Sueños Malditos CAPÍTULO 4 El portal
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CAPÍTULO 4 El portal

Caminaron a través de la oscuridad del bosque escoltados por los siete lobos.

Una cortina de hiedras cubiertas de rocío ocultaba la entrada a una cueva.

En su interior, había una hoguera que parecía llevar encendida desde hacía algunas horas y que no tardaría en consumirse.

La llama superviviente danzaba arañando el oxígeno a su alrededor, dibujando sombras sobre las paredes de roca irregular.

La líder rodeó la fogata y se detuvo frente al estrecho pasadizo que se encontraba al otro lado.

—Seguidme.

Los hermanos obedecieron. Al llegar al final del camino, desembocaron en otra cámara, más estrecha y antigua que la anterior, con las paredes cubiertas de extraños dibujos blancos de formas geométricas.

Algunos labrados en la roca, otros pintados con algún tipo de cal deteriorada por la humedad que lloraba en el granito.

A Agnes le resultaba familiar, aunque no lograba ubicar el origen.

Quería pensar que se trataba de una cueva rupestre, como las que había estudiado en clase, pero las formas no coincidían, eran mucho más elaboradas.

A pesar de que no llegaba a alcanzar el detallismo egipcio, reconoció cierta similitud con las figuras planas alineadas en perfil que había visto en su libro de historia.

Todas se dirigían al mismo punto, por ambos lados, y convergían en un gran círculo cubierto de algo que podrían ser estrellas o destellos, con una raya vertical en medio.

Supuso que esa raya era algún tipo de objeto mágico o ritual que el pueblo primitivo adoraba.

Un poco más lejos de aquella especie de ritual, se encontraban figuras de lobos, unas más grandes que otras; sobre ellas, una mujer de tripa prominente envuelta en una túnica tan larga que parecía humo al viento.

En la otra pared se podía ver lo que Agnes suponía que era la luna, junto a otros lobos y humanos.

Al final de la gruta, descansaba un tablón de madera apoyado entre las rocas, con un óvalo blanco que lo cubría casi por completo.

Todos los demás dibujos parecían salir de él, como si esas personas diminutas emprendieran un viaje desde el mismo punto de origen.

El olor a podrido que desprendía aquella tabla llegaba a ella sin necesidad de acercarse.

Aquello empezaba a ser muy siniestro, incluso más que perderse en el bosque y hablar con animales. La luz focal de la linterna de Oliver bailaba de un lado a otro y conseguía que las sombras se tornasen todavía más oscuras. Tranquilizarse era imposible.

—¡Yo conozco este sitio! —exclamó su hermano, observando con detenimiento y fascinación cada dibujo. Agnes por fin entendió por qué le resultaban familiares: el cuaderno de Oliver estaba lleno de garabatos similares.

—¿Has estado aquí antes? —A pesar de la naturaleza gutural de su voz, podía apreciarse en ella una clara sorpresa. El niño negó con la cabeza y dejó la linterna encendida en el suelo.

—No, lo he visto en sueños. Al menos, un lugar con dibujos muy parecidos.

El animal entornó los ojos y estudió al muchacho.

—Y eso —continuó Oliver, señalando la raya vertical dentro del círculo— también lo he visto. La vara verde. No pensé que estos murales existieran de verdad. Y tan cerca de casa.

La última frase apenas fue un murmullo.

—¿Cómo es eso posible? —La loba había dado un paso atrás y una de sus patas delanteras descansaba en el aire, dudando si apoyarse o no. Igual que la dueña, quien dudaba de sus propias y repentinas hipótesis.

—¿Puedes explicarnos ya qué demonios hacemos aquí? —inquirió la muchacha.

—No me gusta tu actitud, Agnes. En verdad, no tengo ganas de explicarte nada. Me veo obligada por el bien común.

La loba se paseó por la cámara examinando los murales, con la parsimonia propia de quien busca entrenar la paciencia o provocar a quienes carecen de ella.

A su paseo pronto se sumó la melodía de la percusión de los pies inquietos de Agnes contra el suelo.

Miró a Oliver antes de sentarse y se dirigió a la muchacha.

—Te preguntas, Agnes, por qué podemos hablar. No somos simples lobos. En esta manada somos, o fuimos, humanos.

Oliver no pudo reprimir el alarido de sorpresa. Se llevó las manos a la boca para disimular que se le había desencajado la mandíbula.

—Y me duele decirlo —continuó, señalando con el hocico a la chica—: a ti te pasará lo mismo tarde o temprano.

—¡¿Cómo?! —bramó Agnes, alzándose por encima de la exclamación de sorpresa de su hermano—. ¡¿Me quieres hacer creer que me voy a convertir en un chucho?!

La loba la miró con decepción. Agnes la había encarado y ahora apenas necesitaba alzar el hocico para mirarla a los ojos.

—Exacto. En la anterior luna llena, algunos de los miembros de la manada perdieron el control y te atacaron. Es mi deber como líder enseñar a los neófitos a mantener el control y guiarlos del mejor modo posible. No siempre sale bien, a veces hay accidentes.

