17. Capítulo 17
—¿Quieres probar un sorbito? Te aseguro que es una cosecha excelente.
Stella negó con la cabeza. El alcohol tampoco conseguiría espantar sus preocupaciones. Al menos, no de forma duradera.
—Gracias, déjalo. Estoy segura de que es tan bueno como dices, pero todavía es pronto.
Stella se apoyó en uno de los grandes barriles de vino, que se sentía frío contra su espalda.
En el aire flotaba ese aroma tan particular a madera y uvas.
Rita le había prestado un poncho de lana, que ella se apretó contra el cuerpo.
Aquí abajo, en la bodega, hacía por lo menos quince grados menos que bajo el sol primaveral de la Toscana.
Rita correteaba excitada entre los barriles, anotando algo aquí y allá en el bloc de su portapapeles negro. Sus pasos resonaban con fuerza sobre el irregular suelo de piedra. Se dio la vuelta y arqueó las cejas.
—¿Qué te pasa? Últimamente estás muy decaída, como inquieta.
¿Es por la panadería? —Rita dejó sus papeles a un lado, se acercó a su amiga y le acarició el brazo con gesto tranquilizador—.
Sé que estás pasando por una racha muy mala, pero no puedes dejar que eso te hunda.
En la vida hay mucho más que el trabajo.
Stella soltó una carcajada amarga. —Mira quién fue a hablar. Si eres tú la que está casada con la bodega.
Se mordió la lengua de inmediato. El comentario mordaz había empañado la alegría de Rita. Una sombra se había posado sobre su rostro, como cada vez que se mencionaba a Alberto, incluso aunque ni siquiera se pronunciara su nombre.
—Perdona, por favor, ya sabes lo que quería decir. Para ti la bodega también es algo más que un trabajo.
Rita sacudió la cabeza con impaciencia. —Eso no se puede comparar. La bodega es mi herencia, mi tradición familiar, mi vida. La panadería es simplemente un negocio.
Stella dejó caer los hombros y bajó la mirada.
—Tienes razón, pero durante mucho tiempo fue más que eso.
En los últimos años, esa tienda ha sido mi hogar; los clientes eran mi familia —lágrimas que intentó contener desesperadamente acudieron a los ojos de Stella.
Llorar eternamente no la ayudaría. Se aclaró la garganta—.
Pero ellos se han dado cuenta enseguida de que ahora les dan productos de panadería estandarizados y de calidad inferior que, para colmo, cuestan casi el doble.
No estoy segura de que el plan de De Santis vaya a funcionar.
Cada vez vienen menos clientes; llegará un momento en que se tendrá que comer él solo su mercancía pastosa.
Tendrías que verle allí plantado en la panadería, fingiendo que ha creado algo maravilloso.
Cuando ocurre justo lo contrario: está destrozando todo lo que Anna construyó.
Rita se agarró al brazo de su amiga y la guio por la bodega, subiendo las escaleras hasta salir al brillante sol primaveral, que hizo que Stella parpadeara.
—Pero eso no es todo, ¿verdad? No solo estás decaída, sino también distraída.
Tienes la cabeza constantemente en otra parte y me pregunto dónde, o mejor dicho, ¿con quién?
¿Has vuelto a saber algo de Nevio últimamente?
—Rita se apartó un mechón de su pelo oscuro tras la oreja y miró a su amiga con inocencia.
Sabía perfectamente que había dado en el clavo.
Stella caminó unos pasos más e inhaló el aire cálido.
Le puso el poncho en la mano a Rita. Aquí fuera, bajo el sol radiante, no lo necesitaba.
Su cuerpo empezaba a entrar en calor poco a poco.
Amaba esta estación, la época del despertar, que le demostraba que la vida siempre seguía adelante.
Incluso cuando uno pensaba que era el final, la primavera traía un nuevo comienzo.
Los pájaros gorjeaban excitados, disfrutando del calor y del sol. El gato negro de la familia se paseaba tranquilamente por la gran terraza antes de tumbarse a placer a estirarse al sol.
La escena era idílica. Pero en su interior la cosa era distinta.
Allí estaba oscuro y frío, y el único que podría haber cambiado aquello se había distanciado.
Desde que había regresado de Pisa, apenas había tenido contacto con Nevio.
Él no la había vuelto a llamar; ella había intentado localizarlo porque lo echaba mucho de menos, pero él le había colgado la llamada y desde entonces no había dado señales de vida.
¿Qué significaba aquello? ¿Es que el tiempo que pasaron juntos en Pisa no había significado nada para él?
Ella había esperado que Nevio también hubiera desarrollado sentimientos por ella.
¿Se había equivocado? Desde el principio había temido que él estuviera fuera de su alcance, y ahora se lo estaba demostrando con tanta claridad que su rechazo le dolía en lo más profundo del corazón.
¿Acaso era solo una más en la larga lista de sus admiradoras?
