Sueños Malditos CAPÍTULO 7 La extraña pareja #4
37%

CAPÍTULO 7 La extraña pareja #4

A pesar de las advertencias de Dakini, Agnes corrió hacia ellos.

De haber prestado un poco más de atención a su propio cuerpo, se habría percatado de que era mucho más rápida y de que los músculos de sus piernas soportaban la presión con más entereza de la que habían soportado en ninguna prueba física del instituto.

Apenas estaba a un par de zancadas de distancia cuando un enorme muro de agua se formó frente a ella y la frenó con un buen planchazo.

El líquido la envolvió y una fuerza invisible la arrastró hacia atrás.

Quedó tendida sobre el suelo y el agua se filtró en la tierra.

—¡Si lo que buscáis es la vara, no tenéis que preocuparos por nosotros! —exclamó Agnes. Enseguida se dio cuenta de que no fue la más inteligente de las ideas.

—¡Ja!

La mujer no dijo nada más y Dakini crispó las cejas, frustrada por la cantidad de magia y energía que estaba gastando en mantener a Oliver con vida.

El viento silbaba cada vez con más fuerza y su melodía se oía en toda la llanura: gritos siniestros entre los picos de las montañas que se refugiaban en el bosque.

Tenían que salir de ahí cuanto antes para cortar la conexión de Oliver con la renegada.

Si eran personas sensatas, no los seguirían.

Agnes se puso en pie. No pudo dar ni un solo paso cuando un enorme bloque de roca caliza cayó frente a ella.

Miró al hombre, la apuntaba con la varita y una mirada verde y hundida.

Desvió la vista hacia la mujer. Ahora que la tenía más cerca, estaba segura de que era ciega y, a pesar de ello, tenía los ojos clavados en Oliver.

—¡Eh, tú! ¡Calva!

La maga, sin apartar la vista de Oliver, extendió su mano enguantada, con el bastón apuntando hacia ella.

Agnes cayó de rodillas con una mano en el pecho; sentía que la mano huesuda de esa mujer le estrujaba el corazón con ahínco.

La vista se le nubló. La conexión entre su cuerpo y su mente la abandonó.

De pronto, su corazón volvió a latir.

—Yo que tú no me movería.

El hombre apoyó las palabras de su compañera con un asentimiento de cabeza. Se había aproximado a ella y seguía apuntándole con la varita. Ella los vio desde el suelo, tendida, recuperando el aliento. Parecían rozar el cielo oscurecido por las nubes con sus cabezas.

—¿A qué viene esto, Ebena? —preguntó Dakini.

—No lo entenderías.

—Pruébame, soy más lista de lo que parezco.

—También estás más ciega de lo que crees. —La amargura podía palparse en la voz del hombre—. Aprendí hace mucho que es inútil dialogar contigo. Una lástima, me gustaría poder hacer esto de otro modo.

Los ojos de la mujer se desviaron un instante hacia Agnes, todavía no había conseguido levantarse. Se revolvía en el suelo con las extremidades débiles y temblorosas.

—Es el modo más rápido —dijo la renegada—.

Ahora, Dakini, deja de acumular magia para intentar algún triste truco y entréganos al niño antes de que te desmayes y te coma algún maldito.

Nunca sabes dónde puedes encontrar uno, ¿verdad?

—Se relamió los labios. Tanto su sonrisa como su tono eran como el filo de una daga.

—No puedo hacer eso.

La mujer suspiró perezosa y se encogió de hombros.

—Luego no llores diciendo que no te di elección.

La calidez y la humedad del ambiente se densificaron cuando una poderosa chispa centelleó en la punta del bastón y liberó un rayo púrpura que se bifurcó durante su recorrido para penetrar en la tierra.

La energía se dirigió veloz hacia Oliver y Dakini, pero no llegó a ellos.

El cuerpo de Agnes frenó el impacto y la descarga la convulsionó mientras gritaba de dolor.

—Maldita… —masculló la mujer.

La joven cayó en la hierba, con el cuerpo humeante.

Dakini apenas tuvo tiempo de dudar cuando se puso en pie con rapidez y liberó la energía que había acumulado con el báculo.

Una ráfaga de magia, brillante como Arisu, salió disparada en forma de flecha relampagueante hacia los magos.

Antes de que el ataque los alcanzase, la enore graznó agitando despavorida cada una de sus plumas y Ebena arrastró a la mujer hacia él para cubrir a ambos con su cuerpo cobrizo.

Se oyó un estallido y hubo un destello que tardó largos segundos en atenuarse por completo.

Dakini no se quedó para comprobar si su hechizo había dado en el blanco o habían alzado una protección a tiempo.

Cargó a Oliver sobre un hombro y a Agnes bajo el brazo.

Las piernas de la muchacha se arrastraban por la tierra arenosa.

Después de haber sufrido una descarga de semejante calibre, tendría suerte si todo lo que le quedaban eran un par de quemaduras y heridas en los empeines.

Un trueno sonó cerca de ellos y Dakini corrió lo más rápido que le permitieron el peso y la fatiga.

La lluvia le caía cálida y furiosa sobre la piel, arrastrada por el viento que, sobre las montañas colindantes, ya formaba pequeños remolinos.

Debía darse prisa y encontrar un lugar seguro donde refugiarse.

Los renegados, con suerte, no serían tan estúpidos como para seguirla.