Sueños Malditos CAPÍTULO 12 Secretos bajo la luna
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CAPÍTULO 12 Secretos bajo la luna

Agnes cerró la puerta al entrar en la habitación.

Se apoyó en la hoja de madera y dejó escapar un sonoro suspiro.

Estaba segura de que, después de la mirada que intercambió con Oliver, la mente de su hermano ya había comenzado a unir cabos.

Tal vez podrían engañar a Dakini un poco más, pero a Oliver no.

La conocía demasiado como para creer que pasaría la noche con Zeku por gusto, menos aún teniendo en cuenta las circunstancias.

Zeku se había sentado a los pies de la cama, con los ojos dorados clavados en ella.

La ponía de los nervios, tanto como el cielo que comenzaba a oscurecer.

Él le había explicado que el efecto de la luna no era inmediato y que tardaría varias horas después de erguirse en el cielo.

Tendrían un poco de tiempo para descansar.

—Deberíamos haber cenado antes.

El chico asintió con parsimonia. Si le apetecía o no comer, no permitió que Agnes lo adivinase. El silencio entre ambos y las pupilas de oro sobre su piel comenzaron a incomodarla.

—¿Puedes dejar de mirarme así, aunque sea durante un segundo?

—¿Cómo?

—Así, tan fijamente —explicó mientras caminaba por el cuarto, jugueteando con una de sus rastas entre los dedos. Como el espacio era bastante reducido, no tardó en volver al punto de inicio.

—Lo siento, miraré hacia otro lado. O puedo ir a buscar comida.

Agnes titubeó durante un instante. Su estómago tomó la decisión por ella.

—Algo de comer estaría bien, sí.

Zeku se puso en pie. Estiró con delicadeza la caída de su larga chaqueta y el pliegue de la túnica celeste antes de avanzar hacia la puerta.

Costaba creer que fuese tan cuidadoso con la ropa cuando los bajos estaban tan rasgados que se le podía ver parte de los gemelos.

Por un segundo, a Agnes le recordó a su abuela, perfeccionista incluso para doblar las servilletas, y sintió una punzada en el corazón.

La extrañaba mucho. A ella, a sus padres, a sus amigas incluso al estúpido gato de Oliver y el incesante cacareo de las gallinas.

—¿Qué te gusta? —preguntó con su mano sobre el picaporte. Ella se apartó de la puerta y negó con la cabeza.

—Cualquier cosa. Tráeme algo que te guste a ti.

Agradeció que Zeku asintiese y se fuera sin hacer más preguntas. Necesitaba quedarse a solas para llorar.

Oliver tenía la sensación de que, fuera a donde fuera, la gente siempre se volteaba para mirarlo.

Su psicóloga le había dicho que no, que la gente no se iba a preocupar por un niño; todos estaban demasiado ocupados con sus propios asuntos.

Él sabía que en clase no era así y siempre había alguien dispuesto a señalarlo.

Sin embargo, en Qmark era diferente. Él sabía que era diferente .

Sabía que ni Agnes ni él pertenecían a ese mundo por mucha magia que los camuflase; y cada vez que entraban en una posada temía volver a encontrarse con los pálidos ojos de la renegada.

Unos ojos que sin duda habían visto más allá de las tretas ilusorias de Dakini.

La maga estaba sentada frente a él, con un zumo de color verde a medio tomar entre las manos y una cesta de panecillos al lado.

La notaba inquieta desde que se toparon con la mujer de blanco, descentrada, ausente.

No dejaba de darse toquecitos en la sien mirando hacia ninguna parte.

De vez en cuando, balbuceaba alguna frase de la que solo llegaba a entender alguna que otra maldición.

Una figura de ropajes largos y claros bajó las escaleras, y Oliver alzó la vista.

Zeku pasó por su lado sin dedicarles más que una mirada y una leve inclinación de cabeza.

Dakini se puso en pie como un resorte y lo sujetó del hombro, pero la mirada severa que el muchacho le dedicó la hizo apartar la mano con reticencia.

En apenas un pestañeo, la sonrisa de la maga se recompuso como si nunca hubiera amenazado con borrarse.

—¿A dónde vas?

—A por comida.

—¿Y por qué no cenáis con nosotros? —invitó haciendo un gesto con la mano hacia la mesa—. Podríamos charlar y conocernos un poco mejor. Seguro que a Oliver le encantará conocer alguna historia sobre los magos de Béruma.

Zeku dedicó una breve mirada a Oliver y el muchacho desvió la vista.

Esos ojos de oro fundido y el semblante rígido que los portaban lo intimidaban, como un juicio silencioso y severo que le hablaba directamente al alma para recordarle lo insignificante que era como elegido. Como mago. Como persona.

—No, gracias.

Continuó su camino hacia la barra. Dakini se dejó caer sobre la silla con rictus incrédulo.

—¡Será borde!

—¿Te gusta mi hermana?

—¡No! —respondió con un respingo—. ¿De dónde sacas esa idea?

—Tengo entendido que, cuando a alguien le gusta otra persona, se comporta raro.

