CAPÍTULO 2 Heridas
De nuevo frente a ella.
Una vez más, se sumergió en ese resplandor único, en medio de la nada más negra y absoluta. Oliver flotaba protegido por la luz verde que emanaba del objeto que se presentaba cada luna llena frente a él.
La vara deseaba su atención. El plenilunio la invitaba a revelarle pequeñas piezas de un rompecabezas que Oliver no comprendía por mucho empeño que le pusiese.
Sabía qué ocurriría a continuación, así que no se demoró más.
Acercó su mano a la vara, que se deshizo en partículas e hilos de luz verde que titilaron y se arremolinaron.
Se bifurcaron y extendieron, se volvieron a juntar y lo rodearon; viajaban por la oscuridad mostrando pequeños retazos de una sala fría de techos altos con murales en sus paredes.
Cada una de esas fibras explotó e iluminó la estancia de forma antinatural.
Sin ventanas, sin fuentes de luz; una claridad sin origen que se limitaba a existir.
Solo estaban él y las formas que se alzaban allí, desdibujadas en la neblina de la ensoñación.
Once estatuas humanas se revelaron ante él; creaban un pasillo que ya le era familiar.
Ahora debía escoger: caminar hacia los murales tras las efigies o continuar el camino marcado hasta las escaleras que custodiaban lo que para Oliver era el mayor misterio de aquel lugar: una última estatua que nunca había conseguido ver de cerca.
Parecía sencillo, pero, cada vez que intentaba aproximarse a ella, una fuerza invisible lo empujaba con violencia y se despertaba de golpe.
Había sido así cada una de las veces que lo intentó, y Oliver estaba convencido de que aquel extraño fenómeno era fruto de su ignorancia.
Por eso se había obsesionado con los murales, sus figuras y su historia.
Ellos tenían la respuesta. Si lograba entenderlos, llegaría a la estatua; y, por tanto, a la vara.
Así pondría fin a esos sueños y podría descansar tranquilo.
Caminó hacia el mural que más le inquietaba esa noche.
Un ojo gigante presidía la escena, y los rayos que emanaban de su iris sujetaban los demás elementos como los hilos de una marioneta.
Justo bajo el ojo, había un gran castillo sobre lo que parecía un enorme pedazo de tierra quebradiza.
La torre más alta estaba partida, y de ella caían dos personas.
A la derecha, se relataba lo que para Oliver era un duelo de magia entre dos figuras encapuchadas.
Lo único que las diferenciaba era la barba larga que asomaba bajo la representación plana de la tela en una de ellas.
Oliver volvió su vista a la izquierda, al otro lado del mural, y pasó su mano sobre las figuras cuadrúpedas labradas en la piedra.
Por fin lo entendió. Aquellos animales no eran una jauría de perros cazadores, como él había pensado: eran lobos.
A juzgar por su postura, el ojo quizás no era una simple representación de alguna divinidad, sino la luna.
Eran lobos aullando a la luna.
—¡¡Agnes!!
Algo le tocó la cabeza. Algo blando y suave que intentaba acomodarse sobre él como una suerte de sombrero.
Todavía no había abierto los ojos cuando un insistente ronroneo se le coló en los oídos y lo invitó a relajarse.
Se quedó en la cama durante un rato más, escuchando a Gris y sintiendo su calor.
Los recuerdos de la noche anterior lo golpearon y se incorporó de repente, ahogando un grito y con el corazón acelerado.
Gris rodó y cayó de la almohada. Se quejó con un maullido grave.
—¡Agnes! ¡¡Agnes!!
Saltó de la cama y subió un par de escalones para asomarse a la litera de arriba. Estaba vacía. A juzgar por la luz del exterior que se colaba por la ventana, debía ser mediodía.
Las imágenes de la noche anterior lo laceraron desde dentro; una escena tras otra, como disparos precisos a su cerebro. La oscuridad, los gritos de Agnes, el olor a sangre, los lobos y la claridad en la salida del bosque. Ese era su último recuerdo. ¿Se había desmayado?
