CAPÍTULO 14 Comienza el rescate #2
No tuvo que mirarla para saber que recibir aquella orden no le había gustado.
Aunque fuera una soldado, Dakini no soportaba que ignorasen sus preguntas ni que le dijeran lo que tenía que hacer.
Una mala combinación, una que la convertía en una persona tan predecible como para comprender esa faceta suya en apenas seis días.
Con todo, la chica guardó silencio, consciente de que era lo mejor para no alterar a los renegados.
Había algo en ella que lo irritaba: el tono con el que se dirigía a él, la forma en la que la cazaba mirándolo.
Le hizo pensar que la protectora tal vez sospechaba de su condición y buscaba la manera de confirmarlo, o quizás seguía obcecada en que era espía de Kahuwami y quería vigilarlo.
O, peor aún, había escuchado su conversación privada con Agnes en el bosque.
Todas las opciones eran un problema y el desenlace muy similar.
Apenas habían llegado a una curva iluminada al final del pasillo cuando Zeku se paró en seco y frenó a Dakini con la mano.
Antes de que la muchacha pudiese quejarse, le señaló un hilo en el suelo del que colgaban varias piezas metálicas que reflejaban la luz.
Si lo pisaban o tropezaban con él, alertarían a los renegados.
Sortearon el obstáculo con cuidado y, al asomarse hacia la zona iluminada, descubrió una salita de roca oscura teñida por la luz dorada y rojiza del fuego de un cirio danzando en las paredes desde un aplique rudimentario incrustado entre las grietas.
En el centro de la estancia descansaban los restos de una pequeña hoguera que llevaba un par de días sin arder, dos cojines y dos colchones finos para dormir, uno pegado al otro, con una manta cuidadosamente doblada encima.
A la izquierda se adivinaba otro pasillo, y cerca de él había una pieza grande y deteriorada de cerámica y un poste atorado entre las rocas sinuosas que conformaban parte del suelo de la cueva.
Estaban solos. El rastro era fuerte. No podían estar muy lejos.
Los gritos y llantos de Haboye no cesaron.
Con cada queja, Agnes se arrepentía de no haber prestado atención a su padre cuando intentó enseñarle primeros auxilios.
Los trinos quejumbrosos de la enore bajo el túmulo de tierra tampoco ayudaban a calmar sus nervios.
Le habría gustado que ambos muriesen de una vez, solo para poder mecerse en el silencio durante un segundo.
Pero ella, a diferencia de la necromante, no tenía la capacidad de jugar con la vida y la muerte. Muy resignada, gritó:
—¡Basta! ¡Callaos de una vez! Se están poniendo los soles y nadie ha pasado por aquí todavía; nadie va a ayudarnos. Ahorre fuerzas y espere a que vuelva Dakini.
«Si es que vuelve».
Ese pensamiento le pellizcó el pecho. ¿Y si Zeku tenía razón? ¿Y si Dakini solo quería aprovecharse de Oliver?
Sacudió la cabeza. Si Dakini hubiera querido llevarse a Oliver, podría haberlo hecho desde el principio. En lugar de eso, la ayudó; los ayudó a ambos.
Se llevó la mano al brazalete de plumas que la maga le había confeccionado. Eran muy suaves, con colores brillantes, igual que su magia.
«No puedo abandonar al enano». Con un fuerte resoplido, se puso en pie. «Espero que use su estúpida magia para quitárselos de encima antes de llegar».
—¿A dónde vas? —exigió saber el ebanista malherido. La lesión de su pierna ya se estaba hinchando. Era una visión grotesca, y a Agnes le costó apartar la mirada, cautivada por la hemorragia que rodeaba la fractura.
Agnes no respondió. ¿Qué se suponía que debía decirle? ¿Que iba a intentar salir de ese agujero y dejarlo ahí tirado para que muriese solo y en agonía o le atacaran unos bandidos? No era muy reconfortante.
Se paró frente al derrumbamiento. Bajo él, asomaba la cabeza de la enore, fatigada por el peso que aprisionaba su cuerpo.
Si Oliver pudiese verlo, se le habría partido el corazón.
El animal parecía a punto de llorar. Agnes flexionó los dedos de la mano un par de veces y botó sobre sí misma, como en los calentamientos de Educación Física; incluso rotó los tobillos en el sitio e hizo crujir el cuello al moverlo hacia los lados.
Si Zeku había podido trepar aquel montón de tierra inclinada, ella también podía hacerlo.
Atravesaron la cueva entre las sombras y llegaron al final del otro pasillo: un callejón sin salida.
Una roca enorme cortaba el paso y lo único que se apreciaba del exterior era la luz que se filtraba entre las juntas.
El suelo se veía desgastado, no era la primera vez que movían aquel pedrusco.
Zeku le dio un fuerte envite. La roca no se inmutó.
