CAPÍTULO 3 Luna llena
Octubre había sido una auténtica pesadilla.
Los padres de Oliver habían ido con él al despacho del director para pedir explicaciones y exigir una respuesta por parte del centro ante la situación que sufría su hijo, pero eso, lejos de mejorar las cosas, las enturbió todavía más.
No solo por la insistencia de sus compañeros de clase por hacérselo pasar mal, sino porque muchos de los profesores fingían que no pasaba nada.
Era frustrante. El simple hecho de mirarlos a la cara le hacía hervir la sangre.
Cada día notaba una oscuridad creciente en su interior que lo retorcía por dentro y amenazaba con devorarlo todo.
En su casa tampoco había tregua para la hostilidad.
La tensión helaba el aire desde el accidente en el bosque.
Tenía la sensación de haber dividido a la familia y de que, si al final se llevaba a cabo la mudanza, sería con sus padres separados.
Él no podía elegir entre ellos. ¿Cómo iba a hacerlo?
Eran sus padres, los quería a ambos, y a su abuela A veces incluso a su hermana.
Agnes.
Unas semanas atrás, Agnes había tenido la amabilidad de mostrarle su herida al desnudo.
—Parece que te mueres de ganas por verla. No le quitas los ojos de encima —le había dicho.
Era cierto. Lo agitaba una curiosidad morbosa, aun con la certeza de que no le gustaría ver lo que se ocultaba bajo las vendas. Un día, al bajar a la cocina, se topó con Agnes limpiando y tratando la herida. Se quedó paralizado y ella se la mostró.
Se le revolvió el estómago. A su memoria llegaron flashbacks de aquella fatídica noche. Por un momento, Oliver creyó estar a punto de desmayarse.
La herida todavía supuraba un pus amarillento y la piel estaba húmeda, fofa y blanquecina, con restos de crema alrededor de la carne viva, enmarcada por un enorme cardenal hinchado.
Se estremeció al intentar imaginar el dolor que su hermana estaba soportando por su culpa. Nunca podría compensar algo así.
Supuso que a ella no le daba asco ver la herida a diario; que lo único que le molestaba era que estuviera en su pierna y no en la de otra persona. Agnes siempre había tenido gustos peculiares. Podía decirse que sentía fascinación por todo aquello que a la mayoría de la gente le resultaba grotesco.
Por suerte, la lesión se había curado mucho más rápido de lo esperado y el tiempo de reposo había propiciado que acumulara energía. Desde que dejó atrás la muleta, estaba mucho más activa. Al final no se quedaría coja y eso animaba a cualquiera.
Era domingo y al día siguiente volvería a tener clase.
Le daba rabia que el fin de semana terminase siempre tan rápido.
Eso de ir al colegio cinco días y descansar dos no guardaba un equilibrio razonable en el reparto del tiempo.
A veces tenía ganas de beber un brik entero de leche para faltar a clase un par de días.
Existía la posibilidad de que eso le hiciera estar un paso más cerca de la muerte a nivel físico, pero sería un alivio a nivel mental.
A pesar de los nervios, consiguió dormir gracias a las pastillas que le había recetado el psiquiatra.
Esa noche volvió a soñar con las paredes pintadas y la vara de color verde.
Parecía tallada en jade y decorada con las mismísimas estrellas; brillaba en la oscuridad igual que una flama.
Solo podía contemplarla en la distancia, era incapaz de avanzar, y todo lo que veía era aquel objeto misterioso y reluciente que rezumaba algún tipo de energía que Oliver no lograba comprender.
Despertaba en él un anhelo, lo sobrecogía.
Llevaba más de ocho meses soñando con ella en cada plenilunio, el tiempo suficiente como para que su obsesión hubiese despertado en él la idea de estar destinado a encontrarla y poseerla, a pesar de que, en las pocas ocasiones que lo había logrado en sueños, el resultado solía envolverlo en tinieblas y le generaba un enorme malestar, como si su pecho fuera a estallar de repente y perder el control sobre su propio cuerpo. Como si su mente cayese a un abismo.
Allí, en medio de la oscuridad, Oliver hizo lo único que podía: desviar la mirada hacia las paredes, rugosas, frías, húmedas.
Alcanzaba a ver una pequeña parte del mural, iluminado por la luz de la vara en el centro de todo.
Estaba seguro de que todas las imágenes que había recopilado en sueños contaban una historia.
Por eso las dibujaba, para no olvidarlas y poder ordenarlas de manera lógica.
Su subconsciente, o quizás otra cosa de la que no tenía conocimiento, intentaba decirle algo.
La pintura blanca tomaba la forma de lobos.
La manada surgía de una especie de óvalo por el que uno de los animales asomaba la cabeza.
Todos se dirigían en fila hacia una persona encapuchada que portaba un cetro.
En diferentes imágenes que había visto, las personas y los lobos miraban la luna, y en otras rodeaban la vara o a la persona que la portaba.
