Sueños Malditos CAPÍTULO 9 Zeku
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CAPÍTULO 9 Zeku

La luz envolvió al joven desconocido de pies a cabeza.

Su cuerpo yacía sobre un montón de sábanas viejas y ásperas.

La mano y la joya del báculo de Dakini lo recorrían sin rozarlo.

Oliver observaba el ritual sentado en el suelo, con las piernas cruzadas.

De vez en cuando, desviaba la vista a la sección elemental del libro de magia para buscar similitudes con los tatuajes de aquel chico.

Estaba casi seguro de que se trataba de un mago afín al aire.

La luz se apagó y Dakini se pasó una mano por la frente sudorosa.

—No debería tardar en despertar. Oliver, por favor, cuando lleguemos junto a la kaiseri, no menciones nada de esto, ¿de acuerdo? No debería hacerlo.

Oliver la miró con un ligero rastro de perplejidad. El rostro de Dakini se adivinaba sombrío y no era solo por estar en un sótano con una única esfera como iluminación.

—¿No puedes ayudar a los heridos? Creí que era parte de tu trabajo.

Ella negó con la cabeza.

—Puedo y debo ayudar a los heridos, por eso lo rescaté y curé, pero…

—Dakini extendió los dedos y los deslizó bajo el cuello del vestido blanco del joven.

Se escuchó un suave tintineo metálico y sacó a la superficie una cadena con dos placas.

En ella se leía un nombre: Jin’Xu—. Es un soldado…

—dijo con rabia en la voz—. Soy una estúpida, tenía que haberlo comprobado antes de sanarlo.

Ahora siento que no puedo parar. Por favor, no digas nada.

—Tranquila, no lo haré.

—Como intente algo… Seguro que es un espía de Kahuwami. Tendré que alertar a la kaiseri.

—¿Estáis en guerra?

—No. Gurewo y Kahuwami firmaron un acuerdo de paz muchas eras atrás.

Gurewo ha prosperado muy rápido en poco tiempo desde la caída del último elegido bajo el mando de nuestra actual kaiseri.

Al igual que los soldados y magos Gurewanos.

Tanto nosotros como los soldados de Kahuwami tenemos prohibido atravesar la frontera sin un permiso para evitar tensiones innecesarias.

—Dejó caer las placas y se llevó una mano a la cabeza—. Matarlo sería lo más sensato.

—¡¡No!!

—¡No voy a hacerlo! ¿Por quién me tomas? Lo siento, no debí expresarlo con tanta indiferencia. —Volvió a mirar hacia el chico y le apartó un mechón de cabello tras la oreja—. No hay mayor tesoro que la vida.

En ese momento, la mano del desconocido se movió a tal velocidad que Oliver apenas parpadeó cuando la muñeca de Dakini ya estaba aferrada. Los ojos del chico se abrieron, revelando un iris dorado que se mantenía fijo sobre el lila de la maga.

—Suéltame ahora mismo —ordenó.

Jin’Xu retiró la mano y acarició las chapas de su pecho antes de ocultarlas bajo la ropa, sin apartar la mirada de Dakini. Su rostro era una máscara inerte, tan armoniosa y simétrica que resultaba inquietante.

—¿Qué haces en Gurewo?

El mago se inclinó con parsimonia hasta quedar sentado y examinó los alrededores. Se detuvo unos instantes en Oliver, que se agarraba el bajo de la falda de la túnica, consciente de que Dakini no había usado su magia ilusoria sobre él. Jin’Xu miró a la maga con expresión estoica.

—Huir. No causaré molestias.

—¿Y de qué huye exactamente un soldado de Kahuwami?

—No soy un soldado.

—Tus chapas no dicen lo mismo.

—Son de otra persona.

—¿Qué soldado sería tan estúpido de perder o regalar su identificación?

—Solo busco algo de paz, por eso me fui.

Su voz era suave, fría y sin variaciones, igual que su rostro. Una lata vacía con voz monocorde. Dakini, muy consciente de que había ignorado sus preguntas, suspiró irritada.

—Supongamos que te creo, Jin’Xu…

—Zeku —interrumpió—. Mi nombre es Zeku.

Un rugido surgió desde el fondo de su estómago. Dakini ahogó una risa y el mago se llevó una mano al vientre.

—Y veo que tienes hambre.

En ese mundo, planeta, o donde fuera que estuvieran, la luna solo tardaba doce días en dar una vuelta completa.

Eso le daba menos tiempo a Agnes, quien había dejado de acicalarse las rastas para mordisquear la aguja.

No se percató de lo que hacía hasta ver que Oliver la observaba por el rabillo del ojo con un mohín de preocupación y un pati a medio comer entre las manos.

—Date prisa, Oliver, tenemos que entrenar un poco antes de ponernos en marcha.

Las palabras de Dakini cayeron como una losa sobre el niño.

Llevaban caminando varios días seguidos por senderos tortuosos alejados de la civilización y durmiendo a la intemperie.

A pesar de los esfuerzos de Agnes por evidenciar que se habían perdido, Dakini sonreía y negaba cada vez que lo sugería.

Por primera vez, ambos chicos estaban de acuerdo con la joven de rastas.

