Sueños Malditos CAPÍTULO 12 Secretos bajo la luna #3
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CAPÍTULO 12 Secretos bajo la luna #3

Hubo un breve momento de silencio, incómodo y profundo.

Agnes, en un instante de lucidez, se imaginó varias expresiones de desagrado en el rostro de Dakini.

Ninguna de ellas le cuadraba con su permanente sonrisa.

Otro relámpago furioso la atravesó y fue incapaz de reprimir el gemido de dolor que nació en su garganta.

—Ya… Pues que os vaya bien —respondió con aspereza—. Oliver está durmiendo. No lo despertéis con vuestros gemidos.

Dakini se alejó de la puerta con paso brusco. Agnes no abrió la boca hasta asegurarse de que estaba en el piso de abajo.

—Van a pensar lo que no es —gruñó en voz baja desde la cama. Sus colmillos habían crecido y le sangraba el labio inferior. Ella no lo notó.

—Es lo que queremos, ¿no?

Sí. Sí que lo era. Aunque tenía la esperanza de poder encontrar otro modo.

Con suerte, al día siguiente o al otro llegarían a Shilapawa y estarían un paso más cerca de encontrar esa maldita vara y volver a casa.

Masculló en silencio esa posibilidad, su última esperanza.

Oyeron gritos, aullidos y golpes en el exterior.

Por la ventana entraron algunos destellos y supo que la batalla había comenzado.

—Cuando un mago se transforma en maldito, pierde su poder.

—No había esperado escuchar la voz de Zeku en ese momento, mucho menos en un tono tan solemne y cargado de un sentimiento: el dolor—.

No es inmediato, es lento y tortuoso. Te arranca una parte de ti, la conexión más especial que se puede tener con el mundo.

No es que no quiera ayudar, es que ya no puedo hacerlo. No puedo hacer nada.

Le habría gustado poder verle con claridad. Lo único que distinguió fue el brillo tenue y áureo de sus ojos. Con un gran esfuerzo, se arrastró como una oruga a los pies de la cama. Esperaba poder verlo mejor, pero ni siquiera alcanzó a distinguir el aura azulada sobre su cabeza.

—Yo nunca he creído en la magia —confesó ella—, hasta que llegué a Qmark. Todo esto es muy extraño para mí.

No supo por qué lo dijo. Quizás sus palabras fueron fruto del cansancio, pero soltarlo le hizo sentir mejor.

—Tú y tu hermano venís del mismo lugar que Onika, ¿verdad?

Había algo en su voz, una grieta que invitaba a intuir que sabía o sospechaba más de lo que las palabras dejaban ver.

—Yo… No sé cómo contestar a eso. —Suspiró—. No somos de aquí, eso salta a la vista.

Los ojos dorados parpadearon un par de veces, ocultos en las sombras.

—En Kahuwami, cerca de Béruma, hay un bosque enorme rodeado por montañas.

Allí se encuentra un pasadizo secreto, un refugio.

Pasé mucho tiempo en él, con otros malditos como yo.

Esa manada me encontró y me enseñó a controlarme.

Los malditos más antiguos a veces contaban una historia sobre una maga que viajó a otro mundo, más allá de las aguas y la luz de la luna.

Es un cuento popular y anónimo. —Hizo una pausa antes de continuar, como si estuviese cuestionando sus propias palabras—.

Nunca creí que pudiese haber algo más allá de Qmark hasta que os vi a ti y a tu hermano.

Agnes se quedó sin aire por un segundo. Aquella historia de la manada sonaba muy similar a lo que había visto en el bosque cerca de su casa y a lo que Fawa les había contado antes de encontrar el portal a Qmark.

—No sé si pensar que se trata de otro mundo o de que hay tierra más allá de lo que conocemos por los mapas.

Agnes apretó la mandíbula, impotente. No sabía qué responder y, pese a que la charla la distraía, el ansia por desatarse y salir corriendo de allí la estaba matando.

Su cuerpo agotado se movía sin que ella lo notase, como las patas de un perro que sueña profundamente, quemándole la piel contra las cuerdas.

—¿Cómo acabaste malherido en aquella cabaña? ¿A dónde te dirigías?

Zeku la estudió con la mirada, consciente de que no había respondido a sus dudas sobre su procedencia y la de Oliver. Respetó su silencio y no tardó en contestar.

