Sueños Malditos CAPÍTULO 7 La extraña pareja #3
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CAPÍTULO 7 La extraña pareja #3

—¿Quieres decir que la vara tiene algún tipo de… culto? —prosiguió Oliver.

—Claro.

Dakini no dio más explicaciones. Para ella era demasiado evidente que se hubiese construido una religión alrededor de un objeto mágico y misterioso que solo se aparecía a unos pocos.

—Y… em… ¿Los magos elegidos por la vara tienen algún papel?

—Eso depende de lo que hagan con ella —explicó sonriente—, pero sí.

Lo habitual es que pasen a la historia y sus hazañas se recojan en el libro sagrado.

No todos los elegidos han sido igual de relevantes, la mayoría solo son nombrados.

¿Quieres que los cronistas e historiadores escriban algo impresionante sobre ti?

Oliver agachó la cabeza, avergonzado. Nunca había logrado nada digno de mención y lo único por lo que se había esforzado de verdad era por pasar desapercibido.

Le bastaba con que, si lo llegaban a mencionar, le dedicasen unas palabras amables, algo como «era buena gente» o «lo hizo lo mejor que pudo».

Negó con la cabeza.

Descendieron por la falda de la montaña y, al alcanzar terreno llano, el chico estuvo tentado de besar el suelo. Agnes habló:

—No parece que haya nada cerca de aquí, y el viento ya empieza a agitarse.

Tenía razón. Notaba el aire cálido entre la ropa y a su alrededor solo se veía una llanura desigual rodeada de montañas con un camino de piedra deteriorado.

La cantidad de árboles se había reducido y ahora eran mucho más bajos, la mayoría con hojas gruesas y pardas que caían en forma de arco, algunas incluso tocaban el suelo.

Oyeron un trino que despertó la vida del lugar y provocó el vuelo de un puñado de pequeñas aves.

Las hojas de un árbol próximo se abrieron como una cortina y de él salió una enore de plumaje azulado, verde y naranja vibrante.

Tras el ave caminaba un hombre alto y fornido, ancho como una puerta y redondo como un barril, ataviado con una falda de bajos raídos y un chaleco bordado.

Su pecho y sus brazos estaban cubiertos de tatuajes y brazaletes dorados; sus pies calzaban unas botas emplumadas.

En la mano derecha llevaba las riendas que guiaban a la enore.

Oliver no estaba del todo seguro de que aquel animal pudiese transportar a semejante hombre, eran casi del mismo tamaño.

Una mujer con bastón se asomó tras el mago para ponerse a su par. La reconoció enseguida: calva, con el cráneo tatuado, ropa oscura y mirada perdida. Sonrió con malicia y, por un segundo, a Oliver le pareció que había vuelto a clavar sus ojos blancos en él.

Los separaban unos treinta pasos de distancia, lo suficiente para que Oliver pudiera percibir cómo se elevaban las comisuras de los labios de la mujer y dibujar una sonrisa que le heló la sangre.

El muchacho contuvo la respiración durante unos segundos, hasta que su cuerpo le recordó que necesitaba oxígeno para seguir en pie.

No pudo despegar su vista de ella. Aunque parecía el tipo de persona que podría ser arrastrada por una ráfaga de aire, el viento que anunciaba tormenta tan solo hacía ondear su falda, larga y de un azul tan oscuro como la profundidad del mar.

—¡Saludos, renegados! —exclamó Dakini. Había roto el silencio, pero no la tensión—. Yo de vosotros no me alejaría mucho de ese árbol, la tormenta no tardará en llegar.

—No pensábamos irnos a ninguna parte —contestó la mujer—, menos ahora que estáis aquí. Ebena.

Inclinó la cabeza hacia su compañero y el hombre de cabello rosa sacó una varita del interior del chaleco.

En sus enormes manos, la varita se veía ridícula, minúscula.

La izó con un gesto brusco que hizo vibrar la tierra; en apenas un pestañeo se alzó formando una cúpula que encerró a Oliver, Dakini y Agnes en la oscuridad.

—¡¿Qué demonios es esto?! —exigió saber la muchacha de rastas.

