11. Capítulo 11
Stella contuvo el aliento al bajar del taxi al caer la tarde.
Había viajado en tren hasta Pisa y desde la estación se había hecho llevar al Lungarno Mediceo, justo a la orilla del resplandeciente Arno.
Con dedos temblorosos, se alisó el vestido.
Había pasado horas eligiendo el atuendo adecuado.
Solo a lo largo de la velada se vería si era el correcto.
Stella nunca había estado en la inauguración de una exposición, ¿cómo iba a saber qué se llevaba en una ocasión así?
Se había decantado por un vestido largo, vaporoso y de color rosáceo.
Envolvía su delicado cuerpo como una nube rosa y lo realzaba en los puntos clave.
Lo había comprado hacía dos años porque se había enamorado al instante del tejido ligeramente translúcido.
Pero hasta ahora no se había presentado ninguna ocasión en la que hubiera podido estrenarlo.
Llevaba el pelo negro recogido y se había maquillado un poco más de lo que solía ser habitual en ella.
Esta noche era especial y quería mostrarse exactamente así.
Había acordado con Nevio que se encontrarían directamente frente a la galería.
Después de la exposición, pasaría la noche en su habitación de invitados y regresaría a Montalcino por la mañana.
Stella se miró de arriba abajo. Los tacones, inusualmente altos, no habían resultado cómodos de llevar durante el largo viaje en tren.
Y había tenido la sensación de que todo el mundo se quedaba mirándola.
Esbozó una sonrisa de indulgencia. A ella le habría pasado lo mismo si se hubiera cruzado en el tren con una mujer tan emperifollada.
Había dado muchas vueltas a cómo ir a Pisa y finalmente decidió que lo mejor era ir en tren.
Había estado tan nerviosa todo el día que no sabía si llegaría a su destino de forma segura conduciendo su coche.
Stella se sujetó un mechón rebelde de su pelo negro con una pequeña horquilla en el lugar previsto.
Luego inspiró profundamente. Nevio estaba frente a la galería, pero aún no la había visto.
Cambiaba el peso de una pierna a otra con nerviosismo, ajustándose una y otra vez la chaqueta de su traje azul marino.
Estaba para comérselo. Nevio era un hombre atractivo, pero con aquel traje elegante y la camisa blanca, de la que había dejado abiertos los botones superiores, resultaba irresistible.
Stella bajó la vista hacia su vestido. ¿Sería lo bastante elegante?
¿O debería haber ido de compras para esta ocasión?
Sacudió la cabeza. Esos pensamientos no servían de nada ahora.
Ya estaba allí y llevaba lo que llevaba.
Tendría que ser suficiente para Nevio. En su pequeña maleta de mano roja solo había unos vaqueros y una camiseta cómoda para el día siguiente.
Difícilmente una alternativa a su elegante vestido.
Stella se colocó el chal transparente sobre los hombros. Las noches eran frescas y no sabía cómo terminaría este día. Se puso derecha, agarró la maleta y caminó hacia Nevio.
La expresión de su rostro cambió en el momento en que la vio. La mandíbula tensa se relajó y una sonrisa se dibujó en su cara. Los ojos negros brillaron y caminó hacia ella para recorrer los últimos pasos.
—Stella, qué bien que estés aquí. Estás encantadora. De verdad me alegro mucho de que te lo hayas pensado y me acompañes a la inauguración de la exposición. No te imaginas cuánto —sonrió, y ella se quedó mirándole a los ojos negros un instante más de la cuenta.
Stella apenas podía apartar la vista de él y tuvo que hacer un esfuerzo para centrarse en el aquí y el ahora. Nevio la atrajo hacia sí y le dio dos besos en las mejillas. Su aroma a madera de cedro y pintura la envolvió. Se liberó rápidamente de su abrazo y le dedicó una tímida sonrisa.
—Gracias por la invitación. Tengo muchas ganas de ver tus cuadros. He buscado un poco en Google y me hace ilusión ver los lienzos en directo.
Nevio soltó una carcajada. —Así que vienes perfectamente preparada, eso me gusta. ¿Me dejas llevarte la maleta? La dejaré atrás, en la oficina, allí estará segura el resto de la noche.
Nevio cogió su equipaje y Stella lo siguió al interior de las salas de la exposición.
También se había informado sobre la galería de antemano.
Porque había buscado la dirección y odiaba aparecer en cualquier sitio sin estar preparada.
Ya le bastaba con no saber qué esperar de Nevio y de sus respuestas, como para no saber al menos dónde pasaría la velada.
La galería estaba brillantemente iluminada. Las paredes blancas y el suelo de baldosas reflectantes hacían que los cuadros destacaran a la perfección. Pequeños focos iluminaban cada minúsculo detalle.
