CAPÍTULO 14 Comienza el rescate
Los brazos del renegado lo sujetaban con fuerza.
Oliver parecía un fardo cargado sobre los hombros de aquel hombre. La pareja se había adentrado en una gruta subterránea y la necromante bajó de la enore para continuar a pie.
Oliver aprovechó la oscuridad para alcanzar la enclenque varita que Dakini le había regalado.
Con ella en la mano, sopesó sus opciones.
Seguro que podía hacer algo más que clavársela en el ojo a aquel grandullón.
La oscuridad estaba a su alrededor. En teoría, él podía domarla a su favor, pero su maestra nunca le había explicado cómo.
Pensó en Dakini y en los símbolos que trazaba en el aire.
Había pasado días leyendo y releyendo el apartado sobre shomis en el libro de magia, memorizando los trazos y sus efectos.
Dibujó las palabras del hechizo en su memoria y las redujo a un solo símbolo. No era sencillo; hacerlo le llevó el tiempo suficiente como para que una luz tenue y parpadeante se reflejase al final del angosto pasillo de roca que recorrían.
El tiempo no le permitiría tomarse unos minutos de meditación, así que, con manos temblorosas, trazó su shomi en el aire apuntando a los pies de su captor.
El resultado fue bastante aceptable, aunque no tal y como lo había imaginado.
En su mente, unos lazos de oscuridad se ceñían alrededor de los tobillos del hombre, caía al suelo de bruces y él escapaba.
En su lugar, el hombre tropezó con los lazos, chocó contra su compañera, la enore trinó malhumorada, empujó a la mujer con un golpe de ala y el agarre del hombre se aflojó para sostenerla.
Oliver se escurrió hacia delante por la espalda del grandullón, igual que un gato cuando no está a gusto en el regazo.
Cayó de bruces al suelo y, gracias a la penumbra, fue más rápido que la visión del renegado.
El lazo de oscuridad estaba a un paso de ser un éxito.
Entre maldiciones y trinos y espoleado por la adrenalina, Oliver se puso en pie y echó a correr como nunca lo había hecho antes.
¡Lo había logrado! ¡Había hecho magia! ¡De forma consciente!
—¡Ebena, bloquea! —ordenó la mujer.
Las paredes temblaron. Sobre la cabeza de Oliver se desprendieron pedazos de roca y restos de tierra. Oyó un estruendo, como un derrumbe, y no tardó en encontrarse con un camino sin salida.
El rastro era claro: habían pasado por ahí.
El aire guiaba hacia él notas que le permitían adivinar el camino que otros habían tomado antes.
Llenaba sus sentidos con información esencial e invisible.
El rastro de Oliver y los renegados se densificaba con cada paso que el viento le invitaba a dar.
Caminó guiado por el olor, forzando su cuerpo todavía entumecido por el hechizo de la necromante.
Zeku sabía que podía haberlos matado; sin embargo, a pesar de lo que se solía creer, los necromantes, renegados o no, no disfrutaban jugando con la muerte.
La primera vez que su camino se cruzó con el de aquella siniestra mujer, él todavía estaba sufriendo las consecuencias de la anterior luna llena.
Se había retirado a un bosquecillo cerca de Toke con la intención de meditar cuando un pequeño grupo de malditos neófitos lo atacó desprevenido.
No era habitual que los malditos se atacasen entre ellos, menos aún con tanta fiereza, pero no era imposible, y Zeku lo comprobó de la peor manera.
Quedó muy malherido. De no haber sido por su naturaleza de maldito, habría muerto en el acto.
Nunca llegó a saber cuánto tiempo permaneció inconsciente mientras su cuerpo se regeneraba.
Cuando recuperó las riendas de sus pensamientos, todavía incapaz de moverse o siquiera abrir los ojos, llegó a la conclusión de que su existencia carecía de sentido y, en un momento de sinceridad brutal, se confesó a sí mismo que podía haberse librado de los neófitos y huir. Pero no quiso hacerlo.
Deseaba morir.
Pese a ello, su consciencia regresaba una y otra vez. Ikebu le negaba el privilegio de regresar a la tierra y fundirse con ella. Quizás ese era su castigo por haber perdido su alma.
Un día la luz regresó y, con ella, el sonido de unas patas que grababan sus garras en la tierra con un ritmo altivo y constante.
Con esfuerzo, movió los ojos en dirección al sonido y logró enfocar la figura de la enore que se aproximaba. El ave se paró frente a Zeku, que ya había dejado su marca sobre la hierba, y fue cuando pudo ver a la necromante. Apestaba a tierra y a muerte. O quizás era él quien olía así.
—Apestas a sangre seca. —No llegó a mirarlo directamente, sus ojos se perdían en distintos puntos a su alrededor—. Has tenido un pie en el otro lado.
Que hablase en pasado solo confirmó sus temores. No iba a morir ahí. Al menos no ese día. Luego, la mujer le mostró un zurrón y una bola de tela blanca arrugada.
—Supongo que esto es tuyo, Shoko lo encontró y también te encontró a ti. Aunque ahora estás inquieta, no le gustas.
Sin esperar una respuesta, la renegada lanzó la bolsa y la ropa hacia él y cayó sobre la hierba con un desvío considerable.
