CAPÍTULO 13 Los renegados #2
—¡Qué extraño! Juraría que no había ningún bache en el camino. —El hombre bajó del vehículo y sus cejas se alzaron con sorpresa—. ¿¡Qué clase de broma es esta!? ¡Ruedas cuadradas! —bramó indignado. Miró a su alrededor—. ¡Sal de donde estés, mago chancero!
Nadie respondió. En su lugar, la tierra tembló y el grupo cayó con el vehículo y su cargamento en un hoyo de unos cuatro metros de profundidad.
El golpe contra el suelo hizo crujir la madera y desprendió las ruedas de la carreta.
Agnes cayó de rodillas sobre ella y varias figurillas y artilugios de cocina le golpearon la cabeza y la espalda en su descenso.
Todos los muebles y mercancía se habían desparramado por el suelo.
El grito del señor Haboye resonó en el pozo.
Agnes alzó la vista para buscarlo entre los escombros y el desorden.
Lo primero que vio fue una luz que envolvía a Oliver y a Dakini; se apagó en un parpadeo.
La maga se separó de Oliver con una mueca de dolor y un ligero renqueo.
Oliver parecía estar bien. Lo siguiente que encontró fue al señor Haboye, con una pierna desencajada, junto con el cuerpo aplastado y moribundo de una de las enores.
El toba corrió al encuentro de su humano, exaltado, emitiendo un sonido similar a un traqueteo desde el fondo de su garganta.
Agnes se disponía a alertar a Dakini sobre el herido mientras esta trazaba un grupo de símbolos junto a Oliver.
—¿¡Qué estás haciendo!? ¡El ebanista necesita ayuda!
—No lo buscan a él.
Dos figuras surgieron en lo alto del hoyo, a contraluz.
En cuanto sus ojos se acostumbraron a la claridad, los reconoció enseguida.
No era una pareja fácil de olvidar, sobre todo a la mujer calva que montaba el enorme pajarraco.
El hombre corpulento apuntó a Zeku con su varita; se veía diminuta entre sus manos.
—A ese no. Es una trampa. Ahí. —La ciega señaló a Oliver con el bastón. No vaciló ni un segundo.
Dakini, con gesto crispado, cargó un rayo de luz en la joya de su báculo y lo lanzó hacia la pareja.
Con gran velocidad, el hombre conjuró una superficie plana creada con agua; parte del rayo se reflejó y estalló contra la pared del pozo, muy cerca del grupo.
El impacto derrumbó la tierra y enterró a una de las enores.
Agnes chilló, asustada. Se acercó a Oliver para rodearlo con los brazos. Una ligera presión tiró de sus hombros hacia arriba. Relajó su agarre y comprobó que su hermano flotaba en el aire como un enorme globo de helio. Lo aferró de nuevo, estrechándolo con fuerza sobre su pecho.
—¿Qué está pasando? —gritó él.
—Alteración de la gravedad. Un hechizo de tierra —informó Zeku, que se había puesto en pie y agarrado a Oliver por la túnica.
—Bueno, ya basta de tanto espectáculo.
La mujer alzó su bastón, dibujó un shomi en el aire y luego trazó un arco en dirección al grupo. A Agnes se le nubló la vista; le fallaron las fuerzas.
No fue la única. Tanto Dakini como Zeku cayeron al suelo, con las manos en el pecho.
Ella apenas tuvo tiempo de rozar el suyo cuando su cabeza tocó tierra.
Le dolía el corazón. Se ahogaba. Sus latidos cesaron un instante, lo imprescindible para no morir, lo justo para que Oliver ya descansara en los brazos del fortachón.
—Un placer —dijo la renegada—. Espero que los malditos no te devoren, siempre es triste perder a una maga.
Agnes vio la oscuridad. Pensó que duraría para siempre.
Cuando recuperó la visión y el ritmo habitual de su corazón, la pareja ya se había ido y Zeku caminaba a trompicones hacia el derrumbamiento que cubría el cuerpo de la enore.
Tanto los trinos de urgencia del animal como los gritos y sollozos del señor Haboye no habían cesado.
Zeku los ignoró, trepó por la tierra y salió del agujero. Una vez fuera, lo perdió de vista.
—Dakini… —consiguió articular con gran esfuerzo. La buscó con la mirada.
La maga, a apenas un metro de ella, se apoyó en su báculo para poder ponerse en pie.
Todo su cuerpo estaba magullado con pequeños cortes y moratones en brazos y piernas.
Ambas respiraban con dificultad, y Agnes ni siquiera había recuperado la fuerza en los brazos, seguía tendida en el suelo como un trapo viejo, haciendo su mayor esfuerzo por despertar alguna extremidad.
Mascullando maldiciones, Dakini se dirigió hacia el montículo de tierra cojeando.
Trató de treparlo un par de veces, pero fue inútil, la tierra se derrumbaba más y más cada vez que intentaba avanzar y no podía ignorar ni disimular el dolor.
Por fin, Agnes logró impulsarse con los brazos y alzarse sobre las rodillas.
—¡Tenemos que ir tras ellos! ¡Tienen a Oliver! ¡Y el hombre está herido! —dijo señalando en la dirección de Haboye. Dakini, que se estaba dando golpecitos en la sien, paró en seco y le dedicó una mirada fulminante. El violeta de sus ojos centelleó con intensidad.
—¡Maldita sea, Agnes, ya lo sé! ¡Y ahora, a menos que puedas volar o tengas alguna idea, mantén la boca cerrada!
No supo si era por el tono ponzoñoso de su voz o por los ojos desorbitados bajo un ceño fruncido en una expresión desquiciada, pero aquella no le pareció Dakini.
Tal fue la impresión al ver la mueca de su compañera y el contraste con lo que conocía de ella que no le quedó más remedio que guardar silencio.
Con un suspiro, el rostro de la maga se relajó un poco. Agarró el báculo con ambas manos y apoyó la frente en él. Movió los hombros para desentumecerse y murmuró para sí:
—Tú puedes, Dakini, tú puedes.
Movió los brazos con suavidad para trazar la magia.
Los tatuajes de su cuerpo se iluminaron. El cabello ganó brillo y su báculo centelleó con fuerza, tanta que Agnes se vio obligada a cubrirse los ojos. El cuerpo de Dakini se perdió en la luz y, cuando se extinguió, la maga había desaparecido.
—¡¿Alguien puede ayudarme?! ¡Por favor!
Los gritos de Haboye la devolvieron a la realidad.
El hombre no tenía buen aspecto. Su rostro estaba pálido y empapado en sudor.
Lo peor, sin duda, era el color amoratado que había tomado su pierna y la fractura retorcida que se adivinaba bajo la piel.
Agnes gateó hacia él y admiró su lesión con una curiosidad morbosa y del todo inapropiada.
—No soy maga ni médico, no sé qué hacer.
Una sombra se alzó sobre ellos. Agnes se dio la vuelta y, al levantar la vista, se topó con Dakini, varios metros más arriba, fuera del hoyo.
—¡Ja! Lo he hecho. ¿Qué te parece? —Su tono delataba que ni ella misma se creía lo que acababa de hacer—. Voy a por tu hermano. Vosotros no os mováis de aquí.
La maga desapareció en la superficie, dejando a Agnes con las palabras en la boca.
—Como si pudiésemos ir a algún sitio.