Esa figura, el cetro, era algo nuevo. El pensamiento de haber desbloqueado otra pieza del puzle hizo vibrar su consciencia con emoción.
De pronto, oyó pasos a su espalda. No pudo girarse.
El eco de las pisadas se alejó despacio y consiguió relajarse con el silencio.
No obstante, después llegó otro sonido mucho más fuerte pero lejano; un sonido que conocía demasiado bien.
Lo oía todos los días: era el cerrojo de la puerta de su casa.
Se despertó, sobresaltado, y Gris bufó descontento a los pies de la cama. Siempre había sido un gato muy asustadizo y no llevaba bien que su humano se despertara entre alaridos.
Oliver se asomó hacia la litera inferior.
Comprobó que Agnes no estaba en la cama y pronunció su nombre en voz baja, con la esperanza de que no estuviese lejos y respondiera.
Pero eso no ocurrió, así que encendió la luz y se asomó con precaución al pasillo.
De nuevo, en voz baja y algo temblorosa, llamó a su abuela y a sus padres.
Comprobó que todos ellos seguían en la cama.
Cuando llegó al final del pasillo, un frío desagradable lo recorrió de arriba abajo.
Continuó avanzando y descubrió que la puerta de la entrada estaba entreabierta.
—¿Agnes? ¿Estás ahí? —preguntó, temblando. No hubo respuesta. El niño tragó saliva y se aproximó a la puerta, que chirrió al mover la hoja—. No tiene gracia —dijo oteando el exterior.
Encendió la luz de la fachada y distinguió entre la oscuridad una silueta flaca y larguirucha. Sin duda, era su hermana. O eso quería creer. Era mejor opción que un ladrón.
—¡Agnes! —llamó, esta vez un poco más alto.
La figura continuó avanzando en dirección al cerco de la finca y la perdió de vista. De repente, un murmullo llegó a sus oídos, uno que ya estaba harto de oír y que solo le había traído problemas: la llamada del bosque.
Sacudió la cabeza. Las palabras, si es que eran palabras, no tenían sentido.
Nunca lo habían tenido para él. No obstante, era un sonido atrayente, y perderse en él lo frustraba demasiado.
No quería volver a caer preso de aquel susurro.
Su hermana se comportaba de manera extraña y se preguntó si tal vez ella era ahora la hechizada.
No podía dejar que se adentrara de nuevo en el bosque.
Con paso acelerado, regresó a la habitación y rebuscó en el cajón de la mesilla, bajo la atenta mirada de Gris, y dio con una pequeña cajita de plástico.
La abrió y se puso un par de tapones limpios.
A veces, su abuela roncaba bastante fuerte y no era capaz de dormir, así que siempre tenía algunos pares.
Guardó las gafas de Agnes en el bolsillo de la camisa del pijama de franela, se puso los calcetines, se equipó con linterna y botas, y cerró con tiento la puerta de la casa tras de sí.
Una ejecución impecable si no hubiera olvidado el abrigo y las llaves.
Corrió en dirección a Agnes. O, al menos, hacia donde vio ir a la silueta misteriosa antes de perderla en la oscuridad.
Atravesó el cerco y subió la falda de la colina hasta llegar al riachuelo.
Hacía un frío horrible, le congelaba los músculos y entorpecía sus movimientos.
Apuntó con la linterna a lo alto de la cuesta, y de nuevo vio la figura alargada caminando hacia el bosque.
No le quedaron dudas: su hermana había sido hechizada por los susurros.
Entonces dudó.
Saltar el riachuelo era sencillo, lo había hecho mil veces, quizás más.
Tan solo tenía que alargar un poco la pierna.
Pero ¿y si volvían los lobos? ¿Y si esta vez ninguno de los dos regresaba?
Miró al cielo, asustado, y dejó que las estrellas y la luna llena decidieran por él.
Si era rápido, podía alcanzar a su hermana antes de que entrase en el bosque.
Nunca fue un muchacho veloz.
La había abrazado la oscuridad más absoluta. No recordaba haberse levantado de la cama. No entendía qué demonios hacía descalza sobre una superficie blanda y húmeda. Su cuerpo tiritaba de frío.
Se palpó los muslos en busca de su móvil y descubrió que estaba en pijama, desprovista de tecnología. Lo único que había en el bolsillo era la aguja de ganchillo con la que se arreglaba las rastas y que había olvidado guardar.
Avanzó un par de pasos a tientas, con las manos por delante; sus dedos rozaron una superficie áspera y rugosa. Todo a su alrededor olía a hierba y musgo mojado.
Dejó escapar un suspiro de inquietud que se le atoró en la garganta. Estaba completamente desorientada. Perdida. Congelada.
Se le ocurrió gritar y pedir ayuda. Dudó que fuese una buena idea. Podría alertar a algún animal salvaje o incluso a la posible persona que la había arrastrado hasta ahí.
Se mordió el labio, temblorosa. Se frotó los brazos en un intento vano por entrar en calor. No tardó en desistir y siguió usando las manos para guiarse en la oscuridad.