Sueños Malditos CAPÍTULO 10 Miedo
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CAPÍTULO 10 Miedo

Se quedó de piedra. Ni siquiera parpadeó.

La imagen de Zeku se nubló y sus ojos se cerraron de nuevo para humedecerse. Pestañeó un par de veces bajo la atenta mirada del joven. Esperaba una respuesta, aunque era tan inexpresivo que resultaba difícil saberlo.

—Tengo miedo. —El balbuceo salió sin permiso de su boca—. No sé qué pasará mañana por la noche.

—La luna intentará reunirte con alguna manada. Sentirás un dolor horrible. —Le soltó el brazo a Agnes y desvió la mirada para perderse durante un instante en su memoria. No tardó en recuperar el contacto visual—. La maga y el niño, ¿ellos lo saben?

La chica negó con la cabeza y se rodeó con los brazos, incapaz de mirarlo a la cara. Esos ojos dorados le quemaban la piel.

—Solo Oliver. Dakini odia a los malditos.

Esperaba un «Como todo el mundo en Qmark» o un «No será para tanto», cualquier cosa salvo el prolongado silencio que le dedicó. De no ser por la suave brisa que le mecía los mechones del cabello y los pliegues de la túnica, podía haberlo confundido con una estatua.

—No sé qué hacer. No puedo seguir ocultando esto, y Dakini es la única ayuda que tenemos para…

—Puedo ayudarte —interrumpió antes de que Agnes tuviese tiempo de morderse la lengua para no mencionar la vara—. Yo todavía me controlo. Puedo enseñarte.

A Agnes se le escapó una sonrisa incrédula.

—¿Y por qué lo harías? Estás a tiempo de perder a Dakini de vista y volver a estar solo. Cualquiera diría que es lo que quieres.

—Si quisiera marcharme, ya me habría ido. Quiero ayudarte, sé por lo que estás pasando y lo que vendrá. No querrás estar sola cuando empiece. Nadie lo querría.

Las manos empezaron a temblarle. Estaba aterrada. Ni siquiera podía imaginar cómo sería; nunca había visto ni escuchado hablar de nada parecido. Sus únicas pistas eran la manada de Fawa y las bestias de Kapoha sembrando el caos.

—No quiero hacerle daño a nadie.

—No lo harás. Al menos, de momento.

La respuesta habría sido mucho más tranquilizadora obviando la segunda frase, pero en el fondo agradeció su sinceridad. Con un esfuerzo considerable, Agnes entrelazó sus manos temblorosas y clavó los ojos en las pupilas de Zeku. Eran como dos pequeños soles en la noche.

—¿Y qué hacemos?

El crepitar de las llamas era relajante y a la vez lo distraía de su tarea. Solo debía concentrarse en la pluma que tenía sobre la palma de la mano y cada mísero sonido, desde un ave a un insecto, era suficiente para que su atención se tomase unas breves vacaciones.

—Están tardando mucho, ¿no?

Su maestra tampoco ayudaba. Oliver se resistió a abrir los ojos y a responder. Oyó como Dakini se ponía en pie y se sacudía la ropa con la palma de la mano.

—Voy a buscarlos, sin luz puede que se hayan perdido. O que se hayan matado entre ellos —bromeó.

Ahora sí que abrió los ojos.

—¿Vas a dejarme aquí solo? De noche, en medio de un bosque.

Dakini rio entre dientes.

—No estamos en medio del bosque, ni siquiera estamos dentro. Ellos sí —añadió señalando la dirección en la que se habían marchado Agnes y Zeku, una arboleda cercana—. Además, ¿cuántos ciclos tienes?

Oliver ladeó la cabeza, todavía no entendía del todo a qué se refería con eso de los ciclos y las eras.

—Al menos veinte —añadió la maga. Luego puso los brazos sobre las caderas—. ¿Qué es lo que no entiendes? Es una pregunta sencilla.

—¿A qué te refieres cuando hablas de ciclos?

Dakini parpadeó un par de veces. Las comisuras de sus labios comenzaron a alzarse y se obligó a reprimir la sonrisa. Carraspeó y puso su cara más seria.

—Pues al paso de las estaciones, ¿a qué si no? La oscura y la luminosa. Que no te dé vergüenza decirlo. Mira, yo tengo cuarenta y dos ciclos.

—Ah, ya… Entiendo: es el tiempo que llevo vivo.

—Obvio.

—Sumando el paso de las dos estaciones.

—Eh… Sí. ¿Hablas tan despacio porque te cuesta entenderlo?

—No, no. Es que hace mucho que nadie pregunta mi… mis estaciones —mintió—. Estaba pensando. Tengo veintidós ciclos.

—¡Ja!, eres un crío. Digo: pues con veintidós ciclos no debería darte miedo quedarte solo.

Oliver titubeó y se agarró la falda de la túnica para retorcerla entre los dedos. La mueca y el tono de Dakini denotaban cierta mofa y aquello le dolió como un puñetazo en el pecho.

Bajó la mirada.

—Aquí sí.

—Oye, en esta zona no hay malditos perpetuos, estamos bastante cerca de Shilapawa y los rastreadores peinan la zona a menudo. No debes preocuparte.

La hierba crujió bajo las botas de la maga, quedó a la par y se agachó de cuclillas, apoyada sobre el báculo. Puso su mano tatuada sobre el hombro de Oliver y él volvió a mirarla, descubriendo una sonrisa amable y luminosa.

—Volveré enseguida. Además, si algo te da miedo, lo mejor es enfrentarlo. Luego te darás cuenta de que no era para tanto. O quizás no. Pero le habrás plantado cara y te sentirás mejor en cuanto dejen de temblarte las piernas.

