Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 31. Capítulo 31
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31. Capítulo 31

Stella se desperezó bajo el sol de la mañana. Antes de abrir los ojos, sintió que Nevio estaba hoy tumbado a su lado. Aquello era inusual, ya que él solía madrugar mucho.

Abrió los ojos y sonrió al ver el pelo alborotado que le caía a Nevio desordenadamente sobre la cara. Con cuidado, le apartó los mechones de la frente, pero él no se despertó.

Stella se incorporó. Se sentía increíblemente feliz.

Había hecho bien en escuchar a su corazón y seguir a Nevio hasta Pisa.

Ni pensar en lo que se habría perdido de no haberlo hecho.

Un escalofrío la recorrió al recordar las tiernas manos de Nevio, sus besos, que habían prendido fuego a su cuerpo.

No podía creer que todo hubiera acabado así.

Estaba compartiendo la cama con Nevio Fontana, el gran e inalcanzable artista que durante tanto tiempo la había rechazado.

Y ahora parecía estar tan loco por ella como ella por él.

Stella sacudió la cabeza sonriendo. Se sentía como Cenicienta, que por fin había encontrado a su príncipe.

Salió de la cama en silencio, cerró la puerta tras de sí y echó un vistazo a la cocina.

La noche anterior lo habían dejado todo tal cual: los platos de la cena, la sartén en la que habían cocinado.

No habían podido esperar ni un segundo más para disfrutar de su postre, que no había sido otro que amarse con ternura.

Stella se retiró el pelo, que tras la noche salvaje le caía en mechones desordenados sobre los hombros.

Luego fue al baño y se envolvió en el albornoz de Nevio.

El aroma que desprendía la prenda la hizo suspirar con anhelo.

Ya no podía imaginarse estar sin Nevio. ¿Cómo se las apañaba para tenerla tan rendida a sus pies?

Un dolor agudo le atravesó el corazón al recordar que su cuento de hadas llegaría a su fin mañana.

Tenía que volver a Montalcino, hablar con su jefe y esperar que no reaccionara con demasiada severidad.

Se le encogió el estómago ante ese pensamiento y lo apartó rápidamente de su mente.

¿Por qué tenía que arruinar ese ambiente de enamorados?

Suspiró. De Santis no entendería de ninguna manera que se hubiera marchado a Pisa así como así.

¿Y cómo iba a hacerlo? Por un lado, él no podía saber los motivos que la habían impulsado a ello.

Por otro, le había repetido en varias ocasiones que sus asuntos privados no le interesaban, por mucho que adorase a Nevio.

Su único interés era la cafetería, sus ventas, su dinero.

Todo lo demás no contaba en el mundo de Donato De Santis.

¿Qué habría pasado estos últimos días en la panadería?

Stella tragó saliva al pensar en su regreso.

Pero de nada servía darle vueltas. No podía esconderse eternamente con Nevio en Pisa.

Él tenía que volver a Siena. Ese pequeño estudio que se había montado en la habitación era mejor que nada, pero allí no podía trabajar en condiciones, y su galerista le presionaba para que entregara más cuadros.

Genial, lo había conseguido: se había arruinado el ánimo con sus pensamientos.

Siempre estaba preocupándose en lugar de disfrutar del momento.

Y este instante de ahora debería saborearlo.

¿Quién sabía cuándo podría volver a flotar por la vida con Nevio de forma tan feliz y despreocupada?

¿Cómo serían las próximas semanas y meses?

¿Le vería pronto de nuevo? ¿Y cómo sobreviviría a todas esas noches sin él en su cama?

¿Sin sus manos tiernas, sus besos, su pasión?

Stella sacudió la cabeza y decidió apartar de una vez por todas esos pensamientos melancólicos. Prepararía el desayuno y sorprendería a Nevio. No salía ni un sonido del dormitorio; parecía dormir como un lirón. ¿Habría trabajado por la noche?

Stella se acercó sigilosamente al pequeño estudio y puso los dedos en el pomo de la puerta. ¿Debería echar un vistazo? No. Retiró la mano. Si Nevio quería enseñarle su cuadro, lo haría. Y en el momento que considerara oportuno.

Se escabulló al baño, se dio una ducha rápida y se vistió. Luego salió del apartamento y cerró la puerta tras de sí con un ligero clic. Sus pies la llevaron automáticamente por la oscura escalera de caracol de madera hacia la calle.