Stella sacudió la cabeza con desánimo. —No, no sé nada de él desde hace días.
Ni una llamada, ni siquiera un mensaje corto.
Se está distanciando y no sé si he hecho algo mal.
Estos últimos días he estado bastante irritable; quizá le transmití precisamente eso y él lo interpretó mal. A lo mejor piensa que no me gusta nada.
Rita soltó una carcajada. —No lo creo. Nevio es de esas personas que seguro que no se van a morir por falta de autoestima.
Creo más bien que se ha vuelto a sumergir en su trabajo, que está atrapado en algún cuadro y se olvida de todo lo que le rodea.
Cuando Nevio trabaja, el mundo a su alrededor se detiene.
Al menos, así es como lo expresó Massimo.
—¿Cómo de bien lo conoces, en realidad?
—¿A Nevio? No muy bien. Es el mejor amigo de mi hermano y, lógicamente, coincidimos de vez en cuando, pero soy incapaz de calarlo. Por algún motivo, nunca he llegado a conectar con él. Quizá sea porque Nevio lleva una vida totalmente distinta, con todo ese lujo de la alta sociedad, ya sabes.
Sin darse cuenta, habían caminado un tramo viñedo arriba.
Stella se dio la vuelta y dejó que su mirada recorriera el valle bajo ellas.
Habían dejado un rastro en la hierba, que yacía aplastada bajo sus huellas.
Sin embargo, no tardaría más que unos minutos en que cada brizna se enderezara y borrara las marcas.
¿Por qué no podía pasarle a ella lo mismo?
Nevio definitivamente había dejado huellas en su corazón; ¿tal vez no tardarían mucho en desaparecer de nuevo?
Stella suspiró. ¿A quién pretendía engañar?
Había perdido el corazón por aquel pintor fascinante y no quería darse por vencida.
—Vete a verle y pregúntale qué pasa. Solo se tarda una hora hasta Siena. Es una pena que arruines este día tan maravilloso con tus pensamientos confusos. Con los hombres hay que hablar claro para no volverse loca una misma.
Stella apartó la vista del camino y miró a su amiga directamente a los ojos. —¿Lo dices en serio?
Rita se encogió de hombros. —Claro, ¿qué es lo peor que puede pasar?
—Podría rechazarme.
—¿Y qué? Al menos así sabrás a qué atenerte, y el mundo no se va a acabar por eso.
Stella hizo una mueca ante la perspectiva de un desplante. —No lo sé yo muy bien.
Una expresión dulce apareció en los ojos de Rita. Atrajo a su amiga contra su pecho y le acarició la espalda con calma. —Me lo temía. Estás coladita por él, ¿verdad?
Stella apoyó el rostro en el hombro de Rita. Las lágrimas le rodaron por las mejillas. ¿Qué había hecho? Si ya sabía que aquello no podía salir bien.
Rita la apartó un poco de sí. —Eso ya no se puede cambiar. Atrapa al chico antes de que lo haga otra. Y si reacciona mal, ya lo olvidarás. Puede que no sea muy fácil, al fin y al cabo veo en tus ojos cuánto te gusta. Pero sobrevivirás. Es mejor que estar siempre en la incertidumbre.
Stella asintió lentamente. Se secó las lágrimas de las mejillas y enderezó los hombros. —Tienes razón. Le preguntaré directamente a Nevio qué problema tiene y entonces decidiré si seguimos adelante y cómo.
—¡Pues venga, en marcha!
Rita le dio un empujoncito a Stella y esta bajó apresuradamente por el viñedo. Esta vez no dejaría que Nevio le diera largas. Puede que él fuera una celebridad, pero ella era una Conti y pensaba reclamar lo que le correspondía.
—¿Stella?
Entrelazó los dedos para ocultar el temblor. Al menos Nevio había abierto la puerta.
—¿Qué haces aquí?
Buscó en su rostro respuestas a las muchas preguntas que la rondaban desde hacía días.
Parecía cansado, su lenguaje corporal era defensivo, con los brazos cruzados sobre el pecho.
Sin embargo, sus ojos se iluminaron al reconocerla.
Aunque no quisiera mostráselo, Nevio definitivamente se alegraba de su visita sorpresa.
—¿Puedo entrar?
Nevio asintió y se hizo a un lado para dejar que Stella entrara en el piso.
Nunca había estado allí. Su casa en Siena era distinta a la de Pisa.
No era tan espaciosa, pero a cambio tenía una decoración moderna y mucha luz.
Una de las paredes del salón era completamente de cristal, lo que ofrecía unas vistas inigualables de Siena.
—¿Puedo ofrecerte algo?
—No, gracias, no necesito nada. Tienes esto muy bonito, las vistas son una pasada.
Nevio asintió. —Sí, es una pena que en realidad pase aquí muy poco tiempo. Casi siempre estoy en el estudio de al lado, y últimamente me quedo a menudo en Pisa.
