Sueños Malditos CAPÍTULO 11 El preludio de la noche
57%

CAPÍTULO 11 El preludio de la noche

No fue fácil recuperar la completa consciencia sobre sí mismo; sobre su cuerpo y su mente.

El pánico que había visto en los ojos de su hermana lo desestabilizó, le costaba respirar.

Ahora, el grupo volvía a estar reunido alrededor de la hoguera, en absoluto silencio, y Oliver se sentía cada vez más y más inquieto.

No entendía qué había pasado, por qué Dakini lo miró de ese modo al volver del trance ni por qué Agnes temblaba en el suelo hecha una bola.

Nadie lo sabía, no había querido compartir sus visiones.

—Lo siento. —Rompió el silencio para disculparse por enésima vez. Sus manos se enroscaban alrededor del bajo verde de la túnica. Miró a Agnes con la cabeza gacha y ella le giró la cara. Aquello le sentó como una patada en el estómago.

Dakini tomó la palabra después de un largo rato.

—Un mago de oscuridad… No me lo esperaba. No es un elemento sencillo, puede consumir a quienes intentan dominarlo. —Oliver dirigió la mirada hacia ella. Sus iris lilas estaban puestos en él—. Ten cuidado, no uses tu poder a la ligera.

Oliver negó con la cabeza. Tras unos segundos contemplando el fuego, se acomodó la chaqueta de Zeku sobre los hombros y preguntó:

—La luz y la oscuridad son opuestos. ¿No es igual de difícil dominar la luz?

—No son exactamente opuestos: son lo mismo en diferentes grados, como lo son el frío y el calor, o la vida y la muerte. Así que sí, la magia de luz también es complicada —dijo con un deje de cansancio—, pero la dominan otras emociones, tiene otros efectos menos nocivos para la mente.

El muchacho reflexionó durante un rato, sin dejar de mirar el fuego.

—Entonces, ¿yo podría llegar a usar magia de luz?

—Eso depende de lo talentoso que seas y lo mucho que quieras esforzarte. —Sonrió—. A juzgar por la potencia de tu cúpula involuntaria, diría que te va a costar mucho. No es habitual que un elemento se manifieste sin varita ni hechizo. Debes estar muy ligado a la oscuridad.

Sí, supuso que tenía razón. Lo único que quiso Oliver fue acallarlo todo, los sonidos del bosque y las voces de su cabeza; susurros incesantes de discursos pasados que le recordaban que no era suficiente. Y, de repente, solo hubo calma. Oscuridad. Su paz resultó ser las pesadillas de otros.

Miró a Zeku. Para sorpresa de todos, se había sentado con las piernas cruzadas al lado de Agnes.

Tenía los ojos cerrados y la espalda recta con las manos sobre las rodillas.

Ahora que Oliver se cubría con su chaqueta, un par de avambrazos con una daga oculta en cada uno habían quedado al descubierto.

El chico no había dicho una palabra desde que volvieron del bosque.

Oliver no sabía si los ignoraba, si meditaba o estaba dormido.

Decidió no preguntar. Al rato, Dakini se tumbó sobre su saco de dormir y no tardó en conciliar el sueño. A pesar de que él intentó hacer lo mismo, no pegó ojo en toda la noche.

Se preguntó si Agnes habría conseguido dormir.

A la mañana siguiente, su hermana todavía no le dirigía la palabra.

Cada vez que sus miradas se cruzaban, ella torcía el gesto y fingía prestar atención a otra cosa.

Oliver sabía que ese día era importante, que aquella noche Agnes volvería a sufrir los efectos de la luna llena en su ser y que era muy probable que Dakini descubriera la verdad.

Tragó saliva con dificultad. Tenía un nudo en la garganta y otro en el estómago.

Pensar en ello lo abrumaba. No podía ni imaginarse cómo se sentiría Agnes; él no podría hacer nada por protegerla en caso de ser necesario.

Dakini sería incapaz de aceptar que Agnes era una maldita, aquello contra lo que ella luchaba.

