CAPÍTULO 16 Salto de fe
—¡ S olo dices tonterías, no entiendo una palabra! —bramó Agnes al límite de su paciencia, que no era mucha—. Dakini nos prometió que la kaiseri podría ayudarnos. Si ambos llevamos a Oliver junto a ella, podemos trabajar juntos.
El renegado la miró con lástima y negó con la cabeza; parecía un cachorrito que esperaba una reprimenda. Uno enorme. Esa chispa de compasión crispó los nervios de Agnes, que tensó todavía más la mandíbula.
—No nos fiamos de la kaiseri. Ni de nadie con cierta posición y poder.
Tahika tendrá mucho conocimiento teórico, pero es incapaz de comprender la esencia de la magia y se guía firmemente por el dogma.
Mucha gente sueña con poseer la vara; unos por la gloria, otros para intentar cambiar el mundo.
Al final, les corrompe su poder, pierden la cordura.
Con ella no será diferente, aunque no tenga el don; usará a tu hermano.
—¿Y con vosotros sí será diferente?
Los ojos del hombre brillaron con tristeza.
—No me estás escuchando: nosotros no queremos poseer la vara.
—No, solo usar a mi hermano como una marioneta. ¿Qué os hace mejores que a la kaiseri?
—¡Lo que quiero es ayudar a mi familia! Por favor. Hemos trabajado con varios magos que decían ver la vara. Todos resultaron ser unos embusteros.
Se le estremecieron las entrañas. Había algo en su voz y en sus ojos de aventurina que la invitaban a creer sus palabras, quizás porque sonaban demasiado rotas.
Pero Agnes se negó. No podía fiarse de alguien que iba por la vida secuestrando niños en compañía de una psicópata que paraba corazones a su antojo.
Había visto a Dakini usar la magia de ilusión un par de veces, nada le garantizaba que él no pudiera hacer algún truco para engañar sus sentidos.
Ensimismada en sus pensamientos, apenas tuvo tiempo de reaccionar cuando la enorme mano de Ebena se apoyó sobre su hombro. Dio un respingo, lo miró y descubrió un semblante sin rastro de malicia que la observaba implorante.
—¡Agnes!
Al escuchar la voz de Oliver, su cuerpo reaccionó como un resorte.
Recordó lo que estaba haciendo allí y, como un autorreflejo, su puño golpeó la boca del estómago de Ebena.
Su tronco tatuado se dobló y lo abandonó el aliento.
Agnes se sumió en la irrealidad del instante.
Sus manos temblaron. Jamás creyó posible poder golpear con tanta precisión y brutalidad a alguien.
—¡Agnes, mi varita, en su chaleco! —gritó Oliver, con la mordaza a la altura del mentón.
—Lo siento…
No era una disculpa vacua. En su interior, lamentaba tener que actuar de ese modo después de haber adivinado la aflicción en la mirada del renegado, a pesar de que apenas una hora antes había abandonado a un hombre herido —que los había ayudado— a su suerte sin ningún tipo de remordimiento.
Ella siempre había tenido claro que no era un modelo de buena conducta ni tampoco había pretendido serlo nunca.
Sin embargo, la punzada de culpabilidad que sintió al golpear la cara de aquel hombre hasta tumbarlo fue, cuanto menos, merecedora de su asombro.
Un par de puñetazos cargados fueron suficientes para hacerlo tambalear y rematarlo con una patada que lo dejó en el suelo, fuera de sí, con la corona de flores tirada a su lado, triste y desangelada.
Agnes se agachó sobre él y rebuscó en los bolsillos del chaleco para dar con la enclenque varita de Oliver.
Corrió hacia su hermano después de propinarle otro puñetazo al mago —por precaución— e intentó soltar los amarres de su hermano, sin éxito.
Le temblaban las manos, y los nudos estaban muy apretados.
Entonces oyó unos pasos ligeros y la voz de la necromante sobre el techo de tierra.
—¡Ebena! ¡Ebena, abre el pasadizo!
A su espalda, el hombre se esforzaba por apoyarse sobre los codos.
Agnes sacudió la cabeza un par de veces y, temerosa de que Ebena volviera en sí, agarró la varita con los dientes y cargó a Oliver en brazos para correr por un estrecho pasadizo que divisó al fondo de la estancia.
Allí el aire soplaba frío y el rugido de una cascada anunciaba el final.
La luz llegó al tomar una curva en la que se vio obligada a frenar de costado contra la pared en un derrape.
Oliver se quejó del golpe. Agnes retomó la marcha y corrió hacia la cortina blanca y gris que caía al final del pasillo.
Se detuvo un par de pasos antes de llegar al bordillo, y la corona floral de Oliver se precipitó al blanco vacío en el que se perdía la cascada.
Ante ella, lo único que se encontraba era el agua que caía furiosa a saber hacia dónde. Supuso que a un río o al mar, y esperaba que no hubiese rocas debajo. Dejó a Oliver en el suelo, en pie, y se acercó con cautela al bordillo que sobresalía de la boca de la cueva.
—¿Se ve el final?
Agnes negó con la cabeza. A pesar de que su miopía se había desvanecido casi por completo, lo único que veía era la neblina del agua ascender hacia ellos.
No estaba segura, pero habría jurado que, a pesar del estremecedor estruendo de la cascada, había oído crujir la tierra de nuevo.