—¡¿Accidentes?! ¿¡Liderar una secta de hombres lobo te parece un accidente!?

—¿Qué sugieres? ¿Matarlos?

Agnes cerró la boca de golpe y frunció los labios; el gesto marcó todavía más la asimetría de su mandíbula.

Sabía que era una pregunta trampa. Si decía que sí, ahora que estaba infectada —si es que esa historia era real—, sería como pedir que la matasen a ella también.

Apretó los puños para obligarse a permanecer en silencio y dio la espalda al grupo.

Se alejó un par de pasos, hacia el pasillo por el que habían llegado.

Aquello no podía estar pasando, no era real.

Solo era un sueño: los lobos no hablaban y los licántropos no existían.

—A pesar de tu mala actitud, tienes un lugar aquí siempre que lo necesites.

Si has llegado al corazón del bosque sin saber cómo, es solo porque la luna te reclama y busca juntarte con la manada.

La transformación es lenta, en algunos casos incluso se pueden experimentar mejoras físicas.

Es fácil perder el control, y eso es justo lo que tratamos de evitar.

Aquí damos un hogar a aquellos que ya no tienen modo de volver atrás.

—¿Quieres decir que, una vez eres un lobo, no hay vuelta atrás? —preguntó Oliver.

La loba negó con la cabeza.

—Al principio, no. El cambio es lento y puntual, avanza con cada luna llena. Cada vez el cuerpo se resiste más a volver a su forma humana; llegado un punto, ya no lo consigue. El juicio se nubla y no queda nada de él ni de la persona que fuiste.

—¿Y tú…?

—Yo soy así desde que tengo memoria, nací maldita y hace ya más de nueve años que no recupero mi forma humana.

Soy una anomalía. Cualquier otro habría perdido la cordura uno o dos años después de perder su cuerpo antropomorfo.

Pero yo… —La pausa llenó el silencio. En sus ojos se reflejaba la inquietud por su propia naturaleza—.

La maldición es más débil en mí, y las raíces de mis antepasados ni siquiera son de este mundo.

Quizás se ha ido debilitando a lo largo de los años desde que se asentaron aquí. Es solo una hipótesis.

—Otro mundo —bufó Agnes, con los brazos cruzados y la espalda contra la pared—. Esto cada vez es más absurdo. Me voy a casa.

Hizo ademán de adentrarse en el sendero, pero la voz de la loba la detuvo.

—¿Estás segura de que quieres volver a adentrarte en el bosque por la noche tú sola?

Dudó por un instante al mirar el oscuro pasadizo y la tenue luz de las velas; un cúmulo de cera llorona con varias mechas fijada al suelo, antes de doblar la esquina.

Quería alejarse de ahí lo antes posible.

Aquel lugar, los lobos le hacían sentir incómoda y desprotegida.

Se decía a sí misma que estaba soñando, a pesar de sentir con absoluta nitidez el frío en los pies descalzos y el calor en la piel cuando pasó cerca de la fogata que había en la entrada.

Pero sobre todo sentía el miedo palpitando en el pecho al recordar aquella noche fatal en el bosque: los gruñidos, los gritos, la sangre el dolor.

No quería repetirlo, y temía que si abandonaba la cueva sin consentimiento la manada iría tras ella, tal vez para que nadie pudiese desvelar sus secretos.

¿Y quién creería una historia semejante?

Volvió a apoyarse en la pared con el cuerpo en tensión, sin decir palabra.

—Por cierto, no me he presentado. Mi nombre es Fawa.

—Yo soy Oliver —titubeó.

—Dime, Oliver, ¿a qué te referías cuando me preguntaste si era yo quien te llamaba? ¿Y qué es esa vara verde de la que hablabas antes?

El muchacho señaló el mural de la pared.

—Es lo que representa ese dibujo, estoy seguro. Casi. Eso creo. —Se miró los pies, intimidado ante la mirada azul e inquisitiva de aquel animal enorme—. Y la voz que me llama. No es exactamente una voz, tal vez son varias. Murmullos que no entiendo. No son palabras. Creo. O tal vez sí.

—Hay quien lo llama esquizofrenia —refunfuñó su hermana. Él refugió el rostro entre los hombros.

—No le hagas caso, continúa.

Tragó saliva. No sabía cómo contarlo, pensaba que, al igual que su hermana, lo tomarían por loco. Sin embargo, estaba hablando con una loba gigante, que había sido humana, y por algún motivo el conjunto de la situación se le antojó más coherente de lo que debería.

—He tenido sueños extraños desde hace más o menos ocho o diez meses.

Cuando empecé a soñar también empecé a oír ese murmullo.

Normalmente puedo ignorarlo, pero se vuelven más fuertes con la luna llena.

Es Creo que puede hipnotizarme. Por eso entré en el bosque el mes pasado, y por eso hoy corrí detrás de Agnes con tapones en los oídos.

Creí que a ella le había pasado lo mismo y que tampoco sería capaz de explicárselo a nuestros padres.

—¿Y han parado ahora que estás aquí?