CAPÍTULO 4 El portal #2
No. No habían parado. De hecho, ahora sonaban más cerca que nunca, inundaban su cabeza.
A pesar de que las palabras de Agnes y la conversación con Fawa lo distraían de la llamada y de caer rendido a ella, sabía que se ocultaba algo detrás del tablón de madera; el origen de unas voces que entrelazaban sonidos indescifrables en los que, en ocasiones, creía distinguir su nombre.
Tal vez seguirla era el primer paso para encontrarla.
Negó con la cabeza a la pregunta y miró de reojo el óvalo blanco sobre el tablón.
De él emanaba una fuerza densa y pesada que lo atraía.
Había algo al otro lado, estaba convencido, y de nuevo se sintió como una serpiente encantada, a punto de perder el control sobre sí mismo.
Se forzó a mirar a Fawa de nuevo, quería preguntarle qué había detrás de la madera, pero otra pregunta le pareció más urgente.
—¿No hay una cura?
Pese a que Agnes trató de disimularlo, la conversación ya había captado su atención.
—Es improbable y no depende de nosotros.
—¡Oh, basta ya de tanto secretismo! ¡Habla claro! —exigió la chica.
Fawa gruñó y ella dio un paso atrás.
—Eres la persona más desagradable con la que he tenido que tratar en mis más de veinte años de vida.
Aquella cifra la golpeó en el pecho como un mazo de demolición. Fawa era poco mayor que ella y ya estaba condenada a ser una bestia, a perder su humanidad.
No. Ese no podía ser su destino, ni siquiera en ese estúpido sueño. Se negaba.
—¡Me da igual, no quiero convertirme en un monstruo y vivir en el bosque!
Quiero mudarme a la ciudad, grabar vídeos de baile con mis amigas y pasar las tardes viendo escaparates o tiradas en el banco de algún parque quejándonos de los profesores y de que no sabemos qué carrera estudiar.
¡Y tú hablas como si debiera resignarme a perder todo mi futuro por algo que ni siquiera entiendo y ni te molestas en explicar!
Dinos lo que sepas, aunque creas que es imposible.
¡Una loba parlante ya es algo imposible!
Los ojos de Fawa brillaban con la luz indirecta de la linterna, que acentuaba sus sombras.
Miró a los hermanos, para al final estudiar a Oliver.
El muchacho tenía el corazón en un puño.
Pudo adivinar en la mirada de Fawa sentimientos tan desoladores que se le formó un nudo en la garganta.
La loba se puso en pie y paseó de nuevo por la cámara, observando los murales.
—Hay una historia antigua sobre una mujer poderosa que viajó a este mundo. Ella fue la que trajo consigo la maldición de la luna.
»Su nombre era Ilva Gelak. Dicen que fue la maga más poderosa de Qmark antes de que la vara llegase a Tapuk’Kael.
—La mirada de Fawa se paseó por el grabado de la pared.
Los dibujos narraban parte de su historia.
Sus ojos se detuvieron en el dibujo de la mujer con túnica larga y vientre abultado—.
Fue maldecida por desafiar el poder del mago y huyó para refugiarse aquí, en la Tierra, con la esperanza de proteger a las gentes de Qmark.
—Qué noble… —rezongó Agnes, poniendo los ojos en blanco—, salvar a su pueblo y que otros se coman el marrón. Típico.
—Hizo lo que consideraba correcto. Intentó mantener la maldición a raya, por eso estoy hoy aquí, en el cuerpo de una loba, consciente de mí misma para enseñar a los neófitos cómo hacerlo.
No es sencillo, incluso Ilva perdió el control al final de sus días: su propia hija se vio obligada a sacrificarla.
Se dice que nuestros antepasados llegaron a esta tierra hace más de un milenio y ahora apenas somos siete en la manada: diría que lo hemos hecho bien.
Por supuesto, los cazadores han ayudado.
—¿Cuentas también los que han muerto entre vuestras garras?
La espalda de Fawa se curvó con el pelo erizado, y un gruñido profundo surgió de entre sus colmillos amarillentos.
Agnes ahogó un grito, la sangre se le heló de golpe y el miedo ni siquiera le permitió recriminarse por haber sido una bocazas.
La mirada pálida de la loba se le había clavado en cada poro. Solo podía temblar.
Se oyó un estruendo. Unos golpes secos e impactos contra la superficie.
Agnes se atrevió a mover los ojos cuando Fawa desvió su atención hacia el sonido.
Una nube de polvo había rodeado a Oliver, que daba manotazos al aire intentando disiparla.
El muchacho tosió un par de veces con los ojos llorosos, a punto de ahogarse.
El olor a madera podrida y humedad se intensificó.
Los tablones se habían resquebrajado como una taza de porcelana fina al tocar el suelo y las astillas salpicaron la tierra oscura.
Cuando la nube se deshizo, una luz tenue y blanquecina asomó entre el polvazal.
Donde la plancha de madera descansaba hacía apenas un segundo, se reveló un espejo grande y ovalado fundido con las paredes de granito. Su superficie no reflejaba nada; ni siquiera podía decirse que estaba hecho de cristal, sino de un resplandor suave y lunar que no dejaba ver más allá.
El rostro de Oliver se iluminó. Su pulso se había acelerado al contemplar aquel brillo mágico. Lo encontraba reconfortante, le transmitía paz y ni siquiera se molestó en intentar comprender el motivo. No quería, no lo necesitaba.
Tras un instante de duda, se permitió alzar el brazo y extender los dedos hacia la luz.