Sueños Malditos CAPÍTULO 10 Miedo #2
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CAPÍTULO 10 Miedo #2

—Nos conocemos desde hace apenas diez días, Agnes: no puedes saber cómo soy. —Tanto su tono como su expresión se tornaron más serios y se llevó una mano a la barbilla—. Pero Zeku… No sé, percibo algo extraño en él.

¿Dakini lo sabía? ¿Sabía que Zeku era un maldito y no quería decir nada?

¿Cuánto tardaría en darse cuenta de que ella también lo era?

Se forzó a respirar con normalidad y mantener la calma.

Tal vez Dakini solo tenía un mal presentimiento.

Zeku era una persona muy rara y era normal no sentirse cómoda a su lado.

Quiso pensar que se trataba de eso y no de que hubiese descubierto el secreto del chico… Y también el suyo.

Apretó los puños al darse cuenta: ahora compartía un secreto con ese indeseable.

Dakini había comenzado su avance hacia el pequeño campamento, pero en cuanto Agnes dio un par de pasos y quedó a la par, la maga se detuvo y cruzó el báculo frente a ella. El haz de luz la obligó a protegerse el rostro. Dakini lo apartó.

—¿Qué pasa?

—Mira a tu alrededor.

Agnes obedeció. Paseó su vista en todas las direcciones, pero no vio nada más que oscuridad. Allí solo estaban Dakini, su luz y ella. Todo lo demás era un enorme vacío. No había formas, no había sonidos, olores ni movimiento.

—¿Qué es esto, Dakini? ¿Qué está pasando? —preguntó esforzándose para que no le temblase la voz. Odiaba ese estúpido mundo y sus leyes mágicas absurdas.

—Es un encantamiento de oscuridad. Pase lo que pase, no te dejes arrastrar.

Todo su cuerpo se tensó ante la advertencia.

—¿Arrastrarme? ¿Por qué?

—Por el miedo, la tristeza, la ira… Depende de cada persona.

La joven tragó saliva. Aquel espacio era como flotar en la nada, privada de sus sentidos. Le temblaron las piernas. Con un aplomo que no sabía de dónde provenía, se obligó a recomponerse y resistió la tentación de aferrar la mano de su compañera y convertirse en una niña asustada.

Siguió mirando a su alrededor, en balde.

—¡¡Oliver!! —gritó.

—No te oirá. Alguien nos ha encerrado en una cúpula de oscuridad o algún hechizo similar. Estamos aisladas de la realidad.

—¿A qué te refieres? ¿Es como una de tus ilusiones?

Dakini negó con la cabeza.

—No. Las ilusiones atacan a la mente, este espacio es físico.

—¿Cómo estás tan segura de que no es una ilusión?

La maga tomó la mano de Agnes y la puso sobre su pecho. Al principio no lo entendió, pero los latidos de Dakini, el sudor de su frente y sus labios apretados le hicieron entender que tenía miedo.

—Dentro de la oscuridad pueden manifestarse los miedos si la mente es débil o el hechizo muy fuerte.

La magia de oscuridad domina determinados sentimientos y emociones.

La magia de la mente no puede hacer eso a menos que la ilusión que se crea tenga relación directa con lo que la persona teme.

Yo desconozco tus miedos, Agnes, pero sé que no te temo a ti.

Estoy asustada porque la magia oscura está atacando a mi miedo, lo despierta.

Agnes tampoco temía a Dakini ni temía a la oscuridad y, aun así, deseaba dejarse caer al suelo y temblar como la cuerda de un arpa. Entendió que una simple ilusión no generaría esa respuesta en ella.

—Los magos del otro día… ¿crees que son ellos?

La maga negó con la cabeza.

—No. Conozco los dones de Ebena, y la necromante es una creadora. Sea quien sea, nos ha acechado de forma impecable.

—¡Hay que encontrar a Oliver! ¡Ya!

Los ojos de la maga la miraron con decisión durante un instante.

Asintió despacio y soltó la mano de Agnes para sujetar el báculo con ambas y alzarlo.

La luz se intensificó y la obligó a cerrar los ojos.

Una explosión de luz lo bañó todo de blanco.

Un instante fugaz como un pestañeo. El color enseguida fue absorbido por la oscuridad.

En cuanto Agnes abrió los ojos, se encontró sola, sin rastro de luz.

Gritó. Corrió en todas direcciones llamando a Dakini, a Oliver e incluso a Zeku.

No encontró ni oyó nada, ni siquiera sus propios pasos. Vagando en medio de la opacidad, distinguió una figura alargada de voluminoso y abundante cabello. Su piel oscura brillaba como un diamante en la oscuridad.

La reconoció de inmediato gracias a su silueta y el colorido vestido que la cubría hasta los tobillos.

—¿Mamá?

Estaba claro que aquella imagen era fruto de la magia. Con todo, no pudo evitar dar un paso tras otro en su dirección, llamándola cada vez con más insistencia. ¿Hasta dónde llegaba la magia? ¿Podía traer a los muertos de vuelta?

La mujer se giró y Agnes se paró en seco. Por un segundo, se olvidó de respirar.

