Capítulo 5 Carne y sombra
El décimo día marcó un punto sin retorno.
Ya no intentaba trabajar. El portátil permanecía cerrado sobre la mesa, cubierto de una fina capa de polvo.
Los correos de los clientes se acumulaban sin abrir.
El dinero en la cuenta bajaba rápido, pero ese detalle parecía lejano, irrelevante.
Mi mundo se había reducido a cuatro paredes, a la espera y a ella.
Esa noche Seraphyx llegó sin aviso, como siempre. Se materializó en el centro de la habitación, completamente desnuda. Su piel pálida brillaba con una luz propia bajo la lámpara tenue. Sus ojos negros me recorrieron con aprobación y algo más oscuro.
– Esta noche no habrá límites –anunció con voz grave–. Quiero tu carne completa y tu mente abierta. ¿Estás listo para darme todo, Felix?
Asentí sin dudar. Mi polla ya se endurecía solo con su presencia.
– Sí. Todo.
Seraphyx extendió la mano. Sombras espesas surgieron del suelo como tentáculos vivos.
Se enroscaron alrededor de mis tobillos y muñecas, levantándome con facilidad y suspendiéndome en el aire en el centro de la habitación.
Mis brazos quedaron estirados hacia los lados y mis piernas abiertas.
Estaba completamente expuesto, colgando a medio metro del suelo.
El corazón me latía con fuerza, mezcla de miedo y excitación pura.
Ella se acercó con lentitud. Sus dedos fríos recorrieron mi pecho, bajaron por mi abdomen y finalmente envolvieron mi erección. La masturbó con movimientos lentos mientras sus labios besaban mi cuello, succionando la marca antigua hasta que gemí.
– Tan receptivo –murmuró contra mi piel–. Tu cuerpo ya sabe que me pertenece.
Uno de los tentáculos de sombra se deslizó entre mis piernas y presionó contra mi entrada trasera.
Estaba lubricado con algo frío y resbaladizo.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome con una sensación que era dolor y placer al mismo tiempo.
Gemí más fuerte cuando empezó a moverse dentro de mí, follándome con ritmo constante mientras Seraphyx se arrodillaba y tomaba mi polla en su boca.
El doble estímulo me volvió loco. La boca caliente succionando con fuerza y el tentáculo grueso penetrándome profundo creaban una ola de sensaciones que no podía procesar.
Mis caderas se sacudían en el aire, buscando más.
Otro tentáculo rodeó mi cuello sin apretar demasiado, solo lo suficiente para recordarme que ella controlaba todo.
Seraphyx se levantó y se posicionó frente a mí. Abrió las piernas y guió uno de los tentáculos hacia su propio sexo. La vi gemir cuando la penetró. Sus ojos negros no se apartaban de los míos.
– Mírame mientras te tomo –ordenó.
Obedecí. Mientras el tentáculo me follaba el culo con embestidas cada vez más rápidas y su boca volvía a bajar sobre mi polla, sentí que perdía el control por completo. Me corrí con violencia, gritando su nombre mientras mi semen llenaba su garganta. Ella tragó todo sin apartar la mirada.
Pero no terminó ahí.
Las sombras me bajaron al suelo y me colocaron de rodillas. Seraphyx se sentó en la cama con las piernas abiertas y me atrajo hacia su sexo.
– Lame hasta que me corra tres veces –dijo–. Y no te toques.
Me perdí entre sus muslos. Mi lengua trabajaba con devoción absoluta, recorriendo cada pliegue, succionando su clítoris, penetrándola.
Ella gemía y apretaba mi cabeza contra sí.
Cuando alcanzó el primer orgasmo, sus muslos temblaron alrededor de mi cara y su sabor inundó mi boca.
No me dejó descansar. Siguió presionándome hasta el segundo, y luego al tercero, hasta que mi lengua quedó adormecida y mi mandíbula dolía.
Solo entonces me permitió levantarme. Me empujó sobre la cama boca arriba y se subió sobre mí.
Descendió sobre mi polla todavía dura y empezó a cabalgarme con movimientos salvajes.
Sus pechos rebotaban con cada embestida.
Sus uñas se clavaban en mi pecho, dejando marcas rojas.
Los tentáculos regresaron: uno penetrándome otra vez por atrás, otro rodeando mi cuello, otros sujetando mis muñecas.
El placer era abrumador. Cada parte de mi cuerpo estaba siendo usada y estimulada al mismo tiempo. Seraphyx se inclinó sobre mí y me besó con hambre, mordiendo mi labio inferior hasta que probé sangre.