Le dio un par de palmaditas antes de ponerse en marcha. Encendió la luz de su bastón y se puso en pie para dirigirse hacia las sombras del bosque. Antes de adentrarse, se volvió hacia su pupilo.

—Sigue practicando, no intentes escaquearte.

Los labios de Oliver se fruncieron en un pequeño puntito cuando Dakini le dio la espalda.

Ella se adentró en el bosque y él volvió a acomodarse con las piernas cruzadas en el suelo.

Cerró los ojos y el crujido de una rama le hizo abrirlos.

Miró a su alrededor. No había nada más que los árboles, la linde del camino y la hoguera.

Cerró los ojos de nuevo y, a los pocos segundos, otro sonido entre el follaje le hizo abrirlos.

Así un par de veces más con cada pequeña perturbación o brisa que le acariciaba la piel.

En el ambiente todavía se sentía la tensión que Agnes y Zeku habían dejado, muy similar a la de las discusiones que sus padres y abuela dejaban en la casa.

Ahora, en el aire, también se respiraba su propio miedo y lo molesto que estaba por la condescendencia de Dakini, por el tono que había usado con él y su sonrisa burlona.

Él ya sabía que era un cobarde y que debía enfrentarse a sus miedos. Se había enfrentado a ellos cada día en el colegio y no le hacía sentirse mejor, tan solo lo hundían más en la rabia y en la impotencia.

Deseó poder soltar todo aquello. Deseó que los demás pudieran sentir lo mismo que él sentía y que por una vez lo entendieran: que se pusieran en su piel y se dieran cuenta de lo que vivía. Para que todo el mundo se percatarse del daño que podían hacer los gestos, las miradas o las palabras.

—Conozco un lugar donde estarás a salvo y podrán ayudarte. Está lejos, en Kahuwami. Si vamos juntos, podremos llegar sin demasiadas complicaciones.

Kahuwami. Hablaba de aquel lugar como si ella lo conociera o supiera dónde estaba.

—No pienso dejar a Oliver solo, ni lo sueñes.

—Es fuerte, sabrá arreglárselas.

—¡¿Fuerte?! Es un enano llorón incapaz de llevarle la contraria a nadie. No sabe cuidar de sí mismo.

—Eso es lo que tú crees. O lo que quieres creer.

Agnes lo increpó con el dedo.

—¡No me des lecciones de cómo es mi hermano; no lo conoces! ¡No nos conoces a ninguno de los dos!

Zeku se llevó un índice a los labios y otro a los de Agnes. La chica lo apartó de un manotazo y estuvo a punto de replicar cuando se fijó en que los ojos dorados del muchacho estaban alertas. Ella también oyó algo. Unos pasos que se aproximaban y hacían crujir la hierba, un olor familiar… ¿Dakini?

A pesar de ver en la penumbra, no detectó nada. Ni una sombra entre el follaje.

—Muéstrate —exigió Zeku.

Como si llevase puesta una capa de invisibilidad, el manto cayó revelando una luz y la figura que la portaba. Dakini estaba a menos de diez pasos de ellos.

—Quería daros un susto y me habéis fastidiado el plan —dijo—. Qué envidia me dan tus oídos, Zeku.

El chico dio la espalda a Agnes y se dirigió hacia la maga. La chica de rastas lo siguió, todavía con el ceño fruncido por la conversación y preguntándose cómo sería él la noche de luna llena. ¿Volvería a encontrarse con un lobo enorme y a medio formar cara a cara?

—Ha sido el viento —dijo él en cuanto estuvo a la altura de la maga, que se cruzó de brazos, con una sonrisa socarrona, y vio cómo el chico seguía rumbo al campamento.

—Me encantan los vestidos kahuwamos, aunque son poco prácticos —murmuró Dakini.

Agnes tuvo la sensación de que solo lo había dicho para romper el silencio entre las dos.

Se miraron un instante y la morena apartó la vista, incómoda, hasta que su compañera volvió a dirigirle la palabra—. Te he hecho algo.

No era el mejor momento para recibir un regalo.

Ningún momento en ese maldito mundo le habría parecido apropiado.

Dakini sacó un pequeño objeto colorido del zurrón y se lo tendió.

Agnes lo conocía bien, llevaba días viéndolo.

Tomó el brazalete de plumas y lo observó con detenimiento.

Aunque algunas partes se veían un poco toscas, el resultado general era muy bonito.

—Gracias. —No se le ocurrió qué más añadir. Se esforzó por aflorar una sonrisa.

—Es un brazalete mágico.

—¿¡En serio!? —Parpadeó.

—Sí. Si sabes usar magia de viento —bromeó. La decepción se hizo palpable en el rostro de Agnes—. Lo siento. No soy tan buena con las plumas. Ni siquiera tejiéndolas.

—¡No! Qué dices, está genial.

Dakini esbozó una sonrisa, esta vez sí que le pareció sincera y no la sacó de sus casillas. Al contrario, encontró el gesto muy agradable.

—Gracias. Déjame, te ayudaré a ponértelo.

La maga se peleó con los cordones de cierre y aflojó el brazalete. Tomó la mano de Agnes y lo deslizó hasta el brazo, a un palmo de la axila. Ahí lo ciñó alrededor del bíceps.

—¿Demasiado apretado?

La chica negó con la cabeza.

—No. Está perfecto.

Acarició las plumas de colores con las yemas de los dedos. Su piel rozó la de Dakini. Apartó la mano con rapidez y se puso en marcha.

—No quiero dejar a Oliver solo con Zeku. No me fío.

—Ya, yo tampoco —dijo poniéndose a su altura.

—¿En serio? Te creía muy confiada.

La maga esbozó una media sonrisa y la picardía brilló en sus ojos.