Sueños de almendras, amor y tú: Latidos en Pisa (Latidos en la Toscana 3) 5. Capítulo 5
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5. Capítulo 5

Stella aspiró el aroma a almendras que emanó al abrir el horno.

Todos los días disfrutaba de ese momento, pues era cuando se daba cuenta de que estaba en el lugar adecuado.

Sonriendo, sacó los Cantuccini del horno.

Había intentado variar también este dulce de almendra tradicional con algunos otros ingredientes, pero la receta original había tenido mejor acogida entre los clientes, y Anna le había pedido que en el futuro dejara los Cantuccini tranquilos.

Stella sacudió la cabeza. No entendía qué podía tener de malo su variación, pero un solo contratiempo no iba a impedir que siguiera probando recetas nuevas.

Su creatividad estaba en este momento en su punto más alto, y se preguntaba si el encuentro con Nevio tendría algo que ver.

Desde que apareció en la panadería hace unos días, se sentía animada.

Sus palabras de elogio habían provocado un sentimiento cálido en su corazón que la acompañaba cada día desde entonces.

Nevio estaba siempre en sus pensamientos.

Por mucho que se resistiera, no podía sacudirse ese sentimiento indefinible.

¿Y qué tenía de malo estar un poco colada por él?

Seguro que tenía sus razones para aparecer regularmente por la panadería. ¿Y si no era por sus dulces?

Sacudió la cabeza una vez más. —Estás loca.

¿Pero qué te estás imaginando? Como si un pintor famoso como Nevio Fontana fuera a querer algo contigo.

Con una simple repostera que no tiene nada que ofrecerle—.

Aun así, la sensación que Nevio le había transmitido era reconfortante y hacía que su corazón diera vuelcos como no lo había hecho en mucho tiempo.

Stella tenía suerte, su compañera ya estaba recuperada y también Anna había anunciado que hoy trabajaría en la panadería.

Ya conocía esa faceta de su jefa. Anna tenía suficientes empleados, no tendría por qué estar detrás del mostrador.

Pero hoy era otro de esos días en los que le apetecía atender a los clientes y perderse en alguna que otra conversación.

Stella sonrió. Su jefa era una persona extremadamente comunicativa.

Conocía a todo el mundo y, cuando estaba en la panadería, mantenía largas charlas con cada cliente.

Esa era una de sus fórmulas del éxito. Eso y el hecho de que en Montalcino no había competencia.

El pueblo no era grande, pero a Stella le encantaba el ambiente de sus calles pintorescas.

Le gustaba ir de vez en cuando a las ciudades más importantes, a Pisa o Florencia, pero su hogar estaba aquí.

¿Cómo sería eso de estar de viaje por medio mundo como Nevio?

Llevaba una vida emocionante con todas esas exposiciones y fiestas.

Una risita jovial sacó a Stella de sus pensamientos. Curiosa, asomó la cabeza a la zona de ventas. Anna estaba enfrascada en una conversación con una clienta amiga suya. Aguzó el oído. ¿Qué había pasado?

—Hace poco Nevio Fontana estuvo aquí otra vez. Últimamente viene bastante a menudo. ¿Es que le has robado el corazón al muchacho?

Anna soltó su carcajada atronadora y característica, que a Stella le recordaba al balido de una cabra. En el buen sentido. Se sobresaltó ante el fuerte sonido.

—Dudo mucho que sea capaz de encandilar a hombres tan atractivos y exitosos. Antes tal vez. Pero ahora, con más de sesenta años y mi figura ya no tan esbelta, supongo que no puedo competir con todas esas jovencitas que suelen revolotear a su alrededor. ¿Y estaba solo?

Su interlocutora asintió. —Sí, siempre viene solo. Nunca ha traído a ninguna de sus conquistas cuando viene a Montalcino. He oído que solo en este mes ya ha tenido dos novias distintas. ¿Hay algo de cierto en eso?

Anna asintió lentamente y se inclinó hacia su amiga. A Stella le costó entender las palabras susurradas.

—Yo no lo conozco personalmente, pero también lo he oído.

La hija de una conocida estuvo saliendo con él un tiempo.

Por desgracia, la dejó después de ni siquiera cuatro semanas.

Así de pronto, sin dar explicaciones. Pero ¿por qué me sorprende siquiera?

— Anna se encogió de hombros —. Esa es su táctica habitual.

Se rodea de las mujeres más guapas de Siena.

Seguro que también tiene algunos amoríos en Pisa.

Alguna razón habrá para que últimamente se le vea allí cada vez con más frecuencia.

Stella tragó saliva. Nunca le habían importado los cotilleos que circulaban por la panadería.

Pero lo que contaban las dos señoras mayores no la dejó indiferente.

Anna estaba perfectamente informada sobre la vida amorosa de Nevio.

Mucho mejor que ella. ¿Sería de verdad un mujeriego que cambiaba de novia como de ropa interior?

Hasta ahora ella tenía una imagen distinta de él, pero podía imaginarse que Nevio estuviera rodeado de mujeres elegantes que lo adoraran y se regodearan en su fama.

Nevio era un buen partido. Era sexy, rico y exitoso.

Además, era encantador y podía cautivarla con sus brillantes ojos negros de tal manera que olvidaba todo lo que la rodeaba. Suspiró.

—¡Stella, ven un momento!— Anna le hizo señas para que se acercara.

Stella se limpió las manos en su delantal de color crema y entró en la zona de ventas. Con una sonrisa tímida, se puso junto a las dos señoras. —¿Sí, Anna, puedo hacer algo?