El ritmo de Oliver obligaba al grupo a frenar con regularidad. Los momentos de descanso que tenían, él debía dedicarlos a la meditación y a la práctica mágica; Dakini daba instrucciones imprecisas o se dedicaba a tejer plumas en una especie de pulsera, tal y como hacía en ese preciso instante.

En el círculo humano que habían formado para comer, Zeku se encontraba frente a Agnes, con la misma cara taciturna que había mostrado desde que se despertó en el sótano de la choza.

Al principio, el grupo achacó su falta de vitalidad y entusiasmo a algún tipo de lesión o enfermedad, aunque según él y la propia Dakini, estaba en perfecto estado.

Había despertado en un lugar oscuro y húmedo, junto a dos desconocidos y, aun así, no hubo ni un solo estímulo o retazo de sorpresa por su parte.

Se veía indiferente, como si ya lo hubiera visto todo en la vida.

A Agnes la ponía enferma, casi tanto como la sonrisa permanente de Dakini, o incluso más.

Al terminar de comer, Oliver continuó con sus ejercicios de magia.

La nueva propuesta de su maestra consistía en meditar con una pluma entre las manos.

Decía que el aire era un elemento con el que era sencillo conectar, pues estaba en todas partes y en constante movimiento, por lo que cualquiera podía sentir con facilidad las corrientes sobre la piel.

Oliver percibía el viento, por supuesto, pero no encontraba la esencia mágica que al parecer contenían todas las cosas de Qmark.

—No entiendo qué es esa esencia mágica de la que hablas.

Dakini, que meditaba frente a su pupilo, abrió los ojos y tomó una fuerte bocanada de aire; le agotaba explicar cosas que para ella eran tan obvias y naturales. La vergüenza tiñó las mejillas de Oliver.

—Es fácil. Verás, todo elemento natural es una fuente de magia, una especie de canalizador o recipiente. Si eres capaz de contactar con esa esencia, puedes extraerla usando tu varita. Mira.

Sacó una pluma amarilla de su bolsa y con la otra mano agarró su bastón, que descansaba justo a su lado.

Con él trazó un símbolo curvo en el aire, y un pequeño remolino surgió de la pluma e impactó en la faz pecosa del muchacho, que cerró los ojos para protegerlos.

Su cabello quedó revuelto. Al cabo de unos segundos y un par de parpadeos, dijo:

—Creía que solo podías hacer cosas con la luz.

Una risilla acompañó la respuesta.

—Es mi especialidad. La magia requiere de mucho estudio, así que normalmente nos centramos en una o dos ramas.

Extraer esencia y darle cierta forma es muy sencillo una vez la detectas.

Es como una especie de gel invisible que lo recubre todo.

A este tipo de magia la llamamos «magia menor o natural».

Oliver arrugó la nariz. La visión de que todo cuanto lo rodeaba estaba cubierto de algún tipo de viscosidad que no podía ver se le antojaba bastante desagradable. Una pregunta cruzó su mente.

—¿A las personas también se les puede quitar esa esencia?

—Más o menos. Es lo que hacemos con las varitas: usar nuestra propia esencia y la que nos rodea. Descubrirás que hacer magia es muy agotador.

—No. Me refiero a usar la de otras personas. La bruja… Perdón, la renegada que nos atacó, ¿a mí me hizo algo así?

—Esa mujer es una necromante, su magia está muy pervertida.

A algunos de los de su calaña no les importa drenar esencia o vida ajenas, o incluso molestar a los muertos.

Pero tú lo has dicho, es una renegada, no cabría esperar otra cosa de alguien así.

Un necromante respetable e instruido por la orden de la kaiseri consagra su vida a los ritos funerarios.

A pesar de que no dejaba de mostrar una imagen agradable y optimista, su voz sonaba molesta y su gesto era hostil. Estaba claro que no le agradaba el tema por mucho que se esforzase en disimularlo.

—Algunos magos convencionales también drenan la vida o se atreven a jugar con ella —afirmó Zeku.

Todos se volvieron hacia él, a excepción de Agnes, que se había quedado dormida bajo la sombra de un árbol con pequeños frutos en forma de estrella.

Era la primera vez que hablaba sin tener que responder a una pregunta directa—. Personas malvadas hay en todas partes.

Dakini se quedó con la boca entreabierta, lista para replicar.

Le habría gustado echarle en cara que la magia que usaban en Kahuwami era de salvajes y poco estructurada, pero logró contenerse.

Tras un par de intentos sin encontrar las palabras adecuadas, volvió a sonreír e intentó cambiar de tema sin ningún tipo de disimulo.

—Oye, tú eres un mago de viento, ¿por qué no le haces una demostración? ¡Podrías ayudarlo!

La mirada de Zeku quedó fija en la maga durante poco más de un segundo, luego miró a Oliver. Cerró los ojos y volvió a recostarse en la hierba.

—No soy profesor.

Dakini arrugó el ceño. Viajar con él era como viajar con la compañía de un espíritu. No hablaba a menos que apelaran directamente a él. No opinaba, no sugería, no ayudaba y no daba señales de tener un solo gabo encima. Era un silencio incómodo con piernas y túnica larga con los bajos raídos.

—Al menos cocinas bien. —Suspiró.