Sueños Malditos
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CAPÍTULO 1 La llamada del bosque
—T enías que haberle devuelto la hostia.
Oliver no respondió. En su lugar, se encogió todavía más sobre la silla, bajo la atenta mirada de sus padres y su abuela. Deseaba comprimirse, desaparecer.
El labio partido le palpitaba bajo la capa de antiséptico y pomada.
Observó a Agnes por el rabillo del ojo. Ni siquiera le prestaba atención a pesar de estar sentados alrededor de la misma mesa; la chica ocupaba sus manos oscuras en arreglarse las rastas con una aguja de ganchillo.
Nadie imaginaba siquiera que ambos fueran familia.
—No le hagas caso a tu hermana —intervino Jaime, con voz serena—, la violencia no es la solución. La gente civilizada no va por ahí molestando a los demás, mucho menos golpeándolos.
—Tu padre tiene razón.
Su abuela, sentada frente a él, tenía los ojos vidriosos del disgusto.
Por ese y otros motivos, Oliver había mantenido su situación en secreto.
Hasta ahora. Mairu era el único que permanecía de pie, cruzado de brazos.
Su mandíbula, fuerte y cuadrada, se pronunció al apretarla.
Aquella imagen imponente hizo empequeñecer más a Oliver, era como un guerrero en camisa y pantalones de pinzas.
—Denunciaremos a quien te haya hecho eso.
—Primero deberíamos hablar con los padres del responsable y con el personal del colegio.
—¿Para qué? En algún lugar tuvo que aprender ese niño a solucionar sus problemas a golpes, y seguro que no fue en la escuela.
Sus padres discutieron durante un rato más.
Oliver luchaba por contener las lágrimas.
Recorrió la cocina con la mirada en dirección al arco que la separaba del salón, donde un montón de cajas se apilaban a la espera de una mudanza inminente.
Amaba vivir en la aldea, rodeado de animales y naturaleza, pero al mismo tiempo deseaba huir de allí y comenzar de cero cuanto antes; sin conocidos, sin abusones.
Jaime le puso una mano sobre el hombro, obligándole a redirigir su atención. Oliver lo miró; le picaban los ojos.
—El lunes te llevaremos nosotros al colegio y nos dirás quién es ese niño, hablaremos con él.
—Eso lo empeorará, será el chivato de la clase —señaló Agnes.
—Claro, es mejor solucionarlo a golpes, ¿no? —La mofa de su abuela sonó tan desganada como el gesto de muñeca con el que acompasó la frase.
—Pu… ¿puedo irme ya?
Oliver por fin habló. Todos le miraron a la espera de una buena excusa para zanjar la conversación.
—Por favor, estoy cansado y tengo deberes.
Mairu asintió, sus hombros descendieron un poco al espirar y su semblante se relajó.
—De acuerdo, sube y descansa un rato. Agnes, tú te quedas aquí a estudiar.
—¿¡Qué!? ¡Si apenas son las cuatro!
—Con lo que tardas en concentrarte para leer una página, serán las cinco. No estás en posición de quejarte después de haber suspendido los tres últimos exámenes.
Agnes refunfuñó un par de improperios mientras Oliver ya subía las escaleras.
Al llegar a la habitación y tumbarse en la litera baja, la sombra gris que lo había acompañado desde que salió de la cocina se acurrucó sobre su vientre.
Oliver sonrió con inapetencia y la piel del labio le escoció al separarse.
Acarició al felino, y el animal lo agradeció con un cálido ronroneo.
No importaba lo mala que hubiera sido su jornada, Gris siempre estaba dispuesto a levantarle el ánimo con su compañía.
Continuó tumbado en la cama durante al menos media hora, con la mirada fija en el somier de la litera superior y la mente ocupada en repasar la conversación con su familia y los últimos acontecimientos de la semana.
En realidad, no había estado tan mal. En general, lo habían ignorado de lunes a jueves, tan solo algún insulto ocasional; eso era todo un alivio para él.
Sin embargo, la víspera del fin de semana había alterado a los abusones y habían decidido tomarla con él.
En un arranque de valor, tuvo el feliz impulso de defenderse: ese fue el origen de su labio partido.
No sabía si le dolían más los golpes o su dignidad pisoteada.
Lo único que lo consolaba era saber que lo cambiarían pronto de colegio.
Cuanto antes se mudasen de la casa de su abuela, antes podría ser libre.
Al menos, hasta que un nuevo grupo de abusones la tomase con él.
Agitó la cabeza hacia los lados. No podía dejar que ese pensamiento lo atrapase.
Era imposible saber qué sucedería y estaba dispuesto a pasar desapercibido tanto como fuera posible.
No le importaba no hacer amigos, ya estaba acostumbrado a la soledad.
Al vivir en una casa aislada y rodeada de naturaleza, su compañía habitual eran los animales del establo, por lo que estaría bien mientras su gato, Gris, estuviese con él.
Estuvo a punto de quedarse dormido en el instante en que Gris bajó de la cama para estirarse sobre la alfombra.
Fue entonces cuando Oliver se dirigió al escritorio y sacó su cuaderno de dibujo de la mochila, ahora con hojas rotas y arrugadas gracias a sus compañeros de clase.
Lo abrió por una página al azar y la vio:
La vara verde.