– Dime que eres mío –jadeó contra mi boca.
– Soy tuyo –respondí entre gemidos–. Completamente tuyo.
Aceleró el ritmo. Mis caderas se levantaban para encontrar cada bajada suya. Cuando me corrí por segunda vez, fue tan intenso que vi destellos blancos. Ella se corrió a la vez, apretándome con fuerza mientras gritaba mi nombre con una voz que sonaba antigua y poderosa.
Quedamos entrelazados, respirando agitados. Los tentáculos se disolvieron lentamente. Seraphyx se quedó sobre mí, trazando patrones con el dedo sobre las marcas que sus uñas habían dejado.
– ¿Cómo te sientes? –preguntó con una ternura sorprendente después de tanta intensidad.
– Destrozado –admití con una sonrisa débil–. Y vivo como nunca.
Ella besó mi frente.
– Eso es lo que quiero. Que te sientas vivo solo cuando estás conmigo.
Pasamos horas hablando después del sexo.
Le conté más sobre mi vida: los años solitarios en Hamburgo, las relaciones que nunca duraban porque siempre sentía que faltaba algo profundo.
Seraphyx escuchaba con atención, sus dedos acariciando mi cabello.
Por momentos parecía casi humana, vulnerable.
Me habló de siglos de soledad, de cómo había sido invocada en rituales olvidados en ciudades antiguas, de hombres que la llamaban solo por miedo o lujuria ciega, nunca con la honestidad cruda que yo había mostrado.
– Contigo siento algo distinto –confesó en voz baja–. No solo hambre. También… apego.
Sus palabras me llenaron de un calor extraño en el pecho. La abracé más fuerte. En ese momento creí que podía equilibrar todo: mi vida normal y ella. Que podía tener ambas cosas.
Pero la realidad se impuso al amanecer.
Cuando desperté, el reloj marcaba las once de la mañana. Había perdido más de seis horas. Mi teléfono estaba lleno de llamadas perdidas y mensajes. Lukas:
– Estoy preocupado, hermano. Anna quiere que vayamos a verte.
Mi cliente anterior:
– Necesitamos hablar urgentemente sobre los pagos pendientes.
Y mi madre:
– Hijo, no sé si estás bien. Llámame.
Me levanté tambaleándome. El apartamento olía diferente, más cerrado, con un leve aroma a flores marchitas.
Fui a la cocina y vi que las plantas que Anna me había regalado el año pasado estaban completamente secas, las hojas negras y caídas.
La nevera estaba casi vacía. Mi cuerpo se sentía más ligero, como si hubiera perdido peso en una sola noche.
Intenté trabajar un poco. Abrí el portátil y traté de avanzar en un proyecto.
Las manos me temblaban. Cada pocos minutos miraba hacia la esquina donde ella solía aparecer.
Mi mente volvía una y otra vez a las sensaciones de la noche: los tentáculos, su boca, su cuerpo moviéndose sobre mí. La erección regresaba sin control.
A media tarde tomé el teléfono y grabé un video corto. Quería tener prueba. Me senté en la cama, apunté la cámara hacia mí y dije en voz alta:
– Seraphyx, si estás aquí, muéstrate.
Reproduje el video inmediatamente.
Solo aparecía yo. Un hombre solo, hablando al aire, con la mirada febril.
En la parte donde supuestamente ella habría estado, solo se veía la pared vacía.
Pero en el audio se escuchaba claramente mi voz gimiendo su nombre y el sonido húmedo de piel contra piel, como si estuviera follándome a alguien invisible con furia.
Apagué el teléfono con el corazón acelerado. La prueba estaba ahí, pero no probaba nada que pudiera mostrarle a nadie. Solo demostraba que me estaba volviendo loco.
Me dejé caer en la cama y cerré los ojos. El deseo regresaba ya, ardiente y constante. Sabía que ella volvería pronto. Y a pesar de todo —la pérdida de tiempo, el peso que bajaba, los amigos preocupados, mi madre esperando una llamada que no llegaba— solo podía pensar en una cosa.
Quería más.
Quería que sus sombras me sujetaran otra vez, que su cuerpo me consumiera, que su voz me ordenara hasta que no quedara nada de Felix Weber excepto lo que ella decidiera dejar.
La carne y la sombra se habían fusionado dentro de mí. Y ya no sabía cómo separarlas.