Sueños Malditos CAPÍTULO 9 Zeku #2
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CAPÍTULO 9 Zeku #2

Continuaron la travesía por un terreno mucho más llano y diáfano que los anteriores.

Mantenía ligeros desniveles, a veces pronunciados y otros tan sutiles que Oliver solo los percibía cuando se le resentían las piernas.

En la distancia se distinguían los restos de una vieja muralla derruida cubierta de musgo y casas sin tejados.

A su alrededor, la vegetación crecía salvaje y amenazaba con engullir las ruinas.

Oliver jadeaba y se vieron obligados a bajar el ritmo.

—¿Qué es ese lugar? —quiso saber Agnes—. No tiene buena pinta.

—Hace muchos ciclos fue un pueblo. Por lo que sé, antes de que yo naciera fue arrasado por los malditos; al parecer, tenían un refugio cerca.

Los únicos supervivientes fueron maldecidos y algunos llegaron a suicidarse antes de aceptar su nueva naturaleza.

La decisión más sensata, en mi opinión —sentenció la maga.

A Agnes se le encogió el estómago. Se preguntó si Dakini cambiaría de parecer si fuese ella misma la que se viera obligada a cargar con la maldición.

—Por supuesto, las tropas de Gurewo ya se encargaron de exterminarlos a todos y limpiaron el refugio de la manada —continuó la joven.

—Entonces, ¿es un pueblo fantasma? —Oliver titubeó. Si iban a pasar por el pueblo, no estaba seguro de querer saber la respuesta. La maga le dedicó una sonrisa tranquilizadora.

—Claro que no. Para que haya fantasmas se necesita un alma, y los malditos la pierden. Son poco más que recipientes vacíos infestados de locura.

—¡Ya basta de historias de suicidios y malditos! No quiero que el enano se pase la noche en vela.

Los dedos de Dakini fingieron coserse los labios y no dijo una palabra hasta llegar al punto donde los guiaba. El aire soplaba fresco y, antes de alcanzar la muralla, se toparon con un monumento de piedra con una base y un pedestal muy sugerentes para descansar a sus pies.

No era grande, pero sí alto, y su forma les resultó familiar a los hermanos.

Desde el pedestal se erguía un fuste coronado por una cruz y, labrada en la misma piedra, la figura de una mujer con abundante cabello.

Tenía los brazos sobre el pecho y sostenía una vara.

Oliver miró al suelo y distinguió los restos de una antigua calzada.

La hierba engullía el pavimento a través de las grietas, reclamaba su territorio con paciencia y constancia.

No tardaría mucho en hacerlo desaparecer, ni ese ni ninguno de los otros tres brazos que surgían desde la base del monumento y se perdían en la maleza.

—Onika, la sabia radiante. —Dakini se había posicionado entre los hermanos—. Una de las mejores líderes que ha tenido Qmark, en mi opinión. Ella era como tú, Agnes.

—¿Como yo?

—Sí, ya sabes; rara, con la piel oscura. También estaba enferma, de ahí su color. Eso dicen los libros.

—Te aseguro que en mi caso no tiene nada que ver —respondió con aspereza.

—Reinó en Qmark durante ciento doce ciclos. Inusualmente longeva para una elegida.

—Los elegidos… ¿mueren jóvenes? —quiso saber Oliver. Su voz apenas era un titubeo.

—La mayoría enloquecen. Es el precio del poder para mantener a los malditos lejos de las ciudades y pueblos.

Su mente y su cuerpo se desgastan con rapidez.

—Se dirigió al muchacho con un gesto despreocupado, como si aquella información no tuviera nada que ver con él—.

Hasta la fecha, Onika era la única extranjera de los doce elegidos que ha habido.

Quizás algún día haya un segundo. Sería un número par, seguro que le da buena suerte.

—Sería el elegido número trece. Número impar. Quizás su fortuna esté truncada —terció Zeku.

La maga le dedicó una mirada fulminante.

—¿Siempre eres tan positivo?

—En realidad, prefiero no pensar en el futuro. —Miró al muchacho por el rabillo del ojo. Oliver se había sentado a los pies del pedestal, con la frente y los brazos sudorosos—. Deberíamos descansar un poco.

Las chicas aceptaron a regañadientes. Oliver había sido el primero en tomar asiento y le dedicó una mirada de agradecimiento al chico. No supo si lo había entendido o no, pues el rostro de Zeku no mostró ninguna variación o indicio de complicidad.

Tras una hora de descanso, retomaron la marcha.

El descenso de los soles teñía el cielo de atardecer.

Bajo un rojo intenso que el brillo de Arisu difuminaba en el horizonte, se toparon con un pequeño montículo rocoso en el que se dibujaba una oquedad lisa y perfecta.

Una media luna que invitaba a acercarse.

