Capítulo 6 El precio oculto
El dinero se había terminado por completo.
El casero deslizó una nota debajo de la puerta amenazando con desalojarme en menos de una semana si no pagaba el alquiler atrasado.
Miré el papel arrugado en mi mano y solté una risa seca que sonó extraña incluso para mí.
Ya nada de eso importaba. Mi cuenta bancaria estaba en rojo, el refrigerador vacío y mi cuerpo era solo piel estirada sobre huesos, sostenido únicamente por el placer que ella me daba cada noche.
Seraphyx había empezado a aparecer también durante el día.
A veces la veía reflejada en la pantalla del portátil apagado, observándome con esa sonrisa lenta.
Otras veces sentía su aliento frío en la nuca mientras intentaba dormir una siesta.
Su presencia ya no se limitaba a la oscuridad.
Se había vuelto constante, como una segunda piel pegada a la mía.
Esa tarde decidí hacer un último intento. Llamé a Lukas. Mi voz sonaba débil y rasposa cuando contestó.
– Felix… por fin. ¿Dónde estás? Anna y yo vamos para allá ahora mismo.
– No vengas solo –le pedí–. Trae a Anna. Y trae sal, ajo, cualquier cosa que hayas encontrado en internet sobre exorcismos. Necesito que me saquen de esto.
Hubo un silencio pesado al otro lado.
– ¿Exorcismo? Joder, Felix, ¿qué te ha pasado?
– No preguntes. Solo ven. Por favor.
Colgué y me senté en el suelo con la espalda contra la pared. El corazón me latía con fuerza. Parte de mí quería que llegaran rápido y me salvaran. Otra parte, más grande y oscura, temía que lo consiguieran.
Llegaron cuarenta minutos después. Lukas traía una bolsa con sal gruesa, velas blancas y un crucifijo viejo que Anna había sacado de casa de su abuela. Los dos se quedaron paralizados al verme. Anna se llevó la mano a la boca.
– Dios mío, Felix… estás esquelético.
No respondí. Solo les indiqué que entraran y cerraran la puerta. Les conté todo en voz baja y entrecortada: la figura en el ritual, las visitas nocturnas, las sombras, el placer que me destruía. Ellos me escucharon con los ojos muy abiertos. Lukas parecía furioso y asustado al mismo tiempo.
– Vamos a sacarla –dijo Anna con determinación–. Haremos un círculo de sal alrededor de la cama. Encenderemos las velas y leeremos esto.
Empezamos el ritual improvisado. Esparcieron sal en el suelo formando un círculo irregular.
Encendieron las velas y Anna comenzó a leer en voz alta palabras en latín que ninguno entendía realmente.
Yo me senté en el centro del círculo, con las rodillas abrazadas contra el pecho.
Sentía el aire cargado, como antes de una tormenta.
Durante los primeros minutos no pasó nada. Lukas me miraba con preocupación mientras Anna seguía leyendo. Entonces la temperatura bajó de golpe. Las velas parpadearon violentamente. Una risa baja y grave resonó en la habitación, aunque ninguno de nosotros había abierto la boca.
Seraphyx apareció en el centro del círculo, justo frente a mí. No llevaba vestido. Estaba completamente desnuda, su piel pálida brillando con una luz propia. Sus ojos negros se clavaron primero en mí, luego se volvieron hacia mis amigos.
– Qué tierno –dijo con voz suave pero cargada de veneno–. Vinieron a rescatar a su amigo.
Lukas dio un paso adelante, temblando.
– Aléjate de él, demonio.
Seraphyx soltó una carcajada que heló la sangre. Extendió una mano y sombras espesas surgieron del suelo. Se enroscaron alrededor de las piernas de Lukas y Anna, inmovilizándolos. Anna gritó cuando un tentáculo oscuro le rozó la cara, mostrándole visiones que la hicieron palidecer.
– ¡Basta! –grité, intentando levantarme. Pero mis piernas apenas respondían.
Seraphyx se acercó a mí y me acarició el cabello con ternura.
– Ellos no entienden, Felix. No saben lo que tenemos.