Corrió por el pasillo gritando el nombre de su hermana. La puerta del despacho de Mairu se abrió. Su padre no tenía una cara demasiado amigable por naturaleza, pero en ese momento podría haber partido cáscaras de nueces con la mandíbula.
—Por fin te has despertado —dijo con tono áspero y los brazos cruzados. Eso nunca era una buena señal—. Agnes está abajo, con Jaime y la abuela. Tenemos que hablar de lo que pasó ayer.
El joven asintió, apocopado. Al menos sabía que Agnes estaba bien. Eso le ayudaría a sobrellevar la reprimenda.
Bajó las escaleras hasta la cocina, detrás de su padre, y cruzaron el arco que daba al salón, amplio e iluminado por el gran ventanal de la pared paralela.
A la izquierda se encontraba el sofá chaise longe , en el que su hermana estaba tumbada.
Llevaba un vendaje generoso en la pierna derecha.
Toda ella tenía un aspecto horrible, con el rostro magullado y vendajes que se asomaban bajo las mangas de la camiseta.
Jaime, sentado junto a ella, se puso en pie en cuanto los vio entrar.
Su abuela los observó desde la mecedora; su rostro estaba contraído por la angustia.
La decepción en su mirada fue una puñalada directa al corazón de Oliver.
Todos los ojos se clavaron en él. Agnes apagó la televisión y dejó caer el mando de mala manera sobre el sofá.
—Siéntate, Oliver —le invitó Jaime, con la voz rota, señalando un lugar a su lado.
Él obedeció. Mairu se sentó a su lado. El estómago se le iba a salir por la boca. Pese a ser incapaz de mirar a nadie a la cara, no lo necesitaba para saber que estaban furiosos: la tensión en el aire hablaba por sí sola.
—¿Por qué, Oliver? —preguntó su abuela, antes incluso de poder apoyarse en el respaldo. Tenía el rostro rojo. No recordaba haberla visto tan enfadada jamás. Las venas de su frente amenazaban con estallar.
Oliver agachó la cabeza y se frotó las manos, enroscadas bajo la sudadera del día anterior. Ahí, cercado por sus padres y cuatro pares de ojos sobre él, se sentía más pequeño que de costumbre, aunque no lo suficiente como para desaparecer. Eso, por desgracia, nunca ocurría.
Jaime le mostró la palma de la mano a Carmen, pidiéndole un poco de calma. Entonces el hombre se volvió hacia su hijo.
—Oliver, Agnes nos ha dicho que fuiste al bosque. ¿Es eso cierto?
El chico temblaba al recordar lo ocurrido. Las imágenes en su memoria parecían un sueño, pero el terror y los gritos de su hermana en medio de la oscuridad eran muy reales. Asintió con la cabeza gacha en un gesto vago.
La abuela soltó un bufido y se cruzó de brazos sobre su vieja mecedora de mimbre.
—Yo…
Su voz se ahogó. ¿Cómo iba a explicarlo? ¿Cómo iba a decirle a su familia que una voz lo había hipnotizado? Ni siquiera él lo entendía. Ni siquiera recordaba haber entrado en el bosque.
No podía decir nada. Lo tomarían por loco.
—Oliver… —lo llamó Mairu, con autoridad, y él deseó deshacerse entre los cojines. El labio partido de Oliver comenzó a temblar por los nervios y se le formó un nudo en la garganta.
—¡Caminó hacia allí, sin más! —saltó Agnes—. ¡No entiendo por qué le dais tantas vueltas! ¿Por qué no me creéis?
—Oliver también merece la oportunidad de explicarse —defendió Jaime.
—¿Y qué? ¿Lo vais a perdonar si confiesa? —Señaló su pierna herida. La venda le llegaba a la mitad del muslo. Por un momento, Oliver se preguntó cómo sería poder ver debajo de ella—. ¡A mí nadie me perdonó el gemelo!