Se esforzó en fijar su atención en observar el paisaje durante el trayecto, así sería más sencillo pensar en otra cosa.

El camino por el que transitaron se veía más cuidado que los demás.

El suelo estaba empedrado y alguien o algo se había molestado en recortar la hierba de los caminos.

Pararon en un pueblo con un cartel de bienvenida que rezaba su nombre: Toke.

Sus casas eran de madera y roca clara, con unos enormes campos de cultivo en la zona este, donde el terreno se allanaba.

Allí, bajo el hechizo de ilusión de Dakini, comieron, bebieron y descansaron; rellenaron los pumpos e hicieron turnos para asearse en el río que bordeaba las afueras.

En cuanto todos estuvieron listos, retomaron la marcha.

Dakini aseguró que ya estaban muy cerca de Shilapawa, la ciudad capital.

Si pudiesen conseguir un buen carro con un par de enores y no había contratiempos, estarían allí al amanecer.

El único problema era que los malditos serían un contratiempo enorme esa misma noche.

Oliver no entendía por qué Dakini no pedía ayuda a las demás personas de la guardia. Su trato con ellos se limitaba, con suerte, a saludar. En la mayoría de los casos, los evitaba. Supuso que, si estaba en una misión secreta, prefería ahorrarse las explicaciones.

Agnes se pasó el resto del camino rezagada; de vez en cuando cuchicheaba con Zeku. A Dakini no le pasaron desapercibidas las miradas que Oliver le echaba a la pareja.

—¿Celoso? —preguntó ella, con una sonrisa burlona y en voz baja.

Oliver hizo un mohín.

—Claro que no, es mi hermana.

—Ya lo sé —respondió hilarante. Se acercó un poco más a Oliver y señaló a los rezagados con disimulo—. Y parece que ya no eres su niño bonito.

«Nunca lo he sido», pensó él.

—Entonces, ¿qué? ¿Crees que habrá encuentros bajo la luna? —Oliver arqueó una ceja y Dakini bajó todavía más la voz—. Ya sabes, para darse besitos y esas cosas.

—¡No! —Volvió la mirada hacia atrás. Agnes y Zeku seguían hablando entre susurros. Por extraño que fuese para él, parecían entenderse. Pero entonces negó con la cabeza—. No, a Agnes nunca le han interesado los chicos.

—Una chica lista; me gusta. En fin —añadió mirando al cielo. Esta vez habló para que todos la escucharan—, deberíamos apremiar el paso para llegar a la posada del camino o a algún pueblo cercano. No podemos pasar la noche a la intemperie con luna llena.

Oliver maldijo la luna en silencio. Continuó caminando y admirando el paisaje silvestre por el que los guiaba Dakini, lejos de la ruta principal que seguía el curso del río, intentando ignorar el dolor de su cuerpo en cada paso.

Si se detenía por un solo segundo, corría el riesgo de desplomarse en el camino y no volver a levantarse hasta pasadas unas horas.

Echó un vistazo rápido hacia atrás. No encontró el valor para preguntarle a Agnes qué pretendía hacer esa noche y qué podía hacer para ayudarla, así que optó por sacar el libro de magia del zurrón y ocupar el resto del viaje en ampliar sus conocimientos arcanos.

Arisu comenzó a caer tras las montañas cuando llegaron a un pequeño pueblecito de apenas cinco casas, un aserradero junto al río y una posada cerca del camino principal.

La entrada del bosque que había en la falda de la montaña, a varios metros de las casas en la llanura, estaba cercado con muros endebles de palma tejida.

Agnes no dejaba de retorcerse las rastas entre los dedos.

Una mujer robusta y ataviada con un turbante pasó junto al grupo y dejó una carretilla cargada de leños junto a una pila circular. Después entró en una casita de fachada estrecha y tejas desteñidas.

La posada destacaba entre las viviendas gracias a sus dos pisos y tejado a dos aguas, bajo y colorido.

Dakini les había explicado que ese pueblo, Min, se dedicaba al comercio de madera y a la ebanistería.

