CAPÍTULO 7 La extraña pareja
La luz de los soles los deslumbró desde las montañas de la sierra Palu en cuanto abrieron la puerta de la posada.
Habían pasado mala noche y Dakini tuvo la amabilidad de dejarlos dormir un par de horas más mientras ella se ocupaba de «tareas burocráticas administrativas para la gestión y control de renegados de Gurewo», que no era otra cosa que comprobar los registros mágicos cotidianos de aquellos magos que no servían a la guardia de Gurewo.
Para ello, cada renegado contaba con una cartilla de registros arcanos que debía cubrir y así saber qué tipo de hechizos usaba en su vida diaria y para qué.
Si se descubría alguna irregularidad en las actividades mágicas, el renegado podía pasar una noche entre rejas, o el resto de su vida, dependiendo de la gravedad de la infracción.
Pese a que el tiempo en prisión de Kahoot, el dueño de la posada, fue mayor que el ciclo reglamentario para todo aquel que pretende abandonar la milicia, no había dado problemas desde que inició su negocio, a pesar de tener ideas un tanto radicales respecto al gobierno.
Las camas —o más bien los colchones finos que había en el suelo— resultaron ser tan incómodas como lo era una almohada que había perdido la mitad de su relleno y la otra mitad se hubiera condensado en pequeñas pelotas.
Además, algunos pedazos de paja que rellenaba el colchón se colaron entre la tela para pincharles la piel.
Por no mencionar que los cojines para la cabeza eran duros como rocas.
Con todo, las dos chicas consiguieron dormir.
Oliver, por su parte, no dejaba de pensar en su familia, se le hacía difícil estar tranquilo en la oscuridad sin Gris ronroneando a su lado y calentándole los pies o el pecho.
En un momento de la noche, su corazón se aceleró tanto que había estado a punto de intentar despertar a Agnes.
Por fortuna para su hermana, Oliver había logrado calmarse solo y llorar en silencio.
Horas después, el cansancio de la caminata lo venció y logró dormirse.
No había descansado lo suficiente, seguía agotado en cuerpo y mente.
Por momentos, las manos le temblaban con tanta insistencia que lo único que podía hacer era retorcer el asa del zurrón entre los dedos.
Tenía agujetas en zonas del cuerpo que ni sabía nombrar y los pies como dos rocas, con ampollas en el dedo meñique y la planta.
A veces se decía a sí mismo que estar en un mundo mágico era un sueño materializado, cuando en realidad ese peregrinaje acelerado no le dejaba disfrutar de lo que siempre había sido una de sus mayores fantasías.
A cada paso se maravillaba con algo nuevo y excitante: una planta extraña con flores en forma de estrella, animales pequeños y peludos como ovillos de lana que saltaban distraídos por el camino hasta que veían al grupo acercarse y volvían a la vegetación.
Pero Dakini no les daba tregua. Ni siquiera cuando les tendió unos collares con un dije de madera con símbolos tallados: seguían caminando.
—Gracias, es muy bonito —dijo Oliver una vez se lo acomodó en el cuello. Avanzaba a la par de la maga, que había disminuido la velocidad de su paso.
—Será mejor que lo escondáis bajo la ropa o pongáis los shomis contra la piel, no conviene que nadie sepa que necesitáis un hechizo de comunicación.
—¿Un hechizo de comunicación? —Agnes dio un par de zancadas para alcanzarlos. La maga asintió.
—Como el que os hice cuando nos conocimos.
Es difícil anclar hechizos a los seres vivos, pero no a los objetos.
Mientras llevéis estos talismanes, podréis comunicaros con la gente de Qmark y leer textos en nuestro idioma.
Así no tendré que estar pendiente de vosotros ni lanzar hechizos cada día.
Ya tengo bastante con el ilusorio para cambiaros la apariencia.
—Es espeluznante —murmuró la joven. Dio un toquecito a su dije, que penduló sin gracia un par de veces sobre su clavícula.
—¿Nos harás collares para cambiar nuestro aspecto?
—No. Ese hechizo es más sencillo y duradero. Si evitamos los caminos principales, no será necesario. Pero ¿el idioma? El idioma es primordial.
Shomi . Oliver supuso que era la palabra que usaban para describir los símbolos mágicos.
Miró el colgante durante algunos segundos más antes de ocultarlo bajo la capilla de la túnica, intentaba memorizar las formas talladas en él.
Si lo que Dakini había dicho era cierto, aquel símbolo no podía ser parte del lenguaje de Qmark.
Por más que lo miraba, no lograba leer nada en él, ni siquiera evocar una idea o sentimiento.
Guardó el collar bajo la túnica y aceleró el paso. Se había quedado atrás.
En el horizonte cubierto de montañas, las nubes asomaban tímidas en un cielo virgen.
El calor y la luz de los soles caían directos sobre ellos y los empapaba de sudor.
Para Oliver era un milagro no haberse quemado la piel todavía.
Agnes se paró en seco con un profundo suspiro y rebuscó dentro de la bolsa que llevaba en la cintura para dar con el pumpo.
Dakini la vio por el rabillo del ojo y aflojó el paso.
