Sueños Malditos CAPÍTULO 4 El portal #3
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CAPÍTULO 4 El portal #3

—¡Detente! —la voz de Fawa lo detuvo antes de llegar a rozarlo—. Si lo tocas, no sabemos lo que podría pasar.

—¡¿Qué demonios es eso?! ¿Ha estado ahí todo el tiempo? —exigió saber Agnes.

—Es el antiguo portal a Qmark. El que Ilva usó para llegar aquí.

Agnes miró el portal con desconfianza y un respeto impropio en ella. Su voz vaciló en cuanto se dirigió de nuevo a Fawa. Lo que estaba a punto de preguntar no sonaba razonable ni en su propia cabeza.

—¿Quieres decir que… esto nos podría llevar a otro mundo?

Los ojos de Oliver centellearon en ámbar frente al portal.

Agnes se atrevió a moverse para agarrarlo por el cuello del pijama, le daba la sensación de que una fuerza invisible arrastraba a su hermano hacia la luz igual que lo había arrastrado hacia el bosque.

Él la miró con una mezcla de sorpresa y decepción en el rostro.

—Ni se te ocurra, enano. A saber qué hay al otro lado, si es que llegas a él.

—No esperaba que alguien tirase el portón abajo. Ha sido muy maleducado por tu parte.

El muchacho agachó la cabeza, avergonzado.

—Lo siento. A veces me dejo llevar por las voces y no sé lo que hago.

—Esas pastillas que te da la psiquiatra te están jodiendo el cerebro —interrumpió Agnes.

Todos fingieron ignorar el comentario, aunque a la autoestima de Oliver le costó más de lo que le habría gustado admitir y no salió ilesa.

—Esas voces… —continuó la loba—. Quizás sí haya un modo de salvar a tu hermana. Tal vez tú puedas hacerlo.

—¡¿Cómo?! —preguntaron ambos a la vez, con la misma expresión asombrada.

—¿¡Que Oliver puede salvarme!? ¡Eso es rid…! —Agnes no pudo continuar, al fin y al cabo llevaba al menos una hora conversando con una loba. Una imposibilidad más en la lista no era del todo descabellado. Solo estaba soñando, no debía tomárselo tan en serio.

—La propia Ilva puso un tablón similar al llegar aquí. El portal dejó de funcionar en cuanto lo cruzaron. O eso dicen las historias. Por desgracia, la magia no existe en este mundo.

»También cuentan que hace muchos años el portal dejó pasar a una mujer. Lo que quiere decir que, al igual que la primera y la última vez, alguien o algo ha activado el portal desde Qmark.

»Oliver, es posible que lo que te está llamando sea la vara. Si la encuentras, podrás usar su poder para revertir la maldición de Agnes antes de que sea tarde. Pero para hacerlo deberás ir con ella a Qmark.

La chica se llevó las manos a la cabeza, con los ojos desorbitados. Estaba gastando todas sus fuerzas en contener el grito de frustración que le quemaba en la garganta.

—Antes de… —El niño tragó saliva antes de poder continuar—. ¿Cuánto tiempo tenemos?

—Depende mucho de la persona y su autocontrol. Ten en cuenta que, una vez transcurridas tres lunas, su cuerpo cambiará con cada luna llena, y con cada transformación su alma humana se hará más débil, hasta que pierda la cordura y el control sobre sus actos.

—Podré controlarme.

—¿En serio? —El tono de Fawa invitaba a imaginar una sonrisa burlesca bajo su hocico—.

Estás aquí, y has llegado al bosque sin darte cuenta.

No subestimes la magia, Agnes, ni siquiera en un mundo donde en teoría no existe, o no debería existir.

Siempre se abre paso. Si deshacerse de ella fuera fácil, ya lo habríamos hecho.

—¿¡Nadie ha podido hacer nada en más de doscientos años y quieres que un niño de once rompa mi maldición en tiempo récord!? Por favor —bufó antes de señalarlo—. Si apenas sabe anudarse los cordones.

—¡Eso es mentira! Aprendí este verano. Ya no se me deshacen… tanto.

—Nadie os obliga a hacerlo. Esa decisión solo os corresponde tomarla a vosotros.

—Pues yo digo que no —sentenció la chica cruzando los brazos—. No voy a arriesgar la vida de Oliver por una mínima posibilidad, ni siquiera en este sueño absurdo.

—¡Pero Agnes…!

—He dicho que no, enano. Volvemos a casa. Solo tengo que pasar las próximas lunas fuera de casa. Aprenderé a controlarlo.

—¿¡Y cuando no puedas volver a ser humana!? ¿¡Qué harás entonces!?

—¡No lo sé, Oliver! —gritó, con ojos anegados.

Las había aguantado, pero ya no podía más.

Le dolía tener a su hermano tan cerca, a apenas un palmo de distancia de su cara paliducha y regordeta.

La había encarado y ella le soltó el cuello de la camisa del pijama para enjugarse las lágrimas.

No soportaba que la vieran llorar; mucho menos que lo hiciera él, con esa expresión de compasión que siempre blandía ante el dolor ajeno.

Lo odiaba. Después de una fuerte regañina o de un mal día, nunca iba a la habitación para evitar su mirada.

Se encerraba en el baño y esperaba a que la tormenta amainase.

Se irguió para recuperar su posición natural y le dio la espalda, abrazándose a sí misma. Fue tan rápido que ignoró el destello de decisión en los ojos de su hermano.

—Estás maldita por mi culpa. Si la vara esa puede arreglarlo, la encontraré. Me da igual si no vienes conmigo.

Cuando la chica se giró para reprenderlo, la luz del portal ya engullía la silueta de Oliver.