Stella ahogó un grito de sorpresa; no estaba preparada para aquella visión.
El arte de Nevio era extraordinario. Apenas podía esperar a ver las obras en detalle.
Algunos visitantes ya habían llegado y se habían agrupado en pequeños corrillos.
De vez en cuando, fragmentos de conversaciones llegaban a sus oídos.
En la galería hacía calor, así que Stella dejó que el chal se le deslizara por los hombros.
—¿Quieres que te recoja esto también? —Nevio se había acercado tan silenciosamente que ella se sobresaltó cuando él le susurró suavemente al oído.
—Sí, gracias.
Nevio le quitó el chal y se apresuró de nuevo hacia la parte trasera de la galería. Irradiaba tal nerviosismo que ella tuvo que sonreír para sus adentros. Vaya, vaya, el gran artista estaba al menos tan emocionado como ella.
Stella aprovechó la oportunidad para dejar que su mirada recorriera la sala.
En un mostrador pequeño, las copas de cava estaban dispuestas formando una pirámide.
Se empapó de aquella atmósfera elegante.
Estaba tan fascinada como insegura. Tenía la sensación de no encajar allí en absoluto.
Ojalá Nevio no la dejara sola toda la noche, ¿qué se suponía que iba a hacer en medio de todas esas personas desconocidas y emperifolladas?
Dudaba que ni una sola de ellas estuviera en su misma onda o compartiera intereses comunes con ella.
Y, ¿cómo debía presentarse siquiera? ¿Qué era ella para Nevio?
¿Una conocida, su acompañante, la pequeña repostera de pueblo? ¿O acaso era algo más?
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y unas risas estrepitosas sacaron a Stella de sus cavilaciones.
—Massimo, Lissy, ¿qué hacéis vosotros aquí? —Stella miraba alternativamente a los invitados sorpresa. Massimo la rodeó con sus brazos y le dio un beso en la mejilla. Pero los dos no habían venido solos.
—Stella, aún no conoces a Mara, Sergio y Ornella. Son buenos amigos de Florencia. Stella sonrió a los desconocidos con cierta rigidez. ¿Qué pintaba toda esa gente allí?
Antes de que pudiera reflexionar más al respecto, la italiana de más edad la atrajo hacia sí en un cálido abrazo.
Una densa nube de perfume la envolvió. Ornella le plantó dos besos sonoros en las mejillas a Stella, luego la apartó un poco sujetándola por los hombros y la observó con aire crítico.
—Tienes tutta la ragione, Massimo, es una delicia para la vista.
Stella arqueó una ceja y desvió la mirada de la italiana muy maquillada hacia Massimo. —¿Hay alguna razón en particular por la que hables de mí con otras personas?
Él soltó una carcajada, la liberó del abrazo de Ornella y le pasó un brazo por los hombros. —No te preocupes, no es algo habitual. Ornella solo quería saber quién acompañaba a Nevio a la inauguración de la exposición hoy, y supongo que te puse un poco por las nubes.
A Stella se le encendieron las mejillas. Seguramente parecería un tomate maduro. Genial, justo lo que le faltaba.
—¿Qué hacéis todos aquí? —Nevio parecía igual de sorprendido por la visita. Llevaba dos copas de champán, una de las cuales puso en la mano de Stella. Massimo le quitó la otra, se la pasó a Lissy y le dio una palmada amistosa en la espalda a su amigo.
—Vaya sorpresa, ¿eh?
—¿Pero por qué estáis todos aquí?
—Sé lo importante que es esta exposición para ti, y he pensado que vendríamos a apoyarte un poco hoy. Espero que la sorpresa haya salido bien.
Nevio sonrió de oreja a oreja. —Claro que me alegro. Qué bien que queráis estar todos a mi lado. Un momento, voy a por más copas.
Stella notaba incluso de espaldas que Nevio estaba encantado con la visita de sus amigos.
Seguro que le tranquilizaba saber que había tanta gente entre el público que lo apreciaba a él y a su arte.
Por su parte, Stella tenía sentimientos encontrados.
Por un lado, se alegraba de que ahora hubiera algunas personas conocidas con las que pasar la velada.
Enseguida se sintió un poco menos nerviosa y empezó a relajarse.
Por otro lado, sentía cierta nostalgia. Tenía ganas de pasar la noche con Nevio, se había imaginado que pasarían el tiempo los dos solos.
Un suspiro de anhelo escapó de su boca antes de que pudiera evitarlo.
—No te preocupes, cariño, no os molestaremos.
Stella se encontró con unos ojos amables. Ornella debía de leer el pensamiento.
—¿Por qué dices eso? Me alegro de que estéis aquí. Así me siento un poco mejor. Esto no es mucho mi mundo, o al menos eso creo.