Zeku desvió sus pasos y Oliver, que llevaba un rato observando la formación rocosa, lo siguió con curiosidad.

En el interior habían labrado tres grandes círculos dispuestos en forma de triángulo.

A los pies, descansaban varias bandejas con guijarros y restos de cenizas, flores secas y lamparitas de aceite que todavía destilaban cierta fragancia cítrica.

Zeku se arrodilló frente al símbolo y puso las manos sobre las rodillas, con los ojos cerrados.

Oliver no se atrevió a preguntar. Retrocedió y volvió al lado de su hermana sin apartar la vista de la escena.

Dakini los observó con un gesto agrio que no duró mucho. La maga desvió la vista al cielo. Zaroku lo teñía todo de carmesí y se resignó, no sin cierta resistencia, a que el viaje había llegado a su fin aquel día.

La maga buscó un lugar donde acampar, en un llano cerca del camino, lejos del altar.

En aquella zona hacía más frío, y Oliver, que estaba cubierto de sudor y comenzaba a enfriarse, se vio obligado a cubrirse con la chaqueta larga de Zeku; el mago se la había puesto sobre los hombros sin decir una palabra.

Dakini y Oliver prepararon una hoguera con la leña que Agnes recogió e inmediatamente después Oliver continuó con sus ejercicios de meditación.

Zeku se ofreció para buscar y preparar algo de cena.

Cuando todo estuvo listo, el grupo se reunió alrededor del fuego.

—Y bien, Zeku —comenzó la maga, con voz entusiasta—, ¿vas a contarnos por fin cómo acabaste medio desangrado en aquella choza derruida?

Con el mismo semblante vacuo, Zeku continuó bebiendo el agua de una especie de coco rosa que tenía entre las manos.

No dejó ni una gota. Lo único que sabían de él era su nombre, que dominaba la magia del aire, que conocía a alguien llamado Jin’Xu y que, cuando lo encontraron, llevaba días sin comer ni beber.

Esas dos últimas actividades eran lo único que hacía con un poco de entusiasmo.

Para todo lo demás, era un ser estoico y taciturno, con el inquietante don de permanecer muy quieto.

Se limpió la comisura de los labios con el pulgar y fijó sus ojos dorados en los de la maga, que durante un segundo pareció estremecerse.

—Ya os dije que no quiero hablar de ello.

—¿Alguna misión fallida de Béruma? —insinuó, con aire juguetón.

—¿Qué sabes tú de Béruma?

—Poca cosa, lo que he leído: que es una ciudad hermosa y fortificada en medio de la Sierra de los Vientos, donde el aire siempre huele dulce por las hikas del mar de flores.

En cualquier caso, lo que me interesa y suscita curiosidad es ese colgante tuyo —dijo dándose unos toquecitos en el pecho con el índice.

A pesar de que su expresión no cambiaba, sus ojos seguían fijos en Dakini y ella empezaba a incomodarse. Todos lo hacían. La maga desvió la mirada y Oliver salió en su auxilio rompiendo el silencio.

—Si nos dices a dónde vas, quizás Dakini pueda ayudarte. Tiene contactos. O eso dice.

—¡Claro que los tengo! Algunos. Unos pocos. En mi patrulla y en Shilapawa.

Zeku no dijo nada al respecto. Se quedó quieto, mirando a Oliver, impasible, para luego dirigir sus ojos a Agnes, que se limitó a arquear una ceja.

—¿Por qué tenéis una piel y un pelo tan raros?

A Agnes se le desencajó la mandíbula, y Oliver abrió tanto los ojos que sin darse cuenta echó la cabeza hacia atrás.

Zeku los había conocido sin el hechizo de ilusión y Dakini aprovechaba aquel contratiempo para dejar descansar un poco su magia cuando estaban los cuatro solos en algún lugar seguro y aislado.

—Pero tú… serás… —La chica fue incapaz de articular una frase coherente, la cascada de insultos que surcó su cabeza la llevaron a balbucear.

—Zeku, no puedes preguntarle a la gente por qué tiene la piel y el pelo como lo tiene. —La risa de Dakini sonaba incómoda.

—Venimos de muy lejos —añadió Oliver, apresurado por encontrar una buena excusa—. Por eso es diferente. El so… Los soles, emmm, nos afectan de otra forma.

—¡Eso! —apoyó Agnes, con el ceño fruncido—. La melanina. Es todo cosa de la melanina.

Zeku volvió a concentrarse en la comida, como si toda aquella información le resultase insustancial.

Había preparado varios platillos variados con algunas provisiones y frutos y raíces de las intermediaciones.

Una cena mucho más interesante que las sopas de Dakini.

Cogió una raíz verdosa y la partió en dos de un bocado.

Ahora también sabían que tenía una buena dentadura.

—Mentís fatal.