Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 36. Capítulo 36
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36. Capítulo 36

Nevio soltó una carcajada cuando Stella abrió la puerta. En su cuello destacaba una mancha blanca de harina y sus manos estaban cubiertas de restos de masa. Ella se inclinó hacia delante para robarle un pequeño beso, que Nevio le devolvió con sumo gusto.

—¡Pasa! He horneado algo completamente nuevo y tienes que probarlo.

Con las manos en alto, corrió de vuelta a su cocina.

Nevio la siguió y lanzó una mirada incrédula al caos creativo que le aguardaba.

La encimera estaba repleta de ingredientes.

Harina, azúcar, levadura y muchas otras cosas que ni siquiera conocía.

Había dos bandejas sobre la mesa pequeña y, en un cuenco grande, supuso que estaba la masa que Stella amasaba con energía.

Algunos mechones de su pelo brillante le caían sobre la cara, pero no ocultaban su resplandor.

Se la veía más lozana y llena de vida. Su dimisión parecía haberle sentado bien —tras el impacto inicial—. Se la veía francamente liberada.

Stella le sonrió por encima del hombro, pero él detectó la inseguridad en sus ojos. Aún no había procesado el revés sufrido y se volcaba en sus experimentos de repostería para distraerse.

—Me alegra que estés aquí. Cuéntame qué tal te han ido estos últimos días.

Nevio había pasado la noche posterior a su charla en casa de Stella.

La había consolado y le había acariciado la espalda hasta que ella se quedó dormida en el sofá, con la cabeza en su regazo.

A él también se le acabaron cerrando los ojos y, horas después, se despertó completamente entumecido.

Aquella noche había marcado el inicio de una nueva fase en su relación.

Se había dado cuenta de que Stella no le había mentido porque no confiara en él, sino porque no era consciente de lo maravillosa que era.

Y él se encargaría de dejárselo claro. Una y otra vez, hasta que ella misma se lo creyera.

Le demostraría con su amor que era perfecta.

Ya era hora de que Stella comprendiera que podía lograr todo lo que su corazón deseara y que dejara de esconder su luz bajo el celemín.

Había pasado los últimos días en Siena, en su estudio.

Había trabajado noches enteras, absorto totalmente en su labor; sí, sentía verdadera adicción por insuflar vida a un lienzo tras otro.

Sus obras nuevas eran muy inusuales. Los colores eran claros, tonos pastel, desde el rosa empolvado al crema, pasando por el blanco roto.

Le asombraba que los cuadros transmitieran una serenidad tan dulce.

Hasta entonces, siempre había asumido que los colores debían ser fuertes, oscuros e intensos.

Sin embargo, su amor por Stella le había impulsado a probar algo nuevo, y la ligereza de los colores claros lo fascinaba.

No es que hubiera intentado algo distinto a propósito; los cuadros habían surgido de forma instintiva, sin que él los hubiera dirigido conscientemente en ninguna dirección.

Como siempre, daban fe de su estado de ánimo, y este, en aquel momento, era de color de rosa.

Nevio sonrió. Estaba impaciente por ver qué decía el galerista cuando le llevara los cuadros.

Quería viajar de nuevo a Pisa, pero esta vez no para huir de nada.

Le hacía ilusión visitar esa ciudad tan viva y cada vez barajaba más la idea de mudarse allí.

La pregunta de Massimo le vino de nuevo a la mente.

No se había parado a pensar si Stella se mudaría ahora con él, pero Massimo no andaba desencaminado.

De ese modo, alcanzarían un nuevo nivel en su relación.

Ahora que Stella ya no estaba atada a su trabajo en Montalcino.

Pero esperaría para sacar el tema. Stella aún tenía que asimilar la nueva situación y no quería abrumarla con más ideas.

—Ha ido de maravilla. He terminado ocho cuadros. Te quedarías asombrada, son muy distintos a todo lo que he pintado hasta ahora.

Stella sonrió y se apartó un mechón de la cara con el dorso de la mano.

—Eso es estupendo. Yo también he tenido días buenos.

Creo que ya he superado el mayor disgusto.

Y, como verás, me he volcado de lleno en mis tareas creativas.

He horneado una tarta de almendra, he probado algunas recetas nuevas que quería ensayar desde hacía tiempo y mil cosas más.

Nevio abrazó a Stella por la espalda. Ella tenía las manos metidas en el cuenco con la masa y apoyó la cabeza en la mejilla de él.