—Podrías contarme cómo fue cuando Nevio Fontana estuvo aquí, el pintor más atractivo de Italia.

Anna sonrió con aire soñador, tenía los ojos cerrados ante el recuerdo de Nevio.

—Bueno, no hay mucho que contar. Estuvo aquí un momento, se comió una ración de tarta de almendra y se llevó otra para casa. Luego se fue. No estuvo ni media hora, nada fuera de lo común.

—Pues te acuerdas asombrosamente bien de esa visita «nada especial».

Stella inspiró profundamente. Había adoptado un tono de indiferencia deliberado e intentó describir el encuentro de la forma más anodina posible.

Anna no tenía por qué saber que estaba colada precisamente por el mayor mujeriego de Italia.

Jamás admitiría que se había unido a la lista de sus admiradoras.

—Al fin y al cabo es algo así como un famoso, así que es normal que su visita se quede grabada. Pero como he dicho, no tuvo importancia.

Anna asintió distraída. —Lástima, lo habríamos podido usar muy bien como publicidad. Tú le conoces mejor, ¿no?— La jefa de Stella levantó las cejas y sonrió con picardía.

—Como se conoce al amigo de un buen amigo. En realidad no tengo mucho trato con Nevio, Massimo en cambio…

—A Massimo hace una eternidad que no me lo encuentro por aquí.

Yo creo que bien podría dejarse ver más a menudo por la bodega de su familia, pero eso no es asunto mío.

Si conoces a Nevio, podrías preguntarle si querría hacernos un poco de publicidad para nuestra panadería.

No vendría mal atraer a la gente de los alrededores de Siena.

Stella se quedó perpleja. ¿Iba en serio su jefa? Manoseó su delantal. Solo de pensar en pedirle un favor así a Nevio se le revolvía el estómago. —¿Tú crees? Si la panadería va bien.

—Por supuesto, pero siempre viene la misma gente y necesito un poco de variedad. La próxima vez que le veas, pregúntale si no podría publicar una foto de tu famosa tarta de almendra en las redes sociales. Eso seguro que nos daría un impulso, y a él no le costaría nada.

—No estoy segura de que hiciera algo así. Hasta ahora siempre publica solo fotos de sus obras de arte y de su estudio.

—¿Ves? Por eso no le vendría mal variar un poco su contenido de vez en cuando. Dile algo la próxima vez que venga. Puedes quitarte el delantal y arreglarte un poco, así ya le encandilarás; al fin y al cabo eres una chica guapa.

Stella inspiró ruidosamente, asintió y abandonó la zona de ventas sin decir ni una palabra más.

¿Debía seducir a Nevio? ¿Después de haber oído que se rodeaba de las mujeres más bellas de la región?

¿Cómo demonios iba a impresionarle precisamente ella?

Stella sacudió la cabeza. Anna tenía cada ocurrencia…

Quitó los Cantuccini de la bandeja, pero la euforia y esa sensación de flotar habían remitido.

¿Era la fascinación que sentía por Nevio solo una ilusión?

¿Una fantasía romántica que no tenía nada que ver con la realidad?

Desde la conversación entre Anna y su cliente, sentía las mayores dudas respecto a sus sentimientos.

Sí, no podía negarlo, el deseado pintor le había causado una impresión duradera, suspiraba por él y se había enamorado un poquito.

No era difícil. Nevio era uno de los hombres más interesantes que jamás había conocido.

Pero, por supuesto, tenía claro que Nevio era inalcanzable en su mundo.

Llevaba una vida completamente diferente, él era un famoso y ella una repostera mediocre.

Hacía un momento había tenido la esperanza de que él se interesara por ella; ¿pero cómo se le había ocurrido una idea tan descabellada?

Era obvio que no le llegaba a la suela del zapato ni a él ni a sus muchas novias.

Stella dispuso los dulces de almendra de forma atractiva para ponerlos en la vitrina. Se detuvo en mitad del movimiento. ¿Podía ser que Nevio solo la viera como una conquista más? ¿Era posible que no estuviera interesado en ella personalmente?

Volvió a dejar el dulce en la bandeja de horno. Nevio la desconcertaba y le alborotaba por completo el mundo de sus sentimientos. En un momento había estado como en una nube, dejándose embaucar por su carácter accesible y su franqueza. Y al momento siguiente dudaba de su sinceridad.

Si podía dar crédito a las palabras de su jefa, Nevio no tenía interés en los demás. Solo se preocupaba por sí mismo y no se comprometía con nadie.

Stella suspiró al recordar su último encuentro.

La suave sonrisa de Nevio y sus ojos radiantes se colaron en sus pensamientos.

No dejaba de verlo ante sí, y le invadía la necesidad de arrojarse a sus brazos.

Era una gansa tonta. Estaba a punto de enamorarse del mayor calavera de Italia.

Casanova era un santo comparado con Nevio Fontana.

No, no se dejaría enredar por él y se comportaría de forma más cautelosa en el futuro.

No podía evitar que visitara la panadería, ni tampoco quería. Quizá incluso le pediría el favor de apoyar el negocio. Pero se andaría con cuidado con él.

El corazón de Stella se encogió dolorosamente. Ese corazón tonto e imprudente que quería susurrarle que sus sentimientos por Nevio eran algo especial. Pero ahora ya lo sabía mejor. Mantendría las distancias con él, por mucho que le hubiera robado el corazón.