Sueños Malditos CAPÍTULO 7 La extraña pareja #2
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CAPÍTULO 7 La extraña pareja #2

—¡Lo siento! Supuse que había que chocar algo. Solo era una broma —se excusó, oscilando las palmas de las manos con rapidez—. Espero no haber hecho nada de mal gusto.

—¡No, no! Tranquila. Es solo que… no me lo esperaba. Es algo… nuevo.

—Puede ser nuestro saludo especial —bromeó.

Agnes asintió con lentitud y se alejó para rellenar el pumpo y refrescarse el rostro.

Comieron una sopa picante hecha con agua de río, musgo y raíces que Dakini había recolectado por los alrededores.

No era la comida ideal para aquel clima, y Oliver volvió a sudar más de lo que le habría gustado.

Después de refrescarse un rato en el río, descansó tumbado sobre la hierba mientras Dakini le explicaba a Agnes cómo algunos magos poseían la habilidad de modificar el cuerpo para hacer tatuajes de manera indolora.

—Ojalá encontremos a alguno de esos magos —suspiró.

—En Shilapawa hay muchos. Te advierto que no son baratos. A Oliver quizás se los hagan gratis si es un estudiante aplicado.

Oliver giró el rostro hacia ellas. Había cerrado los ojos bajo la sombra de un árbol de hojas claras y amplias. A punto estuvo de dormirse hasta que oyó aquello.

—¿A mí?

—¡Claro! Todos los magos llevamos tatuajes —dijo flexionando sus dedos entintados—, es un símbolo de nuestro estatus.

Según los shomis y los patrones, puedes saber qué habilidades posee.

Por ejemplo, si hubiese un accidente en el camino y nosotros pasásemos cerca de él, esas personas sabrían que puedo ayudarlos, porque soy una maga de luz cualificada —dijo señalando un símbolo de estructura circular cercado por pequeños triángulos, justo encima de su rodilla derecha—.

No llevaré una túnica rosa de sanadora, pero puedo curar heridas y estabilizar a los heridos.

—Luego lo miró con curiosidad—. Y tú, Oliver, ¿qué clase de mago eres?

El chico se irguió y se quedó sentado con las piernas cruzadas, igual que sus compañeras de viaje. Se miró las manos y vio a Dakini de soslayo.

—No lo sé. Ni siquiera estoy seguro de poder hacer magia.

—¡Eso! Has dicho que ibas a enseñarle —apuntó Agnes en tono acusador.

Dakini asintió, sonriente.

—¡Claro que sí! Pero antes necesitamos una vara.

No se puede hacer magia sin una. Nuestro cuerpo no canaliza la energía de modo que se pueda transformar en magia.

Solo la absorbe y la libera, como el aire al respirar.

Así que… —Rebuscó en su zurrón y de él extrajo un objeto rectangular cubierto por un paño—.

Este fue mi primer libro de magia, explica los conceptos más básicos y trae hechizos sencillos.

Échale un vistazo y puede que pasemos a la práctica.

Oliver tomó el libro entre las manos y le quitó la envoltura.

La cubierta estaba tan gastada que no sabía si en su momento había sido roja o marrón; tiznaba un tono cenizo y las esquinas se habían redondeado con el paso de los años.

Le daba miedo abrirlo, parecía que se fuera a desintegrar tan solo hablando cerca de él.

—Gracias.

Al abrirlo, el olor del paso del tiempo le hizo estornudar.

Las páginas contenían dibujos de cómo mover la varita con explicaciones breves y notas en los márgenes hechos por la propia Dakini.

Encontró una tabla de elementos, ejercicios de meditación y visualización y un montón de texto salpicado por símbolos extraños.

Tras ojearlo un poco, prestando más que nada atención a las ilustraciones, fue directo al índice y encontró un apartado que le llamó la atención:

Usa y crea tus primeros shomis.

Decidió obviar toda la teoría inicial y abrió el libro en la primera página de ese tema.

Estuvo tan absorto en la lectura que ni se percató de que Dakini se había marchado y regresado con un puñado de plumas y hojas en las manos.

Se sentó y empezó a clasificarlas. Luego sacó de su zurrón un pequeño pedazo de tejido trenzado y continuó la labor, intercalando algunas de las plumas entre los hilos.

Agnes la miró con curiosidad mientras se retocaba las rastas.

Pronto se aburrió y la chica de pelo brillante volvió a dirigirse a Oliver.

—¿Cómo es la vara?

Oliver tardó en responder. La maga tuvo que insistir dos veces más para que apartase la vista del libro.

—Pues… verde.

—Sí. Eso supone todo el mundo. ¿Qué más?

El muchacho tuvo que esforzarse por hacer memoria. Recordar los detalles de un sueño no era tarea fácil, incluso cuando se había repetido durante meses.

—Tiene marcas, como algunas piedras preciosas. El mango es un poco más grueso y la punta es más clara, lechosa. Está en un lugar oscuro con murales y estatuas. Creo.

El pedazo de tela trenzada con plumas cayó al césped cuando Dakini se llevó las manos a las mejillas. Su amplia sonrisa contuvo la euforia para no gritar.

—Es la descripción más detallada que he oído nunca —dijo muy despacio.

—¿Tú no puedes verla?

Ella negó con la cabeza y continuó engarzando plumas.

