CAPÍTULO 9 Zeku #3
—Tú… —la chica de las rastas se puso en pie y lo acusó con el dedo— ¡tienes los huevos cuadrados, payaso! Dakini te salva el culo, dejamos que viajes con nosotros hasta que mejores, no nos cuentas nada sobre ti, ¡y tienes el valor de hacernos preguntas incómodas y llamarnos mentirosos!
—Os hago la comida para daros las gracias.
— ¡Nos haces! Pues el que se está cebando aquí eres tú.
Hubo un silencio incómodo, acompasado por el crepitar del fuego. El pecho de Agnes se hinchaba y deshinchaba impetuoso, fruncía los labios con fuerza para evitar escupirle en la cara a ese chico que ni le contestaba ni le dirigía la mirada; solo seguía comiendo.
—Me voy a estirar las piernas antes de que le parta la cara a alguien.
Oliver, agazapado bajo la chaqueta blanca, observó a su hermana hasta que la perdió en la penumbra.
Supuso que no se iría muy lejos, pues sin la magia de Dakini era difícil ver en la oscuridad, aun cuando un cuarto de la luna alumbraba el cielo.
La oscuridad que reinaba allí arriba era tan opaca como el primer día que llegó a Qmark.
—Dakini, ¿aquí nunca hay estrellas? —preguntó el niño.
La maga lo miró con una pregunta en el rostro.
—Ya sabes —continuó él—, puntitos brillantes en el cielo.
—¿Como la luna?
—No, más pequeños.
Mucho más pequeños. La luna de Qmark se veía enorme en cualquiera de sus fases, a veces parecía a punto de aplastar todo lo que tuviera debajo.
—No. Nunca he visto algo así. Tiene que ser un fenómeno… interesante. —Ella lo miró, sus ojos parecieron brillar todavía más con los reflejos del fuego—. ¿A qué se debe?
Oliver se quedó en blanco. Sabía que las estrellas simplemente estaban ahí, ardiendo en el cielo, muy muy lejos, y por eso las veía pequeñas.
No sabía cómo explicárselo a Dakini. Miró de nuevo a la luna, pensaba en una buena excusa mientras el corazón le temblaba al preguntarse cómo viviría Agnes su segunda luna llena.
—No lo sé. Supongo que es cosa de los gases, del aire y… la melanina.
—Ya veo.
A Oliver le apenaba saber que en Qmark no había estrellas o, al menos, que no eran visibles.
En un mundo sin contaminación lumínica, verlas sería todo un espectáculo.
Permanecieron en silencio durante un rato, mirando la luna.
La voz grave y calmada de Zeku los sobresaltó.
Se había puesto en pie y recogido buena parte de los platillos, pero no lo habían oído hasta que dijo:
—Voy a buscar a Agnes.
—Solo como consejo —dijo Dakini cuando él ya les daba la espalda—, deberías pedirle perdón.
Zeku se detuvo solo el tiempo suficiente para escucharla. Después siguió caminando hacia la espesura.
—Estúpido Zeku, estúpido Qmark, estúpida vara y estúpida maldición.
Agnes refunfuñaba y maldecía todo cuanto la alejaba de la serenidad, un estado en el que no solía encontrarse y que deseaba con fervor desde que se había internado en el bosque por segunda vez, cuando todavía estaba en casa.
La próxima noche habría luna llena y no sabía qué iba a pasar. ¿Se transformaría? ¿Perdería el juicio?
Por lo pronto, lo único que tenía claro era que su vista, aparte de mejorar un poco cada día, ahora también le permitía ver con claridad en la penumbra y distinguir formas en la oscuridad.
Además, olía y oía todo muchísimo mejor, captaba diferentes matices en el aire y notas en los sonidos próximos y lejanos; y, aunque no era tan relevante, se le comenzaban a marcar un poco los abdominales.
Agradecía que se le curase la miopía, pero la situación la superaba. Era de locos.
Caminaba entre los árboles, al borde de la desesperación, planteándose seriamente si dejar a Oliver con Dakini y ese cretino de Zeku a solas era una buena opción.
Al fin y al cabo, nada le garantizaba no intentar comerse a su hermano o acabar frita por algún hechizo.
Intentaba poner sus ideas en orden cuando percibió el característico olor a perro mojado del que Zeku no se libraba.
Permaneció quieta tras un árbol, con la esperanza de no llamar su atención y pasar desapercibida entre las sombras.
Sin embargo, no tardó en alcanzarla; parecía saber con exactitud dónde se ocultaba.
Cuando dijo su nombre, dio un respingo y casi se le salió el corazón del pecho.
Se asomó tras el tronco y lo vio con claridad, con esa túnica raída, larga y ondeante que lo hacía parecer un fantasma en medio del bosque.
Sus ojos y su pelo brillaban en la oscuridad como una de esas pequeñas cascadas que había visto en el lago, cerca de Kapoha.
—Agnes, tenemos que hablar.
—Más bien tendrás que hablar tú. Yo no tengo nada que decirte.
—Mientes otra vez.
La chica soltó un bufido, seguido de un fuerte pisotón.
—¡Si has venido para seguir incordiando, felicidades, ya lo has hecho! ¡Ahora déjame en paz!
Agnes giró sobre sus talones, dispuesta a alejarse de allí. Zeku la agarró por el antebrazo antes de que pudiera dar el segundo paso. Iba a dar un tirón para zafarse, hasta que escuchó lo que el chico tenía que decirle.
—Soy un maldito, igual que tú.