Sueños Malditos CAPÍTULO 3 Luna llena #2
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CAPÍTULO 3 Luna llena #2

Una raíz salió al encuentro de sus pies cubiertos de tierra y la hizo caer de bruces. Agnes gritó durante el breve descenso; unas cuantas hojas mojadas se le metieron en la boca. Las escupió todas con más insistencia de la necesaria, repugnada por el sabor amargo.

Un pequeño destello entre los árboles le hizo alzar la vista.

—¿¡Quién anda ahí!? —preguntó. No porque quisiera saberlo, lo único que le interesaba era si podría ayudarla. Se puso en pie y sacudió la tierra del pijama de ovejitas mientras esperaba una respuesta que nunca llegó—. ¡¡Eh!!

—Agnes, ¿eres tú? ¿Dónde estás?

—¿Oliv? —Siguió la luz—. ¡Detrás de ti, enano!

El niño se giró de golpe, y Agnes se cubrió la cara con los brazos hasta que se acostumbró a la luz de la linterna.

—¿Qué haces aquí? —preguntó ella, con tono agrio y autoritario. Su hermano hizo un mohín mientras se recolocaba un tapón en la oreja.

—He venido a buscarte. Te levantaste sonámbula… o algo así.

Agnes alzó una ceja en actitud incrédula. Nunca había sido sonámbula, pero no tenía ninguna otra explicación. Nadie en su sano juicio sería tan estúpido como para meterse en el bosque después de lo ocurrido, mucho menos por la noche y sin una fuente de luz.

Antes de poder responder nada, Oliver le tendió las gafas. La chica las tomó y observó con desagrado las huellas de su hermano en los cristales antes de ponérselas.

—Bien, pues no nos quedemos aquí esperando a que nos devoren los lobos. ¿Recuerdas por dónde has venido?

Oliver apuntó sobre sus pasos con la linterna y Agnes le hizo un gesto de apremio. La chica enseguida se puso a andar y él la siguió con un mohín en los labios.

—De nada —farfulló.

Apenas dieron diez pasos cuando Agnes comenzó a dudar de la orientación de su hermano. No tuvo tiempo de expresarlo con palabras, todas quedaron atrapadas en su garganta en cuanto abrió la boca, intimidada por los ojos brillantes que se ocultaban en la espesura, justo frente a ellos.

Extendió el brazo para impedir el paso a Oliver; fue un reflejo. Él enfocó con la linterna los alrededores y distinguió una figura grande y peluda que los miraba fijamente. El muchacho ahogó un grito y se quedó paralizado.

—Otra vez estos animales estúpidos —gruñó ella. Intentaba disimular con las palabras el miedo que sentía en los huesos, pese a que su cuerpo y voz la delataban.

—Cuida tus palabras, jovencita. ¿O es que has venido a nuestra casa a insultarnos? Eso es muy osado por tu parte. Y de muy mala educación.

Agnes arrancó la linterna de las manos de Oliver y apuntó en todas direcciones, buscando con la mirada a la dueña de esa voz áspera y gutural que latía en algún punto de su memoria y ahora regresaba nítida.

Oyeron crujir una rama y unas hojas agitadas por el viento; y vieron cómo de entre las sombras de los árboles surgía un enorme lobo gris de pecho generoso.

Sus ojos cristalinos hicieron estremecer a los hermanos.

Agnes no pudo apartar la mirada de ellos, tenían un brillo sobrenatural que por un momento la empujaron a creer que lo que había a dos metros de ella no era un simple animal.

—¿Dónde está? —preguntó Oliver, tembloroso—. ¿Quién ha hablado?

—Delante de vosotros, jóvenes.

Ambos miraron de nuevo a la enorme bestia que tenían delante. Agnes abrió los ojos y alzó las cejas. Las capacidades expresivas de su rostro eran insuficientes para la sorpresa que aquella revelación le acababa de provocar.

El animal dio un paso hacia ellos.

—¡Hablas! —exclamó Oliver, manifestando también los pensamientos de su hermana mayor. Olvidó los susurros del bosque y las heridas que había sufrido Agnes durante el plenilunio anterior. Se quitó los tapones y se aproximó al animal con comedida cautela.

