Sueños Malditos CAPÍTULO 15 Duelo de magos
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CAPÍTULO 15 Duelo de magos

Sus ojos dorados se toparon de frente con los de la renegada unos diez metros más adelante.

Lo esperaba en lo alto de la ligera inclinación del terreno, de pie junto a su montura, entre árboles de tronco fino bastante distanciados entre sí y hojas como diamantes.

Las alas de la enore se sacudieron en cuanto los vio llegar; las mantuvo abiertas y erizadas en señal de alerta.

Zeku se preguntó si el destino ya había cambiado sus planes desde el último encuentro con ella.

Muy hondo, en su interior, esperó que no, que todavía le permitiese vivir, al menos durante el tiempo suficiente para ayudar al niño que prometía salvar Qmark. Si era posible, deseaba presenciarlo.

—¡Volvemos a vernos! —exclamó Dakini detrás del maldito, apuntando a la necromante con el báculo. Su aspecto era tan lamentable que tenía suerte de que su oponente fuese ciega.

La mujer frunció el ceño.

—No. No lo hacemos: vosotros volvéis a verme a mí —puntualizó. Luego estudió a Zeku con sus ojos pálidos—. Viajas con una compañía muy curiosa, protectora.

—Qué puedo decir, no me cuesta hacer amigos.

Zeku contuvo las ganas de poner los ojos en blanco.

—¿Dónde está Oliver? —preguntó él.

—Con mi compañero. Eso ya lo sabes, ¿no?

—Se llevó una mano a la barbilla y sonrió con malicia.

Sus movimientos eran tan gráciles como recordaba, pero lejos de resultar atractivos.

Toda ella le generaba un profundo rechazo.

Su presencia enturbiaba el ambiente y pudría el aire.

Todo en ella evocaba la decadencia de la vida.

Dakini lo miró de reojo y él adivinó hostilidad en su semblante aparentemente despreocupado.

—Sí… Zeku sabe muchas cosas, supongo que es parte de su trabajo como espía.

—No inventes —replicó él.

La necromante se echó a reír. Era una risa afilada como un cristal roto, fría como el metal.

«Como la muerte».

El eco la acompañó durante unos segundos y algunos pájaros alzaron el vuelo desde los árboles. Las hojas diamantinas reflejaron la luz del ocaso al bambolearse desde las ramas; los destellos dorados e iridiscentes bailaron entre ellos como hermosas motas de polvo alzadas por la brisa.

—¿Espía? Espero que tu condición no te dificulte el trabajo.

—No soy un espía. Gurewo me trae sin cuidado.

—Eso es justo lo que diría un espía —repuso Dakini.

—¿Tú de qué lado estás?

—Del de la verdad. Y algo me dice que tú no me la has contado. —Volvió su vista hacia la mujer, con el semblante más serio que le había visto hasta el momento—. Pero tienes razón, lo más importante ahora es Oliver.

—Yo te creo, zagal. Un espía de Kahuwami con el cabello largo está condenado a fracasar —añadió con una media sonrisa burlona—, y tú pareces listo. Cauto al menos.

Zeku no estaba seguro de si eso era un cumplido.

—Por favor, déjanos pasar. Ese niño podría ser la esperanza de Qmark.

—¿Qué sabes tú…? —intervino Dakini.

—Por eso no puedo dejaros pasar. Si el elegido sigue el camino convencional, solo veo dos opciones para él y una de ellas seguro que no le gusta a la kaiseri. ¡Uh! —Se llevó una mano a la boca con falsa sorpresa—. No debería haber dicho eso.

—¡¡Asquerosa renegada!! —La voz de Dakini sonó rabiosa.

Sus pasos furibundos hundieron la hierba para acortar las distancias con la figura oscura, pero Zeku la sujetó del brazo y la detuvo.

Ella se zafó del agarre con un fuerte movimiento—.

¡No tienes ningún derecho a hablar de la kaiseri, y menos a sugerir blasfemias!

—Siento decepcionarte y romper tu fanatismo por esa mujer; no es un alma pura y desinteresada. Le gusta demasiado su trono, no lo cederá tan fácilmente. Ni siquiera por un poder considerado superior.

El báculo de Dakini parpadeó con rabia. Un rayo de luz salió despedido de él en dirección a la necromante, que concentró toda la energía en una espiral oscura y translúcida que se formó desde la punta de su bastón.

La enore salió corriendo despavorida por el ataque, y los tatuajes de la necromante brillaron en tonos rojizos cuando la magia de Dakini se disipó. Había absorbido el ataque.

—No te vayas muy lejos, Shoko. No tardaré mucho.

Un escalofrío recorrió la columna de Zeku y desembocó en un pinchazo en la sien.

Conocía de sobra aquella sensación, no era la primera vez que alguien intentaba controlarlo y no era diferente a cuando había luna llena.

Mirar desafiante a la mujer que lo apuntaba con la varita le bastó para evitar el encantamiento.

—Ya veo… Muy interesante —murmuró ella.

Con rapidez, Zeku hundió las manos bajo las amplias mangas de su chaqueta, desenfundó sus dagas y corrió hacia la mujer.

Sabía que era una idea cuestionable, la altura daba ventaja a la necromante.

Aun así, prefería arriesgarse a quedarse quieto esperando a que absorbiera otro ataque de Dakini y ganase más poder o rendirse y esperar de nuevo a la muerte.

