CAPÍTULO 15 Duelo de magos #2
No era una renegada. Ni siquiera una maga de la kaiseri.
Su mano estaba vacía, impoluta, y él bien sabía que la naturaleza de ese tipo de sellos no permitía eliminarlos con magia común, por eso los renegados tachaban el símbolo.
Tampoco hizo aparecer el sello invisible de la Universidad Arcana de Béruma y aquella revelación le hizo entender que ella estaba fuera de toda norma.
Era una ilícita.
Lo olía. Podía oler a su hermano. Reconocía su rastro y el de ese pajarraco gigante; también el de Dakini y el inconfundible aroma a perro mojado de Zeku. Le horrorizaba la posibilidad de oler igual que él.
Atravesó una cueva que cruzaba la falda de la montaña.
Al salir, llegó a sus oídos la voz quejumbrosa de Dakini.
Algo sobre magos de viento que no llegó a entender del todo.
La necromante estaba cerca; no obstante, el rastro de Oliver amenazaba con perderse.
No estaba dispuesta a gastar su tiempo con ella, tal y como parecían estar haciendo sus compañeros.
Se alejó de la zona para bordearla, con la esperanza de que nadie, sobre todo la mujer ciega, detectase su presencia.
Avanzó entre árboles variopintos de hojas diamantinas e insectos brillantes, que comenzaban a titilar a medida que Arisu se ocultaba.
Olía a podredumbre, pero se concentró en no perder el rastro de su hermano y el del mago que lo retenía.
Corrió forzando su cuerpo al máximo. Le sorprendió lo poco que se cansaba para la velocidad que conseguía alcanzar.
Oyó el murmulló de una cascada y no tardó en toparse con un río anchísimo que rodeaba las murallas azulonas de la esplendorosa Shilapawa. Debía darle la razón a Dakini ahora que la contemplaba un poco más de cerca: era impresionante y hermosa.
Miró a su alrededor y caminó durante un rato más sin saber muy bien hacia dónde se dirigía.
Estaban cerca, lo presentía, pese a no ver nada más que los árboles, la ciudad y los picos difuminados de las montañas del sur, detrás de la capital.
Hacia el otro lado, a lo lejos, la tierra desaparecía y el río se precipitaba a un mar de niebla.
Era como si una espada colosal hubiera partido el suelo y se hubiese hundido, creando aquel paisaje quebrado que se perdía entre nubes grises y la inmensidad de mar en el horizonte.
Una ligera vibración la hizo salir de su ensimismamiento.
Procedía de debajo de la tierra y pronto sospechó que podría tratarse del otro renegado.
En un acto desesperado, se puso a cuatro patas y palpó el suelo con insistencia.
Gateó durante largo rato, siguiendo un rastro casi inexistente.
Un acento en el aire arrastró el olor de su hermano, que se camuflaba entre la humedad y la hierba.
La tierra vibró de nuevo y el pasto se abrió frente a ella, formando unas escaleras descendentes que desembocaban en un pasadizo.
Se adentró en la penumbra sin pensarlo, con paso cauto, a sabiendas de que era una malísima idea.
Él era un mago de tierra y ahora ella estaba, literalmente, bajo tierra.
El olor de Oliver se hizo mucho más fuerte a medida que avanzaba por el túnel.
También percibió un aroma floral que no conseguía asociar a ninguna planta.
La luz del atardecer desapareció con un crujido tras de sí; el resplandor de una pareja de cirios al final del rugoso corredor era ahora su guía.
Cuando llegó a la pequeña estancia de la madriguera, el hombre fornido la esperaba con los brazos cruzados y una corona de flores sobre sus bucles rosas y brillantes.
En una mesa redonda de madera, había varios ramos de especímenes que desconocía.
A la derecha, dentro de un cerco improvisado con rocas y vallas endebles, estaba Oliver, maniatado, amordazado y con otra corona de flores.
Forcejeaba y gruñía, sin más resultado que el de captar la atención de Agnes.
—Tú no eres Hiokeya.
«Pues claro que no, cazurro, salta a la vista».
—He confundido vuestros pasos, qué vergüenza —dijo llevándose una mano a la frente, afectado—. Ya me extrañaba que Shoko no la acompañase.
Agnes señaló a Oliver, quien movía la cabeza con insistencia para librarse de la mordaza.
—Devuélveme a mi hermano.
Fue todo lo que se le ocurrió decir. Un «por favor» habría estado bien, pero no era su estilo. Las chicas que pateaban culos en las películas nunca pedían las cosas por favor y, en ese momento, eran su único referente. Esperaba que eso le hiciera pensar al grandullón que podía con él.
—No. —Agnes arrugó el ceño. Él se llevó una mano al pecho y continuó hablando con tono afligido—. Lo siento. No me gusta tener que hacer esto, pero ahora no tengo otra opción. Lo necesitamos y te prometo que estará a salvo.
—¿¡Me prometes!? ¡¿Tú?! ¡¿Tú, desconocido, te atreves a hacerme promesas después de emboscarnos dos veces, casi matarnos y secuestrar a mi hermano?! —Se le escapó una risa incrédula entre la rabia—. ¡Tienes los huevos cuadrados!
El hombre alzó una ceja.
—No, claro que no. Son redondeados. Más o menos. Como una bolsita colgandera.
—¡Es una forma de hablar! ¡Me da igual cómo tengas los huevos! ¡Solo quiero a Oliver!
Ebena dio un paso al frente y Agnes retrocedió en guardia. Le bastaría una mano para aplastarla.
—¿Eres consciente de lo que tu hermano podría lograr? Necesita un guía, conocer sus opciones: todas.
—Y supongo que tú estarías dispuesto a cumplir ese papel, después del secuestro y… no sé, ¡lavarle el cerebro!
El hombre negó con la cabeza.
—No. Yo no soy un gran mago, pero entre Hiokeya y yo podríamos ayudarle a encontrar la vara y usarla para el bien común. Probar algo diferente a lo establecido por el dogma.
—¿Cómo sabes lo de la vara y Oliver? —preguntó con cautela.
El hombre apretó los labios. Estaba claro que dudaba si responder o no. Al final, desvió la mirada y confesó con ligera reticencia.