Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 18. Capítulo 18
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18. Capítulo 18

El pincel permanecía suspendido en el aire.

Nevio se detuvo en mitad del movimiento.

¿Qué estaba haciendo? El cuadro que estaba surgiendo bajo sus dedos crispados era una catástrofe.

Había utilizado colores oscuros y pretendía plasmar su dolor sobre el lienzo, pero no podía someter a nadie a semejante obra.

Y el efecto terapéutico tampoco había hecho acto de presencia.

No se sentía ni un ápice mejor. Allí donde el arte siempre le había ayudado en situaciones difíciles a encarrilar de nuevo su vida, hoy ese efecto brillaba por su ausencia.

Sus pensamientos estaban muy lejos del lienzo y de esa terrible pintura.

El conocimiento sobre su origen lo desgarraba.

Pero en medio de todas esas oscuras reflexiones, la imagen de Stella centelleaba una y otra vez ante su ojo interior.

Cómo lo había mirado y le había asegurado que podía contar con ella, que siempre estaría ahí.

Sus palabras lo habían conmovido y había estado a punto de abrirle su corazón.

Pero ¿era una buena idea explicarle la verdad sobre su origen y la situación con el padre de Massimo?

Además, Stella era amiga de Rita. ¿No la sumergiría en un conflicto de conciencia si le exigía que guardara silencio ante Rita?

¿Qué debía decir? Ni él mismo sabía exactamente a qué atenerse.

Había encontrado una pila de cartas y había unido los fragmentos individuales para averiguar qué había sucedido en su pasado.

No, era demasiado pronto para confiar en Stella.

Primero tenía que hablar con Massimo. Él siempre había estado a su lado cuando lo había necesitado, cuando había inaugurado nuevas exposiciones o cuando, una vez más, había dudado de su vida.

¿Sabría él que eran medios hermanos? Solo lo descubriría si hablaba de ello con Massimo, si lo confrontaba con la pura verdad.

Nevio soltó el pincel, cogió su móvil y le envió un mensaje vago a su medio hermano.

¿Tienes tiempo para un café?

La respuesta llegó en pocos minutos y Nevio confirmó la cita. Aún faltaban algunas horas para las siete de la tarde. ¿Cómo iba a matar el tiempo sin volverse loco?

Suspiró y volvió a coger el pincel. Sin motivación alguna, embadurnó su pintura con más color oscuro. No tenía remedio, pero quizá le serviría para distraerse un poco y acortar la espera hasta el encuentro con su medio hermano.

Nevio respiró hondo al entrar en la cafetería de la Via Pantaneto.

Massimo estaba sentado a una mesa y lo saludó alegremente con la mano.

¿Cómo iba a explicarle que eran algo más que amigos?

Los pensamientos de Nevio se atropellaban.

Estaba tenso y no podía ocultar su nerviosismo.

Le temblaban las piernas con cada paso que daba hacia su medio hermano.

—Massimo, gracias por sacar tiempo para hablar conmigo.

La sonrisa de Massimo se desvaneció. La tensión se le contagió. La atmósfera resultaba extraña; hoy se percibía poco de la confianza habitual que solía caracterizar sus conversaciones.

Massimo se levantó y le puso un brazo sobre el hombro a Nevio. —¿Está todo bien? Pareces bastante afectado. ¿No deberías estar muy feliz ahora mismo?

Nevio enarcó una ceja. —¿Por qué debería estarlo?

—Es evidente: has inaugurado en Pisa una exposición fantástica, la que siempre habías deseado. Y Stella también está a tus pies, según he oído.

El pensamiento en Stella y en las horas que habían pasado juntos hizo que Nevio por fin volviera a sonreír.

Luego recordó que, no hace mucho, la había apartado de sí bruscamente y había rechazado su oferta de estar ahí para él con unas pocas palabras.

En este momento ella no estaba muy contenta con él.

La había decepcionado, cuando precisamente eso era lo que había querido evitar.

Pero la situación ahora era distinta. No podía regodearse en su enamoramiento mientras aquel tema sobre su origen le rondara la cabeza.

Lo había descolocado por completo. Ahora tenía que intentar conseguir claridad sobre lo que había sucedido entonces, por qué su padre no había querido saber nada de él.

Y sobre todo, tenía que averiguar en esta conversación si Massimo había sabido todo el tiempo que era su medio hermano.

Si su amistad había sido sincera o si Massimo le había estado ocultando algo durante años.

Una idea terrible cruzó la mente de Nevio. ¿Habría enviado su padre a Massimo para que lo vigilara? Sería posible, pero solo imaginarlo le dio un escalofrío.

Pidió un espresso a la camarera morena y respiró profundamente. Le gustaba ir a esa cafetería. No era tan tradicional como otras, pero el café era decente. Y no estaba plagada de turistas.

—Bueno, ¿de qué querías hablar conmigo? ¿Pasa algo con Stella? ¿Puedo ayudarte en algo?

Nevio se quedó sentado, removiendo su espresso.

No sabía cómo plantear su asunto. ¿Existían acaso las palabras adecuadas para una situación así?

¿Debería decirle a Massimo de sopetón lo que había descubierto o empezar con un poco de charla trivial?