—Te ha cautivado la ciudad, ¿eh? —Stella intentó relajar el ambiente con una charla intrascendente. Nevio estaba hoy tan distinto... Tenso, distante, una persona completamente diferente. ¿Habría sido una mala idea caerle así de improviso?
El pelo le caía en mechones sobre la cara; intentó arreglárselo con gestos nerviosos, pero el cabello no quería quedarse en el sitio asignado. Estaba tan pálido como si no le hubiera dado el sol en días, a pesar de que este brillaba sin descanso en el cielo.
—¿Estás bien? Me he preocupado por ti.
Nevio evitó su mirada y no respondió a la pregunta. Ella se acercó a él y le puso la mano en el brazo.
—Nevio, noto perfectamente que algo no va bien. ¡Habla conmigo!
—Estoy bien, no pasa nada. Solo estoy un poco estresado —sus palabras carecían de emoción; su voz era baja, sin fuerza. Sí, parecía haber pasado la noche trabajando. Cuando trabajaba, se olvidaba de sí mismo y perdía la noción del tiempo, pero había algo más.
Nevio volvió a cruzarse de brazos y se apartó de ella. Parecía alguien que libraba un conflicto interno y que no sabía con seguridad si quería hablar de sus problemas o no.
—Puedes confiar en mí y contarme tus preocupaciones, me gustaría estar ahí para ti.
—Entiéndelo, Stella, ahora mismo simplemente necesito tiempo para mí. Solo.
Sintió una punzada en el corazón. ¿Significaba eso que Nevio se alejaba de ella?
¿No tenía lugar en su vida? Él la miró con una expresión desesperada en los ojos.
No, no era por ella. No creía que quisiera rechazarla.
Solo que no era el tipo de hombre que contaba sus problemas a cualquiera.
Como artista acostumbrado a la atención del público, estaba habituado a mantener las apariencias, sin importar cómo se sintiera por dentro.
¿Se sinceraría él si ella le hablaba de sus propios desafíos y le demostraba de ese modo que confiaba en él?
Le tomó la mano y la acarició con cuidado, observando su reacción. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no retiró la mano. Stella lo interpretó como una señal positiva. Tenía que demostrarle a Nevio que no estaba solo.
—¿Sabes? A mí tampoco me han ido muy bien las cosas últimamente.
Se han hecho cargo de la panadería y, bueno, digamos que el trabajo ha cambiado mucho.
Tengo que seguir normas estrictas, ya no puedo dar rienda suelta a mi creatividad y lo echo de menos.
No soy feliz en mi trabajo, y nunca me había pasado.
De momento no sé muy bien cómo seguir, si quedarme o buscar otra cosa.
Nevio apretó la mano de Stella.
En ese momento, ella deseaba con todas sus fuerzas que él la estrechara entre sus brazos. Quería que le dijera que todo volvería a estar bien. Quería estar cerca de él, compartir sus preocupaciones y ayudarle a cargar con las suyas.
—Nevio, en los últimos días mi vida se ha desmoronado. Cosas que durante mucho tiempo di por sentadas han desaparecido de repente. Mi vida entera está del revés. En momentos así, es bueno tener a alguien en quien confiar, alguien con quien desahogarse.
Él le acarició la mano y ella sintió que estaba a punto de compartir también sus pesares con ella. Se detuvo un instante antes de apartarse.
—Lamento que lo estés pasando mal ahora mismo, Stella. Me gustaría ser yo quien te consolara, pero ahora todo es demasiado. No puedo con ello.
Ella obligó a Nevio a girarse hacia ella y lo sujetó por los hombros para que no pudiera volver a apartarse. Entonces le miró directamente a los ojos tristes, enmarcados por ojeras oscuras.
—Pase lo que pase, puedes confiar en mí. Quiero ayudarte a llevar tu carga. Sea lo que sea, estoy segura de que juntos podremos sobrellevarlo mejor. Entiéndelo, no he venido para que me consueles tú. Quiero ayudarte yo a ti.
El pecho de Nevio subía y bajaba con rapidez. Por un instante pareció que el muro que se alzaba entre ellos empezaba a agrietarse. Un momento después, volvió a dar la espalda.
—No quiero hablar de ello. Necesito tiempo para mí.
—Como quieras. Ya sabes dónde encontrarme. Estaré aquí para ti cuando me necesites.
Sin decir una palabra más, Stella salió a toda prisa del piso y dio un portazo al salir.
Estaba decepcionada. Su visita no había servido de nada.
Nevio se había mostrado esquivo y no la había dejado entrar en su mundo.
¿Qué significaba eso? Sabía que algo lo atormentaba, algo que debía de ser tan terrible que no podía ni hablar de ello.
Un desafío tan grande como el suyo. Quizá de verdad solo necesitaba algo de tiempo para ganar claridad sobre lo que fuera que le agobiaba.
En cualquier caso, no pensaba rendirse con Nevio.