O bien su base era muy ancha, o bien tenía una buena parte enterrada bajo tierra.
Miró a Dakini de reojo, que golpeteaba impaciente el suelo con su báculo.
Su magia seguía débil, ni siquiera se había molestado en curarse las heridas y resultaba evidente que pedirle ayuda no era la mejor opción.
No obstante, no quería exponerse más ante ella.
—¿Puedes hacer algo?
La maga se llevó una mano a las caderas mientras permanecía apoyada en el báculo. Sus ojos relampaguearon con displicencia.
—Supongo. Te tenía por alguien más fuerte. ¿No puedes reducir el peso de la roca con tu magia de aire?
—Está muy enterrada. No puedo hacerla flotar.
No era una mentira, tan solo omitía información.
Los labios de Dakini se fruncieron unos segundos antes de suspirar resignada y encogerse de hombros.
—Está bien. Apártate.
Zeku obedeció y se puso detrás de ella. Dakini trazó un shomi con el báculo.
La luz que se filtraba entre la roca y la boca de la cueva formó unos lazos fulgurantes que convergieron en el orbe del bastón.
Con ligeros movimientos, Dakini envolvió el pedrusco con ellos, después cerró poco a poco la mano que le quedaba libre.
La piedra crujió. Sus tatuajes brillaron extrayendo la energía de su portadora.
Estaba al límite, roja y sudorosa, con el rostro desencajado por el esfuerzo y las venas hinchadas.
No paró hasta que logró partir la piedra con un grito contenido que habría preferido ahorrarse.
La culpa pellizcó el pecho del maldito.
Cuando los fragmentos se desplomaron frente a ellos como una granizada plomiza y polvorienta, la luz carmesí del atardecer los golpeó, obligándolos a entrecerrar los ojos. Si querían pasar desapercibidos, ya no lo harían: el estruendo de la maniobra los había delatado.
Zeku sabía que estaban cerca, lo presentía, lo notaba en el aire que arrastraba los aromas y lo guiaba. Algunos no eran muy agradables. Pensar que el viento seguía siendo su aliado era de lo poco que lo consolaba.
—Dakini, quédate aquí. No estás…
—En condiciones de luchar —completó tajante, intentando recomponer la postura de su cuerpo y erguirse con la respiración entrecortada—. Eso…
—Lo decidirás tú. Haz lo que quieras, no voy a perder más tiempo.
Retomó la marcha sin ni siquiera mirarla. Los pasos de Dakini no tardaron en seguirlo. En cuanto abandonaron la cueva, la voz de la maga rompió los trinos de los pájaros y el crujir de la hierba.
—De nada, ¿eh?
Lo primero que vio al abrir los ojos fue la hierba y un cuello largo de plumas coloridas.
No pudo moverse por mucho que lo intentó.
Nada ataba su cuerpo, simplemente no le respondía.
Lo notaba bajo su cabeza, sin ningún tipo de presión a su alrededor, más allá de los brazos huesudos y tatuados que sujetaban las riendas e impedían que se cayera hacia los lados por el zarandeo inevitable del trote.
Por suerte, sus ojos sí que se movían; los guio hacia el rabillo y vio al renegado fornido de cabello rosa caminando a paso acelerado junto a él.
«¿A dónde me lleváis?», quiso saber. Pero su lengua tampoco se dignaba a cumplir órdenes. El hombre se percató de que lo estaba observando.
—Hiokeya, se ha despertado.
—Lo noto. Está controlado. ¿Falta mucho para llegar?
Hubo un breve silencio. Ebena no apartó la mirada del horizonte mientras cavilaba su respuesta.
—Una media hora, minuto arriba, minuto abajo.
—Está bien. Al menos, esta ruta es discreta. Solo espero que los malditos y la maga no hayan conseguido escapar.
«¿Los?».
—Era un buen agujero.
—Pero ellos pueden trepar y olernos.
—Has ganado tiempo parándoles el corazón. Nos hemos alejado lo suficiente.
La mujer tiró de las riendas y la enore se detuvo, seguida del mago, que miró a su compañera con una pregunta en el rostro.
—He oído algo… —murmuró la mujer—. Detrás…
El hombre cerró los ojos e inspiró profundamente moviendo entre las briznas de hierba los dedos gruesos que asomaban por sus sandalias.
—Se acerca algo. Dos personas.
—No. Uno ya no es persona. No por mucho tiempo. —Hiokeya empujó a Oliver y Ebena lo agarró entre sus brazos, anchos y duros como troncos. Luego bajó de la enore—. Llévalo al campamento. Te espero allí.
El mago cargó a Oliver sobre el hombro, igual que había hecho antes, y el niño comprobó entre trotes cómo la figura oscura de la necromante y la emplumada se hacían cada vez más pequeñas.