—Me encantaría, pero parece que no soy digna de ella. —A pesar de su sonrisa, el tono ocultaba cierta amargura—. Motivo de más para ayudarte a encontrarla. Estás destinado a hacer grandes cosas, ¡lo presiento!

Agnes ahogó una risa sarcástica. Se apartó las rastas hacia atrás y guardó su aguja de ganchillo en el zurrón.

—Tendremos suerte si llegamos a encontrarla.

—¿Siempre es tan negativa? —preguntó la maga al niño. Cubrió su boca en un vago disimulo. La aludida se cruzó de brazos.

—Y tú, ¿siempre eres tan feliz y sonriente? ¿Es un rollo de magos luminosos?

Dakini rio a carcajadas.

—¡Claro que no! Conozco algunos que son unos auténticos cascarrabias. Como un grano en el culo. —Su expresión cambió: su sonrisa se tornó pícara y sus ojos entrecerrados, atrayentes—. ¿Te molesta que la gente sea feliz, Agnes?

—¡Qué tontería! ¡No!

—Entonces, ¿a qué viene ese ceño tan crispado?

Agnes se frotó el hueco entre las cejas. Cuando fue consciente del gesto, las palabras ya brotaban de su garganta.

—Es solo que no entiendo que puedas estar tan feliz ni ver nada positivo en esta situación.

—Tienes razón, lo estáis pasando mal, lo siento.

Pero es en estos momentos cuando más necesitamos las sonrisas para no venirnos abajo.

Incluso si la finges puedes llegar a sentirte mejor, o ayudar a otros a sentirse mejor.

A veces, al verme sonreír después de un ataque de los malditos, la gente se tranquiliza, porque siente que todo va a mejorar, y eso también es un tipo de magia.

—Miró a Agnes, el semblante de Dakini destilaba amabilidad—.

¡Deberías intentarlo! —Luego posó sus ojos sobre Oliver—.

Los dos. ¡Venga! ¡Sonreíd hasta que os duelan las mejillas!

Dakini estiró los labios todo lo que pudo para dejar los dientes al descubierto en una sonrisa amplia y forzada. Luego hizo un gesto con las manos con el fin de alentar a sus compañeros. Agnes se negó, todavía con los brazos sobre el pecho.

—No. De eso nada.

Giró la cabeza para buscar algo de sentido común en su hermano, pero la imagen con la que se topó le hizo perder todo el aplomo: el rostro de su hermano estaba dilatado en una sonrisa tan amplia como su frente.

La carne de sus mejillas se había elevado tanto que enrojeció, apenas mantenía los ojos abiertos e incluso las pecas se habían deformado.

—Venga, Agnes, sonríe.

Dakini gateó hacia ella, y Agnes intentó protegerse con un brazo; con el otro se arrastraba hacia atrás.

No tuvo éxito. La maga fue mucho más rápida.

Le apartó el brazo enclenque y se sentó sobre ella para dibujarle una sonrisa deslizando los dedos sobre los labios y las mejillas de la chica.

El cosquilleo en la piel la hizo estremecerse durante un instante y alzar ligeramente las comisuras.

—¿Ves? Ya casi lo tienes.

La sonrisa no continuó. Agnes le dio un empujón y la tiró sobre la hierba. Entonces la maga se echó a reír y la sonrisa de Oliver se hizo real.

El muchacho miró hacia el cielo, con una mezcla de sensaciones que oscilaban entre la añoranza, el miedo y la excitación.

La añoranza se debía a que extrañaba su cama, a Gris, a su abuela y a sus padres.

El miedo provenía de la incertidumbre, de si sería capaz de ayudar a Agnes y enmendar su error o si, por el contrario, fracasarían o morirían.

La excitación se debía a haber viajado a un mundo mágico y tener una misión, igual que los héroes y heroínas de sus historias favoritas.

Había tanto que quería ver en Qmark, tantos rincones, sabores, plantas y animales por descubrir.

¡Y la magia! ¡Oh, estaba deseando descubrir la magia!

La idea de quedarse para siempre le resultaba demasiado tentadora.

—Parece que va a llover —dijo la maga. Miró al cielo tendida sobre la hierba. Un cúmulo de nubes, arrastrado por un viento denso, se acercaba—. Deberíamos ponernos en marcha y encontrar refugio para pasar la noche antes de que nos pille la tormenta.

La maga se puso en pie y tendió a Agnes una mano, que rechazó. Oliver también se irguió, con el cuerpo demasiado perezoso y cansado como para seguir caminando, agradecido por las nubes que tapaban a Zaroku, el sol rojo. Se sacudió la falda de la túnica, y los tres continuaron la marcha.

Subieron el camino escarpado y cruzaron el río que desembocaba en la cascada.

Continuaron el ascenso hasta llegar a una bifurcación en la que había un pequeño templete escarbado en la ladera.

En él se distinguían tres círculos tallados y una balda sobresaliente a modo de altar, sobre el que habían dejado un ramo de flores que ya se marchitaba.

—¿Qué es eso? —Oliver señaló el lugar sacro con la mirada, sin detener la marcha.

—Es un altar de la antigua religión. Una muy primitiva, anterior a la vara. Todavía tiene muchos simpatizantes en la región de Kahuwami. Son unos estirados que van de cultos, pero luego les rezan a pájaros con tres ojos y experimentan libremente con la magia. ¡De locos!

—Uy, sí, están fatal —murmuró Agnes, siguiéndole el juego.