Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 39. Capítulo 39
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39. Capítulo 39

Stella cerró silenciosamente la puerta de su dormitorio.

Su pequeña cocina estaba iluminada por la suave luz de la mañana.

Los colores cálidos y el aroma de los pasteles que había creado el día anterior la envolvían como una manta protectora.

No podía creer lo satisfecha que se sentía.

Cómo había cambiado su vida tras la dimisión.

Y la perspectiva de su café-atelier compartido superaba sus sueños más audaces.

Que Nevio destacara tanto su talento la había intimidado en un primer momento.

De nuevo había temido no estar a la altura de sus expectativas.

Pero él tenía razón. Por fin reconocía el potencial que había permanecido dormido en ella todos estos años.

Oculto bajo todos los complejos y miedos.

Era una excelente repostera. Los productos de pastelería que había creado en los últimos días le habían salido de maravilla.

Había valido la pena seguir perfeccionando sus viejas recetas hasta lograr las composiciones perfectas.

Con ternura, acarició la libreta deshilachada.

La visión de Nevio había ido tomando forma en los últimos días. Juntos habían reflexionado sobre cómo debían estar distribuidos los espacios. Nevio le había mostrado en un mapa de Pisa cuál sería la mejor ubicación, y habían decidido salir pronto a buscar juntos el inmueble perfecto.

Stella parpadeó con incredulidad. Iba a abrir su propio café. Y no solo eso, lo haría con el hombre más impresionante de todo el mundo. Con la persona más maravillosa, cariñosa y apasionada que jamás hubiera conocido.

Sonrió enamorada al recordar cómo Nevio la había mirado a los ojos mientras le hablaba con entusiasmo de su proyecto. Iba en serio.

Stella encendió la radio a bajo volumen y tarareó la canción que estaba sonando.

Se había despertado por la noche y tenía tanta energía que había cogido su libreta para trabajar en otra receta.

Tenía muchísimas ideas en la cabeza. Así debía de sentirse Nevio cuando se ponía frente a un lienzo en blanco y pensaba en cómo le daría vida.

Abrió el cuaderno por la página correspondiente. ¿Qué necesitaba? Preparó los ingredientes con agilidad, se desenvolvía a ciegas en su cocina; luego batió a la velocidad más baja para no despertar a Nevio. Después de haberlo mezclado todo, vertió la masa en un molde y lo metió en el horno.

Hasta aquí, todo bien. Solo faltaban las frutas.

Stella se dirigió al espacioso frigorífico.

Habían conseguido una gran cesta llena de bayas frescas en el mercado semanal.

Stella probó una fresa del cuenco. El aroma se extendió por su boca y le recordó cómo Nevio le había dado de comer frutas la noche anterior, mientras ella descansaba desnuda en sus brazos.

Lavó las bayas a conciencia antes de trocearlas para el pastel.

Un ligero ruido procedente del dormitorio la hizo aguzar el oído.

Se lavó las manos y se quitó el delantal.

Un breve vistazo al espejo le mostró sus mejillas sonrosadas por la emoción, que una vez más estaban manchadas de harina.

Se la limpió rápidamente, se atusó el pelo y respiró hondo.

Cuando la puerta se abrió y Nevio entró desnudo en la cocina, se quedó sin aliento al verlo. Su andar seguro y su sonrisa somnolienta hicieron que su corazón latiera con fuerza. Tenía el pelo alborotado y los ojos le brillaban.

—Buenos días, mi artista favorito.

Stella dejó que su mirada recorriera el cuerpo perfecto de Nevio. Nevio la atrajo hacia sí, ella posó los dedos sobre su pecho musculoso y se estiró hacia él. El beso con el que la saludó estaba lleno de ternura y pasión. Sus manos recorrieron su espalda y desaparecieron bajo su camiseta.

—Llevas demasiada ropa.

Stella soltó una risita juguetona. —¿Acaso quieres que esté por aquí desnuda en la cocina cocinando?

—Pues sí, tendría su aquel.

Ella le dio un palmetazo juguetón en el hombro. —¿Esa es tu idea para nuestro nuevo negocio?

