Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 30. Capítulo 30
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30. Capítulo 30

Nevio se despertó cuando los primeros rayos de sol le hicieron cosquillas en la cara. Abrió los ojos lentamente. El sol bañaba la habitación con una luz cálida y prometía un día espléndido.

Miró a Stella con una sonrisa. Ella tenía una pierna cruzada sobre la de él y se había acurrucado a su lado; su cabello sedoso se extendía como un velo sobre la almohada y en su rostro se leía una expresión de paz y felicidad.

Nevio sonrió al recordar el día anterior.

Nada más volver de su excursión, se habían lanzado el uno sobre el otro como animales hambrientos.

Ni siquiera habían llegado al dormitorio; la ropa había salido volando por el pasillo y se habían amado allí mismo, sobre el suelo de madera.

La primera vez fue apasionada, dura, llena de energía.

Más tarde, él se había tomado su tiempo para explorar el espectacular cuerpo de Stella, cubriendo cada centímetro de su piel suave con besos.

Stella se había estrechado contra él, temblando.

Había sentido su entrega y, al recordar ahora la noche pasada, le invadió la necesidad de volver a seducirla de inmediato.

Pero dormía tan plácidamente que prefirió dejarla descansar un poco.

Nevio se liberó con cuidado de las sábanas revueltas y salió de la cama.

Abandonó el dormitorio sigilosamente y cerró la puerta.

Se puso la camiseta que ayer había acabado en el suelo.

Como cada mañana en Pisa, salió al balcón con su expreso y contempló la ciudad, que despertaba poco a poco.

Pero no se sentía como una mañana cualquiera.

Percibía una paz especial en su interior.

El estrés se había esfumado, por fin volvía a tener ojos para la belleza de la ciudad y estaba listo para disfrutar de la vida.

La vista de las calles aún vacías lo llenó de recuerdos de sus primeros pasos como artista.

Sin embargo, esta vez no le dolió recordar cómo empezó.

Hoy no se enfocaba en la humillación ni en los comentarios despectivos que había tenido que escuchar a diario en las calles de Florencia.

Estaba agradecido por todo lo que la vida le había dado.

Los desafíos y las oportunidades. Era un maldito afortunado.

Nevio sacudió la cabeza. Era impensable que hubiera estado a punto de perder a esa mujer fascinante.

Había sido un idiota. Sí, tenía miedo. Los sentimientos que había desarrollado por Stella eran tan intensos que lo asustaban.

Pero si huía ahora, se perdería demasiadas cosas.

Los recuerdos de Lissy se desvanecían. Sus sentimientos de culpa seguían omnipresentes, pero Stella lo ayudaba a superar sus inseguridades.

Lissy siempre sería parte de su historia, pero quería centrarse en los momentos bonitos, considerarla como una amiga.

Ahora estaba con Massimo, su medio hermano; tenía que aceptarlo, y en esta soleada mañana en Pisa, eso no le parecía tan difícil.

Nevio se retiró el pelo hacia atrás. En su mente surgió la idea para un nuevo cuadro, inspirado en la belleza de su tierra y en el amor que sentía por Stella.

En su imaginación, siguió esbozando la imagen hasta que tomó forma y supo exactamente qué colores tendría.

Solo le faltaba trasladarla de su cabeza al lienzo; le habría encantado ponerse a trabajar en ese mismo instante.

Dio el último sorbo al expreso y miró hacia la ciudad.

A esas alturas ya había algunas personas transitando por la acera, algunas caminaban tranquilamente con auriculares, pero una mujer llamó su atención.

Hablaba por teléfono, en voz alta y gesticulando salvajemente.

Sus pasos eran rápidos, enérgicos. Nevio pensó en cómo era él mismo hace poco tiempo.

Estresado por todas las tareas y la presión que se imponía.

Perseguido por sus propios demonios. Había dejado eso atrás, y la única responsable era Stella.

Inhaló el aire fresco de la mañana. Se sentía liberado, feliz, ligero. Con una sonrisa, regresó al apartamento. Por mucho que quisiera dejar descansar a Stella, no podía prescindir de ella ni un segundo más.