El sol ya estaba alto en el cielo y el ruido del tráfico llegaba a sus oídos. La ciudad se había despertado.

Stella entró en la panadería de al lado. El conocido aroma a pan recién hecho y bollería dulce le invadió la nariz. Cerró los ojos y por un momento se sintió como en casa. Amaba ese olor y jamás podría imaginarse dedicándose a otro trabajo.

Stella regresó al apartamento y preparó un desayuno con fruta fresca, panecillos y café.

Quería sorprender a Nevio y comenzar su último día juntos con una comida agradable.

Se preguntó una vez más si Nevio habría trabajado en el cuadro.

La idea de que ella hubiera sido el motivo de ese diseño la llenaba de alegría y orgullo.

Al principio se había sentido un poco cohibida cuando Nevio afirmó que ella era su musa.

¿Precisamente ella? No tenía nada de especial, era de lo más común en todo lo que hacía.

Y, sin embargo, Nevio lo veía de otra manera.

Ese pensamiento tan desconcertante la llenó de calidez y no podía creer los sentimientos que él despertaba en ella.

—Buenos días. —Nevio se situó tras ella y la rodeó con los brazos. Apoyó la cabeza en su mejilla y le dio un beso.

Stella se dio la vuelta y le apartó suavemente los mechones de pelo de la cara. —Buenos días, dormilón. ¿Qué te pasa hoy? ¿Desde cuándo se te pegan las sábanas?

Él la besó, luego deshizo lentamente el cinturón del albornoz en el que ella se había vuelto a envolver tras su visita a la panadería de al lado, y dejó caer la prenda de sus hombros.

La bata terminó en un montón desordenado en el suelo, y Stella se quedó desnuda ante él.

Primero dejó que su mirada hambrienta recorriera su cuerpo, antes de que sus manos hicieran lo propio.

—Eso te lo explico luego, ahora primero quiero demostrarte lo descansado que estoy.

Stella se acurrucó contra él. Nevio la tomó en brazos sin mediar palabra y la llevó de vuelta al dormitorio. Ella soltó un grito de sorpresa.

—¿Pero qué haces? He preparado el desayuno.

Nevio la depositó con cuidado en la cama y empezó a cubrir su cuerpo de besos. —Lo sé, pero eso puede esperar.

El rastro de tiernos besos de Nevio hizo que Stella olvidara cualquier pensamiento sobre el desayuno o su inminente partida.

—¿Ves? Ahora el desayuno sabe mucho mejor, ¿a que sí? —Nevio sonrió. Estaba sentado frente a ella, recién duchado, vestido y peinado. Una pena; a ella le gustaba ese aspecto desaliñado.

—¿De verdad has ido a la panadería con mi albornoz?

Stella sonrió.—No te preocupes, me vestí como es debido, pero cuando regresé quería sentirte cerca, y tu albornoz huele tan bien a ti... Es como si me estuvieras abrazando. ¿Vas a contarme ya por qué has dormido tanto?

Nevio apuró su taza, se levantó y tomó a Stella de la mano. Se detuvo ante la puerta del estudio.

—No solo quiero decírtelo, quiero enseñártelo.

He trabajado toda la noche y no me he acostado hasta las cinco de la mañana.

Por eso espero que me perdones por haberme quedado un poco más en la cama.

Pero no podía parar, estaba como en trance; esta imagen, esta visión que tenía en mi cabeza, tenía que quedar plasmada a toda costa en el lienzo.

No he podido descansar hasta que el cuadro ha estado terminado. ¿Quieres verlo?

Stella le apretó la mano y asintió. Contuvo el aliento por la expectación. Exhaló el aire y entró con Nevio en la habitación inundada de luz. El caballete estaba de espaldas; el nerviosismo de Stella crecía a cada segundo.

Cuando Nevio dio la vuelta al lienzo, a ella se le cortó la respiración.

El cuadro en el que había trabajado las horas previas mostraba los viñedos de la Toscana con colores vivos y una luz radiante, y en primer plano aparecía una figura estilizada en la que se reconoció a sí misma.

Nevio había logrado capturar la belleza del momento.

Había plasmado el paisaje a la perfección y, aunque la figura era abstracta, Stella sintió que era ella quien estaba allí, contemplando el valle de Montalcino.