La loba asintió con la cabeza.

—Como la mayoría aquí.

—¡¿Los demás lobos también hablan?! —Se volvió hacia su hermana con el rostro iluminado y miró una vez más al animal. Repitió el gesto un par de veces mientras titubeaba de pura emoción—. ¿Has escuchado eso? ¡Tenía razón, los lobos del bosque hablan!

La loba asintió.

Agnes era incapaz de articular palabra. ¿Qué estaba pasando?

¿Seguía soñando? Ya no notaba el frío; quizás por el shock de oír hablar a un animal y el miedo a ser devorada.

Entre tanto, Oliver, el cobarde Oliver, estaba ahí, a su lado, hablando con un lobo enorme que podría arrancarle la cabeza de un mordisco del mismo modo en el que hablaba con su estúpido gato.

Le habría gustado decirle que no entablase diálogo con algo que se lo podía comer, que hablar con los lobos nunca acababa bien en ninguna historia, pero tan solo consiguió balbucear sílabas sin sentido para sí misma.

La loba clavó su atención en ella y a Agnes se le removieron las tripas.

Deseó gritar y salir corriendo, aunque no por el miedo.

Dentro de ella había nacido el anhelo inexplicable de correr hasta la extenuación en aquel bosque.

Un impulso desesperado que agitaba su corazón con la mayor de las excitaciones.

Un nivel de inquietud que nunca antes había experimentado.

Supo que mantener los pies fijos en el suelo habría sido imposible de no ser por el encuentro con aquella loba.

Era un sueño. Un mal sueño producido por las secuelas del trauma que había dejado la visita anterior a ese lugar de pesadilla.

—¿Cómo te llamas, muchacha?

La chica dio un respingo. La simplicidad de la pregunta le permitió responder tras un breve titubeo.

—Agnes.

—Siento muchísimo lo que te ha pasado, ojalá hubiera llegado antes.

—¿Qué?

—¿Eres tú la que me llama? ¿La misma que nos salvó? —interrumpió Oliver. La loba lo miró sin entender.

—¡Estaba hablando conmigo! —replicó su hermana.

El niño frunció los labios. Sabía que no estaba bien interrumpir una conversación, pero necesitaba respuestas. Aun así, dio un paso hacia atrás y agachó la cabeza.

—¿Qué es lo que sientes? —preguntó la chica con tono hostil. El enfado que le corría por las venas bullía opacando el miedo—. ¿Fuisteis tú y tu manada quienes nos persiguieron la otra noche y nos atacaron?

—No exactamente.

—¡Esa no es una respuesta! ¡Y estoy hablando con un animal! ¡Nada tiene sentido! —dijo llevándose una mano a la cabeza. Sus dedos se hundieron en el nacimiento de las rastas.

«Es un sueño», pensó para sí misma. «Es solo un sueño, Agnes, no vale la pena alterarse, solo sigue la corriente».

—Tú también eres un animal, Agnes, de un modo diferente. Además, dadas tus circunstancias, no tardarás mucho en ser como nosotros.

El corazón le dio un vuelco. Aquellas palabras la desconcertaron en cuerpo y mente.

Volvió a sentir el frío. Aunque no lo confesaría, le habría gustado que Oliver rompiera el silencio con una de sus preguntas.

Lo único que podía escuchar en ese instante eran los latidos de su propio corazón retumbando en los oídos.

Para ser un sueño, se sentía muy real.

Demasiado real.

—Sé que es difícil de entender.

—Casi me arrancan la pierna, y ahora me has traído aquí para disculparte. ¿Es eso? —Su voz sonaba rota y llena de rabia, a punto de llorar.

—No exactamente.

—Entonces, ¡¿qué demonios es?! ¡Habla claro, maldita sea!

Siete gruñidos guturales se sincronizaron para envolver a los hermanos.

A la manada no le gustaba el tono de Agnes.

Volvió a la realidad de su situación: una desventaja aplastante, rodeada por depredadores.

Con todo, la líder no mostró preocupación ni por la actitud de la humana ni por los gruñidos de su pequeña manada.

—Aquí fuera hace frío y no es seguro, otras bestias acechan. Seguidme y responderé a todas vuestras preguntas.