Entró de puntillas de nuevo en el dormitorio, se sentó con cuidado en la cama y comenzó a besar el deseable cuerpo de Stella.

No quería dejarse ni un rincón; era demasiado tentador verla allí, entre sus sábanas, y tenía demasiado presente la imagen de cómo se había contorneado bajo él en ese mismo lugar durante la noche.

Stella suspiró con deleite y luego abrió los ojos. —Así me gustaría que me despertaran todos los días, ¿se podría organizar?

Nevio besó las comisuras de sus labios antes de dejar caer los suyos sobre los de ella. —Con mucho gusto.

Atrajo a Stella hacia sí y la besó apasionadamente mientras las manos de ella se deslizaban bajo su camiseta.

Con un movimiento rápido, ella le quitó la innecesaria prenda por la cabeza y recorrió su abdomen con las manos.

¿Acaso la mañana podía mejorar? Nevio gimió cuando Stella deslizó la mano dentro de sus bóxers. Tenía toda la pinta de que sí.

Cuando horas más tarde salieron juntos de la espaciosa ducha, Nevio rebosaba energía.

Empezar el día en los brazos de una mujer que te ama tenía algo gratificante.

Y Stella lo había sorprendido con su pasión.

Mientras ella se acurrucaba ahora desnuda en el albornoz de él, Nevio se sintió tentado de volver a despojarla de la prenda de inmediato.

Pero hoy quería enseñarle algo más de los inspiradores alrededores de Pisa, quería compartir su vida con ella e ir juntos en busca de nuevas ideas.

Porque se había dado cuenta de una cosa: Stella no era solo su nueva pareja, era su musa creativa.

¿Qué pensaría ella si él se lo revelara?

¿Se sentiría halagada o más bien asustada?

Esbozó una sonrisa. Prefería guardarse ese conocimiento para no inquietarla.

Para él estaba claro que su creatividad solo fluía de verdad cuando pasaba tiempo con Stella.

Se sentaron juntos a la mesa y disfrutaron de la fruta que habían comprado ayer por el camino. Bebieron el café en silencio. Cada uno sumido en sus pensamientos, asimilando el frenesí de la noche pasada.

Solo habían pasado dos días desde que Stella se presentó en su puerta y, mientras tanto, habían ocurrido tantas cosas que a Nevio le parecía que habían pasado semanas.

Podría acostumbrarse a esto. Sus planes de mudanza cobraban cada vez más forma; le encantaría vivir en Pisa.

¿Dejaría Stella Montalcino para vivir aquí con él?

Nevio espantó ese pensamiento de su cabeza.

Por muy tentador que fuera, resultaba igualmente inquietante.

Se prohibió tales reflexiones; todo iba demasiado rápido. Tenían todo el tiempo del mundo.

—¿Qué te parece si hoy visitamos un mercado de arte?

Stella sonrió. —¿De verdad quieres salir del apartamento?

Nevio asintió, aunque cuando Stella lo miraba así, desde abajo y a través de sus espesas pestañas negras, ya no estaba tan seguro de si sería capaz.

Stella soltó una carcajada. —Era broma, no me mires así. Me apetece mucho ir al mercado de arte. No veo el momento de pasear por allí contigo. Será mejor que nos vayamos ya mismo, antes de que surja algo.

Se levantó y se colocó detrás de Nevio. Lo abrazó, dejó caer la cabeza sobre su hombro y le acarició tiernamente el pecho desnudo.

—Oye, eso no vale. Si sigues así, nos olvidaremos del mercado de arte.

Stella soltó una risita y le mordisqueó la oreja; luego se alejó y se fue saltando al baño mientras canturreaba.

—Dios mío, esta escultura es realmente grandiosa.

Si tuviera mi propia pastelería, la compraría de inmediato para ponerla en mi local.

—Stella pasó el dedo con reverencia sobre la estatua de una mujer que sostenía en equilibrio una bandeja con un pastel.

El artista la había realizado en mármol blanco; era tan delicada como moderna.

