CAPÍTULO 15 Duelo de magos #3
—El agua a veces me muestra cosas, aunque yo no se lo pida.
Sé que la adivinación se tacha de superstición y cualquier visión es considerada de mal agüero, pero estamos aquí, con él —añadió mirando a Oliver.
Tras un segundo para tomar aire, sus ojos por fin volvieron a posarse sobre Agnes y ella percibió la vergüenza en sus mejillas—.
El agua no se equivocó y nosotros tampoco al seguirla.
Además, ¿qué otro motivo podría tener la kaiseri para querer a un niño como él y mantener su existencia en secreto?
Tu hermano es lo único que se interpone entre ella y el trono.
—Ahora, habla —exigió Dakini, con el rostro congestionado y el cabello pegado a las mejillas por el sudor.
—Ya os he dicho todo lo que os interesa saber. Queremos guiar al niño.
—No te creo.
—Ese no es mi problema. —Sonrió.
—Lo será cuando agonices en prisión y te reúnas con tu familia de cadáveres. ¿Dónde está Oliver?
La expresión de la necromante no cambió.
Seguía serena y con un toque de arrogancia burlona.
Ahora que Zeku la miraba con calma, no le pareció mucho mayor que él o Dakini.
A pesar de su apariencia decrépita, no debía tener más de cincuenta ciclos.
Entre los tatuajes de su cabeza, se podía leer la frase «Los muertos observan.
Los muertos hablan. Los muertos se alzan» .
«Muy apropiado», pensó. Todos los tatuajes de los magos lo eran.
Dakini continuó amenazando a la mujer que había encerrado en la esfera y Zeku se percató de que ya no estaba herida.
La magia de creación permitía, entre otras muchas cosas, modificar y reparar la estructura de tejidos, elementos naturales u objetos.
Era un tipo de magia muy compleja y que rara vez se daba la mano con la necromancia en una misma persona.
Como norma general, la necromancia era una rama que solía desaconsejarse.
Era demasiado dura, solía consumir a quienes la usaban en cuerpo y mente, por eso requería de todo el esfuerzo del mago afín.
O eso decían. Era la primera con la que Zeku se topaba.
Eran pocos y la mayoría, al menos en Gurewo, estaban encerrados en templos del culto a la vara para ayudar a las personas a despedirse de sus seres queridos.
Excepto los que habían sido consumidos por la maldición. Esas almas nunca se encontraban.
Un olor desagradable y fuerte golpeó las fosas nasales de Zeku.
Miró de reojo a Dakini. Ella no se inmutó, seguía demasiado ocupada bramando improperios hacia su prisionera.
Se acercaba con rapidez. Olía a carne descompuesta y a podredumbre.
Enfundó una de las dagas en el avambrazo y se tapó la nariz y la boca retrocediendo un par de pasos. Le estaban entrando náuseas.
Entonces lo oyó.
El trote. La hierba crujiendo bajo unas enormes pezuñas.
—¡Oh, por las barbas de Kael! ¿Quién ha sido? —exigió saber la maga. Apartó el aire de delante de su nariz con la mano.
La respuesta llegó por sí sola, corrió desbocada como el animal salvaje que era…
o que había sido. Zeku advirtió a Dakini de la presencia a sus espaldas y la empujó antes de apartarse veloz hacia el otro lado.
La bestia casi rozó la chaqueta del muchacho cuando galopó desbocado hacia ellos.
La tierra se hundió bajo las enormes pezuñas, y en ella labraron cuatro surcos a medida que la criatura frenaba su impetuoso avance.
Se detuvo junto a la cúpula y caminó frente a ella sin apartar la vista de Zeku y Dakini.
Le faltaba buena parte de la dura capa de piel, su cara estaba desfigurada y parte de las entrañas colgaban.
A pesar de su estado descompuesto, no era difícil adivinar que se trataba de un sairo, una criatura espléndida y enorme del color del marfil, cuya población había disminuido con el aumento de los malditos.
Ese ejemplar era joven y, aun así, mucho más grande que una persona adulta y corpulenta, incluso más que una enore.
Los tres cuernos de su testa y los colmillos sobresalientes y curvos se habían roto, pero eso no lo hacía menos peligroso.
Cuando el sairo bufó, el aire amarillento que escapó de sus fosas nasales estuvo a punto de provocarle un desmayo a Zeku.
—Rompe la cúpula —exigió la mujer.
Dakini intentó conjurar un ataque, pero la luz de su báculo se extinguió casi al momento de iluminarse y ella gimió de dolor.
Aunque no le quedaba energía, insistió de nuevo con un grito.
Sus tatuajes se iluminaron y un pequeño rayo de luz salió disparado hacia el sairo.
Dakini cayó de rodillas, jadeando, y el animal gruñó molesto.
El hedor que salió del interior del sairo le nubló los sentidos al maldito.
Por suerte para la necromante, un cadáver era siempre fiel a quien lo alzaba, por lo que ignoró a su atacante y aplastó la cúpula poniéndose a dos patas, dejando caer todo su peso.
Crujió igual que el cristal. De los labios de la necromante escapó un silbido.
Cuando Zeku intentó acercarse a ella, la bestia placó contra él; estaba demasiado aturdido como para esquivarlo.
Rodó por el suelo y, desde allí, vio a la mujer montar y huir a toda velocidad sobre la enore, que había acudido a su llamada.
Cuando consiguió ponerse en pie, el sairo se desplomó frente a sus ojos, tan inerte como nunca debió dejar de estarlo.
—¡Mierda! —gruñó Dakini, temblando con la cabeza hundida en la hierba—. ¡¡¡Mierda!!!