—¡Es que…! —suspiró. Bebió y retomó la conversación más calmada, con su sonrisa habitual—. Confieso que me ha afectado un poco ver a Kilapa. Sé que hará cualquier cosa por entorpecer mi misión.

—Pero usáis el mismo uniforme. ¿No trabajáis para la misma persona?

Dakini rio con desgana y negó con un gesto de mano.

—Eres tan inocente… Hay mucha gente en el mundo deseosa de ganar méritos a costa del trabajo de otros, y Kilapa es de ese tipo de gente. Además, mi misión es secreta —añadió sellando sus labios con el índice.

—Entiendo.

—Y Zeku… ¡Es que no lo entiendo! Viaja con unos desconocidos que lo encontraron medio muerto en el bosque, no sabemos de dónde viene ni a dónde va, ni por qué lleva ya sabes qué en el cuello —dijo bajando la voz y cubriéndose la boca—.

¡Y encima tiene esa actitud prepotente! ¿Quién se cree hablándonos así?

O no hablándonos , más bien. ¡¿Y eso de irse a dormir con tu hermana? !

—Pero… tú dijiste que eso estaba bien.

—¿Cuándo…? —Cortó la frase al recordar la conversación sobre los amantes con Zeku en la barra. La sangre le subió a las mejillas y ocultó el rostro entre las manos con un suspiro de frustración—. No me fío de él. Sé sincero, Oliver, ¿no te molesta ni un poco?

Más que molestarle, le preocupaba. De todas formas, no le quedaba más opción que confiar en el cuestionable criterio de Agnes.

Zeku no tardó en regresar con un plato de comida en las manos.

Por suerte, Agnes había tenido tiempo para desahogarse a gusto y oyó sus pasos entre la muchedumbre antes de que llegase a la habitación.

Tener el oído afinado estaba bien, aunque tener la capacidad de oírlo todo empezaba a ser un problema a la hora de descansar.

Al entrar, Zeku cerró con cuidado la puerta y se sentó junto a Agnes en la cama. La chica puso todos sus esfuerzos en disimular el moco que se limpió con el dorso de la mano y luego frotó contra las mantas. Era difícil saber si lo había logrado con alguien que nunca cambiaba la expresión.

Zeku dejó el plato entre los dos, con un par de servilletas debajo.

En él había dos bollitos, un poco más pequeños que la palma de su mano, recubiertos por una pasta verde y espolvoreado con semillas y pétalos azules.

Agarró la comida con las manos, igual que vio hacer a Zeku.

Al llevárselo a la boca, descubrió que estaba fresquito, relleno de una pasta oscura y agridulce.

Le gustó mucho. Los siguientes bocados fueron más entusiastas. Se limpió la comisura de los labios con el pulgar y apenas tuvo tiempo de tragar cuando preguntó:

—Oye, Zeku, ¿cómo supiste que soy una maldita?

—Por el olor —respondió en cuanto hubo tragado.

Ni siquiera la miró. Las muescas de la pared debían ser mucho más interesantes que la conversación.

Agnes, sin demasiado disimulo, se olió debajo del hombro—.

Tú quizás no lo notes en ti misma, pero los malditos tenemos un olor peculiar.

Al menos, si eres capaz de olerlo. Las personas normales no pueden.

«¿Yo también huelo a perro mojado?».

Pese a haberse acostumbrado un poco, de vez en cuando todavía llegaban a su nariz las desagradables notas del olor característico de Zeku.

—¿Los magos también cuentan como personas normales?

Asintió, y la tensión en los hombros de Agnes se alivió de golpe.

Al menos, hasta que recordó por qué estaba encerrada con ese chico en una habitación a pocas horas de Shilapawa.

Solo esperaba que, al terminar la noche, ambos mantuvieran sus cuerpos intactos: sin rasguños, sin mordiscos, sin heridas letales.

Vivos.

—Descansa un poco, te avisaré cuando sea la hora.

Oliver estaba agotado. La cena le había sentado bien, pero el dolor de sus músculos continuaba latente, y las ampollas de los pies se resentían con cada escalón.

Al pasar por delante de la habitación de Agnes y Zeku, se detuvo.

La creciente curiosidad por saber qué había arrastrado a su hermana a quedarse a solas con aquel chico al que apenas conocía precisamente esa noche, después de pasar el día juntos entre cuchicheos, le robaba el sueño con retorcidas hipótesis.

Cada vez estaba más seguro de que Zeku sospechaba sobre la condición de Agnes y esperaba que no le hubiese tendido una trampa.

Su otra opción era algo más amable, y era que Zeku también era un maldito.

No tenía ninguna prueba o dato relevante que pudiera respaldar dicha conjetura; ninguna de las dos.

En ambos casos, Agnes estaría en peligro.

No sabía cómo podría afectar la maldición durante la segunda luna llena, pero le costaba mucho imaginarse a su hermana tendiendo una encerrona a alguien para devorarlo.

Le costó volver a arrastrar los pies. Llegó al final del pasillo y, al entrar en la habitación, se dirigió a la palangana para asearse. Desde la pequeña ventana se podía ver el brillo de la luna surgiendo detrás de los árboles.