Sueños Malditos CAPÍTULO 13 Los renegados
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CAPÍTULO 13 Los renegados

El traqueteo de la carreta y los baches en el camino no la ayudaban a mitigar el dolor de cabeza.

Agnes no recordaba haber estado tan mal desde la fiesta de Fin de Año en la que pilló su primera borrachera y se enrolló con su amiga Esther.

La sensación de resaca con la que cargaba era muy parecida, salvo por la parte de estar en otro mundo, haber sufrido dolores inimaginables, tener el cuerpo lleno de magulladuras por culpa de las cuerdas que la aprisionaron durante la noche y haberse despertado con un chico desnudo al lado.

Apartó uno de los brazos que le cubrían el rostro para poder ver a su alrededor. Desde que se subieron al carro de aquel amable señor que se había ofrecido a llevarlos a Shilapawa, Agnes viajó con la cabeza oculta. Habían pasado horas y todavía no soportaba la luz de los soles.

Tenía ganas de vomitar. Estaba segura de que el único motivo por el que no lo había hecho todavía era porque no había comido nada desde la noche anterior. A Zeku, en cambio, no se le veía afectado.

Miró al maldito de reojo. Tenía los ojos cerrados y descansaba con la espalda recostada en el respaldo de los asientos de madera, al lado de Oliver. Como si hubiese notado la mirada oscura de Agnes sobre él, Zeku abrió los ojos y sus pupilas se cruzaron durante un brevísimo instante.

Agnes contuvo la respiración sin querer. Fue solo unos segundos, antes de desviar la vista hacia el camino empedrado que dejaban atrás, ruborizada al recordarlo desnudo, a su lado, con el torso boca abajo sobre el fino colchón y las rodillas en el suelo.

Cuando Agnes se despertó con la cabeza embotada y el cuerpo dolorido y entumecido, Zeku dormía arrodillado, con el torso apoyado a los pies de la tarima que alzaba el colchón.

El chico respiraba profundamente y su espalda se hinchaba y deshinchaba a un ritmo lento y acompasado que irradiaba calma.

Agnes, todavía somnolienta, se fijó en los tatuajes de su espalda.

La ola de los hombros se perdía en los omóplatos; en su columna, una serie de símbolos ascendían en fila hasta la nuca.

Sus largos cabellos la habían dejado al descubierto y le ocultaban el rostro.

Entre ellos, logró distinguir las palabras «viento, agua y senda».

No tuvo tiempo de leer más. El chico alzó la cabeza y su cortina de pelo azul dejó al descubierto una expresión desubicada que pronto recuperó su rectitud habitual.

Zeku se frotó la frente. Agnes estaba segura de que iba a decir algo, pero aporrearon la puerta y la voz de Dakini sonó malhumorada desde el pasillo.

Sin embargo, la maga continuaba con su sonrisa imborrable.

La mantuvo durante el desayuno y la mantenía en ese preciso momento, sentada a su lado, compartiendo espacio con muebles apilados y cajas llenas de juguetes, figuritas de madera y un lagarto de tamaño considerable con antenas y boca babosa que dormitaba a los pies de Oliver.

A pesar del aroma de la madera, el del reptil y las plantas que rodeaban el camino, el más predominante continuaba siendo el de perro mojado.

Le sorprendía que nadie más pudiera notarlo.

—Es usted muy amable por llevarnos a Shilapawa, señor Haboye —dijo Dakini con voz cantarina.

—¡Faltaría más! Después de habernos ayudado con los malditos anoche, es lo menos que puedo hacer. La feria es en dos días, no me importa salir unas horas antes.

—Aun así, se lo agradezco. No todo el mundo está dispuesto a ayudar. Algunos están demasiado ocupados mirándose el ombligo.

Estas últimas palabras se las dedicó a Zeku, que continuaba con los ojos cerrados, sentado frente a la maga con las manos ocultas en las mangas de la chaqueta.

Todo en Dakini indicaba que no quería seguir sonriendo. Apretaba los puños con fuerza sobre las rodillas y, por un segundo, le temblaron los brazos. De pronto, se relajó y se volvió hacia Agnes.

—Menuda noche la de ayer, ¿eh? Espero que haya valido la pena. Cuando quieras que te cure esas quemaduras de cuerdas, avísame.

—¿Cuerdas?

—Sí, Oliver, cuerdas. Tu hermana se lo pasó muy bien anoche, tan solo mira los mordiscos en sus labios.

El rostro de Agnes se encendió. Su voz sonó áspera a pesar del ruego que se escondía en ella.

—Basta, Dakini.

—Vas a incomodar al señor Haboye —añadió Zeku sin abrir los ojos.

—Confieso que preferiría no tener que escuchar esto, sí.

Dakini volvió a acomodarse en su asiento. A Oliver le pareció que fruncía los labios cuando cruzó los brazos sobre el pecho, aunque, en cuanto parpadeó, volvió a ver el rostro sereno y sonriente de siempre.

Miró a su hermana un momento, sin entender por qué su cuerpo estaba repleto de magulladuras. Se moría de ganas por saber qué había ocurrido esa noche. No preguntaría, pues sabía que no iba a contárselo, mucho menos delante de Dakini, Zeku, el señor Haboye y Fura, el toba que descansaba a sus pies.