Nevio entendía qué era lo que le fascinaba y le encantaría comprársela, ¿pero dónde la pondría?

Stella no tenía una pastelería. Al menos, todavía no.

Estaba convencido de que ella tenía talento suficiente para independizarse y deleitar a los clientes en un local propio con su repostería creativa.

La convencería. Y entonces le compraría esa escultura.

Stella se apartó de la obra de arte y lo arrastró hacia el siguiente puesto.

La había llevado a la Piazza dei Cavalieri, donde se celebraban regularmente mercados en los que se ofrecía arte, artesanía y productos locales.

Cuadros, esculturas y otras obras de artistas de la zona creaban una atmósfera inspiradora.

A Nevio le encantaba deambular entre las filas de los puestos llevando de la mano a la mujer por la que su corazón latía con tanta fuerza que parecía que iba a salírsele del pecho.

Nevio observaba cómo Stella contemplaba con entusiasmo las más diversas obras de arte; su rostro radiaba felicidad.

La alegría de Stella era la fuente de su creatividad.

Se detenía una y otra vez, tocando con cuidado las obras con la punta de los dedos, acariciándolas con suavidad, y él deseaba que fuera a él a quien acariciara.

Stella le había dado un vuelco a toda su vida. Con su resplandor, había ahuyentado la oscuridad. Los densos nubarrones que habían cruzado el cielo de su interior daban paso a un sol radiante, similar al cielo de hoy, que se extendía de un azul intenso sobre Pisa.

Hicieron una pausa en una pequeña cafetería.

—¿Sabes realmente cuánto me inspiras?

Stella levantó la vista. —¿Yo?

—Sí, tú. —Nevio tomó su mano y recorrió con la punta de sus dedos cada uno de los de ella. Después, depositó un tierno beso en ellos.

—¿Y cómo lo hago exactamente? —Stella lo miraba fascinada y, cuando él giró su mano y dejó un suave beso en su muñeca, sintió el estremecimiento de su cuerpo.

—No lo sé, despiertas un tipo de creatividad totalmente nuevo en mí. No puedo describirlo; no es por lo que haces, sino simplemente por cómo eres.

Stella se retiró un mechón detrás de la oreja; sus mejillas se sonrojaron.

—¿Quieres decir que soy algo así como tu musa?

Nevio soltó una carcajada; ahora era la propia Stella quien había pronunciado la palabra que él había intentado evitar para no ponerla en un compromiso. Luego la miró con seriedad.

—Esta mañana, mientras estaba en el balcón, he tenido la visión de un nuevo cuadro para el que tú me has inspirado.

Stella se incorporó y se inclinó hacia él. —¿Qué has visto? ¡Cuéntamelo!

Nevio le acarició ligeramente la mejilla; luego se inclinó sobre la mesa y la besó. Solo sentir sus labios suaves sobre los suyos llenaba su cuerpo de nueva energía.

—No quiero adelantarte demasiado todavía, pero el paisaje toscano jugará un papel fundamental, colores vibrantes que expresen alegría de vivir, felicidad, amor.

Stella se llevó la mano al pecho y suspiró. —Eso es maravilloso, Nevio. Solo oír de tu boca las palabras «alegría de vivir» y «felicidad» ya me hace dichosa.

—¿Y el amor?

Stella sonrió y puso su mano sobre la de él. —El amor es lo más hermoso de todo.

Pasaron el resto del día en el mercado de arte antes de regresar a su apartamento y amarse con pasión.

Nevio no se cansaba de pasar tiempo con Stella.

Sentía que ella lo amaba sinceramente y le sorprendía descubrir que él mismo tenía la capacidad de dar amor.

Eso lo llenaba de una gratitud desconocida hasta entonces.

Cuando la idea del nuevo cuadro volvió a tomar forma, salió con cuidado de la cama para no despertar a Stella. Se dirigió sigilosamente a su estudio provisional, cerró la puerta con suavidad y conectó la música. Preparó los colores, cogió el pincel y empezó a dar forma a su visión.