—Magia de tierra.

—¡Dakini, sácanos de aquí!

La maga invocó la luz de su bastón. El cubículo era minúsculo, tan solo necesitó extender el brazo para tocar la pared. Si su intención era dejarlos sin aire, iban por buen camino.

—Dejad de jugar, Ebena y espantajo. ¿Qué queréis, que os lleve a prisión? Ya tenía motivos de sobra por no presentar vuestras cartillas de registros arcanos, ¡pero esto ya es el colmo! Atacar o entorpecer a un miembro de la milicia mágica es un delito muy grave, lo sabéis bien.

Esperó paciente a que su tono hubiese sido lo suficientemente amenazante.

Con los renegados nunca se sabía. La mayoría solo abandonaba el cuerpo para tener una vida mundana o el ejército no era lo suyo, sin más.

Pero Ebena… Él era un pacifista nato y, tras abandonar la milicia y una prometedora carrera como sanador, no se separó de esa mujer siniestra.

Nunca había imaginado un desenlace como aquel.

—¡¿Los conoces?! —preguntó Agnes, al borde de la ofensa ante la posibilidad de una respuesta afirmativa.

—Es una larga historia.

—No son necesarias las presentaciones —respondió la voz rasgada de la mujer—. Solo hemos venido a llevarnos algo.

—Los cojones. ¡Sacadnos de aquí! ¡¡Ya!!

—¿O qué, extranjera?

Un pinchazo en el pecho y una llama que se prendió al instante, furiosa. Le calentó la sangre, la llenó de esa rabia que siempre acababa reteniendo, solo que esa vez se liberó y el puñetazo que dio al muro lo hizo temblar.

No fue consciente de lo que había hecho hasta que sintió las miradas de Dakini y Oliver sobre ella, ojipláticos. Había una pequeña brecha en la pared. Se miró los nudillos. La maga le agarró la mano para hacer lo mismo. Apenas se habían enrojecido.

—¿Te has hecho daño?

La joven titubeó, oscilando la mirada entre su puño y los ojos lilas que la estudiaban con preocupación.

—No.

—¡Pues dale más! —la animó su hermano.

Asintió. El cuerpo le temblaba. No entendía cómo había logrado dar un golpe como aquel y ahora apenas tenía energía para mantenerse en pie.

Pero no era real, tan solo una sensación producida por el desconcierto y la adrenalina de sentirse más fuerte y capaz que nunca.

Cerró el puño con decisión y golpeó de nuevo.

Los muros volvieron a temblar y otra grieta se dibujó ahí donde había impactado antes.

—No funcionará.

Agnes ignoró a la desconocida y continuó golpeando la pared, desquitándose por todos los años de comentarios hirientes sobre sus raíces, sobre ella…

—¡Agnes!

La voz de Dakini la sacó del trance. Toda la fuerza se esfumó cuando vio a su hermano tendido en el suelo, pálido y con la mirada perdida. Dakini, arrodillada en el suelo, le sostenía la cabeza, con el báculo apoyado sobre el hombro.

—Es un hechizo de drenaje —le explicó—. Intentaré mantenerlo consciente, pero no podré aguantar mucho sin debilitarme también. Tienes que darte prisa.

Asintió y se frotó los puños antes de volver a golpear.

—Esos dos van a besar el suelo.

Otro golpe, y otro más, y una patada frontal les dejó ver la luz del exterior al provocar un pequeño derrumbamiento. Había empezado a llover y el olor a petricor lo empapaba todo.

—Ten cuidado, Agnes. —Dakini, con Oliver todavía en brazos y envuelto en un suave fulgor, señaló con la mirada al hombre—. También puede controlar el agua. Estamos en desventaja.

No entendía cómo funcionaba aquel mundo ni la magia.

No sabía si los poderes de los magos se limitaban a invocar o crear, como lo hacía Dakini con la luz, o si también les permitía controlar y modificar los elementos del entorno.

Lo único que tenía claro era que ahora era fortísima y quería romperles los huesos a esos dos desconocidos.

—Malditas magas de luz… —refunfuñó la mujer del bastón.