Era un animal bien curioso a sus ojos, de hocico chato, párpados gruesos y una cola larga y fina terminada en forma de hoja y piel desnuda.

Al contrario de la mayoría de animales que había visto en Qmark, sus escamas no tenían colores vivos, sino más bien un marrón grisáceo muy similar a la corteza de un árbol común.

Le acarició la nuca y el animal emitió un sonoro ronroneo.

Su hermana no le hablaba, pero al menos le quedaba el consuelo de haber dormido bien esa noche y sentirse con las fuerzas renovadas. Tanto que se armó de valor.

—Lo siento, Agnes —la chica abrió un ojo para mirarlo y alzó una ceja—, por lo de la magia.

Para su sorpresa, ella sonrió e hizo un ademán con la mano.

—No te preocupes.

Esas palabras le llenaron el pecho de orgullo. Tratándose de Agnes, obtener una respuesta así, con sonrisa incluida, era un logro.

—Os va a encantar Shilapawa —dijo Dakini, incapaz de soportar el silencio—. El palacio es como una tarta gigante de varios pisos.

Al decir eso, Oliver se imaginó una tarta de chocolate colosal.

No era la imagen que Dakini pretendía evocar en su mente, aunque no le habría importado, siempre y cuando el chocolate no llevase leche.

Ni siquiera sabía si en Qmark se consumía leche ni de qué animales la sacarían.

Miró a Fura de reojo. ¿Tenían leche los reptiles?

Juraría que no, y ni siquiera estaba seguro de que un toba fuera un reptil en su totalidad.

Suspiró mirando al cielo veteado de azul. Extrañaba mucho a Gris y al resto de su familia.

El viaje continuó con una charla superflua entre Dakini y el señor Haboye.

De vez en cuando, la pareja de enores que tiraba del carro trinaba al sacudir las plumas cuando se topaba con algún otro viajero.

Tanto la maga como el ebanista saludaron a la familia en plena mudanza y al peregrino de Kahuwami, que trotaba de pueblo en pueblo para dejar ofrendas en los altares de la antigua religión.

Oliver se fijó en que sus ropajes eran muy similares a los de Zeku: un vestido largo de mangas anchas y tela vaporosa, con el largo cabello recogido en una trenza adornada con un broche de madera.

El muchacho miró a Zeku, que mantenía los ojos cerrados.

Había visto a muy pocas personas con el cabello largo desde que Agnes y él llegaron a Qmark.

Poquísimas. Si hacía memoria, apenas conseguía evocar una tercera.

Su atención se volvió hacia Dakini. Todavía percibía cierta tensión entre ella, Zeku y Agnes.

Pese a que los dos últimos no habían abierto la boca, la chica de cabello claro les regaló alguna que otra mirada desdeñosa durante el trayecto.

Tal vez la maga quería llegar a Shilapawa cuanto antes y mantener una buena charla con ambos.

Entre tanto, Oliver memorizaba el camino y la flora que se topaba por él.

La mayor parte de las montañas habían quedado atrás y, exceptuando la ladera del camino que ahora bordeaban, todo el terreno era mucho más llano.

Se oía el murmullo del río, y entre los arbustos se elevaban troncos altos y desnudos coronados por grandes hojas orbiculares doradas.

Un desagradable escalofrío recorrió la columna del muchacho al ver a una pareja de aves volar entre los soles.

Sus plumas irisadas brillaron con la luz, igual que las escamas de los peces en el mar.

Eran hermosas y coloridas en medio de ese camino desamparado.

A Oliver le evocaron a las aves carroñeras. Tuvo un mal presentimiento.

Dakini se puso en pie con entusiasmo y una sonrisa de oreja a oreja. Se agarró al respaldo para no caer sobre Zeku y exclamó señalando al frente.

—¡¡Por fin, Shilapawa!! ¡Mira, Oliver, mira! ¿A que es increíble?

Todos siguieron la dirección del índice tatuado, incluso Zeku se había dignado a abrir los ojos.

La propia ciudad parecía un volcán de colores vivos, cuyo centro y cumbre brillaba en dorado y azul sobre el cielo rosado.

Rodeadas por un río y por montañas colindantes en dirección este y sur, las murallas que protegían los edificios se alzaban sobre la planicie de la meseta.

Hacia el oeste tan solo se extendía un horizonte neblinoso, que auguraba el infinito.

Aquella visión evocó los recuerdos fragmentados del sueño que había tenido esa misma noche y que creía haber olvidado.

Aunque la vista de Agnes había mejorado mucho desde que era una maldita, no alcanzó a distinguir más que una enorme mancha azul que brillaba a lo lejos en medio del verde del paisaje. La muchacha entrecerró los ojos para intentar enfocar las figuras, pero al final suspiró con desgana.

—Sí. Increíble…

Todos botaron sobre sus asientos. Un enorme bache había zarandeado el carro y atorado una de las ruedas. Las aves que tiraban de él se quejaron con un trino agudo mientras zarandeaban el cuello hacia los lados. El señor Haboye se rascó el cogote, desconcertado.