—Agnes, no grites, cálmate.
—¿¡Que me calme!? Papá, ¡me voy a quedar coja!
—Es solo una posibilidad, no la más factible —inquirió Mairu—. De todos modos, Oliver, lo que has hecho ha sido peligroso y estúpido. No podemos pasarlo por alto. Podríais haber muerto.
Jaime pareció a punto de abrir la boca para rebatir, pero el muchacho logró reunir la fuerza suficiente para adelantarse.
—Fue un accidente, yo no quería…
—¡Nadie se mete en un bosque por accidente, Oliver!
—Cariño, por favor —pidió Jaime. Puso la mano sobre la pierna de su marido—. El mal ya está hecho, de nada vale enfadarnos y gritar ahora.
—Pero habrá que castigarlo.
—¡Eso digo yo! No podéis dejar que el enano se vaya de rositas después de lo que le hicieron a mi pierna.
—¿Por qué castigarlo si ya sabe que lo que hizo está mal?
—¡Para que no se repita! —respondieron Agnes y Mairu al unísono.
Oliver no lo aguantó más. Se puso en pie y salió corriendo por la puerta trasera de la cocina, con los ojos anegados.
Fuera hacía mucho frío y no estaba preparado para volver a casa, ni siquiera para coger su chaquetón, así que se dirigió al establo.
En el momento de abrir la puerta, dos ovejas y tres borregos se sobresaltaron y caminaron inquietos durante un rato, mientras Oliver se acomodaba en una esquina entre la pared desnuda de ladrillo gris y el pajar.
Ahí, con las ovejas y la escasa luz que se filtraba por las claraboyas, Oliver tembló tranquilo.
Lloró. No tenía miedo de que nadie lo juzgara por ello.
Allí nadie podría decirle que era un gordo débil e inútil que estaba perdiendo el juicio.
Pese a que era justo lo que sentía, estaba seguro de que, si alguien se lo dijera en voz alta, le dolería mucho más.
Como si entendieran lo que sucedía, las ovejas se acomodaron junto al niño y le dieron su calor.
Oliver lo agradeció en voz baja y apoyó la cabeza sobre el borrego más joven, el que más se había acercado a él.
El contacto lo reconfortó. Era curioso que un animal incapaz de hablar pudiera transmitirle más calma, cariño y seguridad que cualquier ser humano que conociera.
Quizás por eso lo trataban como a un bicho raro.
Quizás era incapaz de comprender a los humanos, y la gente a su alrededor lo notaba.
—Ese lobo… —balbuceó—. El lobo que salvó a Agnes… ¿habló de verdad?
El chirrido de la puerta sobresaltó al muchacho. Se había quedado dormido sobre la lana, y su propietaria se levantó en cuanto el aire frío se coló en el establo. Un fogonazo de luz deslumbró a Oliver y se protegió la vista con la mano.
—¡Rapaz! —lo llamó su abuela. Al fin logró enfocar la vista. La mujer llevaba un anorak tan grueso que su cabeza se veía ridícula en comparación con el resto del cuerpo. Oliver se limpió con la manga la babilla que le caía por la comisura del labio—. ¡Pasa pa’ casa, que vas coller frío ! 11
Oliver obedeció y se puso en pie con torpeza.
Durante la cena, nadie mencionó una palabra sobre el accidente, pero Oliver no podía evitar fijar la mirada en la pierna vendada de Agnes sobre la banqueta. La herida oculta lo señalaba con desprecio; le estrangulaba el corazón y el estómago con manos invisibles mientras gritaba «¡es culpa tuya!».
No terminó de cenar. Pidió permiso para regresar a su habitación, donde siguió dibujando los extraños monigotes y símbolos que veía en sueños.
Continuó garabateando, absorto en sus pensamientos.
No supo cuánto tiempo pasó ahí sentado, con Gris ronroneando sobre su regazo.