—¿Eres mudo? Da una palmada si la respuesta es «sí».
Tenía la boca seca y pastosa, los labios agrietados y la voz ronca. Cuando consiguió hablar, no la reconoció como suya y el sabor a hierro le bañó la lengua.
—No.
Hubo un breve silencio entre ambos.
—No puedes moverte, ¿verdad?
Zeku no respondió. La necromante bajó de su montura y la enore retrocedió dos pasos con los ojos negros fijos en el maldito moribundo.
La mujer tocó su pie con el bastón y se acuclilló ante él.
Sin pedir permiso, posó una mano sobre su pierna y ascendió por ella sin reparo ni pudor.
Se detuvo cuando estuvo a punto de llegar a la cadera.
—Estás desnudo. —Guardó silencio unos segundos, como si intentase encontrarle el sentido a la situación—. Por supuesto que estás desnudo.
La mujer suspiró con fastidio, le ordenó a la enore que recuperase la ropa del muchacho y el ave la dejó al lado de la mujer antes de volver a alejarse de Zeku.
Las manos de la necromante lo sujetaron por los hombros para enderezarlo.
Le sorprendió bastante darse cuenta de que su cuerpo ya no sentía dolor.
Estaba completamente entumecido, era como un muñeco de trapo con conciencia de sí mismo.
Sin embargo, sí que notaba el tacto de la piel y el guante de la renegada, igual que sentía la tela resbalando con torpeza sobre sus brazos.
En ese instante supo que, con un poco de esfuerzo, podría haberse movido en el momento en que había abierto los ojos. Pero no quería. No quería ni permanecer despierto.
—Mátame, por favor.
Era su único deseo. O, al menos, el único que podían concederle.
La expresión de la mujer se tornó severa y volvió a tenderlo sobre la hierba, sin ni siquiera ajustarle el fajín. Esta vez sí que posó sus ojos pálidos sobre él y lo cubrió con una chaqueta blanca de tela fina.
—Yo no decido quién vive y quién muere.
Zeku se lo tomó como un chiste de mal gusto.
Creía que lo único que buscaba la maga era alargar su sufrimiento al abandonarle con esas últimas palabras.
Hasta que Ikebu Dasajo, la energía suprema, cruzó a una protectora con el don sanador de la luz en su camino.
Aquello fue una señal para él; un mensaje claro de que tenía una misión que cumplir antes de abandonar el mundo terrenal y fundirse con Ikebu.
Quizás Oliver y Agnes eran su misión: su destino.
Llegó a la falda de la montaña que habían dejado atrás, donde se parapetaba una formación rocosa repleta de recovecos caprichosos cincelados por el viento y la lluvia.
Uno de ellos descendía como una madriguera de tamaño humano.
El camino estaba bloqueado a un par de pasos de la entrada por escombros y tierra.
No necesitó olfatear aquellas rocas para saber que Oliver y la pareja de magos habían cruzado al otro lado, le bastó con el rastro que ya lo había guiado hasta allí, el sospechoso bloqueo de la madriguera y comprobar por un pequeño hueco entre las rocas que el pasillo continuaba en penumbra.
Zeku botó un par de veces en el sitio agitando los brazos, con la esperanza de que su cuerpo recuperase toda la energía posible y su circulación habitual. Agarró con ambas manos una de las rocas que se encontraba en el centro del derrumbamiento, la más grande, y tiró de ella hacia atrás.
Con gran esfuerzo, logró desencajarla, y un mar de piedras y tierra cayó a sus pies. Retrocedió con rapidez, se sacudió el polvo de la ropa y apartó las demás piedras que le bloqueaban el paso.
Cuando estuvo a punto de entrar en la cueva, una voz congeló sus pasos y lo hizo mirar hacia atrás.
—¡Qué fuerte estás!
Dakini no tenía buen aspecto. Su rostro estaba pálido, sudoroso, y ella renqueaba apoyándose en el bastón, cubierta de magulladuras.
Él ya no era sensible a la magia, pero estaba seguro de que, en parte, el estado de la protectora se debía a un sobreesfuerzo arcano y no solo a las lesiones por la caída.
No estaría en condiciones de luchar si se topaban con los renegados.
Con todo, le pareció extraño que se apareciese detrás de él sin haberla oído ni olido.
Zeku llegó a la conclusión de que Dakini había usado algún hechizo de ilusión para cubrir su rastro, y eso implicaba demasiadas consecuencias negativas para él.
—Quédate aquí. Yo los encontraré.
—Oliver es mi responsabilidad, soy su maestra. ¿Por qué estás tan seguro de que se han ido por ahí?
El chico guardó silencio durante unos segundos, mientras miraba hacia el pasillo en penumbra que se abría ante él y oía los pasos de Dakini a su espalda. Aquello era una pérdida de tiempo. Antes de adentrarse en la cueva, se dirigió a la maga sin apartar los ojos del túnel que se abría ante ellos.
—No puedes luchar.
—Eso lo decidiré yo —respondió con una nota de indignación.
«Haz lo que quieras, pero no entorpezcas».
—No me has respondido: ¿cómo sabes que están aquí?
—Guarda silencio —murmuró.