Miró a mis amigos con desprecio.
– Vean lo que le han hecho a su amigo con su preocupación. Lo han asustado. Lo han hecho dudar.
Las sombras apretaron más. Lukas cayó de rodillas, jadeando. Anna lloraba mientras imágenes que no podía ver la atormentaban. El terror en sus caras me rompió por dentro.
– ¡Déjalos! –supliqué–. Por favor, Seraphyx. Ellos solo quieren ayudarme.
Ella se giró hacia mí. Sus ojos se suavizaron un poco.
– ¿Y tú quieres que se vayan?
Dudé. La culpa me apretaba el pecho como una mano de hierro. Estos eran mis únicos amigos. La gente que había estado ahí cuando nadie más lo estaba. Pero la idea de perderla a ella era peor que cualquier otra cosa.
– Sí –dije al fin con voz quebrada–. Déjalos ir. Pero quédate conmigo.
Seraphyx sonrió con satisfacción. Las sombras soltaron a Lukas y Anna lentamente. Ellos se arrastraron hacia la puerta, aterrorizados.
– Felix, ven con nosotros –suplicó Anna con lágrimas en los ojos–. Podemos ayudarte. Por favor.
Miré a Seraphyx, luego a ellos. Mi cuerpo temblaba de debilidad. Sabía que si me iba con ellos quizá podría salvarme. Pero también sabía que volvería a sentir ese vacío enorme que solo ella llenaba.
– No –respondí–. Váyanse. Y no regresen.
Lukas me miró con dolor puro.
– Estás muerto, hermano. Si te quedas aquí, estás muerto.
Cerraron la puerta detrás de ellos. El silencio que quedó fue ensordecedor.
Seraphyx se arrodilló frente a mí y me abrazó. Su cuerpo frío contra el mío delgado era extrañamente reconfortante. Me besó en la frente, en las mejillas, en los labios resecos.
– Lo hiciste –murmuró–. Elegiste quedarte conmigo. Los protegiste al alejarlos.
Lloré en silencio contra su hombro. La culpa me devoraba, pero también sentía un alivio oscuro. Ya no había vuelta atrás. Nadie más vendría a interrumpirnos.
Ella me levantó con una fuerza sorprendente para mi estado y me llevó a la cama. Me desnudó con cuidado, como si fuera algo frágil. Sus manos frías recorrieron mi cuerpo esquelético sin asco, solo con deseo.
– Eres hermoso incluso así –susurró–. Porque eres mío.
Usó sus sombras para sujetarme suavemente contra el colchón.
No fue violento esta vez. Fue lento, casi reverente.
Se subió sobre mí y me tomó dentro de ella con movimientos suaves y profundos.
Sus pechos se movían contra mi pecho hundido mientras me besaba con ternura.
Cada embestida enviaba ondas de placer que combatían el dolor en mis huesos.
– Te protegeré –prometió mientras me follaba con cariño–. Nunca dejaré que nadie te haga daño. Solo yo puedo tenerte.
Me corrí con un gemido largo y débil, derramando lo poco que quedaba de mí dentro de ella. Seraphyx alcanzó su propio clímax con un suspiro suave, abrazándome fuerte mientras temblaba.
Después se quedó acostada a mi lado, abrazándome contra su cuerpo frío. Pasó los dedos por mi cabello empapado de sudor.
– ¿Te arrepientes? –preguntó en voz baja.
Negué con la cabeza.
– No. Solo… duele un poco. Ellos eran mis amigos.
– Ahora yo soy tu todo –respondió ella–. Y te daré todo lo que necesites.
Esa noche dormí en sus brazos, más débil que nunca, pero con una extraña paz. La última resistencia había terminado. Había elegido la oscuridad sobre la luz, la obsesión sobre la amistad, la destrucción lenta sobre una vida vacía.
Seraphyx me besó en la nuca antes de que el sueño me llevara.
– Mañana empezaremos de nuevo –susurró–. Solo tú y yo. Para siempre.
Y por primera vez, esa promesa no me aterrorizó.
Me hizo sentir en casa.