Antes de llegar a ella, un brillo dorado envolvió el cuerpo del chico.

Esa luz lo colmó de energía. Dakini le había lanzado un hechizo para multiplicar sus capacidades, lo cual le fue muy útil para bloquear el rayo zigzagueante que la necromante le lanzó cuando estuvo a una zancada de ella.

Interpuso su daga izquierda entre él y el rayo.

El metal absorbió la magia, tiñéndolo de un tono vibrante e iridiscente.

La mujer apenas tuvo tiempo de retroceder cuando Zeku arremetió contra ella. La ceguera no le restaba agilidad. Zeku no entendía cómo lo lograba, pero tenía claro que, de algún modo, podía ver con mucha más precisión que los demás.

Cuando la tuvo a su alcance, la daga rebotó contra una barrera invisible al intentar acertar un golpe.

La mujer retrocedió un par de pasos más y lo saludó desde el otro lado.

La barrera distorsionó la imagen de su enemiga, que meneaba sus largos y huesudos dedos con una sonrisa burlona.

Era muy rápida trazando shomis, aun cuando su condición de maldito elevaba por encima de la media su físico y sentidos, incluso con su velocidad duplicada por el sortilegio de Dakini, ella era capaz de esquivarlo y distraerlo para lanzar hechizos.

Zeku no podía estar seguro, su sensibilidad a la magia se había perdido para siempre, pero para él era evidente que la necromante también mejoraba sus destrezas, ya fuera mediante hechizos o talismanes.

Quizás todas las pulseras y brazaletes que la adornaban contenían encantamientos.

Zeku contó ocho. Si todos ellos eran talismanes, estaba frente a una maga muy capaz. Sujetó la daga con más fuerza, no podía confiarse.

—Selén… Un metal muy especial.

Él no contestó. Se dispuso a rodear la barrera cuando resplandeció y lo cegó por un segundo.

Se cubrió los ojos con el brazo, y el grito de Dakini lo hizo mirar hacia atrás.

Vio a la maga unos metros más abajo, atada con sus propios lazos de luz y despojada de su bastón, que rodaba cuesta abajo, alejándose de ella.

El hechizo había rebotado.

«¿Y esta chica cumple una misión secreta para su kaiseri?».

Al juzgar por la cara de la necromante, ambos pensaban lo mismo. El truco de la barrera reflectante era demasiado viejo, y ella ya había caído dos veces.

—Para ser un mago de viento, no usas mucho la magia —gruñó Dakini, forcejeando en balde. No tardó en desistir e impulsarse para rodar cuesta abajo y alcanzar su báculo. Zeku la ignoró y volvió a centrar su atención en la mujer sin cabello.

Rodeó la barrera esquivando relámpagos. Cuando estuvo a su alcance, agitó la daga izquierda, que liberó la energía mágica que había absorbido.

La onda impactó contra la necromante y la arrastró con ella.

Se mantuvo en pie gracias al bastón, con el cuerpo magullado con tajos, traumatismos y quemaduras.

Las armas de selén, también conocidas como matamagos , solían ser impredecibles: absorbían la magia que las tocaba, pero nunca se sabía cómo la liberaría.

La mujer se pasó la muñeca por el labio para limpiar la sangre y sonrió con satisfacción. Zeku apuntó con la daga a su cuello.

—Está claro que has recuperado las ganas de vivir. ¿De verdad vais a vender a ese crío a la kaiseri? —murmuró—. ¿Eres consciente de lo que haces?

Las cejas del chico se alzaron con ligereza.

—Cumplirá con su destino, como hicieron todos.

—¿Y para qué? ¿Acaso consiguieron cambiar algo? ¿Cambiará algo para ti ?

La pregunta fue directa a su alma; la misma que había perdido hacía tres ciclos y que la necromante logró alcanzar sin esfuerzo. Zeku luchó por mantenerse firme. Ya había tomado una decisión; no lo haría dudar.

—Si pretendes usarlo para quedarte con la vara, ya deberías saber lo que les pasa a quienes la usan sin estar destinados a ella. Puede que tú ya hayas perdido la cordura.

—¡Te tengo!

Una cúpula de luz envolvió a la necromante y la atrapó en su interior. Dakini, al final de la pendiente, sostenía su báculo con semblante satisfecho. La protectora inició el ascenso con las zancadas más largas que sus piernas y lesión le permitieron.

—¡Ahora no puedes huir! ¡Nos lo contarás todo!

—Sí… —dijo en voz baja, con la mirada fija en la nada—. ¿Quieres que le cuente tu secretito, hombre maldito?

La mandíbula del chico se tensó. No quería seguir peleando, mucho menos hacerlo contra alguien que le había salvado la vida. Le gustase o no, estaba en deuda con Dakini y esperaba saldarla llevando a Oliver a Shilapawa. Si esa mujer no volvía a entrometerse, estaría muy cerca de conseguirlo.

—Yo también tengo uno.

Su murmullo lo enganchó y tiró de él, de su mirada.

Dakini estaba punto de alcanzarlos, pero la maga de luz dejó de preocuparle cuando la necromante giró la muñeca a la altura de las caderas y deslizó el guante negro que la cubría desde la mitad del antebrazo.

La tela dejó al descubierto su palma y ella se la mostró en un gesto disimulado.