Sus escasos habitantes trabajaban bien y vendían o intercambiaban sus productos en Shilapawa.

Si bien contaban con un huerto comunitario y varias gallinas correteaban por el lugar, no eran tan dados a la agricultura como los demás pueblos.

Todavía no habían dejado atrás la primera de las casitas. La puerta de la posada se abrió y una mujer de uniforme blanco asomó al exterior. Oliver apenas la había visto cuando Dakini tiró de él y de Agnes. Los escondió tras la fachada y los montones de madera que la rodeaban.

Les hizo a ambos un gesto para que guardaran silencio, y Agnes cerró la boca de mala gana, sin tiempo a replicar.

Dakini se asomó con cuidado, seguida de Agnes y Oliver.

Entonces el niño pudo ver mejor a la mujer.

Era alta; parecía de la misma edad que Dakini, pero su porte inspiraba más rectitud y madurez.

Su piel, naranja como la de los demás, lucía un tono ceniciento que contrastaba con el verde vivo de su cabello, como un prado tras la lluvia, decorado con una tiara trenzada en oro y plata que se ceñía a su frente.

El flequillo le cubría buena parte del lado derecho de su afilado rostro.

Hablaba con otra mujer, de edad avanzada y de espalda curva, que se cubría la cabeza con un turbante de colores cálidos.

Oliver se percató de un detalle y preguntó en un susurro.

—¿No lleva la misma túnica que tú?

La maga chistó y le empujó la cabeza hacia atrás. Luego murmuró entre dientes.

—Mírala, siempre la barbilla alta. Se la va a clavar a alguien en un ojo.

Zeku se había quedado plantado al lado de la casa, estudiando a la dueña de todas las miradas del grupo.

En cuanto pudo, Oliver volvió a asomar la cabeza.

—Mierda… —se quejó la maga—. No oigo nada.

—Yo sí.

Agnes se mordió el labio. Dakini la miró perpleja durante apenas un segundo. La maga tenía una facilidad pasmosa para cambiar de expresión, pues enseguida le preguntó con un semblante más serio.

—¿Y qué? ¿Qué dice?

—Creo que habla de nosotros, busca a una pareja de extranjeros con piel peculiar. Dice que ha oído rumores de que están por la zona y que avisen a una patrulla si los ven.

—Mierda.

Dakini retrocedió y tiró de los hermanos para que hicieran lo mismo. Los miró muy seria.

—Esa chica es peligrosa. Si queremos llegar a Shilapawa, debemos evitarla a ella y a cualquiera que tenga cerca.

Agnes abrió la boca, dispuesta a pedir más explicaciones.

—Viene hacia aquí —cortó Zeku.

Dakini agarró su báculo con torpeza. A punto estuvo de caérsele un par de veces hasta que consiguió aferrarlo y trazar un shomi con él.

Ni Oliver ni Agnes sintieron nada raro. Se miraron el cuerpo, se miraron entre ellos: todo seguía igual, el hechizo que les cambiaba la apariencia seguía activo.

Entonces Dakini se llevó un dedo a los labios y la mujer de blanco saludó a Zeku con cortesía al llegar a su altura.

Él le devolvió el saludo con una inclinación de cabeza.

A punto estuvo de pasar de largo cuando frenó en seco y miró en dirección al trío.

Sus ojos afilados estudiaron la zona, erráticos, sin detenerse en un punto fijo, no como le había ocurrido con la necromante.

Oliver no tardó en comprender que no podía verlos.

Una chica de cabello corto y rizado, vestida con túnica verde oscuro, le tocó el hombro y la sacó de su ensimismamiento.

—¿Todo bien, capitana Ban’Wu?

La mujer de blanco asintió y se acomodó el lado izquierdo de su pelo tras la oreja antes de alejarse del pueblo con un par de personas más, todas ellas uniformadas en distintos colores.

Dakini solo se movió cuando la perdió de vista. Se apoyó sobre el báculo y soltó lo que quizás fue el suspiro más largo de su vida. Deshizo el hechizo de invisibilidad y Zeku se acercó al grupo.