Él arqueó las cejas. —Pero solo antes de que abra la tienda. No te vayas a creer que pienso compartirte con nadie.

Stella mordisqueó suavemente la oreja de Nevio. —No te preocupes, solo te pertenezco a ti. —Le dio un beso—. Además, no llevo ropa interior. —Se dio la vuelta riendo y miró hacia el horno.

Nevio suspiró y se pasó la mano por el pelo. —Eres cruel, ¿lo sabes?

Stella se puso las manos en las caderas y lo miró indignada. —Yo no soy quien va desnuda por la casa. —Le dio un pellizco juguetón en el trasero a Nevio y dejó la mano allí un momento. Aquello lo volvería loco, y ella disfrutaba de esa sensación.

—He tenido una idea nueva. El pastel aún no está listo del todo, pero te lo presentaré después del desayuno.

Nevio se sentó a la pequeña mesa de la cocina y observó cada uno de sus movimientos.

Su presencia era palpable, y a ella le costaba un gran esfuerzo darle la espalda y retomar su tarea.

Le habría encantado sentarse en su regazo, pero entonces el pastel se habría quemado, y eso, a su vez, iba en contra de su honor de pastelera.

Suspiró. Cuando Nevio la miraba así, se sentía mareada.

Rápidamente le puso una taza de capuchino sobre la mesa y, bromeando, le puso una fresa bajo la nariz. Cuando él mordió la fruta fresca con una lentitud provocadora y se pasó la lengua por los labios, la diligencia de Stella empezó a flaquear.

Nevio bebió su café en silencio y la observó; su mirada se le clavaba en la espalda. Una vez que el pastel se hubo enfriado, lo cubrió con una fina crema de nata y le puso las frutas frescas por encima.

Ella se preparó un capuchino y se sentó a la mesa frente a Nevio. Sus piernas se rozaron y sintió el calor que emanaba de su cuerpo. La conexión entre ellos era más intensa que nunca.

Nevio se aclaró la garganta. —Tu pastel tiene un aspecto celestial. Y estoy seguro de que sabe igual de bien. Si sigues así, nuestros clientes no van a saber qué elegir.

Stella sonrió de oreja a oreja. —Cuando abramos nuestro café-atelier, lo haremos de verdad. Nos superaremos a nosotros mismos y endulzaremos el día a nuestros clientes. Ese es el objetivo que me he propuesto.

Él la miró con aire de ánimo. —Y eso es precisamente lo que amo de ti.

Tu pasión hará que los clientes se agolpen en la puerta.

Tu amor por el trabajo, tu creatividad y, por último pero no menos importante, tu divina repostería los dejarán boquiabiertos.

Estoy segurísimo de que todo saldrá perfecto.

Un sentimiento cálido se extendió por el interior de Stella. El entusiasmo de Nevio la alentaba constantemente, le daba la seguridad que necesitaba, el valor para probar algo nuevo. Y con cada dulce que le salía bien, se sentía más reafirmada.

Sus pensamientos regresaron a De Santis y la baja opinión que tenía de ella.

Nunca había reconocido lo que ella valía ni lo que él habría podido hacer con la panadería si hubiera contado con su apoyo.

Si le hubiera dado un poco más de libertad, se habría topado con una verdadera mina de oro.

Pero él se había empeñado en ofrecer solo sus productos baratos.

Stella recordó lo abatida que se había sentido tras la dimisión, qué desesperada estaba.

Todo aquello no había pasado hace tanto tiempo y, sin embargo, le parecía una vida completamente distinta.

Nevio alargó la mano sobre la mesa y acarició con el pulgar los nudillos de ella. —Creo en ti, Stella. Y sé que juntos podemos lograr cualquier cosa.

En sus ojos había un brillo en el que se reflejaban el amor y la determinación.

Stella sonrió e hizo lo que llevaba queriendo hacer desde que Nevio entró en la cocina. Rodeó la mesa, echó su silla un poco hacia atrás y se sentó a horcajadas sobre su regazo. Le rodeó el cuello con los brazos y se inclinó hacia él.

—Creo que aún no le he saludado como es debido, Signore Fontana.