CAPÍTULO 1 La llamada del bosque #3
Los mismos que oía aullar cada noche de luna llena desde su habitación. Los mismos que, en alguna ocasión, habían devorado algún animalillo extraviado de los vecinos.
Tragó saliva.
—Oliv, cuando yo lo diga, corremos en esa dirección lo más rápido que podamos —ordenó señalando el lugar por el que recordaba haber avanzado— y no paramos hasta llegar a casa.
Su hermano asintió. Temblaba, no por el frío: él también se había percatado de que estaban rodeados.
Algunas de las sombras se movían despacio hacia ellos. Agnes vio un hueco entre la oscuridad; demasiado bueno para ser cierto. De no ser animales, habría pensado que los estaban dejando pasar. Era una locura; sin embargo, no había mejor opción.
—¡Ahora! —gritó. Ambos echaron a correr cogidos de la mano.
Agnes no tardó en tomar la delantera y tirar de su hermano, quien era mucho más torpe, lento y paticorto.
La joven apuntaba con la linterna del móvil al frente, con la esperanza de no tropezar; una luz blanca que se mecía con violencia a cada paso y que tan solo acentuaba la oscuridad que los rodeaba.
No oyó a los lobos tras ellos. Tampoco quiso averiguar si estaba en lo cierto.
De repente, ese bosque parecía mucho más grande y se preguntó si se había equivocado de camino.
Oliver, a su espalda, pesaba cada vez más y más; podía oírlo respirar con dificultad.
—¡Ahora no, aguanta! —rogó jadeante, sin bajar el ritmo.
—No… no puedo.
El niño cayó al suelo de rodillas y Agnes no tuvo más remedio que detenerse. Su hermano tenía el rostro rojo y la mirada perdida. El niño se llevó una mano al pecho, incapaz de respirar. Intentaba ponerse en pie con la ayuda de Agnes. El aullido de los lobos los sobresaltó a ambos.
Agnes, en un acto desesperado, intentó coger a Oliver en brazos, sin éxito. Pesaba demasiado para ella.
—Oliver, por favor, levántate, vamos… —Tiraba de él hacia arriba, sujetándolo por las axilas—. Arriba, gordo inútil.
Esperó que con eso bastara. Enfadarlo siempre funcionaba para darle un chute de energía, que luego acostumbraba a convertirse en pucheros. Poco le importaba herir sus sentimientos si con eso lograba sacarlo de ahí.
Las pisadas de los lobos se aproximaban a ellos. Oyó gruñidos, alguna caída, gemidos y más gruñidos. Como si estuviesen peleando entre ellos.
Tiró con todas sus fuerzas una última vez, y Oliver se puso en pie. Se tambaleó un poco antes de retomar la marcha.
Las sombras lobunas danzaban entre el follaje colindante.
El móvil se apagó en su mano. La luz se extinguió. La chica tropezó y cayó al suelo de bruces.
—¡Agnes!
—¡Idiota! ¡¡Corre!!
Faltaba poco. Podía ver algo de claridad entre los troncos de los árboles y la hierba alta. Podía imaginar con claridad la luz de la cocina de la casa de su abuela encendida y el olor del humo de la chimenea.
—¡¡¡Que corras te digo!!! —repitió mientras se ponía en pie.
Las gafas de la chica dibujaron un destello dorado cuando volvió la cabeza hacia su derecha.
Oliver no tuvo tiempo de entender lo que ocurría.
Agnes lo empujó con violencia, lo alejó de ella con una fuerza de la que jamás había hecho alarde.
Antes de que el trasero de Oliver tuviese tiempo de aterrizar, la oscuridad cayó sobre ella.
El pánico atrapó a Oliver. Se quedó en el suelo, justo donde su hermana lo había lanzado, incapaz de moverse, incapaz de hablar o pensar. Lo único que podía hacer era temblar mientras, con una mueca de terror congelada, miraba a su hermana forcejear bajo las fauces de una bestia.
Agnes gritó hasta perder la voz. Un rayo gris pasó por el costado de Oliver, tan rápido que levantó la alfombra de hojas como si fuera la manifestación física del propio viento.
Entonces lo vio.
Vio el cuerpo de su hermana retorcerse dolorido y ensangrentado sobre un lecho de hojas húmedas.
Vio dos enormes lobos peludos enzarzarse en una batalla mientras otros tantos los rodeaban entre gruñidos y aullidos, que acallaban los gemidos de Agnes y la voz sinuosa y seductora que susurraba solo en su cabeza.
Por fin reaccionó. Consiguió ponerse en pie. Lo hizo tan rápido que se mareó, pero la adrenalina no le dejó ceder. Agnes seguía consciente, y Oliver se llevó uno de los finos y magullados brazos de su hermana tras el cuello para intentar ponerla en pie.
Fue inútil. La diferencia de altura era demasiada, y la pierna derecha de Agnes había perdido buena parte de la escasa carne que protegía el hueso.
El lobo gris dio un último zarpazo y su contrincante cayó con un gemido y las orejas gachas. Solo se levantó para perderse en las sombras.
El enorme animal se volvió hacia ellos. Oliver advirtió un brillo de inteligencia en sus ojos. Había algo que los hacía diferentes, algo que rozaba lo místico y custodiaba el origen de las terroríficas leyendas que rodeaban aquel bosque.
—¡Marchaos!
La voz gutural le rebotó en el estómago y se grabó en su cerebro. Profunda y femenina a la vez. La loba les dio la espalda y, con un aullido, convocó al resto de la manada para seguirla en cuanto se adentró en la oscuridad.