Lo mejor sería contarle la historia tal como había ocurrido.

—Massimo, estos últimos días he descubierto algo de lo que quiero hablar contigo.

Massimo asintió sin interrumpirlo. Lentamente, Nevio empezó por contarle todos los antecedentes, cómo había encontrado la cajita con las cartas.

Cuanto más hablaba Nevio, más se le abrían los ojos a Massimo. Él mismo se daba cuenta de que estaba adornando la historia cada vez más porque temía llegar por fin al punto clave.

Massimo se aclaró la garganta. —Eso es fuerte, no me extraña que todo te haya trastornado tanto. Es decir, si yo descubriera que mi madre vivió un romance así y tuviera que preguntarme quién es mi padre, eso me volvería loco. ¿Has averiguado de quién se trata?

Nevio asintió. Había llegado el momento, ya no podía seguir evitando decirle la verdad a Massimo.

—Sí, y ese es también el motivo por el que necesitaba hablar contigo tan urgentemente.

—¿Y por eso me has estado esquivando estos días? ¿Por eso no has cogido mis llamadas y solo has enviado mensajes crípticos?

Nevio siguió removiendo su espresso; la cucharilla hacía un leve tintineo, pues hacía mucho que se había bebido el brebaje. Aun así, aquello lo calmaba y mantenía ocupados sus dedos temblorosos.

Massimo cubrió la mano de Nevio con la suya para detener el movimiento. Le quitó la cuchara y la dejó sobre el plato.

—¿Ahora que me has contado toda la historia con pelos y señales quieres guardarte el gran final para ti solo?

—No, no quiero eso. Solo estoy buscando las palabras adecuadas. No me resulta fácil explicarte... Bueno, el caso es que tu padre también es el mío.

—¿Qué? —Massimo se quedó sin aliento, con los ojos muy abiertos, buscando visiblemente las palabras adecuadas, que no le salían.

—No puede ser verdad... —balbuceó Massimo, con la mirada clavada en la mesa, como si no pudiera mirar a los ojos a su mejor amigo.

Nevio respiró aliviado. La reacción de Massimo le confirmó que no tenía ni la menor idea de su parentesco.

—¿Así que no lo sabías?

—No, ¿cómo se te ocurre?

—¿Y tampoco tenías ninguna sospecha?

Massimo tragó saliva antes de responder a la pregunta. —Yo...

—¿Os traigo algo? —la encantadora camarera había vuelto a aparecer en su mesa y le sonreía a Nevio. Su minifalda se había subido considerablemente en los últimos minutos y ella se enroscaba un mechón de su pelo negro. Era evidente que Nevio le gustaba, pero él no tenía ojos para la belleza morena.

—No, gracias.

Ella resopló brevemente y volvió tras el mostrador con un marcado contoneo de caderas.

En otra situación, Nevio habría entablado una conversación con ella, pero de momento no tenía pensamientos románticos y, en todo caso, a quien invitaría a una cita sería a Stella.

Pero ahora se trataba de aclarar cómo continuaría su amistad con Massimo.

—¿Qué ibas a decir?

Massimo se pasó la mano por la cara. —No tenía ni idea de que fuéramos parientes, Nevio. Esto también es un shock para mí, puedes creerme. Pero no puedo negar que ya sospechaba que mi padre pudo haber amado a otra mujer en el pasado.

—¿Por qué lo dices?

—Siempre hubo indirectas y yo le daba vueltas al asunto. Pero siempre pensé que no era asunto mío mientras mis padres fueran felices juntos. Y que pudiera haber medios hermanos... esa idea ni se me pasó por la cabeza.

Permanecieron en silencio un momento. A Nevio aún le costaba asimilar la magnitud de aquel descubrimiento.

—¿Qué hacemos ahora con este conocimiento?

Es decir, no podemos fingir que no sabemos nada de esto, como si nunca hubiéramos descubierto esta verdad.

¡Massimo, eres mi hermano! —Nevio tragó saliva.

Sus palabras sonaban extrañas a sus propios oídos; ¿cómo se sentiría Massimo con esta noticia?

—Durante años te he llamado mi hermano de alma, porque nuestra amistad era tan intensa que entre hermanos no podría ser de otra manera.

Pero saber que no era solo un sentimiento, sino que se corresponde con los hechos, es otra cosa.

Y tu padre, o sea, nuestro padre... no podemos dejar que se vaya de rositas.

Le rompió el corazón a mi madre, se lo arrancó del pecho y...

—Nevio se había ido acalorando tanto que dio un puñetazo sobre la mesa.

—Nevio, por favor, cálmate. Por supuesto que fue injusto con tu madre, pero estoy seguro de que en ningún momento la decisión le resultó fácil.

¿Qué se supone que debería haber hecho? Si se hubiera decidido por tu madre, habría tenido que dejar a mi familia: una esposa y tres hijos.

¿Habría sido eso mejor? Quizá tu madre habría sido feliz entonces y posiblemente tú habrías tenido una infancia más bonita, pero a cambio habría destruido la vida de mi madre.

La vida no siempre es justa y estoy seguro de que para mi padre tampoco ha sido fácil.

Y eso explica por qué se ha convertido en un hombre tan duro.