Era como si Nevio la hubiera pintado durante su paseo por los viñedos.

Stella estaba abrumada por la belleza de la pintura y por el hecho de que Nevio la hubiera inmortalizado en ella.

Él había insinuado que sería un paisaje, pero se había guardado para sí que ella jugaba un papel en su visión. Había logrado sorprenderla.

Lágrimas de alegría asomaron a los ojos de Stella al observar los significativos detalles.

Sus cuadros siempre eran expresivos y siempre le habían provocado sentimientos que no sabía explicar.

Pero este cuadro era diferente. Stella reconoció en él la alegría de vivir, la felicidad y el amor por la Toscana. Y por ella.

—Y bien, ¿qué opinas? ¿Es buena señal que todavía no hayas dicho nada? —Nevio estaba a su lado, jugueteando con los dedos.

Stella se aclaró la garganta para recuperar la voz. La visión de ese cuadro la conmovía profundamente. —Es precioso. Sobre todo los colores. ¿Esa soy yo?

Nevio se puso junto a ella y la rodeó con el brazo por los hombros. —Sí, eres tú. Mientras trabajaba aquí estas últimas horas, siempre tenía tu imagen en la cabeza. Solo pensaba en ti y en nuestro tiempo juntos. Este cuadro es una muestra de mi amor por ti.

Stella sollozó. Las palabras de Nevio la habían tocado en lo más profundo. El cuadro le mostraba todos los sentimientos que él solía guardarse para sí. Sí, la amaba. Y ese lienzo era el testimonio.

Nevio tomó las manos de ella entre las suyas y la miró seriamente. Los rayos de sol hacían que su pelo brillara con claridad y pequeñas motas de polvo danzaban a su alrededor.

—Me gustaría regalarte el cuadro. Bueno, si tú quieres. Quedaría muy bien en tu propia pastelería, justo al lado de la escultura que vimos ayer.

Stella se echó a reír y se colgó del cuello de Nevio.

—Gracias. Creo que nunca me han hecho un regalo tan maravilloso y lo aprecio muchísimo. Si algún día tengo mi propia pastelería, lo colgaré, te lo prometo. Pero hasta entonces, me recordará en mi casa este tiempo tan maravilloso y pleno. Me recordará a ti y al amor que siento por ti.

Stella se acurrucó en el abrazo de Nevio. Se sentía comprendida por él. Él la separó un poco y le dio un beso en la frente.

—Quiero que sepas que no veo nuestra relación como un simple romance pasajero.

Ya sé que tengo cierta reputación y que no es del todo injustificada.

He tenido muchas parejas estos últimos años, pero puedo asegurarte que ninguna de ellas ha despertado en mí estos sentimientos que tengo por ti.

Cuando hablo de amor, no es porque suene bien.

No sabía que fuera capaz de sentirlo, pero te amo de todo corazón.

Las lágrimas asomaron a los ojos de Stella. Intentó guardar esas palabras bajo llave en su corazón para poder recuperarlas cada vez que necesitara un rayo de sol en su vida.

Stella le miró profundamente a los ojos. —Yo también te amo, Nevio Fontana. Y no me refiero al artista de talento que llevas dentro. Me refiero a la persona, al verdadero Nevio. Y me alegra que me hayas dado la oportunidad de conocerte tal como eres.

Él estrechó a Stella contra sí. —No volveré a huir de mis sentimientos ni de mis miedos. Estoy dispuesto a superar los desafíos junto a ti, si tú también lo estás.

Stella asintió. Sintió los círculos que Nevio dibujaba con las yemas de los dedos en su espalda.

Un contacto reconfortante que irradiaba tanta ternura y la hacía sentirse protegida.

Sus corazones latían al mismo ritmo y una sensación de felicidad recorrió su cuerpo.

Cada instante que vivía con Nevio parecía una aventura.

Y la perspectiva de una relación seria con él hacía que la esperanza y la alegría brotaran en su interior.

Lentamente, un pensamiento se abrió paso en Stella, dibujándole una sonrisa en la cara: «Soy suficiente.

Tal como soy, este hombre maravilloso me ama».

El pensamiento era inusual, pero hermoso.

Mientras permanecía apoyada en Nevio frente al cuadro, intentó alejar todas las dudas y temores que una vez más querían apoderarse de ella.