Algo se aproximaba. O, mejor dicho, alguien.
Si vacilaba, no tardarían en darles caza.
La chica se quitó la varita de la boca y la guardó en el zurrón con rapidez.
—Hay que saltar.
—¡¿Qué?!
—¿Quieres quedarte con ellos?
—¡No!
—Entonces, agárrate. Y no grites.
Agnes volvió a cogerlo en brazos y retrocedió varias zancadas. Esta vez lo agarró con más fuerza, envolviéndolo con los brazos para protegerlo.
—¿Cómo me voy a agarrar? ¡Estoy atado!
Agnes no respondió. Corrió hasta el bordillo y saltó con todas sus fuerzas a través de la cascada.
Le había dicho más de una vez que no estaba en condiciones de luchar, pero Dakini era una maga obstinada y una pésima protectora que no aceptaba sus limitaciones.
Ahora él cargaba con ella a sus espaldas. Los voluptuosos muslos de la chica le envolvían las caderas, y el pecho contra su espalda le bañaba el cuerpo en un calor insoportable.
Dakini apenas tenía fuerzas para caminar; sí le sobraban para tocar las narices.
—Entonces, armas de selén, ¿eh? Eres una caja de sorpresas. Una caja muy hermética e inmóvil.
Zeku no respondió. En su lugar, se aventuró a preguntar:
—¿Estás segura de que es por aquí?
La maga se llevó una mano a la barbilla, fingía pensar.
—No lo sé, dímelo tú. Pareces tener buen olfato para estas cosas.
Iban bien, aunque en ningún momento se lo confirmó.
La supuesta corazonada de Dakini los guiaba por el camino correcto, el rastro de Agnes empezaba a distinguirse.
Le alegró saber que había salido del agujero, pese a que, de no ser por la urgencia que los azotaba, le habría gustado regresar para ayudar al ebanista Haboye.
—Por cierto, ¿por qué usar armas blancas pudiendo usar tu magia?
—No tengo mi varita.
—¡La has perdido! —La notó removerse en su espalda. Sonó escandalizada.
—No. La tiene otra persona.
—¡¿Te la han robado?! ¡Claro! Cuando te encontré moribundo en la cabaña del bosque.
Él asintió. No le gustaba mentir y tampoco le apetecía dar más explicaciones; debía dar gracias a Ikebu Dasajo de que la muchacha hubiese sacado sus propias conclusiones.
Además, parte de lo que le había dicho era cierto: la varita no estaba con Zeku.
Antes de huir de su hogar, descubrió que la guardaba alguien muy importante para él.
Pensar en el pasado le hizo sangrar el corazón entre las costuras que había conseguido zurcir.
—¿Qué quieres de mí, Dakini?
La respuesta no fue inmediata. Para su sorpresa, la había abordado desapercibida.
—¿A qué te refieres?
—Siempre que me hablas, pareces acusarme de algo.
—Uh, quizás es tu imaginación y te das por aludido.
—Tengo poca imaginación.
—Eso salta a la vista.
El muchacho trotó durante un rato más en silencio. Un silencio precioso y agradable que acompañaba a la incipiente oscuridad de la noche y armonizaba los sonidos de los insectos saltando entre la hierba una vez logró ignorar la respiración y latidos de su compañera. Por desgracia, no duró mucho.
—Confieso que… no estoy segura de poder confiar en ti.
—No te he dado motivos para que lo hagas, pero tampoco te he dado ninguno para desconfiar.
—La noche que Agnes se marchó enfadada al bosque y fuiste detrás… Os seguí al cabo de un rato. Temía por ella.
—¿Por eso intentaste acercarte sin hacer ruido? Usaste magia, ¿verdad?
—Sí —confesó con la cabeza gacha por la vergüenza—. Me pillaste.
—Tengo buen oído.
—Demasiado bueno. En fin, ahora entiendo que si no tenías tu varita tuvieses miedo de enfrentarte a los malditos y prefirieses pasar la noche con Agnes. Supongo que no todos pueden ser héroes.
«No. Supongo que no».
El aire le reveló su destino. A su alrededor no había nada más que el río y algunos árboles salpicando el terreno. No obstante, el aire nunca le mentía y trajo con él olores y voces familiares que se perdían bajo tierra.
—Deberíamos dejarlo estar. Tal vez si les explicamos la situación…
Zeku afinó el oído. La conversación apenas era un susurro que le llegó amortiguado.
—Van con una protectora. ¿Crees de verdad que nuestros deseos o hipótesis se consideran más importantes que los de quien se sienta en el trono o del propio credo? Olvídalo, Ebena. Ese niño es la única oportunidad de tu familia y de cambiarlo todo.
—Es aquí —informó el maldito.
El aire nunca mentía.
El brillo de Zaroku había desaparecido entre los acantilados.
Ahora el cielo se teñía de oscuridad y, en ese paisaje devastado, no había ni una sola luz, ni nadie que pudiera dársela.
Oliver temblaba, empapado. La bruma de la cascada todavía los perseguía y enfriaba el páramo rocoso y cenizo, donde las ramas de los árboles desnudos arañaban el aire en un intento desesperado por aferrarse a la vida que se les secaba mientras la luna observaba su miseria menguando en el cielo.