El rostro de su madre no era más que un amasijo de cristales rotos que mostraban diferentes rasgos. Deformes, cambiantes… Aquella no era su madre. Y, lo que era peor, no lograba recordarla. No lograba encontrar su imagen entre los diferentes ojos, las diferentes bocas…

Retrocedió un par de pasos, abrumada. Aquello no era real.

Su madre no podía estar ahí y jamás volvería con ella.

La recordaba, pese a no poder hacerlo en ese momento, la atesoraba en su memoria, la veía cada mañana y cada noche en la fotografía que tenía junto a la cama.

Lo hacía… Al menos, antes de llegar a Qmark.

Agnes dio la espalda a la impostora y huyó de allí, desde la nada, hacia la nada, llamando a cualquier persona viva y real que estuviese dispuesta a sacarla de aquella prisión oscura.

Por fin se rindió y cayó de rodillas. Las lágrimas recorrieron su mandíbula asimétrica y se encontraron en el vértice izquierdo de la barbilla.

Entonces olió algo. Un olor familiar y animal, a sangre y a perro mojado.

Cuando alzó la vista y se enjugó las lágrimas, distinguió la figura de un enorme lobo en la negrura.

Su pelaje era cobrizo y oscuro; brillaba con la misma intensidad que sus ojos de cornalina.

La bestia alzó los labios en un gruñido, y Agnes descubrió aterrada que tenía los dientes cubiertos de sangre.

Por instinto, se llevó una mano a la pierna donde había tenido la herida.

Le ardió como si los colmillos volviesen a clavarse en ella.

Sintió la sangre fluir libre sobre la piel, los músculos desgarrándose y el dolor palpitando y extendiéndose en dirección al muslo.

Gritó. Gritó hasta que su garganta no lo soportó más.

El animal seguía frente a ella, pero ya no le prestó atención.

Agnes contemplaba con horror cómo su pierna brillaba con el rojo de la sangre, en carne viva, y su piel continuaba desgarrándose por todo su cuerpo.

No podía soportarlo. Se le nubló la vista por el dolor, se retorció agotada y perdió el control sobre sí misma.

No supo cuánto tiempo permaneció tendida en el suelo.

Al abrir los ojos, volvió a estar sola en la nada.

Se puso en pie y avanzó. Algo no iba bien.

Tenía una sensación extraña, como si no estuviese dentro de su cuerpo y fuera una mera y pasiva espectadora en una butaca privilegiada.

Veía desde sus ojos, se movía por su cuenta, ajena a los deseos de su dueña, y ni siquiera podía alterarse por ello.

Su cuerpo bajó la cabeza y vio unas patas peludas y castañas que avanzaban una tras otra.

Sus patas; las de ese cuerpo a las órdenes de alguien que no era ella.

Quiso gritar, pero una vocecilla insistente, igual que una red de plomo, cayó sobre ella y le impidió actuar, reconfortándola con palabras que le drenaban la fuerza de voluntad y el deseo de actuar.

«No vale la pena», «Tranquila, todo está bien», «Ya no tienes que preocuparte más», «Descansa, yo me encargo de todo».

A punto estuvo de creer que todo era un sueño cuando un brillo leve, morado y pálido la sorprendió al girarse.

Se aproximó a la figura y no tardó en ver el rostro de Dakini contraído en una mueca de odio.

Antes de que la maga pudiera desenfundar su báculo, Agnes se abalanzó sobre su cuello y lo desgarró de un bocado.

Ambos cuerpos cayeron al suelo entre gritos y gruñidos.

Salvo que ahora, bajo sus fauces, estaba Oliver.

El niño temblaba con el horror pintado en la cara, y ella se relamió la sangre del hocico. Oliver ni siquiera tuvo tiempo de gritar cuando cargó sobre él.

Por fin había logrado concentrarse. El silencio era absoluto y tenía la sensación de flotar igual que una mota de polvo.

Quizás era eso a lo que Dakini se refería.

No había tensión en su cuerpo; apenas notaba nada, como cuando se desplomaba en el pupitre tras una clase de Educación Física, solo que no había cansancio ni dolor, tan solo paz, a pesar de que hacía un instante la tensión cargaba sus hombros y le martilleaba la cabeza.

Ahora esos estímulos parecían demasiado lejanos.

Deseó seguir así por mucho más tiempo, rendirse a aquella inusual liberación.

Pero la voz de Dakini resonó en sus oídos.

Al principio sonó remota, como el eco de una ensoñación. Enseguida se acercó más y más, con urgencia. Hizo que recuperara la conciencia sobre su cuerpo y su mente.

Todo regresó.

La respiración entrecortada por la angustia, el cansancio, el dolor en los pies, la ropa pegada al cuerpo por el sudor.

Una parte de él se resistió, pero al final consiguió abrir los ojos.

A su lado, de cuclillas, Dakini lo miraba con una expresión desdibujada que no logró interpretar.

Zeku estaba un par de pasos atrás y le pareció que lo juzgaba con mirada severa.

Tras el joven de vestido celeste pálido, un bulto temblaba en el suelo.

Agnes gemía y sollozaba sobre la hierba, rogando clemencia y balbuceando su nombre.

—Oliv… —escuchó con claridad. Jamás había sentido la voz de su hermana tan débil.

—Oliver. —Dakini volvió a captar su atención. Un brillo de temor se reveló en sus ojos—. Oliver, ¿qué has hecho?