41. Capítulo 41
Stella miró su móvil por centésima vez. Le había enviado a Nevio algunas fotos de sus últimas creaciones y le había preguntado si debía incluirlas en la lista para la cafetería. Las imágenes ni siquiera se habían entregado, y mucho menos él se había pronunciado al respecto.
Stella frunció el ceño. Nevio había regresado a Siena hacía dos días para preparar más cuadros para la exposición en Lucca.
Lo echaba de menos con cada fibra de su cuerpo, de su corazón y en su cama.
No por primera vez en el día de hoy se preguntó cuándo volvería él por fin a tenerla entre sus brazos.
Intentó llamarlo una vez más, pero su móvil estaba apagado.
Una sonrisa asomó a los labios de Stella mientras sacudía la cabeza.
Cuando Nevio trabajaba, nada ni nadie podía localizarlo.
Entonces se sumergía en su propio mundo, y ya iba siendo hora de que ella se acostumbrara a ello.
Al fin y al cabo, era un artista de los pies a la cabeza, y ella comprendía lo importante que era su arte para él.
No era inusual que el móvil de Nevio estuviera apagado durante horas, pero un mal presentimiento la corroía.
Dejó el móvil sobre la pequeña mesa de madera de su cocina y se dejó caer en la silla.
Un silencio opresivo se extendió por su apartamento y atronó en sus oídos.
No debería preocuparse. Nevio no iba a desaparecer de su vida así como así.
Solo porque lo hubiera hecho una vez, no significaba que fuera a alejarse de ella de nuevo.
¿O sí? Una leve duda se agitó en su interior.
No, eso no era justo. Nevio se había disculpado con ella y en los últimos días le había demostrado lo importante que era para él y lo en serio que se tomaba lo del café-atelier.
Insinuar ahora que la iba a dejar tirada no estaba bien.
No tenía ninguna prueba de ello, salvo que él estaba ignorando su teléfono, y eso no era nada del otro mundo.
Stella sacudió la cabeza. Tenía que aprender de una vez a confiar en Nevio. Encendió la radio para ahuyentar el silencio, que se había posado sobre su apartamento como una campana de cristal. Mudo, impenetrable y fatídico.
Nevio encendería su móvil más tarde y la llamaría; entonces le diría qué le parecían sus nuevas creaciones y le explicaría que no tenía de qué preocuparse.
Stella sonrió. Estaba loca por ese hombre y no podía imaginar nada más hermoso que estar siempre cerca de él. Quizá por eso se ponía tan impaciente cuando no conseguía hablar con él.
Nevio quería abrir la cafetería en Pisa, y ella se había hecho a la idea de dejar Montalcino.
Echaría de menos su tierra, los viñedos, la naturaleza y a su amiga Rita.
Pero la cafetería en Pisa sería su nueva misión en la vida, y se acostumbraría pronto a su nuevo entorno.
Le gustaba la ciudad, que tenía un significado especial para ella desde que había pasado aquellos días románticos allí con Nevio.
Pero lo más importante sería tenerlo a él consigo y que esas ceremonias de despedida por fin pertenecieran al pasado.
Aunque él solo se retiraba durante unos pocos días a su estudio en Siena o Pisa, ella lo anhelaba tanto que se imaginaba que no sobreviviría al tiempo que faltaba hasta su reencuentro.
Nunca nadie había sido tan importante para ella, nunca había amado tanto a una persona.
Stella vertió harina en el bol grande de amasar.
Pasaría las próximas horas horneando de nuevo y haría felices a algunos de sus clientes fieles.
Ver sus ojos radiantes cuando compartía con ellos sus nuevas creaciones hacía que su corazón rebosara de felicidad.
Y todo eso la distraería de la nostalgia por Nevio y de ese mal presentimiento en su estómago.
Stella se dio la vuelta sonriendo. Una vez más había sorprendido a los Romano, ese matrimonio anciano al que ya le había cogido tanto cariño.
Sacó el móvil del bolsillo. Sus mensajes a Nevio seguían sin haber sido entregados.
Intentó llamarlo de nuevo, pero no tuvo suerte.
Ya habían pasado veinticuatro horas desde su último contacto y, cuanto más tiempo pasaba, más se oscurecía esa sensación de que algo no iba bien.