—Buen truco.

—Gracias —respondió la maga con una sonrisa triunfal.

Agnes no dejaba de mirarse las manos y los brazos.

—No lo entiendo… ¿Qué has hecho?

—Os he hecho invisibles, como cuando os bañasteis en el río de Kapoha. Aunque mantengáis el hechizo ilusorio, procurad no llamar la atención. —Se volvió hacia Zeku—. ¿Has oído algo de lo que le dijo a la posadera?

El chico negó con la cabeza.

—¡Ja! Me sorprendes, creí que tenías buen oído.

Oliver descubrió una mirada familiar en su hermana. Una mirada que acostumbraba a ir seguida de un «¡mentiroso!» cada vez que alguien se enzarzaba con ella en la más mínima discusión. Aquel detalle lo dejó de piedra.

—¿Quién era esa? —exigió saber Agnes.

—Kilapa Ban’Wu —respondió Dakini con resquemor. Enroscó las puntas onduladas del cabello con los dedos de una mano de forma distraída—. Por fin se ha cortado el pelo, y le queda bien. Asquerosa. Seguro que estaban haciendo la vista gorda con ella por ser hija de quien es.

Pasó unos segundos ensimismada mirando a la nada con el ceño crispado. Se sonrojó y negó energética con la cabeza.

El interior de la posada era cálida y acogedora, como casi todo lo que habían visto en Qmark, de planta redondeada, paredes de piedra con escasa decoración y techo y suelos de madera clara.

Oliver miró a su alrededor y agradeció que la gente no posase sus ojos sobre él ni sobre su hermana.

De un modo extraño, le tranquilizó saber que Agnes estaba cerca, a pesar de lo que pudiese suceder esa noche.

Dakini se adelantó y apoyó el codo sobre el mostrador. Saludó a la anciana posadera con entusiasmo y pidió una habitación.

—No importa cuántas camas tenga, nos las apañamos.

Zeku se paró a su lado y puso la mano en la barra. Había dejado algo sobre ella.

—Que sean dos habitaciones, por favor.

Las monedas retiñeron sobre la madera y una de ellas giró sobre su canto, reflejando la luz en su superficie oscura. La posadera asintió y revisó su libro de huéspedes.

—¿¡Tenías dinero!? ¡Podíamos haber alquilado un carro, pero no, claro, era más importante tu capricho de dormir solo! —replicó Dakini, con las manos en las caderas.

—No voy a dormir solo.

La maga miró al grupo y luego echó un vistazo rápido al local.

—¿Qué nos hemos perdido? ¿Tienes una amante en el pueblo? ¿O un amante, quizás?

Un par de arrugas se asomaron en el ceño y la frente de Zeku. Su voz fue tajante.

—No vuelvas a insinuar algo así.

—Eh, eh, tranquilo, no es nada malo —dijo, con las palmas de las manos en alto como símbolo de paz—. Desfogarse de vez en cuando está bien.

—Disculpe, joven, no sé cuántas camas quiere: solo nos quedan dos habitaciones libres y son de una sola cama.

Zeku asintió y la señora recogió los gabos de la barra para contarlos. No se le pasó por la cabeza mencionar que el chico le había pagado de más.

—¡Qué deliciosa casualidad! Supongo que uno de los tres tendrá que dormir en el suelo —chinchó Dakini, mirando a Oliver y a Agnes.

—Nadie dormirá en el suelo.

Dakini estaba dispuesta a lanzar una nueva pregunta, pero quedó enterrada en su garganta cuando Zeku se dirigió hacia Agnes y le indicó que lo siguiera.

Ambos subieron las escaleras. La chica se detuvo a mitad de camino para volverse hacia Oliver, que se había quedado con Dakini a unos pasos de los escalones.

Aunque Agnes trataba de disimularlo, le temblaba el labio inferior.

—No te acuestes tarde.

Y continuó su camino escaleras arriba, tras el chico de blanco y azul.