CAPÍTULO 12 Secretos bajo la luna #2
Se tumbó en el colchón: una fina capa de tela rellena de plumas y paja sobre una plataforma de madera baja de la altura de un escalón.
Sus botas cayeron al suelo al empujarlas con desgana con los pies, y la piel por fin pudo respirar.
Suspiró aliviado. Sus párpados cedían ante el cansancio, pero él sabía que aquella noche sería incapaz de dormir; se lo decían los latidos desbocados de su corazón, el pinchazo en los pulmones y las voces preocupadas de su cabeza.
Tenía miedo. Por Agnes y por él.
Sumido en la oscuridad de sus propios pensamientos y los susurros lejanos de sirena que lo reclamaban allá donde se encontrase la vara, abrió los ojos de golpe.
Temía volver a perder el control sobre sí mismo o convocar otro hechizo de oscuridad y dañar a alguien.
Agnes apenas le había dirigido la palabra desde el incidente con la magia y él no sabía cómo ni cuándo podría volver a ocurrir.
La magia era, en palabras del libro que le había prestado Dakini, una cuestión de control, y Oliver no estaba seguro de poder controlar nada.
La puerta se abrió sin previo aviso y el muchacho se sentó de un salto.
Dakini lo saludó con una risilla juguetona, incitada por la cara de susto de su aprendiz.
Dejó la funda con el báculo contra la pared, al lado de la cama, dobló la túnica roja sobre la cómoda y se aseó con el agua limpia que vertió en la palangana.
—Deberías dormir un poco antes de que salga a cazar malditos. Intentaré no despertarte, aunque tiendo a pisar fuerte y a tropezar.
Lo sabía. Siempre se despertaba en cuanto Dakini se ponía en pie.
—No puedo dormir —confesó—. Llevo días desvelado o durmiendo muy poco.
«Porque no tengo mis pastillas, supongo».
La maga se acercó a él y fijó las manos sobre las caderas. Al verla sentado desde la cama, en contrapicado, le pareció mucho más alta e imponente.
—Puedo lanzarte un hechizo de sueño. Dormirás como un bebé después de mamar.
—¿No es peligroso? ¿Y si hay que huir porque vienen demasiados malditos?
—No te preocupes. —Hizo un gesto con la mano, restándole importancia—.
La gente de este pueblo está acostumbrada a luchar contra ellos.
Al estar cerca de la capital, hay un mayor control.
La manada será pequeña. Llegarán refuerzos desde Shilapawa.
Además, yo estaré en primera línea —dijo señalando su pecho con el pulgar—.
Si por alguna desgracia la cosa se pusiera demasiado fea, desharía tu hechizo.
Mientras tanto, encerrarse en una posada es una buena opción durante la luna llena.
Oliver cabeceó pensativo durante un instante, su cuerpo osciló con suavidad de un lado a otro, sentado sobre el colchón. Recordó su llegada a Qmark y no quería volver a pasar por algo parecido. Esperaba que a Agnes tampoco se le ocurriese salir. Ni comerse a Zeku. O viceversa.
—Si duermo con ese hechizo, ¿puedo volver a hacer magia sin querer?
—No. No deberías.
Vaciló. No sabía si era lo más sensato, pero necesitaba dormir. Todo su cuerpo rogaba por un poco de descanso y tampoco es que él pudiera hacer nada útil. Con el juicio turbado por el cansancio, claudicó con un gesto de cabeza.
La maga sonrió complacida y desenfundó el báculo mientras Oliver se acomodaba en la cama, presa de los nervios.
—¿Podrá despertarme otra persona?
—Solo si insiste mucho. Ya sé que estás asustado. No será un sueño muy profundo, solo lo suficiente para que descanses bien.
—De acuerdo.
—Ahora cierra los ojos y respira hondo.
Obedeció, y su conciencia no tardó en apagarse con él. Notó el calor de Dakini sobre el centro de su frente. Los sueños tomaron su mano y lo arrastraron de nuevo hacia el resplandor verde de la vara.
Cuando intentó darse la vuelta en la cama, sintió una ligera presión alrededor del pecho.
Abrió los ojos, alterada, y la mirada de Zeku se cruzó con la suya a un par de palmos de su rostro.
Quiso erguirse y se dio cuenta de que estaba inmovilizada.
Una cuerda gruesa y robusta le rozaba la piel de arriba abajo con cada movimiento.
Zeku terminó de atarla a la altura del pecho, con un elaborado y elegante nudo.
—Lo siento. No quería despertarte.
Agnes abrió la boca, dispuesta a chillar y gritarle mil improperios, pero recordó la luna.
Recordó por qué estaba ahí con él y por qué la había inmovilizado.
Habían tomado la decisión juntos a lo largo del día, después de hablarlo la noche anterior.
Zeku quería ayudarla, o eso dijo. Agnes no contaba con ninguna alternativa, por eso decidió ceder a la idea que el muchacho le presentó.
Ahora, al verse indefensa ante aquella persona casi desconocida, se arrepentía de su decisión.
Si Zeku de verdad era un maldito y no se controlaba como él había jurado hacer, ya podía darse por muerta.
El chico se puso en pie y se acercó a la ventana. La luna ya estaba en lo alto y su luz iluminó la piel cobriza de Zeku, marcando más sus rasgos simétricos y afilados en un juego de sombras y luces de plata.