Cuando Agnes abrió la puerta del dormitorio, dio un pequeño salto sobre la silla.
Ella ni siquiera lo miró cuando entró cojeando con ayuda de las muletas.
Oliver la siguió con la mirada y la vio sentarse en la litera inferior después de intercambiar las almohadas.
El niño no dijo nada. Aquello tenía sentido, y tampoco estaba en posición de replicar. De no haber sido por ella, él tal vez no estaría ahí ahora.
No le parecía una opción tan terrible, aunque hubiese preferido una muerte más rápida y menos violenta.
Agnes puso un vídeo en el móvil y se retocó un par de rastas con la aguja de ganchillo antes de dormir.
Oliver se acomodó en la litera de arriba en cuanto su hermana se arropó.
En la pared tenía una balda con una lamparita de lectura que jamás había visto un libro.
Sobre ella se desplegaba un collage de fotos pegadas a duras penas sobre el gotelé: Agnes con su mejor amiga, sus padres, la vieja fotografía de la madre de Agnes Y el primer día de Oliver en casa.
Una Agnes de apenas siete años y con afro corto lo sostenía en brazos con la ayuda de la abuela.
Él todavía era un bebé paliducho y desubicado que no había cumplido su primer año de vida.
La cara de su hermana era una mezcla extraña entre asco y emoción.
La culpa lo carcomía de nuevo. El nudo de su garganta se extendió hasta pincharle los ojos y llenarlos de lágrimas.
—Lo siento. Lo siento muchísimo, Agnes.
Esperaba otra reprimenda, un insulto o un simple gruñido. Pero no obtuvo ninguna respuesta. El audio del vídeo continuaba en el volumen mínimo y Agnes había decidido ignorarlo, pero había abierto la compuerta de la culpa y ya no podía cerrarla.
—No sé lo que me pasó. Te juro que no me di cuenta de lo que hacía. Soy un idiota.
—La abuela mencionó algo de unas voces. —El vídeo se detuvo. El comentario lo pilló por sorpresa, tardó unos segundos en responder.
—Sí. Sí, hay una voz que me llama desde el bosque, aunque no entiendo lo que dice.
—Estás jodidísimo, listo para ingresar en un psiquiátrico.
—¡No estoy loco!
—¿Seguro? Díselo a mi pierna. Fue un milagro que saliéramos vivos de allí.
Sí. Sí que lo fue.
—¿De verdad te vas a quedar coja?
—Como dijo papá M, es una posibilidad. Una muy alta.
—Lo siento… Yo…
—Ya me las pagarás. No sé cómo, pero lo harás. Una cosa tengo clara: como me quede coja, te convertiré en mi criado y me encargaré de amargarte la vida.
—De eso ya se encargan en el colegio.
—Yo tendré motivos.
—Oye, cuando ese lobo enorme te salvó…
—No me salvó, fue una casualidad.
—Cuando esa casualidad te salvó, ¿la oíste hablar?
—¿A tu esquizofrenia?
—¡No, bruta! Al lobo.
—La madre que te parió, enano, los lobos no hablan. Los animales no hablan y desde luego el bosque no habla.
—Pero yo…
—Tú te estabas cagando de miedo, tanto que te desmayaste y te tuve que arrastrar conmigo para salir de ese infierno. Ahora cállate y duerme, no quiero hablar del tema ni recordarlo. Más te vale rezar para que mi pierna se recupere y no me queden cicatrices.
No fue capaz de dormir.
Ningún domingo lo conseguía.
Los nervios y el miedo eran demasiado agudos no solo por lo vivido la noche anterior, también por lo que viviría en clase durante la semana.
Esa noche no soñaría con la vara, pero estaba seguro de que, si cerraba los ojos, tendría pesadillas protagonizadas por los recuerdos del bosque y las crueles posibilidades que le deparaban los próximos días.
11 «Vas a coger frío».