Sueños Malditos CAPÍTULO 1 La llamada del bosque #2
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CAPÍTULO 1 La llamada del bosque #2

A veces sentía que tiraba de él; que una soga invisible lo unía irremediablemente a aquel lugar prohibido del que tanto le habían advertido.

Por las noches se oían aullidos de lobos, y más de una vez habían conseguido colarse para cazar a algún animal, ya fueran gallinas u ovejas.

Su abuela les tenía pánico, y tanto ella como sus padres los habían obligado a jurar que nunca se acercarían al bosque.

Pero para Oliver cada día era más difícil mantener el juramento.

Atravesaron el huerto en silencio y subieron por la colina siguiendo el riachuelo hacia la fuente natural que había en la linde de la propiedad: un conjunto rocoso y destartalado por el que se filtraba el agua.

Una parte de ella desembocaba en el pequeño arroyo y la otra caía monte abajo por una antigua canaleta labrada en granito que se perdía entre la maleza.

Oliver tenía la certeza de que nunca vería el final.

Agnes se adelantó aligerando el paso con pequeñas zancadas. A Oliver le recordó a un espagueti cocido, cubierto de tinta, y movido por el viento. Era tan larga y delgada que a veces no sabía cómo podía sostenerse en pie. Por suerte para ella y su estabilidad, tenía los pies grandes.

La chica se inclinó sobre la fuente con la primera garrafa abierta. Oliver, en lugar de apresurarse para continuar llenando las botellas, se detuvo en seco cuando el eco de la voz le susurró en la oreja. Sintió un escalofrío.

Ladeó la cabeza y clavó la mirada en el bosque.

No era la primera vez que la oía. Era suave como la melodía de las olas del mar en calma rompiendo sobre la orilla; y, otras veces, sonaba como un coro de tonos disonantes.

A Oliver le gustaba imaginar que quien le hablaba era un hada tratando de hechizarlo.

O quizás varias. Sabía que podían llegar a ser crueles y eso le daba fuerza para alejarse del lugar.

Ahora estaba demasiado cerca de ella como para resistirse, tanto que la voz se volvió tangible y lo empujó por la espalda para obligarlo a caminar hasta la espesura.

El sol se ocultaba y la luz no tardaría en tornarse penumbra.

Agnes se dispuso a coger otra garrafa. Al volverse, fue consciente de la ausencia de su hermano.

Lo llamó por su nombre y miró a su alrededor.

Distinguió la figura de un niño en la distancia, a punto de internarse en el bosque, a varios metros de ella.

Agnes volvió a llamarlo, esta vez más fuerte y con el tono autoritario de hermana mayor. Caminó con largas zancadas hacia él. Las mejillas se le encendieron al no obtener respuesta.

—¡Oliver! ¡Vuelve aquí, grandísimo idiota! ¡Se lo diré a nuestros padres y a la abuela! —advirtió con un grito—. ¡¡No des un paso más!!

Pero el muchacho no obedeció. Se internó en el bosque, y Agnes no pudo contener el gemido de angustia al perder a su hermano de vista entre el follaje.

—¡¡¡Oliver!!! —gritó una vez más.

Se paró en medio de la hierba y miró hacia atrás. Las luces de la casa estaban encendidas y la chimenea humeaba. Cuanto más tardara en seguir a Oliver, más posibilidades había de que se perdiera y acabase herido por algún animal salvaje. Bajar a pedir ayuda no era una opción.

Agnes suspiró y enderezó la espalda, reuniendo así el valor que necesitaba para seguir al idiota de su hermano en la espesura. Sacó el móvil del bolsillo de su chaquetón y, con la luz de la linterna encendida, se adentró en el bosque con largas zancadas.

Se detuvo cuando apenas había rebasado el tercer árbol. Recordó todas las historias que les contaba su abuela acerca de niños desaparecidos y animales muertos en ese bosque. Echó un último vistazo a la casa antes de seguir el rastro de plantas aplastadas que Oliver había dejado atrás.

En el bosque hacía todavía más frío. Las altas copas impedían que la luz del día penetrase en él y calentase sus entrañas.

Agnes caminaba inquieta y furiosa al tiempo que apuntaba con la linterna del móvil en todas direcciones. El viento hacía susurrar la vegetación. Las ramas y hierbas crispaban bajo sus botines, y la oscuridad disparaba la imaginación de la muchacha, que veía amenazas en cada rincón.

Odiaba la sensación del calzado sumergiéndose en el barro. Odiaba que los mosquitos que buscaban el cobijo de las sombras chocaran contra sus gafas. Odiaba estar sola y aislada del mundo en esa estúpida aldea, con su estúpido hermano perdido en ese estúpido bosque.

Ahora ella también estaba perdida y no era consciente de hasta qué punto los nervios distorsionaban su percepción. Había escuchado tantas historias sobre ese bosque, tantos cuentos de niños incautos que se perdían en él y nunca regresaban.

«Ya no soy una niña», se dijo sacudiendo la cabeza hacia los lados. «Es Oliver el que debería estar asustado. Seguro que se ha parado en algún rincón a llorar como un bebé. Ese idiota».

Un pájaro alzó el vuelo y el sonido repentino de las ramas hizo que Agnes diera un respingo y ahogara un grito. Le temblaron las piernas. El corazón estuvo a punto de salírsele por la boca. Maldijo a su abuela por contarles todas aquellas historias de desapariciones y lobos.

—¡Oliver! —gritó a la oscuridad—. ¡Ya basta de juegos! Si vuelves, prometo no decírselo a nadie, pero vámonos de aquí. —Calló y avanzó un par de metros más. Su teléfono se estaba quedando sin batería—. ¡¡Oliver!!

Oyó unos pasos aproximarse. Apuntó en su dirección, alerta, y un niño regordete surgió tras un árbol. Se tapó la cara con la mano para protegerse de la luz.

—¡Oliver! Enano de mierda… —bufó la chica—. Te la vas a cargar.

Su hermano corrió hacia ella y la abrazó. Rompió a llorar con un gimoteo escandaloso. Ella lo apartó y se agachó para quedar a su altura. Intentó poner su mejor cara; sabía que si le gritaba solo lograría incrementar las lágrimas.

—¿Cómo se te ocurre meterte en el bosque? ¡Y solo! —Lo tomó de la mano—. Vamos, tenemos que volver a casa antes de que Papá J, Papá M y la abuela empiecen a preocuparse.

—Lo siento, Agnes. Lo siento —dijo entre sollozos, incapaz de mirar a su hermana a la cara—. Yo no quería. No quería…

Agnes le dio unas palmaditas en la cabeza.

—Venga, venga. Ya llorarás todo lo que quieras en casa. Pero ni una palabra de esto, o me castigarán de por vida.

Oliver se sorbió los mocos y se frotó los ojos y las mejillas para limpiarse las lágrimas. Agnes apenas tuvo tiempo de ponerse en pie cuando captó el sonido de un gruñido tenue y vago.

Agarró la mano de su hermano con más fuerza, tensa, y miró a su alrededor.

Se le heló la sangre y su corazón se paró.

Un grupo de ojos brillantes los observaban en la oscuridad. No necesitó verlos con claridad para saber qué eran.

«Lobos».