A nadie le sorprendía que siempre llevase la delantera, sus piernas parecían más fuertes que el suelo que pisaban.
—¿Cuánto tiempo nos falta para llegar a Shimapala ?
—Es la primera vez que hago este camino a pie —dijo en tono reflexivo—. Diría que poco menos de una lunación.
—¡¿Una lunación! ¿¡Estás de coña!? —La voz de Agnes se ahogó y empezó a toser. Se había atragantado con el agua, que le cayó por la comisura de los labios y la nariz—. No tenemos tanto tiempo, nuestros padres estarán preocupados.
—¡Seguro! Pero también estarán muy orgullosos de tener un mago en la familia. ¡Y no uno cualquiera! ¡El elegido de la vara!
Agnes apretó los puños y se secó el rostro. Guardó el pumpo, se adelantó y se paró frente a Dakini.
—¡No! No lo entiendes, vamos contra reloj y nuestra familia no lo sabe. Si no encontramos pronto esa vara, yo…
Enmudeció. Miró a Oliver durante un instante fugaz.
Sabía que su hermano era listo, pero también lo consideraba un inútil en cualquier ámbito que no implicase sentarse y usar la cabeza.
Era torpe, lento, demasiado tímido y a veces incluso le costaba respirar ante el mínimo esfuerzo.
A pesar de todo aquello y de que Dakini había dicho que no se conocía modo de revertir la maldición, Agnes albergaba una pizca de esperanza en su corazón; una que temblaba cada vez que lo miraba, no sabía si a punto de apagarse o lista para crecer.
Quizás era el simple y primitivo deseo humano de aferrarse a la vida, por lo que confiaba en la posibilidad de que las palabras de Fawa fueran ciertas.
Durante la noche, había tenido la esperanza de despertarse en su litera de siempre, con el olor del desayuno preparado por su abuela.
Pero no fue así. Una parte de ella, que siempre había estado consciente y que trataba de ignorar con todas sus fuerzas, le gritaba más fuerte que nunca que aquello no era un sueño.
Se mordió el labio, dubitativa. Todas esas emociones, el dolor en su cuerpo y el miedo que la hacía tambalear cada vez que a su mente acudía la palabra «maldito»…
—Estoy enferma. —Agachó la cabeza durante un instante, temerosa de que en sus ojos se pudiera adivinar que no era del todo sincera—. Nos dijeron que la vara podría curarme. Por eso estamos aquí.
El semblante alegre de la maga se apagó poco a poco, igual que el tinte anaranjado de su piel. La joven titubeó durante unos instantes y apoyó sus dedos tatuados sobre el hombro de la chica.
—Lo siento, Agnes, no tenía ni idea. Alquilaremos un carro en el siguiente pueblo, así podremos ir más deprisa.
Se limitó a asentir con la cabeza, sin mirar a Dakini a la cara. Se apartó de ella y regresó junto a su hermano al tiempo que retomaban la marcha.
Habría preferido poder estar sola en aquel momento.
Pensar en su estado actual era demasiado doloroso y, cada vez que lo recordaba, le ardía la sangre por la impotencia.
Cambios físicos, falta de control sobre su propio cuerpo y, por último, perder para siempre la conciencia.
Se parecía demasiado a lo poco que recordaba de su madre, solo que ella no se pasaría sus últimos años de vida enchufada en una cama, sino que sería una bestia capaz de asesinar a sangre fría a otras personas, hasta que alguien tuviese la benevolencia de acabar con ella.
Se preguntó si en aquel estado las personas podían seguir sufriendo.
Esperaba que no.
Después de cuatro horas de camino en compañía del arrullo del río, llegaron a un puente próximo a una cascada, cuyas rocas cubiertas de verdor sobresalían entre el agua corriente.
A simple vista, el puente parecía hecho de bambú; su madera era de un tono pardo veteado muy particular e iridiscente.
Dakini se detuvo en la orilla para refrescarse la cara y beber un poco.
Se irguió con un suspiro de alivio y señaló la parte alta de la cascada.
—Tenemos que subir ahí, seguir el camino y atravesar la cordillera Uname. Si queréis, podemos parar y comer algo.
—Por favor —rogó Oliver, con el rostro rojo y sudado. Agnes le había dado una rama para que la usase de bastón. Aun así, tenía dificultades para mantenerse en pie.
—Refrescaos un poco en el río y rellenad los pumpos. Yo prepararé una zona al otro lado del puente, allí los árboles nos darán más sombra.
Agnes alzó el pulgar como respuesta y Dakini inclinó la cabeza, repitiendo el gesto.
—¿Qué haces? —preguntó divertida.
—Es un gesto para decir «vale».
—Oh, ya veo, lenguaje de signos. Es diferente al nuestro.
Dakini hizo chocar su pulgar con el de Agnes y añadió con una sonrisa:
—¡Besito de dedos!
La mandíbula de Agnes se tensó y las mejillas se le tiñeron de rojo ante el rostro inocente de la maga. No se había esperado una reacción tan infantil.
—¿Qué haces?
Dakini la miró con los ojos muy abiertos, sonrojada.