—¿De dónde has sacado las cuerdas?
Zeku la miró, se apartó la chaqueta y señaló una pequeña bolsa que le colgaba del cinturón. La chica chasqueó la lengua.
—Una bolsa mágica. Claro, cómo no.
El cabello azulón del chico resplandeció en la habitación cuando se alejó de la ventana.
En la estancia tan solo había una vela encendida sobre una mesita circular.
Agnes distinguió en ella un montón de papeles y una pluma estilográfica sobre ellos.
Los efectos de la maldición eran veloces, para bien y para mal.
Tan solo un par de días atrás no podría haber distinguido esos objetos.
Se preguntó si esa noche su cuerpo sufriría cambios más repentinos.
Zeku se acercó a ella y le tendió unos trapos trenzados en forma de churro. No le gustaba; le recordaba al mordedor de un perro. Era humillante.
—Está a punto de empezar, aunque todavía no notes nada más que calor. —Era cierto. El cuerpo le ardía; ella lo había asociado a la vergüenza y al miedo—. Te recomiendo morder esto para acallar un poco los gritos.
Agnes frunció el ceño. No le apetecía pasarse la noche atada y gritando en compañía de Zeku. Él lo adivinó al instante.
—Esto no será agradable para ninguno de los dos.
La joven cedió y agarró el mordedor con una mueca de desagrado.
El tacto de la tela contra los dientes y la lengua le dio arcadas.
Y aquello no fue lo peor. Lo peor fue darse cuenta de que Zeku se había quitado la chaqueta y planeaba quitarse también el vestido.
Agnes escupió el mordedor sobre la cama mientras él se quitaba la fila de pequeños cuchillos que llevaba en la parte trasera del cinturón.
—¡¿Qué estás haciendo!?
Se giró hacia ella, con una arruga casi imperceptible en el entrecejo. Desabrochó los guanteletes con la pareja de dagas que solía ocultar bajo las mangas de la chaqueta y los dejó sobre la mesita. Volvió a acercarle el mordedor, esta vez con un gesto más brusco.
—No pienso quedarme sin ropa por capricho tuyo.
—¡¿Capricho?! —se escandalizó la joven—. ¿Es que piensas desnudarte mientras yo me retuerzo en la cama? ¿Te das cuenta de lo macabro y violento que es esto?
El chico guardó silencio unos segundos. El oro de sus ojos se le clavó en la mirada.
—No me acercaré a ti. Y ahora, por favor, muerde esto.
Agnes volvió a agarrar el mordedor, temblorosa y enfadada, y vio a Zeku rezagarse en la esquina más alejada de la habitación después de apagar la vela con un soplido silencioso. Ella fijó la vista en la manta que se extendía bajo su cuerpo inmovilizado, deseando que esa noche terminase pronto.
Algo se rompió en su cuerpo. Agnes no supo exactamente qué. No supo de dónde venía ese dolor ardiente que le apuñalaba las entrañas y le despellejaba la piel hasta nublarle la razón.
Llegó de repente, a traición, al tiempo que miraba la luz de la luna entrar por la ventana.
Su espalda se arqueó de golpe y la hizo doblarse hacia delante, igual que un resorte.
Mordió la tela que tenía entre los dientes sin notar lo desagradable que le resultaba su tacto.
Se retorció sobre la cama; rezaba en silencio por que los gritos que amenazaban con desgarrarle la garganta murieran antes de salir.
Las lágrimas empaparon las sábanas ahí donde apoyaba el rostro, en una incesante y retorcida convulsión con cada nueva estocada invisible que su cuerpo recibía desde dentro.
El sudor la empapó; el dolor la obligó a gemir.
La tortura no daba tregua. Demasiado intensa, demasiado certera y cruel.
Sus caderas crecieron, su mandíbula se afiló y la punta de sus orejas se cubrió de pelo.
Su cuerpo se rindió a la lasitud cuando un hueso bajo la espalda intentó perforarle la carne y piel.
Lo único que podía notar era una fiebre ardiente y un zumbido en la cabeza que la incitaba a salir.
El aullido de un maldito se escuchó en la lejanía y otro escalofrío la recorrió.
Quería salir de ahí. Necesitaba salir de ahí.
Su cuerpo luchaba al borde de la inconsciencia por romper las ataduras que lo aprisionaban.
Se preguntó dónde estaría Zeku, tenía la vista borrosa y no lograba localizarlo entre las sombras de la habitación.
Sabía que, si se acercaba a ella, intentaría abalanzarse sobre él.
Su boca reclamaba carne; y sus garras, sangre.
—¿Cómo te encuentras? —La voz sonó desde algún rincón de la oscuridad, áspera y gutural. Agnes escupió el mordedor.
—¿¡Tú qué crees!?
En lugar de obtener una contestación, llamaron a la puerta. La voz de Dakini sonó al otro lado.
—¿Agnes? Espero no interrumpir.
—Un poco —dijo Zeku—. ¿Qué ocurre?
—Voy a bajar para ayudar con los malditos. No creo que haya muchos, pero la ayuda de un mago de viento se agradecería. Cuantos más seamos, mejor.
—Lo siento, estoy ocupado. —Su voz se forzó a sonar más amable, menos grave y más cercana a su versión humana. Le salió regular.