.
La túnica del mago se alzaba con un viento invisible, como si fuera el poder de la magia del propio hombre el que hacía danzar sus ropajes y cabellos en aquella imagen estática y tan viva.
Sus ojos brillaban en jade y, a su alrededor, los muros desteñidos narraban su historia.
Algunas escenas le resultaban familiares, pero otras eran nuevas, como el mago que luchaba contra los lobos y era devorado por ellos.
Oliver leyó una palabra: «sacrificio». Y volvió la vista a la estatua que tenía enfrente.
Le costó despegar la vista de aquel hombre barbudo.
Sabía que cada detalle que pudiese recordar sería vital, así que se inclinó hacia él y, al apoyar las manos sobre la piedra para leer la inscripción del pedestal, la estatua se resquebrajó como un folio de papel al rasgarlo.
Los pedazos de roca quedaron suspendidos.
Entre ellos brilló un objeto verde y alargado, con la punta de cristal y el mango enjoyado en argento y áureo.
—Así que ahí está.
Oyó un eco distorsionado a su espalda. Al girarse, le pareció ver un par de estrellas lejanas brillando en morado al pie de las escaleras. Fue solo un segundo. Un segundo antes de que todo se esfumase con un pestañeo.
Volvía a ser un lastre. La vida de Agnes estaba en peligro y no sabía cómo ayudarla.
Habían estado tan cerca de Shilapawa, de la kaiseri…
y ahora estaban perdidos en un agujero olvidado, lejos de Dakini y de toda esperanza.
Supo que la pareja de renegados no dejaría de buscarlos y, a juzgar por las habilidades de Ebena, no le costaría nada crear una ruta tras la cascada.
Y él, ¿qué podía hacer para ayudar? ¿Lazos de oscuridad incapaces de agarrar nada?
¿Cubrirlo todo de tinieblas? Eso último, en realidad, no sabía cómo hacerlo.
Cada minuto que pasaban lejos de la kaiseri, era un minuto menos para Agnes.
La chica se volvió hacia él, molesta por los sollozos que Oliver intentaba mantener en su pecho.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó con tono frío—. ¿Te has raspado una rodilla?
Oliver se enjugó las lágrimas con el antebrazo.
—No. Es solo que… estamos así por mi culpa, y tú te vas a convertir en un lobo, y yo me voy a quedar solo en Qmark sin poder conseguir la vara, y Gris morirá de hambre porque no come bien cuando no estoy en casa.
Lo último era cierto. Oliver había pasado tres días fuera de casa por una excursión escolar y el gato no había probado bocado a partir del segundo día por la pena de la separación.
Rompió a llorar a moco tendido. Agnes lo miró con severidad, y el niño notó el peso de su mirada sobre él.
—Eres increíble, ¿te preocupas por un gato y no por nuestros padres y la abuela?
—¡Sí que me preocupo! ¡Y no es un gato cualquiera! ¡Es mi amigo! —replicó.
—¡Es un animal, Oliver! Nadie que se lama el trasero debería ser amigo de alguien.
—¡Pues a ese gato lo extraño más de lo que te extrañaría a ti, él siempre me ha tratado bien!
—¿¡Cómo te atreves!? Enano de mierda. ¡Yo te salvé el culo en el bosque y te lo sigo salvando desde que llegamos a este horrible lugar!
—¡Solo porque me necesitas! —gritó, desafinado—. ¡Tú siempre me menosprecias, me insultas y te metes conmigo todo el tiempo! ¡No eres mejor que los abusones de mi clase! Me salvas solo para volver a tratarme como a un trapo cuando te aburres o te enfadas. ¡¡Estoy harto, Agnes!!
El viento aulló entre las ramas grises de los árboles, incómodo por el pesado silencio.
—¿Eso es lo que piensas de mí?
Entonces dudó. Soltar aquello había sido como perder varios kilos de golpe.
Incluso el aire le llegó mejor a los pulmones y el nudo en su garganta se aflojó.
Era consciente de que sus palabras habían sido duras.
Tal vez a Agnes le pesaran tanto como le habían pesado a él, pero eso era algo con lo que ella tendría que lidiar.
—Sí.
—Bien. —Sacó la varita de su zurrón y se la entregó a Oliver—. Pues espero que sepas cuidarte solito, no querría volver a tratarte como a un trapo cuando salgamos de aquí y te lleven a Shilapawa. Haz un ascensor mágico o alguna mierda así para salir de este agujero. Yo iré por otro camino.
—¡Si no quieres tratarme como a un trapo, no lo hagas, Agnes! No puede ser tan difícil tratar bien a alguien que se supone que te importa. ¡No me apartes como si no valiese nada!
La figura de su hermana se difuminó bajo un velo acuoso de lágrimas en la oscuridad. No pudo ver su expresión cuando se volvió hacia él, tan solo escuchó su voz desquebrajada.
—¡No sé cómo hacerlo, Oliver! Yo no… Yo no estaba preparada para que papá rehiciera su vida y tú aparecieras en ella.
No soy una buena persona, no soy amable ni una hermana cariñosa.
No soy una de esas heroínas tuyas de fantasía.
Soy mediocre, ¿vale? Me gusta ver a los niños jugar en el parque para reírme de ellos cuando caen y se echan a llorar.
Y sí, tal vez el único modo que conozco para sentirme mejor conmigo misma es pisotear un poco a las personas buenas y con talento; no quiero que crezcan y me hagan sombra.
—Entonces, ¡haz algo! Tiene que haber algo más que te haga sentir bien o te motive a ser mejor.
—No quiero seguir hablando de esto —sentenció—. ¿Vienes conmigo o te vas por otro lado?
No necesitó pensarlo.
—Voy contigo.
¿Acaso tenía otra opción?
Como de costumbre, Oliver estaba cansado, tenía sueño y la humedad le dificultaba respirar.
Agnes se había mostrado generosa tras la discusión y le permitió un minuto de descanso, sin dedicarle una sola palabra, ni siquiera una triste mirada de desprecio.
Los árboles muertos no tapaban el brillo de la luna menguante y, poco a poco, su vista se había acostumbrado a la penumbra.