24. Capítulo 24
Nevio cerró la puerta de su estudio tras de sí y se apoyó con pesadez contra la fría superficie de madera. El calor del día rebotaba en los grandes ventanales, pero él no lo sentía. Una inquietud interna insoportable se apoderó de él.
El estudio tenía el aspecto de siempre. El caos familiar de lienzos y tubos de pintura lo rodeaba, junto al aroma del óleo, pero nada de aquello le servía de apoyo. El silencio era abrumador y solo se veía interrumpido por su propia respiración superficial.
Nevio cerró los ojos. ¿Qué demonios le pasaba? ¿Por qué no era capaz de disfrutar de su felicidad? Mientras contemplaba la puesta de sol en Montalcino con Stella, se había dado cuenta de que no podía mantener esa dicha. Porque no se la merecía.
Imágenes de Lissy cruzaron su mente. Su risa desinhibida mientras lo arrastraba por las calles de Florencia, el tono cariñoso al susurrar su nombre; momentos que él había dado por sentados.
Las imágenes lo asaltaron. La vio sentada en el parque el día que la conoció por primera vez. Los recuerdos se sucedían cada vez más rápido en su cabeza y, con cada imagen, se agrandaba el vacío que la pérdida había dejado en su corazón. Un dolor que nunca había llegado a sanar.
Se había convencido a sí mismo de que todo aquello formaba parte de un pasado tan lejano que ya no podía afectarle, de que estaba curado.
Pero se había estado mintiendo todo el tiempo, no había querido admitir lo rota que estaba su alma.
Ya no amaba a Lissy. Pero con ella habían regresado los sentimientos de culpa a su vida.
Como fantasmas que le susurraban al oído que era incapaz de amar a alguien sin destruir a esa persona.
Daba igual en qué relación se hubiera embarcado desde entonces, siempre había acabado decepcionando a las mujeres.
Stella tenía razón: las había utilizado a todas para intentar olvidar a Lissy, para reprimir su dolor.
Pero con ninguna había funcionado. Había ido saltando de novia en novia como una abeja de flor en flor, cogiendo lo que necesitaba para luego dejarlas atrás.
Sin dar grandes explicaciones, había terminado un romance tras otro con total ligereza.
Había sabido desde el principio que aquellas relaciones no durarían. Aun así, les había fingido grandes sentimientos. Las había traicionado a todas con el recuerdo de su único amor, al que a su vez había traicionado.
Nevio se volvió hacia el lienzo que estaba sobre el caballete.
Agarró el pincel, puso algo de pintura en la paleta y se subió al taburete manchado de colores para seguir trabajando en su obra.
Sus pensamientos iban a mil por hora. Tenía que deshacerse de esas imágenes de Lissy, tenía que saldar cuentas con su pasado de una vez por todas.
¿A cuántas personas había hecho infelices ya en su vida?
El pincel quedó suspendido en el aire frente al lienzo inacabado.
Nevio se dejó caer sobre el taburete. El pincel se le escurrió de entre los dedos y produjo un tintineo al golpear el suelo. ¿Qué clase de criatura despreciable era? Durante toda su vida había herido y dañado a la gente. En los últimos años no había hecho feliz a nadie.
Cerró los ojos y las imágenes de las innumerables mujeres de las que se había aprovechado desfilaron ante él.
Habían sido tantas... Mujeres seguras de sí mismas, que habían triunfado en la vida y que, sin embargo, habían sido como cera en sus manos.
¿Por qué habían querido estar todas con él?
¿Por su fama? ¿Habían amado solo su idea del gran artista o a él mismo? ¿Habían llegado siquiera a conocerlo?
Nevio sacudió la cabeza. Ninguna de ellas había sabido quién era él; no había dejado que nadie viera su interior. Tras dejar a Lissy, dejó de ser capaz de amar a nadie. Ese gran agujero en su corazón amenazaba con devorarlo.
El rostro de Stella se impuso sobre el de todas aquellas mujeres.
Vio sus ojos oscuros y brillantes, sintió su suave caricia.
Stella era diferente. Ella quería conocer al verdadero Nevio.
Quizás su fama la había impresionado al principio, incluso puede que la hubiera intimidado, pero no se había dejado cegar por su renombre, sino que miró tras la fachada.
Quería estar con él. Con Nevio Fontana, el hombre, no con el pintor famoso.
¿Se merecía ella verse arrastrada a su vida rota?
Acabaría decepcionándola y ella correría el mismo destino que Lissy.
Le rompería el corazón, la destruiría. ¿No sería mejor para ella que se mantuviera alejado?
¿Acaso no tendría una vida más feliz y plena sin él?
Stella no se merecía que él la utilizara.
No quería que ella se sintiera como un simple reemplazo de Lissy.
Stella era una persona maravillosa y merecía toda la felicidad del mundo, pero ¿sería él capaz de dársela?
Nevio se hundió la cara entre las manos.
Un dolor punzante le recorrió la cabeza.
Apenas había dormido en las últimas noches, consumido por las dudas sobre sí mismo y por los remordimientos.
Sabía lo que le había hecho a Lissy y a todas las demás mujeres que vinieron después.
Y eso era precisamente lo que quería ahorrarle a Stella.
El dolor volvió a punzarle en las sienes. Su corazón y su razón libraban un conflicto constante. Amaba a Stella, de eso no había duda. Se había enamorado de la bellísima repostera hacía ya un tiempo, pero el encaprichamiento inicial había dado paso a un amor verdadero y sincero.
Nevio soltó una carcajada amarga. Había dado por hecho que nunca más podría amar a un ser humano, pero Stella le había demostrado lo contrario. Y eso era exactamente lo que le aterraba.
Nevio sacudió la cabeza. El miedo a una nueva pérdida le cerraba la garganta. Se derrumbó mientras las voces en su interior le susurraban sin descanso que debía dejar marchar a Stella para protegerla.
La noche se fue posando lentamente sobre Siena, dejando el estudio en una oscuridad absoluta.
Nevio seguía sentado en el pequeño taburete, encogido, con la cabeza apoyada en las rodillas.
Las imágenes de Lissy y de todas las demás mujeres seguían asaltándolo, tirando de él, susurrándole.
Así continuó hasta que interrumpió los recuerdos con un grito desgarrador.