Ya no podía seguir ignorando la preocupación.
¿Le había pasado algo a Nevio? ¿O acaso los planes le habían venido grandes?
¿Lo había agobiado de alguna manera? Pero él había propuesto el café-atelier, había sido idea suya montarlo con ella.
¿Por qué se lo había tragado la tierra ahora?
Stella guardó el móvil en el bolsillo y emprendió el camino de vuelta a su apartamento.
El sol poniente hacía que la calle ante ella resplandeciera con una luz dorada.
Los cipreses parecían arder, los viñedos destacaban oscuros y sobre todo flotaba el aroma del verano.
Sin embargo, ella no tenía ojos para la belleza de la naturaleza que la rodeaba.
¿Serían ciertos sus temores después de todo?
Al mediodía se había reprendido a sí misma por no haber confiado en Nevio.
¿Acaso esos sentimientos habrían estado justificados?
Sus pensamientos daban vueltas, y en su corazón crecía el miedo de que él la hubiera dejado de nuevo, tal como ya había hecho antes.
Cuando desapareció de su vida sin despedidas ni explicaciones.
—Oye, ¿pero qué pasa?
Rita estrechó a su amiga en un fuerte abrazo.
—¿Cómo es que contigo últimamente no sé a qué atenerme?
Un día vienes radiante de alegría para contarme lo enamorada que estás, al día siguiente pareces el vivo retrato de la desolación.
Y entre medias no das señales de vida en dos semanas porque apenas sales de la cama.
—Rita le sonrió con picardía—. Déjame adivinar: echas de menos a Nevio porque se ha vuelto a Siena. ¿O está en Pisa?
Stella se soltó del abrazo y miró a su amiga con seriedad. —Esta vez es diferente.
Rita se cogió de su brazo y la llevó a la terraza, que estaba rodeada de macetas con adelfas.
En el lateral de la casa, una buganvilla trepaba por la pared estirándose hacia los últimos rayos de luz.
Estaba anocheciendo y Rita encendió grandes faroles.
A Stella le encantaban estas cálidas noches de verano, pero esa alegría no la alcanzaba en este momento.
—¿No quieres decirme qué ha pasado?
Stella tragó saliva. —Nevio. Creo que se ha vuelto a alejar de mí. —Le contó a Rita sus sospechas.
—¿Y solo porque no te haya dicho nada en veinticuatro horas ya das por hecho que te va a dejar?
Stella, cielo, ya sabes cómo es Nevio. Cuando pinta, ni se entera de lo que pasa a su alrededor.
Para nosotros, los mortales comunes, no es necesariamente comprensible, pero no es la primera vez que se aísla así.
—Lo sé, pero esta vez es distinto, de verdad. Siento que algo no va bien. Quizá me equivoqué y lo mío con él no ha sido más que otra de sus muchas aventuras de antes. Quizá, después de todo, yo no era lo bastante buena para él.
Rita saltó de su silla y recorrió los pocos pasos que la separaban de su amiga. —¡No quiero volver a oírte decir algo así en la vida, Stella Conti! ¿Cuántas veces tengo que explicarte lo maravillosa y encantadora que eres? No bases siempre tu valor en los demás. Tú eres suficiente. Con y sin Nevio.
Pero Stella no podía quitarse de encima el mal presentimiento.
¿Y si él había decidido aparcar sus planes y no tenía el valor de decírselo a la cara?
¿Y si estaba dejando de lado su relación para centrarse por completo en su carrera?
En las últimas semanas siempre le había asegurado que abrir un estudio con zona de ventas aneja había sido su sueño desde hacía mucho tiempo.
¿Pero era cierto? Empezó a cuestionar todas sus palabras.
Todo lo que él le había susurrado en las últimas semanas.
¿Había sido la verdad, o Nevio le había mentido a ella y quizá a sí mismo?
El arte siempre había sido más importante para él que cualquier otra cosa.
La fama que este le otorgaba. Se dijo a sí misma con energía que estaba exagerando.
No había ningún motivo para insinuar que la traicionaría si su carrera lo requiriera.
¿O sí? Al fin y al cabo, él mismo había temido que volviera a ocurrir. La incertidumbre no la abandonaba.