—¿Y cómo llevas ahora lo de la dimisión? ¿Cómo te sientes?

Stella irguió la espalda y amasó con energía. Nevio reconoció en ello una maniobra de distracción que le daba fuerzas para hablar de lo sucedido.

—Los primeros días fueron duros. Me sentía como un cero a la izquierda, por eso no pude hablar del tema contigo.

De Santis me lo arrebató todo: mi pasión, mi amor por este trabajo, mi creatividad.

Prácticamente me quitó mi medio de vida de un momento a otro.

Todo por lo que he vivido en los últimos años.

—Stella suspiró—. Pero, en realidad, no puedo reprocharle nada. Creo que el destino así lo ha querido.

Nevio frunció el ceño. Las palabras de Stella lo sorprendieron.

—Seguro que ahora me tomas por loca, pero es que no conoces los pormenores. —Stella le confesó cómo había abandonado la cafetería precipitadamente para seguirlo a Pisa.

El sentimiento de culpa carcomía a Nevio. ¿Había puesto ella en juego su trabajo porque él no había sabido controlar sus sentimientos y había huido a Pisa?

—Cuánto lo siento. Estás pasando por todo esto solo por mi culpa.

Stella sonrió, le miró profundamente a los ojos y le robó un beso.

—No, fue decisión mía y de nadie más. Cuando De Santis me echó, estaba destrozada, pero ahora me siento aliviada.

Por fin puedo volver a hacer lo que amo.

Puedo ser creativa, seguir mi pasión y no tengo que fingir durante todo el día.

—Stella se encogió de hombros—. Sé que no es muy sensato y que, en realidad, debería buscarme un nuevo empleo.

Pero necesito este tiempo para mí; no quiero volver a someterme de inmediato y que me digan qué debo hacer o cómo debo ser.

—Sonrió—. Quizá fue realmente cosa del destino que todo ocurriera así, porque de lo contrario nunca me habría atrevido a emprender el cambio que ya me hacía falta desde hace tiempo.

De verdad, no tienes que sentirte culpable; en cierto modo, me has regalado la libertad que tanto anhelaba.

Nevio la estrechó con fuerza entre sus brazos.

—Oye, que estoy de harina hasta las cejas.

—¿Tengo cara de que eso me importe lo más mínimo?

Stella tenía razón. El hecho de haber perdido ese trabajo que no le gustaba le ofrecía la oportunidad de reinventarse y de tomar las riendas de su propia vida.

—Creo que lo que deberías hacer es centrarte en recetas nuevas, dar rienda suelta a tu creatividad y volver a disfrutar horneando, por fin.

—Sí, me siento como si me hubieran quitado un peso de encima.

Stella se soltó de su abrazo y lo llevó hasta un portatartas.

Levantó la tapa y un intenso aroma a almendras y vainilla envolvió a Nevio.

Bajo la campana, Stella había ocultado una tarta de lo más romántica.

La había cubierto con Fondant rosa y había colocado encima unas rosas de mazapán de color rojo oscuro.

Unos pequeños toques de nata completaban la obra de arte.

—¿Qué te parece?

—¡Guau, Stella! Me he quedado sin palabras. Tiene un aspecto increíble. ¡Y qué olor! ¿Para quién has horneado la tarta?

—En la panadería había un matrimonio de ancianos, Luigi y Carmela Romano.

Venían todos los días y siempre se alegraban muchísimo cuando yo horneaba algo especial.

En mis últimas semanas allí, preparaba sus galletas favoritas y se las pasaba a escondidas por el mostrador.

—Stella sonrió al recordarlo—. Carmela me decía que con mis dulces les regalaba un pedacito de su tierra.

Eso me conmovió mucho. Siempre me colmaban de halagos y ánimos, justo lo que me habría gustado recibir de mis padres.

—Un rastro de nostalgia ensombreció su rostro—.

He pensado que quizá les haga ilusión la tarta. ¿Tú qué crees?

Nevio le quitó con cuidado la harina de la mejilla a Stella. —Eres la persona más maravillosa que he conocido jamás. Les va a encantar la tarta. Vamos a llevársela ahora mismo.

Stella asintió encantada. —Termino esto enseguida y nos vamos.

Nevio hacía mucho que no la veía tan relajada y animada.