Comprobó en el calendario de la pared que esa noche habría luna llena. Volvería a soñar con ella, y solo con pensarlo su corazón dio un vuelco. Aquel objeto y sus sueños las noches de luna llena del último año y medio se habían convertido en una obsesión que necesitaba respuesta.
—Quizás estés destiñado a atopala, filliño . Vela en soños para que a recoñezas cando a atopes 1 —le había dicho su abuela en una ocasión.
Pasó la página. Había dibujado la representación de un mural a doble hoja, con trazos sucios y formas planas y geométricas.
Otra de las constantes en sus sueños, donde todo estaba demasiado oscuro como para distinguir algo más allá de lo que su subconsciente le quisiera mostrar.
Apartó el cuaderno a un lado, dejando atrás más memorias de sus sueños, sentimientos y bocetos para empuñar el lápiz y concentrarse en sus tareas.
—Oliver, son más das seis, ¿por qué non saes a tomalo aire antes de que oscurezca?; xa estamos en octubre 2 .
Carmen, apoyada en el marco de la puerta, esperaba una respuesta. El muchacho levantó la vista de los problemas de Matemáticas y negó con la cabeza.
—¿ É polo bosque? 3
Él asintió. La mujer avanzó hacia Oliver, apoyó su mano arrugada en el respaldo de la silla y torció el gesto tras echar un vistazo al cuaderno del niño. Estaba lleno de garabatos en los márgenes, pero no era eso lo que la disgustaba.
—Hay que ver qué cousas tan retorcidas ensínante en clase. Eso é que te fas mayor 4 .
—Y eso no te gusta. Lo sé.
La anciana suspiró.
— Dame medo 5 . Jaime creció e de repente, ¡pum!, volve a casa cun mozo e unha hijastra 6 .
—Y después me trajeron a mí.
—Sí. —Su abuela sonrió y le dedicó una caricia en la mejilla pecosa. Sus manos siempre estaban frías—. E que non te enganen, paréceste moito ó teu pai 7 , aunque vuestra sangre sexa diferente. A Jaime, claro, Mairu é un rosmón 8 .
Eso le arrancó una sonrisa. Sabía que su abuela apreciaba a Mairu, pero siempre insistía en que debería indignarse menos y sonreír más. De pronto, la mujer cerró el cuaderno.
—¡Sal! ¡ Vas quedar bizco de tanto leer! Veña , fora da miña casa . Son solo voces, non poden facerte nada 9 .
Tenía razón. Solo eran voces; unas que ni siquiera entendía. Le dolía la cabeza y el aire fresco de la aldea le vendría bien para despejarse.
Bajó las escaleras en compañía de su abuela, cruzó la cocina, donde Agnes, desde la isleta, rodeada de libros y apuntes desordenados, le dedicó una mirada furibunda tras el cristal de sus enormes gafas redondas.
Una vez en el salón, descubrió a Gris sobre el montón de cajas, acurrucado, disfrutando del calor que emanaba de la chimenea.
Sus padres descansaban en el sofá; Jaime leía; Mairu, con su portátil sobre las rodillas, tal vez trabajaba.
—Voy a tomar el aire.
—Muy bien —respondió Jaime.
—¿Puedo ir yo también? Necesito estirar las piernas, por favor. —Agnes se había asomado por el arco de la cocina como un cervatillo curioso.
—Claro, hija.
Un gruñido hizo titubear a Jaime. Procedía de la garganta de su esposo, que lo miraba con desaprobación. Carmen intervino de inmediato, colocándose frente al hombre azabache con los brazos en jarra.
— Deixa que vaia . Ten dezasete anos e leva tres horas ahí sentada; si non se move un pouco, vai estoupar 10 .
—¡Exacto! —apoyó la aludida.
—Está bien —refunfuñó—. Pero ya que salís, id a rellenar esas garrafas de agua para vuestra tía. Hoy cenamos en su casa.
—¿¡Qué!? ¡Venga ya, papá…!
—¿Quieres salir o no?
El hombre solo obtuvo un gruñido por respuesta. Agnes cogió las garrafas que había junto a la puerta trasera, agarró el picaporte y se dirigió a su hermano.
—¿Vienes, enano?
Oliver asintió con los labios fruncidos. Había perdido la cuenta de las veces que le había pedido que no lo llamase así. Luego miró al gato.
—Supongo que tú prefieres quedarte aquí, ¿verdad, Gris?
El animal movió la oreja en su dirección, pero no hizo ningún gesto más. Una vez los hermanos se pusieron los abrigos y abandonaron la casa, atravesaron el camino asfaltado hasta adentrarse en la hierba.
—Deberías dejar de hablarle al gato como si te entendiera.
—Pero es que me entiende.
—No. No lo hace, es un gato. Lo único que entiende es el tono de enfado de papá M y el sonido de su bolsa de comida.
No pensaba discutir con ella. Él se entendía con Gris mejor que con cualquier humano. Era un hecho, dijese lo que dijese su hermana.
Apenas habían llegado al riachuelo que lindaba con la finca cuando lo oyó: el susurro del bosque, arrastrado por el viento.
Oliver fijó la mirada en lo alto, en el movimiento de las copas de los árboles que custodiaban la entrada a lo desconocido y a las leyendas, mientras esa voz etérea e ininteligible lo atraía como el canto de una sirena.
«Podría ser ¡No, idiota! Las sirenas viven en el mar, no entre la hierba».