—Un grupo de malditos me atacó en la anterior luna llena. Si hubiese sido un humano normal, habría muerto en el acto, y habría muerto en unos días si Dakini no me hubiese encontrado y tratado las heridas desde dentro con su magia. Ya estaba dispuesto a morir ahí. No me habría importado hacerlo.

—¿Cómo puedes decir eso?

Una sombra se movió en la oscuridad. De ella asomaron un par de patas y un hocico afilado con un par de ojos dorados a cada lado.

Era un lobo enorme y de pelaje oscuro, nada que ver con las bestias antropomorfas que había visto de cerca en Kapoha.

Sintió pánico durante un instante, hasta que reconoció la serenidad fría e impasible de los ojos de su compañero.

—Mírame, Agnes. Tarde o temprano, me quedaré así para siempre y acabaré perdiendo el juicio, como todos los que ahora aúllan de dolor ahí fuera. ¿Qué opciones me quedan? No hay cura para la maldición de la luna.

—¡Eso no es cierto! ¡La vara puede curarnos! ¡Puede ayudarnos a todos! Oliver sabe dónde está.

Enseguida se arrepintió de soltar toda esa información. Se mordió el labio, ignorando la herida que ya tenía en él. El lobo enderezó las orejas como si la revelación le hubiese impactado.

—Muchos magos han tenido la vara antes y ninguno ha arreglado nada. ¿Qué te hace pensar que un niño que no sabe hacer magia puede salvarnos? Te lo ruego, no me des falsas esperanzas. Ya he aceptado mi destino.

—Dakini dijo que podría ayudarnos, por eso viajamos a Shilapawa.

—Una protectora ayudando a un novato indefenso a encontrar la vara para ayudar a los malditos. Claro —bufó escéptico—. No te ofendas: no me fío de ella. Todos los magos desean la vara, aunque se atrevan a negarlo. Ha habido guerras por ella, de ahí que Kahuwami reniegue de su poder.

—No todos tienen que ser como tú —le espetó. De nuevo, se arrepintió de sus palabras. Temió por su seguridad al ver las fauces temblorosas del animal.

—No. Supongo que no —confesó, con más calma de la que cabría haber esperado—. De todos modos, mantenla vigilada.

La joven asintió con la cabeza. Un mareo repentino la hizo cabecear. Intentó enfocar a la bestia que se había sentado a un par de pasos frente a ella, pero la imagen se desdibujaba una y otra vez. La fiebre volvía a subir y apenas era capaz de ordenar sus pensamientos.

—Ya falta poco, Agnes. Descansa.

Al igual que con Dakini, su nombre cobraba un sentido nuevo en su voz.

—Zeku, sigue hablando, por favor.

Le daban miedo los gritos de la lucha en el exterior.

Le aterraba lo que le estaba sucediendo a su cuerpo y dormirse con esa sinfonía de caos y violencia.

No sabía si sus propias palabras eran ciertas, no sabía si Oliver podría encontrar la vara o si su magia los ayudaría, pero era la única esperanza que le quedaba, lo único a lo que se podía aferrar para seguir viviendo.

Esa noche, su situación, su dolor, era lo más aterrador que había vivido nunca. No quería sentirse sola ni un instante.

Cerró los ojos, agotada, y escuchó las patas de Zeku avanzar hacia ella. Estaba a punto de repetir su petición en un pobre balbuceo, cuando Zeku comenzó a cantar.

Era una melodía suave, tranquila como una nana. Aunque la tortura y la fiebre le impidieron prestar atención a la letra, supo que era reconfortante. Mientras la escuchaba, consiguió sentirse a salvo, parecía que en ella se escondiese la promesa de la calma.

Cuando la noche cae y los soles regresan al edén,

cuando las sombras malditas acechan en la oscuridad,

Ikebu ilumina el cielo con su ojo de plata, así que vamos a estar bien.

Tejeré una canción para ti, para calmar tu ser.

Flota en el aire, déjate llevar, cierra tus ojos y descansa en mis brazos,

mis latidos te cuidarán hasta el amanecer.

Vamos a estar bien, cuando despiertes me verás de nuevo.

El ojo de Ikebu nos guarda, sus rayos son refugio que aplaca el terror.

Él vela por tus sueños, así que descansa en mis brazos serenos.

(…)

Se dejó llevar por la musicalidad de la voz. La extenuación apagó su conciencia y el sueño la meció en el vacío de la oscuridad.