La última vez fue en Pisa, libre de las cargas cotidianas.

Quizá la dimisión fuera lo mejor que le podía haber pasado.

Stella era una maestra en lo suyo y él se preguntaba si no podría apoyarla mejor.

Una idea empezó a cobrar forma en su cabeza.

—¿Te he contado ya que pronto tendré una pequeña exposición en Lucca?

Stella negó con la cabeza, sin apartar la vista de las bolas de masa que estaba aplastando. —¿Y qué cuadros piensas exponer allí, si el galerista de Pisa te quita cada obra de las manos en cuanto las terminas?

—Tengo la intención de aprovechar la creatividad que me brota ahora mismo por todos los poros para crear algunas obras más de este nuevo estilo. Iré una última vez a Pisa la semana que viene, la exposición terminará pronto, y todo lo que cree a partir de ahora me lo llevaré a Lucca.

—Me alegro de que todo te vaya tan bien.

—Eso te lo debo solo a ti. Aunque no te guste oírlo, eres mi musa. Si me permites ser feliz a tu lado, las ideas fluirán de mí sin parar, no me cabe la menor duda.

Las mejillas de Stella se tiñeron de rojo.

—¿Sabes qué? Se me acaba de ocurrir una idea. ¿Qué te parecería si en la exposición no solo presentáramos mis cuadros, sino también tu repostería?

Ella giró la cabeza hacia él bruscamente, con los ojos muy abiertos. —¿A qué te refieres?

—Supongo que no será poca la gente que visite la exposición y quizá podríamos ofrecerles algunos de tus dulces. Estoy seguro de que se quedarán tan entusiasmados con ellos como yo.

—¿Y eso se puede hacer así de fácil?

—Claro que se puede. Yo soy el artista y yo decido qué se ve en la exposición. Tendríamos que ir a Lucca todos los días, eso sí que será un reto, pero no veo por qué no se podría hacer. Si te hace feliz, intentémoslo.

Stella soltó un grito de alegría y se le colgó del cuello. Sus ojos brillaban de felicidad y, una vez más, él se dio cuenta de cuánto amaba a aquella mujer. Su pasión, su risa y su mirada radiante.

—Pero qué sorpresa. Hija, no te imaginas cuánto te hemos echado de menos estos últimos días.

Nevio no había soltado la mano de Stella en todo el trayecto hacia la casa del matrimonio de ancianos a los que quería sorprender con su tarta. No pensaba dejarla sola en su camino; le daría la mano y la sostendría, pasara lo que pasara.

—Yo también les he echado mucho de menos. Saben, el tiempo en la panadería fue algo especial para mí; trabajar allí fue el motor de mi vida durante años. En fin, parece que la vida tenía otro plan para mí.

A Stella se le humedecieron los ojos y Nevio le acarició la mano con el pulgar para consolarla, como hacía siempre.

—¿Me permiten que les presente a mi novio? Se llama Nevio.

Carmela Romano entrecerró sus brillantes ojos azules, rodeados de infinidad de arrugas de expresión, y luego se llevó la mano al pecho, sorprendida. —¡Dios mío! Si es Nevio Fontana.

Nevio le tendió la mano a la anciana y se la estrechó con suavidad. —Es un placer conocerla, Carmela. Stella me ha hablado mucho de usted y de su marido, y de lo amables que han sido siempre con ella.

La Signora Romano le sonrió radiante, pero no respondió nada. Parecía haberse quedado sin palabras.

—Les he traído algo.

Stella le entregó el portatartas a la anciana al cruzar el umbral.

—¿Para nosotros? —Sorprendida, levantó la tapa. Al ver la tarta, se le saltaron las lágrimas—. No sé ni qué decir. Es preciosa. ¡Y qué olor tan maravilloso! Stella, gracias.

—Usted dijo una vez que, con mis dulces, ocupaba un lugar importante en su vida, y no pienso renunciar a él. Deseo seguir formando parte de sus vidas y regalándoles a usted y a su marido un pedacito de su tierra. Y no voy a permitir que un tipo engreído como De Santis me lo prohíba.

Nevio sonrió. Stella estaba a su lado, erguida y con la cabeza alta. Parecía una guerrera. Y él supo que lo había logrado: le había dado fuerza y valor. No se rendiría, seguiría su propio camino, y él se sentía orgulloso de poder formar parte de esta nueva y emocionante etapa en la vida de Stella.